* La
ciencia al servicio del capital. de la mercancía y del espectáculo, no es otra cosa que
el conocimiento capitalizado, fetichismo de la idea y del método, imagen alienada del
pensamiento humano. Falsa grandeza de los hombres, su conocimiento pasivo de una realidad
mediocre es la justificación mágica de una raza de esclavos.
* Hace ya mucho que el poder del conocimiento se ha transformado en conocimiento del
Poder. La ciencia contemporánea, heredera experimental de la religión de la Edad Media,
cumple -respecto a la sociedad de clases- las mismas funciones: contrarresta, con su
eterna inteligencia de especialista, la cotidiana estupidez de los hombres. Canta en
cifras la grandeza del género humano, cuando ella misma no es otra cosa que la suma
organizada de sus limitaciones y sus alienaciones.
* Así como la industria destinada a liberar a los hombres del trabajo mediante las
máquinas, no ha hecho hasta ahora más que alienarles al trabajo de las máquinas, la
ciencia, destinada a liberarles histórica y racionalmente de la naturaleza, no ha hecho
más que alienarles a una sociedad irracional y antihistórica. Mercenaria del pensamiento
separado, la ciencia trabaja por la supervivencia, y no puede por tanto concebir la vida
más que como una fórmula mecánica o moral. Así, no concibe al hombre como sujeto, ni
al pensamiento como acción, y por ello ignora la historia como actividad provocada y hace
de los hombres «pacientes» de sus hospitales.
* Fundada sobre la mentira esencial de su función, la ciencia no puede sino mentirse a
sí misma. Y sus pretenciosos mercenarios han conservado, de los antiguos sacerdotes, el
gusto y la necesidad del misterio. Parte dinámica en la conservación de los Estados, el
cuerpo científico guarda celoso sus leyes corporativas y los secretos del «deux ex
maquina» que hacen de él una secta despreciable. Nada tiene de extraño, por ejemplo,
que los médicos -especialistas en recomponer la fuerza del trabajo- tengan una
caligrafía ilegible: es el código policíaco de la supervivencia monopolizada.
* El poder, que no puede soportar el vacío, nunca perdonó a los espacios celestes el ser
tierras de nadie libradas a la imaginación. Desde el origen de las clases, siempre se ha
situado en el cielo la fuente irreal del poder separado. Cuando el Estado se justificaba
religiosamente, el cielo estaba incluido en el tiempo de la religión; hoy, que el Estado
quiere justificarse científicamente, el cielo está en el espacio de la ciencia. De
Galileo a Von Braun no hay más que una cuestión de ideología de Estado, la religión
quería conservar su tiempo, luego no tocar el espacio. El poder debe hacer ¡limitado su
espacio, ante la imposibilidad de prolongar su tiempo.
* Si injertar corazones es todavía una miserable práctica artesanal, que no hace olvidar
las niasacres químicas y nucleares de la ciencia, la «conquista del cosmos» es la mayor
expresión espectacular de la opresión científica. El sabio espacial es al triste
médico lo que la Interpol a un policía municipal.
* El cielo antes prometido por los curas de negra sotana es tomado por los astronautas de
blancos uniformes. Asexuados, neutros, supe rb urocratiza (los, los primeros hombres que
escapan de la atmósfera son las vedettes de un espectáculo que día y noche flota sobre
nuestras cabezas. que puede vencer temperaturas y distancias, que nos oprime desde allí
arriba como el polvo cósmico de Dios. Ejemplo máximo de supervivencia, los astronautas
hacen sin querer crítica de la tierra: condenados al trayecto orbital -so pena de morir
de frío o de hambre-, aceptan dócilmente (---técnicamente») el aburrimiento y su
miseria de satélites. Habitantes de un urbanismo de la necesidad en sus cabinas, son
ejemplo -in Vitro- de sus contemporáneos que tampoco escapan, pese a las distancias, a
los designios del poder. Hombres -paneles, publicita rios, los astronautas flotan por el
espacio o brincan por la luna para hacer andar a los hombres al ritmo del trabajo.
* Y si los astronautas cristianos de Occidente y los cosmonautas burócratas del Este se
divierten haciendo metafísica y moral laica (Gagarin «no ha visto a Dios» y Borman reza
por la pequeña tierra), es en la obediencia a su «servicio de mando», espacial donde se
debe encontrar la verdad de su culto, como para Exupery, el santo, que decía bajezas a
una gran altura, pero cuya verdad estaba en su triple condición de militar, patriota e
idiota.
* Los hombres irán al espacio para hacer del Universo el terreno lúdico de la última
revuelta: la que se levantará contra las limitaciones que impone la naturaleza.
(Eduardo Rothe, publicado en el n.º 12 de la «Internationale Situationniste»)
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