"Todas las formas de organización política tienen una
discriminación en favor de explotar ciertos tipos de conflictos y de suprimir otros,
porque la organización es la movilización de ciertas discriminaciones. Algunas
cuestiones están políticamente organizadas, mientras que otras se organizan al margen de
la política". E. Schattschneider, The Semi-Sovereign People: A Realist's View of
Democracy in America.
"La razón por la que comprendo el anarquismo se debe a que he rechazado siempre el
poder", le confíaba no hace mucho J.P. Sartre a Juan Goytisolo. Su comportamiento
ante el poder, auténtica clave de bóveda a la par que cemento de todo el edificio
social, ha señalado siempre al anarquista. El rechazo anárquico del poder es una
cosmovisión y una pauta de conducta.
Pero, sentado ésto, el matiz se impone; y con él el preguntarse por qué al descorrer
los matices no aparecen variantes de lo mismo sino tan, a menudo, radicales diferencias.
El bueno de Bakunin ¿cómo puede exaltar la "insurreción de la vida contra la
ciencia" al tiempo que incita a los anarquistas para que, como "pilotos
invisibles" que dirigen la tempestad popular no con un "poder ostentible"
sino por una "dictadura sin insignias ni títulos", sean las "autoridades
revolucionarias" que "dentro de la anarquía popular- den al "pensamiento y
a la acción revolucionarias un cuerpo unificador"? Y, en el otro extremo, ¿qué
hace aquél gran difusor de las ideas ácratas en nuestra península, don Francisco Pi y
Margall, proclamando que "todo individuo que tiene poder sobre otro es un
tirano"... desde la presidencia de la República? Los ejemplos tomados de los
clásicos o de la vida y relaciones de cada cual, podrían multiplicarse. Abundan
demasiado como para pasar por alto lo que tal vez sea contradicción o carencia
fundamental en los modos de pensar y afrontar el poder entre la gente más o menos
anárquica, gente que, en principio, se supone especialmente sensible y escarmentada ante
sus efectos. A ella, y no a los poderosos ni a los postulantes ni a los resignados a la
impotencia se refieren estas líneas, pues, con todo, en ella y con ella tiene una su
esperanza.
Entre la necesidad y el miedo
Ocurre que el poder, o al menos, para no
sustantivarlo de entrada, las actitudes críticas frente al poder, no por precavidas son
menos ambiguas. El poder parece ser algo tan temible como apetecido, tan reprobado como
reprobado. Se teme que lo ejerzan sobre uno y no menos se teme ejercerlo, como intuyendo
que en el acto de poseerlo acabe uno mismo siendo el poseido. Y a pesar de ello, o quizá
precisamente por ello, el poder fascina. Fascinación que es ciertamente embaucamiento y
engaño pero también un como embrujo que a nadie respeta; una llamada que a quien durante
la vigilia se resiste, durante el sueño o en los lapsus le desliza su carga de
comprimidos fantasmas deseantes.
Incestuosa, la experiencia (y la inexperiencia) del poder hermana el miedo -al que en este
caso suele llamarse desprecio o rechazo- y la necesidad, la necesidad y el miedo, y as!
sucesivamente. Miedo a, consumándolo, ser consumido, devorado; necesidad de cumplirlo, y
salvar as! esa separación de él en que consiste la impotencia. En el poder vendría a
estar, pues, tanto el natural remedio a la impotencia como el propio origen de ella.
No por ignorarla escapan a esta complicación esas maniqueas distinciones entre un
poder-malo y otro poder-bueno, bien sea en función de cómo se ejerza, bien de quién lo
ejerza o bien de para qué se ejerza. No es casual que para designar a ambos haya cuajado
un sólo término. Ni son infrecuentes los conflictos limítrofes en torno a una frontera
que seguramente no existe sino para tranquilidad de los aduaneros. Y es que a esa entraña
cálida seductora, del poder, a ese su costado femenino, no se le rechaza sin más.
Pertenece tanto a cada cual como las restantes partes malditas, tanto como ese policía,
ese pobre hombre, ese criminal, ese otro sexo que cada uno lleva dentro. Y, como ellas,
tanto más se acusan cuanto menos se reconocen.
Llegamos así a un nudo de dificil desenlace, al menos por el cabo con que se ha cogido la
cuerda, y aunque con estos asuntos seguramente se trate menos de Regar a resolverlos que
de aprender a convivir en ellos, intentaremos atacar el enredo por otro extremo.
La importancia de un acento.
