La atención que los pueblos «salvajes» o «primitivos» reclaman, desde
Una perspectiva libertaria, no nace de un morboso interés por especies en vías de
extinción (?) ni de una infantil añoranza de paraísos perdidos. Más bien al contrario,
dar fe de su existencia, de sus costumbres tan otras que las nuestras, no puede por menos
que sembrar la duda en lo indudable, mostrar la arbitrariedad de lo que se tiene por
necesario y natural, conmover con un aliento de caos el cosmos nuestro de cada día. Ellos
reflejan, por contraste, cómo el Estado no es la única forma de organización (?)
social, cómo las instituciones cotidianas en las que se sustenta (familia, tiempo
horario, identidad personal, guerra, fronteras nacionales ... ) son, al margen de su
bondad o maldad, tan posibles como otras. Tan sólo prestarles voz, hablar de ellas,
afamarlas, es difamar al Estado. Y ésta es, por definición, una elemental práctica
revolucionaria.
Pero el ejemplo que ofrecen estos pueblos no se agota en su efecto negativo, en socavar la
solidez de nuestras instituciones desenmascarando la mentirosa unidad monolítica de su
fundamento (una la profesión, uno el rey, tino el DNI y la familia de cada uno, uno el
ejército, uno el domicilio, uno el programa de enseñanza ... ). Su ejemplo es, además,
edificante, valga la redundancia, en el más material sensido de la palabra. Afirma la
posibilidad actual de otras instituciones y prácticas sociales, y apoya su afirmación en
la razón más convincente: son posibles porque son. Al menos mientras que el Estado, por
gracia del monopolio de la ley de las armas, única razón que conoce cuando le falla el
monopolio del arma legal, no remate su metódico plan de exterminio de cualquier otra
civilización que no lo tenga a él por clave de bóveda.
Tan largo preámbulo viene a cuento de tres noticias próximas, si no tanto en el tiempo
de las agencias de prensa, sí en ese otro tiempo, circular, donde todo vuelve, siempre
con un sabor distinto: el tiempo donde ocurren los juegos, los mitos, las estaciones, las
simpatías y las corridas de toros. Tres noticias de las que no merecen categoría
suficiente como para hacerse letra impresa, pues las amenazas de exterminio a que hacen
referencia se le han hecho a nuestra civilización algo tan natural como la salida del sol
cada mañana o la presencia arrogante de hombres armados y uniformados por las calles.
Tres noticias que no llegan a través del frenético repiqueteo de los teletipos sino con
el pausado charlar de los viajeros que en un alto cuentan lo que otros les contaron o
ellos mismos vieron.
La primera habla de la que tal vez sea la última batalla de una guerra secular, ominosa,
descomunal: la que el Estado de Estados que domina el norte de América libra contra los
primeros pobladores de aquellas tierras. Si el Rey de Reyes encontró en la encarnación
su arma definitiva contra la impiedad pagana, el Estado de Estados (los USA que le llaman,
en un alarde de síntesis) repite hoy la hazaña revelando su arma encarnada en número
--enumerada, única forma de encarnación que permite el progreso-: H.R.9054 es, en
efecto, el nombre de la ley que preconiza no sólo la abolición de todos los tratados que
los USA han ido imponiendo a los pocos indígenas supervivientes de sus matanzas, sino
también la derogación de todos los derechos y protectorados que éstos aun conservaban.
No le quedara al indio más caza que la única civilizada: la caza del hombre; aunque para
ejecutarla con inmunidad haya de vestir uniforme. H.R.9054 pondrá fin, de aprobarse, a la
magna empresa dernocrática de la que el general Custer, John Wayne y las mantas
infectadas de tifoidea no fueron más que burdos instrurnentos.
¡sálvese el que pueda!
Sin grandes alharacas ni rugidos de motores, sin
casus belli ni declaraciones de guerra (práctica sólo habitual entre Estados), la caza
del indígena hasta su total aniquilamiento es una consigna tan sorda como universal.
¿Qué grado de terror tiene que haberse alcanzado para que se hayan dado cita pueblos tan
dispares como las referidas tribus del norte de América, originarios pobladores de la
Escandinavia, nómadas del norte de Africa y comunidades indias de lo que hoy es Bolivia,
Perú o el Paraguay? ¿Qué nueva y monstruosa deidad ha podido estremecer al unísono a
gentes de tan variadas creencias? ¿Que pecado común han cometido para merecer tal
castigo que su sola presunción les haya hecho olvidar rivalidades o desconocimientos
seculares, insondables barreras lingüísticas o la unión ancestral a una tierra que han
abandonado para dar en encontrarse en lugar a todos tan ajeno como es Ginebra?
