La carta de un torturado. Otra más. Esto ya empieza a resultar
monótono. Y ahí está la auténtica tragedia: la tortura ha llegado a aburrirnos. Justo
ahí empezamos a ser cómplices, a convertirnos también cada uno en torturadores: es bien
sabido que la eficacia de estos métodos es mucho mayor cuando el que los sufre sabe que
la indiferencia de la población, como ocurre en la URSS o Alemania.
Sólo la incesante solidaridad por encima de las fronteras puede frenar la bárbara orgía
rutinaria de los Estados modernos. El caso de Alejandro Coronel Montoya son todos los
casos.
Yo, el abajo firmante, Alejandro Coronel Montoya, de nacionalidad boliviana, pasaporte
n.º 1247454, certifico haber sido arrestado el 18 de julio de 1976 en Cochabamba y
mantenido en prisión hasta el 14 de septiembre de 1977, fecha en la que fui expulsado de
mi país en calidad de turista.
» El 18 de julio de 1976 a las 7,30 fui obligado a dejar mi trabajo por los agentes del
DOP de Cochabamba. Me condujeron a «los despachos» del DOP para los primeros
interrogatorios. Cuando llegué fui obligado a quitarme la ropa y el jefe de la DOP, M.
Linares, empezó a golpearme con un bastón de un metro de largo y unos cuatro
centímetros de ancho.
» Después fui conducido a mi casa. Durante el trayecto, nuevos agentes me golpearon en
la cara, y como consecuencia perdí dos dientes. Mi casa fue totalmente revisada, los
muebles y otros objetos quedaron totalmente destruidos. Como es habitual en estos casos,
los policías robaron algunas de mis pertenencias, mis libros de ingeniería y mi reloj
entre otras. El registro se hizo delante de mis padres, que no recibieron ninguna
explicación, y fueron amenazados por los policías cuando intentaron protestar contra
esta violación. Todo esto duró aproximadamente una hora.
» Después fui conducido de nuevo al DOP, donde fui interrogado; esta vez
~<Coquito,>, conocido por su sadismo y por haber asesinado a varios prisioneros
políticos, tomó parte en el interrogatorio. De nuevo fui golpeado con un bastón por
todo el cuerpo, especialmente en las piernas. Después «Coquito», cuyo verdadero nombre
es Víctor Balbián, me agarraba por los pectorales y retorcía la piel, lo que me
provocó intensos dolores. Aún con más fuerza me golpeó después en los oídos, estaba
casi inconsciente. Siguieron golpeándome en la cabeza, sobre todo en la nuca con codos y
puños. M. Linares me tiró un líquido que me produjo quemaduras en la cara y el cuello.
» Después de esta sesión de interrogatorio, fui conducido a una celda sucia, húmeda y
oscura, sin colchón ni mantas. Habían pasado ocho horas desde mi arresto.
» Al día siguiente me llevaron a las 6 de la mañana a La Paz, directamente al
ministerio del Interior, al despacho del Jefe de Inteligencia Militar, M. Carlos Mena.
Allí me interrogaron y me amenazaron con llevarme a la Parrilla (cama mecánica en la que
se acuesta al prisionero y se le aplican descargas eléctricas).
» Durante este interrogatorio, volví a ser golpeado en todo el cuerpo. Seguía estando
semi -inconsciente. M. Carlos Mena participó activamente en el interrogatorio, que duró
casi una hora. Cuando acabaron de interrogarme me llevaron a los sótanos del ministerio,
a una celda que apenas tenía ventilación. Estuve en esta celda siete días, durante los
cuales tuve que sufrir otros interrogatorios. Me trasladaron después al DOP de La Paz
donde, a pesar de mi precario estado de salud, no fui atendido por ningún médico.
» Conmigo había unas 35 personas, casi todos detenidos a consecuencia de la huelga de
las minas. Estábamos todos en una celda común, sin ventana ni condiciones higiénicas,
con el WC en la misma celda y sin agua. Allí encontré a Julio Mercado, que estaba
destruido moralmente; todo su cuerpo estaba lleno de hematomas y llagas además de tener
varias costillas rotas. Hacía mes y medio que había sido encarcelado y aún no había
recibido ninguna asistencia médica. Fui trasladado al penal Panóptico Nacional donde
conocí todo tipo de torturas, y después al campo de concentración de Chonchorro. No
había luz ni médico, la comida era insuficiente y el trato de los policías era de
constantes insultos y amenazas.
» El 1 de Junio 1977 me trasladaron a Achocalla y el día 9 otra vez al DOP, donde me fui
impuesto el exilio como condición a mi liberación.
» Durante los 17 meses que duró mi detención, no me han juzgado ni se me ha imputado
ningún cargo.
» Mi propia experiencia y lo que he podido observar en estos 17 meses de detención me
llevan a pensar que es necesario que dé testimonio de ello. Con objeto de que vosotros,
consecuentes defensores de la libertad y los derechos humanos, hagáis todo lo posible
para que cesen todos estos atentados a los derechos más elementales, que son moneda
corriente en mi país desde 1971.
» Mi caso no es único ni puede ser aislado. Miles de bolivianos han sufrido y sufren
actualmente violaciones de su integridad física y de sus derechos.
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