Ya no queda rincón en el planeta sobre cuyos animales, plantas, máquinas,
hombres y paisajes no ejerza su dominio algún Estado. Donde una frontera se acaba,
empieza otra, sin el menor resquicio entre ellas.
Aquellos territorios indefinidos -tierras de nadie- que se extendían más allá de los
límites de un Imperio o del ámbito de «protección» de un señor, han venido a ser
todos propiedad privada de este o aquel Estado. Y así, esa forma particular de
organización, que nació en un momento concreto de la historia y a la que muchos no
concedían el menor futuro, fue arrancando a otras organizaciones tan particulares como
ella misma (tribus, iglesias, señoríos, comunidades .... ) el dominio sobre toda la
superficie del globo. El Estado ha llegado a ser Señor absoluto, y a muchos hasta les
parece «natural». Pero también muchos -más de los que consiguen saltar a los medios de
comunicación (?) cuando su presencia ya no puede ser por más tiempo silenciada-,
desperdigados por todos los rincones del planeta, no creen en tan artificiosas
«naturalezas». De ellos son estas páginas.
«Estos mundos» quiere gritar a los cuatro vientos -a ellos, precisamente, que no conocen
fronteras- que un día se abolirán todas, que ya las estamos aboliendo. No, por cierto,
en favor de Estados más amplios sino hacia la supresión de cualquier forma de gobierno;
no, por cierto, en favor de un orden mundial más justo (que bastante ajustado nos queda
ya éste) sino más bien holgado.
«La existencia -proclama Ricardo Mella- de una sola agrupación de hombres fuera del
sufragio y del sistema gubernamental, prueba la posibilidad de que la sociedad entera viva
sin gobernantes y sin votaciones». Dar fe de esa existencia y afianzar, por tanto, esa
posibilidad, es nuestro propósito.
En el vigente -sí- «internacionalismo de las clases laboriosas»; en el no menos
prometedor desclasamiento de tantos como prefieren renegar desde ya del universo del
salario y del comercio, para reconstruir el suyo propio en granjas, amores o poemas; en la
multitud de acciones que desbordan los arbitrarios marcos interestatales; en la
proliferación de mundos diversos que, existiendo junto al Mundo, hacen manifiesta su
mentira de pretenderse único; en cualquier iniciativa anárquica que contribuya al
des-concierto de las Naciones; y al concierto de las gentes; en el cómo -y esto es
importante- hablan de ello los propios protagonistas, a través de su prensa o sus voces
directas; en todo esto encuentran su razón de ser estas páginas.
Su internacionalismo no es, pues, gigantista ni totalitario; la solidaridad transnacional
a que quieren prestar voz no apunta a ningún propósito descomunal. Por el contrario, en
lo comunal encuentra sus raíces; se sustenta en lo nacional, si por tal entendemos el
lugar donde se nace o renace y no el espacio donde a uno lo gobiernan.
Cada modo de vida concreto y singular, que en su disparidad se sostiene a sí mismo y no
sucumbe a la uniformización burocrática o mercantil, es el universo todo. La infinita
diversidad de las diferencias locales, la gozosa presencia de todos «estos mundos» sin
más ley común que la de sólo meterse a las prácticas que cada uno acuerda, la
apasionada atracción que entre todos ellos fluye, es la que niega toda frontera, la que
dice de su internacionalismo, promesa viva de un planeta sin clases ni gobiernos.
Así, estas páginas no quieren tanto analizar como mostrar, pedir a cada uno su palabra
-ojalá no fuera necesario ni siquiera traducirla- y reflejarla, como en un espejo de mil
caras, hacia cada universo más o menos anárquico. Sabemos que no es esto lo que por
ahora nos sale: sobran vicios, no es que falten ganas. Es cosa de todos el que, si de algo
vale, «estos mundos» sean cada vez más y estén más próximos. Que desde aquí lo
consigamos o no, depende sólo del apoyo de todos y de nuestra virtud para ello, no de los
merecimientos del empeño.
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