La revolución portuguesa fue una moda. Una moda que ya pasó y hoy
los periódicos hablan de otras cosas. Pero una revolución no pasa, pues en su esencia
misma está el levantarse contra el tiempo, contra la misma Historia. Corte en la
Historia, la historia de las revoluciones es la historia de lo sin historia, de lo que se
yergue contra el tiempo y se afirma fuera de él.
Hoy, pues, devolvemos la palabra a «la revolución portuguesa»: re-volviéndola, existe,
recobra la actualidad que siempre -es decir, nunca- tuvo. Quien la toma «no es un
investigador ni un especialista, que va de cooperativa en cooperativa para analizar lo que
otros hicieron», sino alguien que trabaja en una de ellas y desde ahí habla.
Cuando los asalariados agrícolas del Alentejo se lanzaron a la ocupación de las tierras,
después del 25 de abril, no cuestionaron un determinado tipo de explotación, sí la no
explotación en cualquiera de sus formas.
Los trabajadores estaban dispuestos a llevar a la práctica la ya conocida frase «la
tierra para quien la trabaja», estaban decididos a acabar con el desempleo, el hambre y
la miseria. Y, por esta razón, las primeras ocupaciones fueron recibidas con alegría y
se extendieron por todo el Alentejo como el fuego. Este fue el comienzo espontáneo de
ocupación de las tierras, donde no hubo una cabeza central que dijera lo que se debía
ocupar.
Simultáneamente también fueron surgiendo cooperativas de otro tipo. Cooperativas donde
no hubo ocupaciones, sitio que nacieron de la unión (le las pequeñas parcelas de los
campesinos, a iniciativa propia. Así empezó el movimiento. Fue la toma de conciencia por
los agricultores de que la tierra debe ser de todos, lo mismo que el sol o el aire; y de
los pequeños campesinos que vieron cómo al unir sus pequenas propiedades, al trabajarlas
en común y al distribuir conjuntamente lo que éstas producían, el trabajo tendría otro
sentido, sería menos fatigoso y más rentable.
En este momento del que hablamos, que muy bien podría situarse entre finales del 74 y
principios del 75, se estaba gestando una situación pre-revolucionaria, de efervescencia
y calor revolucionarios, de repentina concienciación de las grandes masas de obreros y
campesinos. En las aldeas y pueblos situados al sur del Tajo, era el pueblo quien tenía
la fuerza. Los latifundistas y los fascistas habían huido.
Pero faltaba algo que hiciera posible la coordinación de tantas energías individuales,
que les diera más peso. Faltaba también, y esto hay que reconocerlo, bastante
experiencia a todos estos trabajadores.
Es necesario dejar muy claro que si bien en un principio éste fue un movimiento autónomo
de los trabajadores, posteriormente fue capitalizado y limitado por los partidos
políticos, que lo utilizaron para demostrar su implantación y fuerza.
Organización interna de las cooperativas
Era normal que después de cada ocupación se hiciera
una Asamblea de Trabajadores en la que se discutiera la forma de organizar el trabajo y la
vida. Era también normal que se seleccionase a los trabajadores que más se habían
destacado en la ocupación Y en el período anterior a ésta para formar la comisión de
las nacientes cooperativas. Y era también normal que se discutiera el problema de
organización del trabajo y que, salvo raras excepciones, se tuviera en cuenta el tipo de
trabajo que los trabajadores habían realizado durante muchos años.
Pero fue también normal, en casi todas las cooperativas, desde el principio hasta hoy, la
total abdicación de los derechos de los trabajadores en las comisiones. En la actualidad
encontramos, en la mayor parte de las cooperativas, comisiones cuyo «trabajo» es
dirigir, trabajadores cuyo trabajo es trabajar y asambleas cuya función es informar, no
decidir.