Volviendo a aquella cuestión de límites, supongamos
que en verdad no tan infundada, fijémonos más en los comportamientos que implica cada
modo de poder que en su caracterización respectiva. De esos dos modos críticos de
acercamiento al poder, el uno arranca de un primer momento positivo, del que se deriva la
negatividad que le caracteriza; el otro nace de una constatación negativa para acabar
afirmandose como positividad (siempre que ambos términos -negativo y positivo- no se
entiendan a pri ori en un sentido moral sino de hecho). Me explico.
Habría una primera apreciación del poder como Poder, con mayúscula. El Poder vivido
como positividad, como presencia, y presencia abrumadora, excesiva, que desborda y sofoca
todo anhelo individual o colectivo salvo en sus momentos de ausencia. La realidad del
Poder, entre material y sagrada, se vive como realidad exterior, separada. El Poder tiene
entidad en sí mismo, existe positivamente, y es ese derroche de energía que absorbe para
autocrearse continuamente el que condena a los hombres a esclavitud e impotencia. Ya se
presente bajo forma de Dios, Estado o Dinero, tiene por atributos la abstracción y la
universalidad, la concentración y el acaparamiento, la existencia separada, la
autojustificación, la permanencia, la muerte -una muerte que no es ausencia sino
presencia constante. La acción a que el Poder incita es una acción a la contra, un ¡no
más Poder!. A quienes la fascinación de su monumentalidad no lanza a una suicida carrera
por sumergirse en su seno, no les cabe otro modo de afirmar la propia existencia como
independiente de la suya que actuando por su destrucción. De ahí esa negatividad, que,
en un segundo momento, es inherente a un Poder que empezó manifestándose como positivo.
El discurrir en el tiempo de esa negatividad cobija buena parte de la historia y del
pensamiento antiautoritarios. Otra buena parte transcurre por muy distintos rumbos.
Desde el otro modo, el poder se acusa primero como ausencia o defecto, como negatividad.
Es el no puedo ésto, si pudiera lo otro---. el no poder más,- es el "por qué no de
poder vivir ayer, hoy y mañana a la vez?, es el 1 ¿por qué no he de poder estar aquí y
ahí a un tiempo?, ¿por qué no he de poder sacar de unas mismas premisas cuantas
conclusiones me convengan?" en que se desesperaba Unamuno. Antes que exceso el poder
se vive como carencia, como aquéllo que falta, su segundo momento, positivo, lo marca la
presencia que vendrá a suplir esa falta: la generación del propio ámbito de poder, del
tiempo propio, el propio espacio, la propia lógica que don Miguel echaba en falta. antes
que objeto, mágico o material, a exorcizar o a desmontar, el poder es un vacío a colmar,
un espacio a edificar, que, por su misma condición transitiva, pasa a ser
vacío-colmándose, edificación. (Es en esta condición edificante, virtuosa, de energía
en acto de poder, donde a la positividad de hecho se une esa otra positividad -ya ética-
que fomentan éticas tan "inmorales" como las proclamadas por Stirner o
Nietzsche).
Ocurriría pues que lo que empieza acusándose como positividad -el Poder- provoca un
reflejo negativo -no más Poder-; y que, recíprocamente, la acción positiva -el poder
propio- acude a la llamada de una negación -no poder más.
Precisiones
Antes de seguir adelante, conviene salir al paso de
una prevención tan presumible como pertinente. Ambas concepciones, ambas vivencias del
poder son complementarias. Efectivamente, de todos los binomios en que puede conjugarse la
dualidad referida -poder sobre/poder-de, poder ajeno/poder propio,
acumulación/dispersión, centralidad/excentricidad (que no descentralización),
universalidad /particularidad, Estado/pueblo (individuo)...-, y dado el caracter positivo
de ambos momentos, no cabe duda de que la mayor pujanza de uno de ellos reclama un
retraimiento en su opuesto. No sólo son complementarios sino que, de hecho, juntos han
recorrido la historia del pensamiento y los comportamientos antiautoritarios o
libertarios. En ella no hay acción o análisis contra el Poder que no procure el poder de
quienes carecen de él ni autor o movimiento que partiendo de su propio impulso no tope
antes o después con el Poder en alguna de sus formas.
