La desconfianza
creciente de sectores populares hacia el parlamentarismo es anatematizada desde el poder
como «factor desestabilizador». Los intentos de implicar en actividades terroristas a
esos sectores que rechazan la mediación electoralista, no han hecho sino poner de
manifiesto los intereses de los poderosos.
La cercanía de las elecciones municipales replantea el debate electoralista en el
movimiento obrero. Los militantes o adictos a partidos parlamentarios (o los
extraparlamentarios que siguen sofiando con el parlamento) ya saben a quién votar. Los
anarquistas y otras corrientes partidarias de la democracia directa ya saben que no
votarán.
Pero queda todo un sector oscilante, que piensa que si la izquierda se presentara unida
sería un deber moral evitar que sigan las derechas en el poder político. Que opina que,
si los partidos superan el sectarismo de junio, en que cada cual trataba de medir su
propia capacidad de atracción y en el fondo se asustaba de un posible cambio de Gobierno,
quizás el movimiento obrero debía ir «unido a las municipales ... »
Nosotros no vamos a intervenir ahora en ese debate. Entre otras cosas, porque tenemos
bastante claro que el voto bisiesto del electoralismo desmoviliza al pueblo, fuerza la
sustitución de su acción directa por la delegación en las manos benefactoras de los
profesionales de la política, y queda convertido en una mercancía manipulable por
toneladas de propaganda impresa, mensajes audiovisuales, dinero y más dinero.
Al poder no le gusta la abstención
Ahora bien, lo que nos interesa poner de relieve aquí es la actitud del
poder político ante el resurgir de estas actitudes críticas entre los trabajadores.
Es natural que, tras años de prohibición por la dictadura, los partidos políticos
gozarán de cierto prestigio y la gente tuviera ganas de votar: lo nuevo siempre atrae.
Poco a poco, sin embargo, la ilusión democrática deja paso a las realidades de la
política, a los pactos de pasillo, y a la continuada explotación de los trabajadores por
los de siempre.
En estas condiciones, la semilla anarcosindicalista está fructificando rápidamente, y el
20 por ciento de abstenciones en junio puede aumentar, hasta amenazar la «estabilidad»
del tinglado parlamentario, que carecía de autoridad para legislar en nombre de una
mayoría de electores que eligieran..., no votar.
En este contexto, hay toda una serie de campañas (a veces evidentes en los editoriales de
los directores de los grandes periódicos, otras veces subterráneas en el mundo
fronterizo del hampa y los servicios paralelos donde todo tiene un precio, hasta la vida
humana) tendentes a crear la tópica imágen del anarquista que siembra el terror a golpe
de dinamita.
Vuelve el tópico: anarquista = terrorista
Se acusa a todo un sector de opinión con raíces sólidas en la clase
trabajadora, de «desestabilizar» la democracia.
Han pasado los tiempos en que podía soñarse en manipular a la CNT con unos cuantos
tránsfugas vencidos por el poder para sembrar anticomunismo y división entre los
trabajadores. Pero ha quedado claro que la CNT que los jóvenes trabajadores apoyan está
por el comunismo libertario y no es manipulable por nadie.
Entonces, la tolerancia amenaza con romperse, a pesar de la legalidad conquistada en el
camino. Desde las detenciones de enero en Barcelona y las oscuras historias que
describían como trilita un paquete de masilla de cristalero, las provocaciones a la CNT
no han faltado.
No hace mucho, se acusaba por la propia policía a las «Juventudes Libertarias» de
incidentes creados por conocidos ultraderechistas en las Ramblas barcelonesas, entre otras
cosas para disfrazar la responsabilidad gubernamental en las nuevas víctimas producidas
durante la «Diada» por la represión policiaca en una manifestación popular. Aún más
extraño es el «grupo anarquista» desarticulado en Valencia.
Nadie ha explicado la muerte violenta de un joven cenetista en Almería, aparecido al pie
de un acantilado y en circunstancias que han motivado a la CNT de Andalucía a solicitar
una investigación independiente. Nadie ha probado las acusaciones de «armas», lanzadas
por
la policía contra los manifestantes cenetistas en Madrid durante una manifestación por
la amnistía total.
Lógicamente, los partidos electoralistas creen y difunden ese tipo de patrañas, y se
adhieren a toda campaña oficial contra el «terrorismo ácrata y desestabilizador».
¿Desestabiliza el terrorismo?
Pero conviene examinar de cerca esta nueva versión de la «conspiración
judeomasónica».
Terrorismo: ¿Quiénes ejercen el terror sobre muchedumbres indefensas, enviando a golpe
de teléfono brigadas armadas hasta los dientes para lograr el triste record de casi un
muerto por semana en incidentes de «orden público», desde aquel esperado 20 de
Noviembre? ¿Quiénes mantienen en la cárcel a militantes obreros discriminados y a miles
de pobres víctimas de la legislación penal fascista, como rehenes de unas negociaciones
políticas? ¿Quién amenaza a cada paso con el retorno de los centuriones?
Acrata: hoy es corriente, de Alemania a China, etiquetar como «anarquista» cualquier
forma de acción directa que haga mella en los poderosos. Sin embargo, en muchos casos se
trata de gentes de mentalidad autoritaria, autodefinidas como marxistas, que recurren a la
violencia sin ninguna pretensión de contribuir a crear una sociedad libre y sin Estado,
sino que aspiran simplemente a sustituir un tipo de poder político por otro. No es que
neguemos la bandera libertaria a quien la necesite, pero estamos hartos de
simplificaciones histéricas. La acracia para quien la trabaja.
Desestabilizador: en primer lugar, diremos que el término nos parece elogioso, y no
acusatorio. Lo que no cambia, muere. La estabilidad es un valor burgués, no un objetivo
obrero. ¿Cómo vamos a aceptar la estabilidad de la explotación y el autoritarismo? Pero
lo curioso es que ese tipo de atentados de dudoso origen que el poder se esfuerza en
cargar al movimiento libertario, no tiene nada de «desestabilizadores». Al contrario,
por ser impopulares, justifican el reforzamiento del Poder y apiñan en torno a él a las
diversas fuerzas políticas. Nada hay tan «estabilizante» para el Gobierno como unos
cuantos comandos de esos pagados, a saber por quién (¿el famoso «controlador» de
«incontrolados»?).
Nosotros seguimos pensando que el verdadero «desestabilizador ácrata» que «atemoriza»
al capitalismo, al que tan bien le estaba saliendo la forma, es la radical negativa del
movimiento obrero anarcosindicalista a integrarse en el sistema electoralista, en la
medida en que ésta posición revolucionaria empieza a incidir sobre sectores populares
crecientes.
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