Trasladar
el dilema violencia / no violencia ha sido preocupación constante M anarquismo. Viole
ncia "fria o caliente", jerárquica o
anárquica, anónima o con cara militar o visceral, le son alternativas más próximas.
Los siguientes parrafos, firmados en el periódico
Nosotros -marzo de 1937- por un combatiente de la Columna de Hierro, expresan toda la
tensión con que un anarquista se enfrenta
al "militarizarse o desaparecer".
Soy un fugado de San Miguel de los Reyes, siniestro presidio que levantó la monarquía
para enterrar en vida a los que, por no ser cobardes, no se sometieron nunca a las leyes
infames que dictaron los poderosos contra los oprimidos. Allá me llevaron como a tantos
otros, por lavar una ofensa, por rebelarme contra las humillaciones de que era víctima un
pueblo entero, por matar, en fin, a un cacique.
Joven era, y joven soy, ya que ingresé en el presidio a los veintitrés años, y he
salido porque los compañeros anarquistas abrieron las puertas, teniendo treinta y cuatro.
¡Once años sujeto al tormento de no ser hombre, de ser una cosa, de ser un número 1
Conmigo salieron muchos hombres, igualmente sufridos, doloridos por los malos tratos
recibidos desde el nacer. Unos, al pisar la calle, se fueron por el mundo; otros, nos
agruparnos con nuestros libertadores, que nos trataron como amigos y nos quisieror como
hermanos. Con éstos, poco a poco, formamos la "Columna de Hierro"; con éstos,
a paso acelerado asaltamos cuarteles y desarmamos a terribles guardias; con éstos, a
empujones, echamos a los fascistas hasta las agujas de la sierra, en donde se encuentran.
Se nos trató como a forajidos, se nos acusó de incontrolados, porque no sujetábamos el
ritmo de nuestro vivir que ansiábamos y ansiamos libre, a caprichos estúpidos de algunos
que se han sentido, torpe y orgullosamente, amos de los hombres al sentarse en un
ministerio o en un comité, y porque, por los pueblos por donde pasamos, después de
haberle arrebatado su posesión al fascista, cambiarnos el sistema de vida, aniquilando a
los caciques feroces que intranquilizaron la vida de los campesinos, después de robarles
y poniendo la riqueza en manos de los únicos que supieron crearla: en manos de los
trabajadores ( ... ).
Pero un día -era un día pardo y triste-, por las crestas de la sierra, como viento de
nieve que corta las carnes, bajó una noticia: "Hay que militarizarse". Y entró
en mis carnes como un fino puñal la noticia, y sufrí, de antemano, las congojas de
ahora. Por las noches, en el parapeto, repetía la noticia: "Hay que
militarizarse"...
Yo estuve en el cuartel, y allí aprendí a odiar. Yo he estado en el presidio, y allí en
medio de¡ llorar y del sufrir, cosa rara, aprendí a amar, a amar intensamente.
En el cuartel casi estuve a punto de perder mí personalidad, tanto era el rigor con que
se me trataba, queriendo imponérseme una disciplina estúpida. En la cárcel, tras mucho
luchar, recobré mi personalidad, siendo cada vez más rebelde a toda imposición. Allá
aprendí a odiar de cabo hacia arriba, todas las jerarquías; en la cárcel, en medio del
más angustiante dolor, aprendí a querer a los desgraciados, mis hermanos¡ mien tras
conservaba puro y limpio el odio a las jerarquías mamado en el cuartel...
Con este criterio, con esta experiencia -experiencia adquirida, porque he bañado mi vida
en el dolor-, cuando oí que, montañas abajo, venía rodando la orden de militarización,
sentí por un momento que mi ser se desplomaba, porque vi claramente que moriría en mí
el audaz guerrillero de la revolución, para continuar viviendo el ser a quien en el
cuartel y en la cárcel se podó de todo atributo personal, para caer nuevamente en la
cima de la obediencia, en el sonambulismo animal a que conduce la disciplina del cuartel o
de la cárcel, ya que ambos son iguales ( ... ).
Nuestra resistencia a la militarización estaba fundada en lo que conocíamos de los
mil¡tares. Nuestra resistencia actual se funda en lo que conocemos actualmente de los
militares...
Yo he visto -yo miro siempre a los ojos de los hombres- temblar de rabia o de asco a un
oficial cuando al dirigirme a él lo he tuteado, Y conozco casos, de ahora, de ahora
"sino, en batallones que se llaman proletarios en que la oficialidad, ya se olvidó
de su origen humilde, y no puede permitir -para ello hay castigos terribles- que un
miliciano les llame de tú...
Nosotros en las trincheras, vivíamos felices... porque ninguno era superior a ninguno.
Todos amigos, todos compañeros, todos guerrilleros de la revolución.
El delegado de grupo o de centurias no nos era impuesto, sino elegido por nosotros, y no
sentía teniente o capitán, sino compañero. Los delegados de los comités de la columna
no fueron jamás coroneles o generales, sino compañeros. Juntos comíamos, juntos
peleabamos, juntos reíamos o maldecíamos...
No sé cómo viviremos ahora. No sé si podremos acostumbrarnos a recibir malas palabras
del cabo, del sargento o del teniente. No sé si después de habernos sentido plenamente
hombres, podremos sentirnos animales domésticos, que a esto conduce la disciplina y esto
representa la militarización...
Los militaristas, todos los militaristas -los hay furibundos en nuestro campo-, nos han
cercado. Ayer fuimos dueños de todo, hoy lo son ellos. El ejército popular, que no tiene
de popular más que el hecho de formarlo el pueblo, y eso ocurrió siempre, no es del
pueblo, es del gobierno y el gobierno manda y el gobierno ordena...
BOLLOTEN
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