Alrededor
de 40.000 antinuclares se manifestaron en Kalkar, pequeña localidad alemana, próxima a
la frontera holandesa, el 24 de septíembre, para oponerse a la construcción de un
reactor rápido (el tipo más peligroso), a pesar de un gigantesco despliegue policial.
Diez mil policías, venidos de todo el territorio federal, controlaban las autopistas y
carreteras que conducían a la central nuclear. Los registros de autobuses, coches
particulares e incluso trenes fueron permanentes, ya no sólo en los puestos fronterizos,
sino incluso a centenares de kilómetros. Varios helicópteros de la policía de defensa
de las fronteras federales sobrevolaban el lugar. Policías, con perros y pistolas, y
otros con la metralleta en la mano, cascos y escudos hacían los registros. Palos de
pancartas y banderas, botellas (incluso de plástico), sin hablar de cascos y otros
objetos del equipo de los manifestantes, les fueron confiscados. Algunos antinucleares
tuvieror que recorrer varios kilóme, tros a pie, muchos de ellos no llegaron...
En Kalkar, desde hacía varios días, estaban cerrados todos los establecimientos, debido
a la presión psicológica ejercida por las autoridades contra sus habitantes. La
víspera, la radio hacía sendos llamamientos a la población para que permaneciesen, en
sus casas. Numerosas flashses identificaban las manifestación con el terrorismo de la
Baader. Tomar parte en ella, aunque no había sido prohibida, suponía participar de la
ilegalidad.
Todo esto pone de manifiesto, una vez más, la solidaridad internacional que existe en
torno a la lucha antinuclear y la represión «demócrata» que sufre el pueblo alemán en
la actualidad. Kalkar ofrecía la visión de un estado policíaco, a pesar de ello no hubo
enfrentamiento violento entre policías y manifestaciones. Tal represión fue considerada
por los organizadores de la manifestación como una forma de acabar con el derecho de
manifestarse. En efecto, fue una manifestación antinuclear, pero, sobre todo, en defensa
del derecho de manifestarse.
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