Porque Ginebra, Suiza, ha sido, a finales del pasado año, el punto de reunión para todos
los habitantes originales del hemisferio occidental. Nueva Babel inocente, esta ciudad dio
cobijo por cuatro días a una solidaridad insólita. Delegados de tribus y comunidades
que, a lo que se nos alcanza, tenían una sola propiedad común: no constituir propiamente
un Estado ninguna de ellas, no conocer las cárceles, los asilos ni el salario. Ese parece
ser su pecado, pecado ciertamente de origen, y causa de la pena de extinción total cuyo
cumplimiento tiene los días contados. El Estado, reciamente acomodado en el trono que
dejó vacío el anterior nombre del Todopoderoso y Omnipresente, repite así su máxima:
«o conmigo o contra mí». Porque ciertamente ninguna de estas tribus y comunidades se ha
afirmado nunca como anti-estataI, sino que han permanecido a-estatales. Por no definirse
contra (que no es sino un modo de confirmar) sino otra cosa que el Estado, ni siquiera han
blasfemado; y esa culpa es la única imperdonable.
La tercera agresión estatal de que nos proponíamos dar cuenta, esta vez contra el pueblo
esquimal, muestra, con mayor transparencia, si cabe, que las dos anteriores, tanto el
carácter único del Estado al través de sus distintas denominaciones geográficas como
su esencia totalitaria en la medida en que pretende serlo todo y reducir a nada cualquier
cosa que no sea él.
prohibido ser esquimal
Canadá, Alaska, Groenlandia y la Unión Soviética
son ahora los frentes por los que la ofensiva progresiva del Estado ataca a los 100.000
pobladores de las regiones al norte del Círculo Artico. Unidos por una misma lengua y una
misma cultura, las comunidades esquimales se enfrentan a una opción sangrienta: o aceptan
la estrategia político-tecnológica de los bárbaros del sur o serán extinguidos. Dicho
de otro modo, o se suicidan o les matan.
Una vez más, la inmediatez de una agresión común ha forzado la solidaridad de un pueblo
diseminado en diminutos grupos errantes a lo largo de tres continentes. La Conferencia
Circumpolar Esquimal, que ahora hace un año se inauguró en Barrow, Alaska, marca la
primera ocasión en la historia en que todos se reúnen en una asamblea supranacional.
Casi todos, a decir verdad, pues los esquimales siberianos, los únicos cuya población
(al menos 5.000) no se incrementa con la natural progresión, han visto interceptado su
desplazamiento por las autoridades soviéticas, su situación es un misterio hasta para
sus propios hermanos.
El encuentro se centró en un tema capital para la supervivencia esquimal: el acceso a una
extensión de tierra suficiente y no deteriorada. El argumen. to era inapelable: no puede
la Historia, en nombre de su progreso, privarles de lo que ya era propiedad suya antes de
que se escribiera la Historia, que es tanto como decir antes de que la Historia existiera.
Allí se vindicaron también derechos impensables para aquella burguesía «liberal y
progresista» que redactó lo de los «derechos humanos».
El derecho a la desmilitarización de las regiones polares recoge la sana tradición de un
pueblo que, aún en nuestros días, si bien practica la muerte individualizada, todavía
es extraño a esa práctica del asesinato organizado, anónimo, legal y masivo que los
modernos inauguraron, y mantienen, con esa burocracia para el aniquilamiento a la que
llaman Ejército.
Con el derecho de caza libre, las 100.000 personas que habitan las regiones al norte del
Círculo Artico reivindican el derecho a sobrevivir con os medios que son propios a su
común cultura. Un auténtico dédalo de tuberías, minas, oleoductos, gaseoductos amenaza
con hacer imposible la vida tanto de animales como de hombres libres. Son puestos de
trabajo, les dicen, como si les hicieran alguna falta.
El derecho al libre tránsito, al libre ir y venir por todos los territorios que, al
margen de fronteras y continentes, conocen una misma lengua, es otro de los derechos
básicos exigidos por la Conferencia Circumpolar, pues su vida nómada, cimentada en
comunidades erráticas, está gravemente amenazada.
Les expropian las tierras, les imponen domicilio, les secuestran a sus hijos en escuelas
extrañas, de hablas extrañas, y todo ello en nombre del progreso. Son gentes atrasadas a
las que hay que adelantar. Eso han demostrado recientemente dos científicos yankis con un
experimento para la historia de la estupidez civilizada. Instalado en Wales (pueblecito de
Alaska de 130 habitantes) un aparato de televisión, a los seis meses los niños
esquimales «habían incrementado su coeficiente de inteligencia», de donde deducen que
la cultura yanki es superior y no que sus tests lo único que miden es el grado de
internalización de su cultura. El bendito aparato introdujo otro avance: con su
aparición, la asamblea comunal que se reunía periódicamente para decidir los asuntos
comunes, no se volvió a reunir, olvidando esa «forma arcaica de organización» por la
que unos no se dejan gobernar por otros.
Y habrá quien siga deciendo que la Técnica, el Estado, la Historia, el Progreso o
cualquier otra mayúscula es neutra, que depende de quién las use.
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