Durante el pasado mes de noviembre, las centrales sindicales UGT y
CC. 00. han participado en una serie de reuniones tripartitas con representantes de la
patronal y del Gobierno, protagonizando uno de los espectáculos más bochornosos que se
han dado en la vida sindical española.
Al término de las mismas, todavía muchos se siguen preguntando por los resultados de
estas entrevistas, cuyos únicos resultados visibles han sido el asentamiento de los
acuerdos del Pacto de la Moncloa. Una vez más el Gobierno ha toreado a los líderes
sindicales como antes lo había hecho con los políticos de la llamada «oposición".
Las reuniones entre representantes del Gobierno y de la Administración, miembros de las
organizaciones patronales y empresariales, principalmente de la Confederación Española
de Organizaciones Empresariales (CEOE), y las dos centrales sindicales, Comisiones Obreras
y la Unión General de Trabajadores, comenzaron nada más firmarse los acuerdos del
«pacto de la Moncloa entre los líderes de los partidos políticos con representación
parlamentaria».
Previamente a esta tanda de reuniones, las centrales sindicales ya se habían expresado
públicamente sobre el contenido de estos acuerdos. Comisiones Obreras y la Unión General
de Trabajadores, como era de esperar, no condenaron rotundamente el «pacto»,
limitándose a unos comunicados ambiguos en los que mantenían una cierta aprobación
global de estos acuerdos, manteniendo una discreta oposición en dos puntos, por otra
parte fundamentales: la limitación salarial y el despido del 5 por ciento de las
plantillas en aquellas empresas en las que se superara el 22 por ciento del aumento
salarial señalado en el «pacto de la Moncloa».
El resto de las centrales sindicales, se mostraron contrarias a los acuerdos del «pacto
de la Moncloa» y anunciaron públicamente su propósito de luchar contra los mismos.
El premio por la buena disposición de CC.OO. y UGT a aceptar los acuerdos de la Moncloa
llegó bien pronto. Sólo estas dos centrales fueron invitadas a iniciar una ronda de
conversaciones que inicialmente iban a centrar^ se en los acuerdos de la Moncloa y que,
como veremos más adelante, derivaron por otros derroteros.
Antes de comenzar las conversaciones, centrales y patronales mostraron su disconformidad
por la forma en que se había llegado a la elaboración del «pacto». Y este es un punto
muy importante. Todos se quejaban de que no se hubiese contado con ellos para nada, cuando
lo importante no era la forma, sino el fondo de los acuerdos. Y sea como fuere, hay que
tener bien presente que lo que se pretende es perpetuar el sistema de economía
capitalista, no cambiarlo ni destruirlo.
En uno de los primeros párrafos de los acuerdos del «pacto de la Moncloa» ya se dice
que el sistema a seguir es el de una economía de mercado. Eufemismo que esconde el ya
viejo mecanismo de sociedad de consumo, de explotación del hombre por el hombre, de
alineación y anulación del individuo y un largo etcétera que no repetimos porque
después de cuarenta años todos sabemos en que consiste.
y llegó el gran día
Ante la pequeña ola de críticas que se levantaron
por la marginación de las centrales sindicales y de las organizaciones patronales en la
elaboración de los acuerdos de la Moncloa, el Gobierno decidió lo que va a ser su jugada
magistral. Iniciar conversaciones, que de antemano sabe que a nada van a conducir, pero
que van a lavar su imagen de cara a las críticas que está recibiendo.
Y por fin llegó el gran día. A la sede de Castellana 3, lugar donde se desarrollarán
todas las entrevistas, van llegando importantes figuras del gobierno y de la
Administración, con Fuentes Quintana vicepresidente y ministro de Economía y padre e
inspirador de los acuerdos del «pacto de la Moncloa». Importantes cargos de las
organizaciones patronales, con Carlos Ferrer, máximo dirigente de la CEOE, como maestro
de ceremonias y dos delegaciones de UGT y de CC.OO. con sus secretarios generales al
frente, Nicolás Redondo y Marcelino Camacho.
Como era de esperar en la primera reunión no se llegó a ningún acuerdo. Como era de
esperar, en las restantes tampoco. El objetivo y las posturas defendidas por los
representantes del Gobierno era clara. No se puede negociar un pacto cuando éste ya ha
sido firmado por los líderes políticos. No se pueden modificar unos acuerdos porque ello
obligaría a una nueva redacción y a una nueva tanda de conversaciones. En definitiva, el
«pacto» no se podía modificar y las centrales sindicales tenían que aceptarlo tal como
estaba redactado, incluyendo la limitación de aumento salarial al 22 por ciento y el
despido del 5 por ciento de las plantillas en aquellas empresas donde se rebasara este
tope salarial.
