Con
la proclamación de la Dictadura, en 1923, por Primo de Rivera, con el apoyo entusiasta de
la burguesía catalana, que vela con temor el resurgir de una Confederación que desde la
huelga de La Canadiense venía proporcionándole incontables disgustos, se abrió un
proceso de represión y clandestinidad dad para la CNT; y también otro de clarificación
y crisis en el campo del autonomismo catalán, tras quedar la alta burguesía en los
mismísimos cueros de su característica de clase, sin taparrabos catalanistas con que
cubrir sus vergüenzas centralistas. Este vino de forma natural, a ser recogido --on más
claridad que antes por el pueblo, que adquirió en aquella circunstancia histórica la
forma de una militancia activista contra el Directorio militar y la Monarquía que lo
refrendaba.
Para mí es obvio que, en esta situación, debieron encontrarse la perseguida militancia
confedera¡ y el republicanismo de izquierdas, personificado a la sazón en la figura del
coronel Maciá, (futuro presidente de la Generalítat). Se tiene noticia histórica de
conversaciones y acuerdos tácticos llevados a cabo por parte confederal por Juan Peiró,
como secretario del Comité Nacional, y que fueron plenamente ratificados en un Pleno de
Regionales; acciones revolucionarias como la de Prats de Molló y quizás algunas más,
pero lo más importante para mí fue un cierto trasvase ideológico libertario, no del
todo estudiado, hacia el campo de autonomismo catalán, y que puede reseguirse
perfectamente en el articulado del Estatuto de Nuria, desde el preámbulo hasta el final.
En él encontramos temas tan específicamente libertarlos como el antimilitarismo, la
inquietud pedagógica, la estructura federal de los pueblos ibéricos; en fin, el
establecimiento de la autonomía de los municipios.
El Estatuto de Nuria recibió, pues, según este criterio, una fuerte influencia
libertarla. Lógicamente, la Confederación, por tratarse de un organismo de clase, no
podía considerar al mismo el "summun" del ideal, puesto que el Estatuto, por
muy avanzado que fuese, contemplaba una sociedad catalana dividida en clases, es decir, no
socialista. Sin embargo, preveía un marco sociopolítico que, en ningún caso, por el
hecho de quedar la alta burguesía muy mermada en su poder como clase dominante, podía
dejar indiferente a la Confederación. La militancia libertarla votó, conjuntamente con
el resto del pueblo catalán, en el plebiscito del 2 de agosto del 31, el Estatuto de
Nuria, por considerarlo una buena herramienta de trabajo para avanzar hacia el comunismo
libertario.
A poco de proclamarse la República, un Pleno Nacional de Regionales de la reconstruida
CNT declaró:
"Para los trabajadores no hay regiones ni patrias, hay hombres y hay hermanos. Hay
humanidad, y dentro de la humanidad existen, eso sí, necesidades étnicas con sus
costumbres y su idiosincrasia. Esto, que se halla en la misma naturaleza de los hombres,
tiene que ser respetado dentro del sistema federalista, que comenzando en España,
llegará a Europa y abraza á la humanidad entera".
Pienso que no puede quedar mejor expresado el reconocimiento de los derechos de los
pueblos ibéricos a su libertad, se enmarquen o no en la nacionalidad, apuntándose con
toda claridad hacia un federalismo de etnias diferenciadas.
la CNT y el Estatuto de 1932
Del Estatuto de Nuria al efectivo que concedieron las
Cortes Republicanas, media un abismo. El primero contemplaba el hecho de la autonomía de
Cataluña como algo completo que incluía al pueblo, y pueblo eran los trabajadores
libertarlos de la CNT. El segundo no suponía más que la sujeción del proletariado
catalán a la burguesía, que en todo momento se reservaba la última palabra,
recurriendo, si lo creía oportuno, al apoyo del Estado republicano. La actitud contraria
al Estatuto de Nuria en las Cortes de Madrid por parte de los más conspicuos
representantes de la Lliga Regionalista Catalana, es suficientemente demostrativa. La CNT,
que en ningún momento se opuso a la autonomía y libertades de ningún pueblo, acogió la
concesión del Estatuto del 32 sin ningún entusiasmo, y yo creo que las razones son más
que obvias; la experiencia histórica iba a demostrar con hechos cómo est -ha pensado
para utilizarse en contra del proleta. riado catalán.