Pero tampoco es menos cierto que aquellas actitudes más caracterizadas por su rechazo del
Poder en general, con desafortunada frecuencia no ven satisfecha su negatividad hasta
haber generalizado la impotencia; al tiempo que entre quienes más enfáticamente
auspician el poder propio suelen hallarse los que, con no menos triste asiduidad, no
encuentran mejor modo de actualizarlo que justificando cualquier forma de Poder en
general, y las grandes dictaduras o las pequeñas tiranías en particular. A estas
transgresiones, que más bien son cumplimientos, es a las querríamos referirnos. Es
precisamente esa diferencia de énfasis, esa opción por uno de los dos lados de la barra
para cargar en él el acento, la que abre paso a reveladores acontecimientos. El hecho de
que el poder se piense -o se sienta- primero en una de las dos formas, no apareciendo la
otra sino como corolario o concesión, no sólo alumbra dos modos de planteamientos
teóricos sino de dos actitudes vitales en torno al poder notablemente distintas.
Desde este punto de vista aparecen vínculos entre comportamientos libertarios
habitualemente contrapuestos, y resultan heterogéneos otros que por lo común vienen
asociándose. Así, por acentuar el lado izquierdo de la barra, por tener el Poder como
punto de partida y motor, se asemejan el militante, el teórico (analista de¡ Poder) y el
rebelde. Por apoyar el matiz en el lado derecho, por empezar afirmando el propio poder,
resultan... comportamientos difícilmente tipificables, por cuanto en este caso cada uno
es cada uno y nombrarlos supondría reemprender el trabajo nominador que Adán dejó
incompleto; no obstante, y cediendo el afán analítico que poco a poco ha ido devorando
estas líneas, por ahí rondarían niños, ciertas formas lúcidas de locura, gentes
apasionadas, y quienes de un modo u otro habitan en los márgenes del Poder.
"Desde la jerarquía más alta hasta la más baja, en el Estado no hay nada,
absolutamente nada, que no sea un abuso que debe reformarse, un parasitismo que debe
suprimirse, un instrumento de la tiranía que debe destruírse. ¡Y habláis de conservar
el Estado, de aumentar las atribuciones del Estado, de fortalecer cada vez más el poder
del Estado! ¡Vamos, que no sois revolucionarios!-. P. J. Proudhon
Militantes, teóricos, rebeldes
Las similitudes entre quienes captan al Poder primero
en su condición mayúscula no se limitan a su situación posicional, al hecho de
estarfrente al de conducta. Como si, de tanto encararla, la imagen del Poder, tras fijarse
en la retina, se deslizara por la mirada hacia las últimas terminaciones nerviosas para
acabar allí estableciendo su morada. No se puede, creo que decía Sábato, luchar durante
años contra un enemigo poderoso sin terminar por parecerse a él. Y seguramente no sea
tanto una cuestión de tiempo como de la potencia del enemigo, que ahí cifra su
paradójica y definitiva venganza.
Analizar el Poder es sin duda colaborar eficazmente a su destrucción. Bien hablaba
García Calvo de que hablar de algo es hablar contra ese algo, lo que es tanto más cierto
si el habla es análisis y ese algo es el Poder, pues analizarse es disgregarle,
disolverle, separar en él sus diversos componentes: operación especialmente fatal para
un objeto en cuya pretensión unitaria y total reside su misma esencia. Este quehacer
disolvente es asimismo el que se imponen el militante y el rebelde, si bien-con un talante
ya físicamente hostil; hostilidad que tiende a lo militar en el militante, al hacerse
premeditada, organizada y sistemática, mientras que permanece siendo belicosidad en el
rebelde por su caracter más espontáneo, individual y puntual.
Teórico y militante (dejemos al rebelde a su aire por un rato) reflejan al Poder en sus
múltiples caras, y aunque esto daría para largo dejaremos algunas apuntadas. Lo reflejan
en su sistematicidad, sistematicidad del discurso analítico -científico o filosófico- y
del incansable trajinar militante, sistematicidad que es método y organización. En la
abstracción, que al par que les identifica (su firma su sigla) en relación a la
Abstracción de enfrente, les sume en ella, en ese anonimato que resulta de la
desaparición del sujeto del discurso analítico y, por su intercambiabilidad, del
discurrir militante. En su condición separada, y en su voluntad de negarla; necesidad de
establecer fronteras que fijen la identidad del discurso y los límites de la
organización, y pretensión de que aquél hable de todo y ésta crezca incontenidamente.