A esto fue a lo que se dedicó el Gobierno en las dos primeras reuniones. A convencer a
sus interlocutores de que el «pacto de la Moncloa» era la única salida posible para la
deteriodada situación económica por la que atraviesa España. En estas dos reuniones los
representantes del Gobierno se limitaron a repetir los mismos argumentos que ya se habían
pronunciado en los salones de la Presidencia del Gobierno ante los líderes de los
partidos parlamentarios.
cambio de rumbo
Una vez que todos constataron de que el pacto no se
podía cambiar en ninguno de los puntos, cosa que era más que previsible antes de que
comenzaran las reuniones, las conversaciones siguieron en otra línea. Ahora de lo que se
trataba era de obtener, de cualquier manera, una contrapartida a los acuerdos que
permitiera a las centrales sindicales presentarse ante el mundo laboral con algún triunfo
que justificara su decisión de participar en estas conversaciones.
El deterioro era ya de por sí grande. Habían aceptado participar ellas solas en las
conversaciones marginado al resto de las centrales, confirmando una vez más que todas las
proclamas de unitarismo no son más que pura demogogía en boca de estos líderes
sindicales. En cuanto se les presentó la oportunidad de acceder a un diálogo con el
Gobierno les faltó tiempo para sentarse en la mesa sin consultar al resto de las opciones
sindicales sus posturas y, por supuesto, sin consultar con sus bases, la conveniencia de
estos encuentros.
Pero es que además los trabajadores de todos los rincones de España comenzaban una serie
de huelgas y de movimientos en contra de los acuerdos del «pacto de la Moncloa». Nadie,
salvo los interesados, prestaba su apoyo a un pacto que trata de salvaguardar, en última
instancia, los intereses de las clases dominantes. Y ante esta nueva muestra de instinto
de clase, de la clase obrera naturalmente, de nada valen los discursos impregnados de
términos economistas y las teorías salvadoras planteadas en términos que muy pocos
comprenden. La situación es -nuY clara, va a aumentar el paro y los trabajadores, una vez
más y como siempre, son los llamados a soportar las cargas de una crisis que ellos nunca
provocaron.
tanto para tampoco
Con estos resultados acabaron las
entrevistas tripartitas entre Gobierno, empresarios y las dos centrales sindicales. En la
última de ellas el desencanto era patente en algunos de los miembros que habían acudido
a estas reuniones. Y más de uno se preguntaba para qué habían servido las mismas. De
todos los integrantes sólo uno había conseguido plenamente sus objetivos: el Gobierno.
Y lo había conseguido porque era perfectamente consciente de cuáles eran sus objetivos y
cómo tenía que llegar a ellos. Su meta no era el de negociar unos acuerdos que ya sabía
de antemano que no podrían cambiarse. Por ello desde el principio se limitó simplemente
a intentar convencer de que los mismos eran la única salida. También sabía que no
convencería, pero ello no era lo importante.
Lo importante era el dar una impresión, ante la opinión pública, de que estos acuerdos
también se habían negociado con las centrales sindicales y con los empresarios. Y por
ello alargó cuanto quiso la ronda de conversaciones, mientras, satisfecho por el
resultado de su gestión, leía en los titulares de los periódicos «Centrales y
Administración se sientan a dialogar». Se había conseguido una vez más comprometer,
sin comprometerse en un pacto, a las fuerzas económicas. Ahora ya podrá decir
tranquilamente que nadie puede dejar de cumplir los acuerdos del «pacto de la Moncloa»
porque en el mismo han intervenido todos. Ello es falso, pero, se ha logrado dar la
impresión de que esto es lo que ha sucedido.
Por otra parte, esta serie de entrevistas han tenido la virtualidad de hacer ver cómo los
empresarios, a pesar de sus reticencias iniciales, aceptaban plenamente el «pacto de la
Moncloa». Como era de esperar se quitaron la careta de su <,no» primero y acabaron
aplaudiendo al Gobierno y prometiéndole su apoyo. Sabían muy bien que era la fórmula
para salvar la «economía de mercado en la que ellos son los supremos hacedores y
beneficiarios. Es una lástima, porque uno de los líderes sindicales presentes en las
reuniones, utilizaba el argumento de la negativa empresarial para intentar convencer a su
público de que con el mismo los trabajadores salían ganando.
¿Y Comisiones Obreras?, ¿Y la Unión General de Trabajadores? Ellos sólo han conseguido
ser los perfectos comparsas de las maniobras del Gobierno. El saldo de su intervención es
bastante pobre. No se han modificado los puntos relativos a la limitación salarial y al
despido de plantillas, no han logrado un compromiso definitivo del Gobierno para convocar
elecciones sindicales (su gran meta) con un sistema electoral claro y definido sobre el
papel, a jugar por los comités de empresa que resulten elegidos; no lograron que el
patrimonio sindical sea devuelto a los trabajadores (claro que a lo mejor no pretendían
esto); no lograron la derogación de la normativa de despido actualmente vigente; no
lograron la regulación del derecho a huelga; no lograron nada salvo el sentarse por unos
días en los sillones oficiales y un poco de publicidad gratuita en los periódicos. La
publicidad de su ridículo.
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