En la actualidad, una serie de partidos centralistas, mejor dicho, sus sucursales
catalanas, están elaborando un nuevo estatuto. A buen seguro resiguiendo el articulado
del de 1932, en un sentido mucho más restrictivo. Nuria queda muy lejos, puesto que para
más "inri", lo redactan en Sau uno de los triunfalistas Paradores Nacionales
del franquismo.
la CNT v los hechos de octubre 1934
La burguesía catalana pudo encontrar quien asumiera
la dificil tarea de aplicar, puertas adentro, un Estatuto que, en todo caso, estaba
pensado para mantener sus privilegios de clase. La pequeña burguesía cristalizada
alrededor del nacionalismo, no supo ver con claridad el saco en el cual se le metía, y se
prestó, acogiendo el Estatuto del 32 por aquello de que "algo es algo", a hacer
el juego del peón. ¿Cómo si no puede interpretarse todo lo que pasó después? Por un
lado su irreal enfrentamiento con la clase obrera catalana, y por otro su permanente
insatisfacción, que le llevó al levantamiento nacionalista de 1934.
La pequeña burguesía vino a desviarse, de esta
manera, de las aspiraciones de los trabajadores, que, de alguna forma, se habían
expresado en el plebiscito de agosto del 3 1, aprobando el Estatuto de Nuria. Una vez más
el nacionalismo fue utilizado por la burguesía, como arma interclasista, contra el
proletarido. Todo ello nos explica la incomprensible caída de la Esquerra hacia la
derecha, la fusión con el grupo paramilitar y fascista de Dencás y, lógicamente, la
persecución a que la Generalitat sometió a la CNT. La culminación de este proceso ya la
conocemos, el alzamiento de octubre del 34, en donde lejos de toda realidad se quiso
imponer lo que Maciá había renunciado en 1931: un Estado independiente dentro de la
República española. Lo que entonces no fué posible con un Maciá al frente, que contaba
con un carisma popular y el apoyo tácito de los libertarios, no lo iba a ser mas tarde
con un Companys titubeante y un alucinado Dencás como punta de lanza, que pretendía
edificar la independencia sobre módulos fascistas, tan de moda en la Europa del tiempo;
y, claro está, con la CNT como principal enemiga, el desastre era obligatorio.
los libertarios y la autonomía de Cataluña del 36
al 39
A partir del 19 de julio del 36, el
anarcosindicalismo abre un proceso revolucionario de unas características tan vastas y
profundas que constituye uno de los más importantes hitos del socialismo del siglo XX. El
socialismo autogestionado de las colectivizaciones libertarias presente en Cataluña,
Aragón, Castilla y Levante, constituye su mayor realización socioeconómica.
Es precisamente durante este tiempo cuando Cataluña va a conseguir los más altos niveles
de autonomía nacional, precisamente cuando la influencia de la CNT en toda la vida
catalana fue más intensa. Conviene llamar la atención de que en la práctica real el
Estatuto del 32 era papel mojado, y de que lo funcionante era el de Nuria, e incluso este
sobrepasado con creces por una realidad revolucionaria a la que toda normativa legal o
escrita le tenía que venir forzosamente estrecha.
Lo más interesante de este periodo a reseñar, en cuanto a la actitud positiva del
anarcosindicalismo con respecto a la autonomía de Cataluña, es el remarcar que fue
conjuntamente con el POUM quien más se opuso a toda restricción centralista de dicha
autonomía. El papel de la alta burguesía, que lógicamente se pasó con armas y bagajes
al franquismo, fue ocupado por los fervores centralistas del Partido Comunista Español,
aupado desde su ínfima pequeñez hasta el Gobierno de la República por obra y gracia del
monopolio ejercido por la URSS en la ayuda militar. La sucursal catalana del PC, el PSUC,
fiel a esta política de concentrar todo el poder en las estructuras republicanas que en
aquel momento le eran útiles, desarrolló una línea coherente: la puesta en práctica
del Estatuto del 32, que los mismos acontecimientos habían relegado a legalidad
decorativa. La intencionalidad restrictiva para la que fue pensado se avenla perfectamente
a sus apetitos hegemónicos.
El problema no fue otro que en esta circunstancia el PSUC no tenía suficiente entidad y
consenso para hacer el papel que la Esquerra asumió en el 32, además de que la
revolución libertaria protagonizada por los trabajadores catalanes era un hecho real que
no se saltaba un galgo. Actuando con lógica estalinista, no quedaba más camino que, tras
crear todo tipo de problemas internos, forzar un enfrentamiento con la CNT. Es probable
que nadie pensase que las cosas adquiriesen la gravedad que llegaron a tener los hechos de
mayo del 37, pero el resultado no fue el previsto de antemano, la ocupación militar de
Cataluña por las tropas de la República, y la derogación del Estatuto de Autonomía en
su articulado más positivo.
Según nuestra opinión, se equivoca el señor Sobrequés, en su reciente libro sobre los
Estatutos, cuando sitúa la derogación del mismo en Burgos y por parte del general
Franco; la verdad histórica es que la autonomía catalana habla sido previamente
aniquilada y reducida la Generalitat a poco más que una figura decorativa por el Gobierno
comunista del doctor Negrín.