En la espectacularidad de lo que se hace para ser mirado, de lo que no se siente ser si no
llama la atención. En su totalitarismo o aspiración a la totalidad, a sumirlo todo en su
seno; palabra la suya condenada a sólo convencer o vencer. En su ensimismamiento,
traslación de la intransitividad del Poder, de su autosatis facción, al onanismo del
discurso y la autocomplacencia militante; que llegan a su paroxismo cuando, olvidado ya la
fuente de su actividad, análisis y organización se recrean en sí (y a sí) mismas
girando incesantemente en torno a un centro prestado, compartiendo en el Poder ese no
ser---bolade arena, que a fuerza de rodar se disgrega, sino bola de nieve que, rodando,
aumenta de volumen" en la expresiva imagen de Volin , su original pretensión
disolvente se hace así actividad constituyente, hasta el punto de que si el Poder
efectivamente fuera disuelto allí estarían ellos para con su presencia mostrar lo
contrario.
Tal fascinación por esas remotas y gélidas regiones donde el poder no sucede, sino
está, termina por ser igual a la de un Hegel o un Stalin (si es que no lo fue desde un
comienzo), sin que la distinta orientación desde la que se padece su embrujo altere un
ápice su fuerza.
Poder volar
La barra de que hablábamos limita, por su lado
derecho, con esa tierra de nadie donde reinan la dispersión, la excentricidad, la
propiedad o poder propio (valga aquí la distinción de Stirner según la cual la
propiedad que reconoce la Ley no es tal propiedad por cuanto sólo la Ley es ya su
poseedora), la particularidad, la fuerza y la virtud; la ética del -admírate a tí mismo
y vive en la calle" nietzscheano y del -tienes derecho a ser lo que tus fuerzas te
permitan ser" de Stirner.
Desde esta perspectiva se diluyen las distinciones no digamos las oposiciones entre los
llamados "individualistas", el incontenible impulso colectivo de las creaciones
revolucionarias -tan diferentes entre si por más que el Poder que las sofocara fuera el
mismo-, y todos esos escollos inocentes en el océano del Poder que son niños, locos,
poetas o indígenas, para los que nunca (¿?) habrá bastantes escuelas, manicomios,
libros ni reservas: esa "gente que -añoraba don Juan, el brujo yaqui- sabía que un
hombre podía volar así nomás".
Ellos al Poder no le andan buscando, tienen el suyo, y aunque antes o después acaben
chocando con él, es siempre más un encontronazo que un encuentro, que una cita. Su
palabra increpa, muestra o seduce, sin querer demostrar ni convencer, es grito o susurro y
no lección o consigna, fragmento y no discurso, palabra absoluta, cálida, suspendida en
ella misma. Si el Poder es sustantivo, el poder de éstos es transitivo: poder de o poder
como verbo, que exige tanto un sujeto como el acto de su consumación; tambien bola de
nieve, es un poder que se crece, pero sin extraviar de sí mismo el centro.
Si es principal condición del Poder su inquietud por no dejar nada fuera de él, al
riesgo -para quienes se le oponen- de ser absorbidos se corresponde -para quienes se
afirman al margen suyo- el de ser reducidos a nada, aniquilados. Y está es sin duda la
más grave objección que pueda hacérseles: su precariedad, que no su ineficacia. El
Poder no les soporta, en ninguno de los ambos sentidos del término: ni les aguanta (no
puede ver otra cosa que a sí mismo) ni les proporciona sustento, siquiera sea intelectual
ID moral.
Y cuando el Poder entra en su mundo y el encontronazo ocurre, cuando su historia (la
historia) irrumpe en las comunidades indígenas, cuando su lógica (la necesidad) acosa al
niño, cuando su palabra (la Política) invade el poema... toda resistencia es ya casi
inutil. En el mero hecho de intentarlo se pasa al otro lado de la barra, se empieza a
perfilar Su imagen invertida. ¿Quién imagina niños organizados, locos razonables,
anarquistas militarizados, poemas eficaces, indígenas uniformados, enamorados
metódicos... sin que en el sólo esbozar la imagen se desdibuje alguno de los términos?
Los mismos Nietzsche o Stirner (por ceñirnos a los tópicos antes citados), que ya
andaban avisados, se resisten a resistir, y en lugar de ponerse a analizar el Estado se
quedan ante él en sus trece, ya descalificándole por ser "el más frío de todos
los monstruos fríos" ya irguiendo un yo contra el que "su imperio se hace
pedazos".
(Dejar aquí el tema -sin concluir, sin un final más o menos redondo, sin tan siquiera un
pase de castigo con que rematar tan deslucida faena- podrá ser tanto muestra de impericia
como de la tiranía de su destino, la imprenta -¡no más de nueve folios!, dijeron, ¡y
antes del treinta!-; pero ¿por qué no aprovecharlo para creer que el artículo acaba
venciendo esa querencia hacia el lado izquierdo de la barra -lado de lo acabado- de la que
no he podido sustraerle?).
Moria
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