Pero, ¿cómo llegó a producirse este corte? Para nosotros, el problema no está en la
especial «maldad» de éste o ése partido, como argumenta la derecha, sino en los
propios trabajadores. Cuarenta años de fascismo fueron muchos años: cuarenta años de
propaganda de la familia, del Estado y de la Autoridad; cuarenta años de alienación, en
los que se nos dijo constantemente: trabajen, trabajen, sus problemas los resolveremos
nosotros. Esta herencia ideológica se manifiesta en los problemas de organización y
definición revolucionaria. «Ahora también tenemos quien resuelva nuestros problemas»,
y si los trabajadores, en un principio, querían acabar con la explotación directa de los
terratenientes y capitalistas, ahora están seleccionando, por su libre voluntad y en su
propio seno, una capa de dirigentes que muy pronto acabará convirtiéndose en la nueva
fuerza opresora.
También es curioso observar cómo nunca se ha llegado a cuestionar, en casi ninguna
cooperativa, el principio de la autoridad, el trabajo de la mujer y la transformación de
la vida cotidiana.
Por lo tanto, en nuestra modesta opinión, que parte de la observación de los hechos, las
comisiones no surgen como algo «ajeno» al movimiento, sino que son el producto de la
falta de concienciación de los trabajadores, de su poca experiencia y de la estructura
ideológica que el fascismo nos ha obligado a aceptar como única. A todo esto, debe
unirse la propaganda ideológica de los grandes partidos que hoy tienen escaños en la
Asamblea de la República, su poder en los órganos de comunicación social y el que sus
programas también acepten el principio de la autoridad y de la idolatría al Capital.
Comercialización de los productos. Ventas directas
A medida que se multiplican las cooperativas surge un
nuevo problema: el de la venta directa de los productos a los consejos de vecinos y
trabajadores. El Estado empezó a cortar los créditos que concedía a las cooperativas
con el objeto de controlarlas e integrarlas en la Reforma Agraria. De ahí la necesidad de
asegurar la venta directa de los productos, sin intermediarios, sino directamente a los
consumidores.
Así surgen las primeras relaciones «Ciudad-campo». En camionetas, el productor lleva el
producto hasta las manos del consumidor, con el que tiene la ocasión de hablar del
porqué de los precios (abaratados) y de la calidad del producto. Pero este procedimiento
es caro y cansado. La unión natural que se había establecido en las primeras ventas, se
desvanece y es substituida por una nueva relación: productor-comisión-consumidor.
Comisiones que, en las ciudades, concentran los productos de las cooperativas y los venden
por un precio mayor.
Y por último, debido a las deficiencias entre el productor y la comisión. se crea un
nuevo órgano: el «entrepuesto», eslabón que coordina los productos de las
cooperativas, repartiéndolos entre las comisiones según sus necesidades y ocupándose
posteriormente éstas de su venta entre los consumidores. Y así pasamos de la cadena p
roductor-comisión -consumidor a la productor-entrepuesto-comisión-consumidor. Con tanta
intermediación, tanto campesinos como obreros, productores como consumidores, pierden el
control de la cadena y en los puntos claves se sitúan los partidos.
Uniones de cooperativas y partidos políticos
Ya hemos tratado anteriormente la organización
interna de las cooperativas y la característica de un proyecto capitalista de Estado, con
la conocida dicotomía comisión -trabajadores, desempeñando la primera el papel de
«vanguardia», en este caso concreto de «gerencia», a través de la cual los
coniunistas mantienen su influencia. Ahora bien, esto se debe a la falta de información y
concienciación de los trabajadores; y no a la imposición de los comunistas, como
pretende confundirnos la derecha. El PC está en las cooperativas porque los trabajadores
así lo desean, porque se sienten unidos a él por las razones que sean. Para destruir la
influencia del reformismo en las cooperativas, es necesario crear una alternativa
revolucionaria, con puntos muy claros, donde se ponga en evidencia la diferencia entre
reformismo y Revolución. Una alternativa que haga que los trabajadores rechacen al PC por
colaborar con la burguesía y que creen, posteriormente, una situ ación revolucionaria en
la que se cuestione el principio de la Autoridad, que modifiquen interna y externamente
las cooperativas y la sociedad en su conjunto, bajo la propia dirección de los
trabajadores, organizados en los centros de trabajo y convivencia.
(Resumido de «A SEMENTEIRA»9 n.º 1, mayo del 77)
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