¿Quedará de una vez claro para siempre quién defendió la autonomía de Cataluña, y
quién abolió sus libertades?
la CNT y las nacionalidades
Críticos contemporáneos, a falta de poder mostrar a
una CNT contraria a las libertades catalanas, han intentado hallar una contradicción
entre las "masas confederales" y sus comités. Mientras denostaban al
nacionalismo como pernicioso, aquellas actuaban en la práctica real en nacionalista
catalán. Si alguna organización mantuvo ante la autonomía catalana y los diferentes
estatutos que quisieron interpretarla una actitud coherente, fue precisamente la CNT. Con
lo dicho hasta aquí, creo que queda claro. Interpretar que cuando los trabajadores
catalanes afiliados a la Confederación edificaban una nueva economía socialista y
autogestionada, o se oponian a volver a marcos políticos periclitados por el mismo
proceso revolucionario, o se levantaban contra el nuevo centralismo estalinista de la
República, estaban practicando nacionalismo catalán, es una hipótesis peregrina que
demues,ra lo poco que sobre el anarco-sindicalismo se sabe, incluso por parte de
los---expertos". Hubo militantes y no pocos, que actuaron en Cataluña, Aragón y
Levante, sucesiva e idénticamente, como lo hubieran hecho de encontrarse en
Checoslovaquia, contra el dominio ruso, o en Vietnam contra el imperialismo americano; y
según esta hipótesis, quiere decir que fueron nacionalistas catalanes, aragoneses o
levantinos, casi al mismo tiempo.
Es evidente que la forma de actuar de la militancia confedera¡ no puede asimilarse a
nacionalismo alguno, y que responde a la ideología y un afán revolucionario, en verdad
internacionalista.
Para los anarquistas de ayer y de hoy, el concepto de autonomía y la libertad de
Cataluña (que no debe ni puede ser superior a la autonomía y la libertad de los demás
pueblos ibéricos) tiene sus raíces en la más elevada concepción del federalismo. En
este sentido no supone ni mucho menos la libertad de Cataluña que el Gobierno Central del
Estado delegue sus poderes en un Gobierno catalán. La libertad no se consigue invistiendo
a nuevos burócratas para que gobiernen o manden a los catalanes.
La autonomía es una función política ciudadana que nace en los municipios para plasmar
todo su sistema político y administrativo en órganos más generales, que en pura
dinámica federal no son más que agentes mandatarios de aquellos; asimismo, la libertad
de los municipios se edifica sobre la libertad de los individuos, pues como decía Pi y
Maragall, "el individuo es anterior y superior al Estado".
Queda pues claro que la catalanidad de la CNT de Cataluña, al igual que el galleguismo,
andalucismo o vasquismo, de sus honómicas hispánicas, se basa en el principio federativo
de la sociedad, pero de un federalismo integral, el único merecedor de tal nombre, que
partiendo del individuo se eleva a través del libre pacto hacia comunidades humanas
complejas; queda asimismo claro que nada tiene que ver con el federalismo mecanicista y
expúreo de la burguesía, que a lo sumo que llega es a una interpretación caricaturesca
del pacto federal, realizándolo a nivel de estados. Su catalanidad y su nacionalismo se
basa en el poder y en sus estructuras, lo que niega la misma esencia del pacto libre,
federal.
Es esencial, pues, para hacer coherente este planteamiento, reconocer sin ningún tipo de
cortapisas el derecho de autodeterminación de los pueblos. Cada municipio, cada comarca,
cada región tiene derecho a su autonomía, prescindiendo de que se enmarque o no -esto
pertenece a su propia libertad decirlo- en una unidad nacional. Quien desee integrarse en
una determinada comunidad, que lo haga libremente, y que nadie venga con razones
históricas, geográficas, étnicas, culturales o dialécticas, a restringir este derecho
de autodeterminación fundamental para edificar una convivencia pacífica y estable.
Son estos planteamientos ya antiguos de la Confederación, que abogó desde el Congreso
del Conservatorio de Madrid en 1931 por una República Federal donde todo el mosaico de
pueblos y nacionalidades ibéricos encontrasen un marco solidario de libertad donde
desarrollar una socieda socialista y autogestionada.
Si alguien debiera reflexionar sobre todo este asunto y llevar a cabo una urgente
clarificación, no es precisamente la CNT; son todos aquellos dispuestos a entrar de nuevo
en el nacionalismo como juego interclasista.
A veces pienso que los cenetistas, más que los últimos anarquistas de un pueblo que se
niega a dejar de producirnos, somos los últimos marxistas, somos los únicos conscientes
de que vivimos en una sociedad de clases.
Los libertarios no precisan, ni ayer, ni hoy, de la teoría de las nacionalidades para
luchar por la autonomía de los pueblos.
J. L. TABERNER
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