El
fetichismo del Informe Kinsey por el orgasmo no deja de arrojar significativos resultados
entre la frecuencia de éste y la laboriosidad de las diferentes clases sociales:
- sólo las clases que escapan a la ley del salarlo escapan también a la ley de los
orgasmos comedidos.
- entre los asalariados, a mejores empleos corresponden menos orgasmos.
A enorme distancia de las demás formaciones sociales, el «hampa» da una proporción del
49,4 % de alta frecuencia orgásmica, estando integrada por gentes que -para los
«bienpensantes»- no trabajan, aunque mejor sería decir que «trabajan» a su modo, no
por un salario.
Después, la proporción de altas frecuencias pega un bajón, para de crecer
progresivamente con el aumento de cualificación profesional: del 15 % al 16,1 % en los
obreros, el 12,1 % en los obreros cualificados, el 10,7 % en los empleados inferiores y el
8,9 % en los superiores.
Son las clases dirigentes, empresarios y «profesiones importantes», las que escapando al
salario escapan también a este descenso: a ellas corresponde un 12,4 %. Proporción que
si no se acerca a la del «hampa», sí supone un aumento del 30 % respecto a la del
empleado, es decir, dos o tres orgasmos más por semana.
Los no asalariados son, pues, quienes de más orgasmos disfrutan. Asemejándose en esto
«hampa» y «clases dirigentes»», nos encontramos con la pregunta de Bataille: «¿Y
qué es la clase soberana sino el hampa dichosa, afianzada en el consentimiento de la
multitud?»
Es cierto que la frecuencia orgásmica es una medida, como toda medida, demasiado chata
del placer sexual, que encuentra su esencia en lo inconmensurable: el juego, lo
insólito... Pero no deja de ser un dato. Saque cada uno su moraleja, aunque hay muchas
posibles: el ocio es la madre de todos los vicios... y placeres; del «lumpen» hay mucho
que aprender; de las clases dirigentes también, aunque no tanto; hay cosas más
importantes que el sexo, como el placer del deber cumplido o la animosa palmadita del
jefe; el que roba ocho horas de la vida de los trabajadores, roba también el fruto de sus
placeres: es un chulo; y así.
E. L.
No se divierten.
No puedo divertirme si ellos no se divierten.
Si logro que se diviertan, podré divertirme con
ellos.
Lograr que se diviertan no es divertido. Cuesta
mucho.
Podría llegar a divertirme si descubro por qué no
se divierten.
No está bien que me divierta averiguando por qué no
se divierten.
Pero ya es un poco divertido fingirIes que no me
divierto al descubrir por qué no se divierten.
Llega una niña y dice: Vamos a divertirnos.
Pero divertirse es perder el tiempo, porque no ayuda
a imaginar por qué no se divierten.
¡Cómo te atreves a divertirte cuando Jesús murió en la Cruz por ti! ¿Acaso él se
estaba divirtiendo?
R. D. LAING
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