"No
somos anarquistas para protestar agriamente en un desierto infinito, sino para construir y
luchar por una sociedad libertario"
Muchos tratados militar comienzan con la frase de Clausewitz de que la guerra es la
continuación de la política por otros medios. Aunque se ha entendido como una
definición de la política de Estado, es igualmente aplicable al revolucionario u
opositor al Estado. Una vez que el objetivo político último ha quedado claro, la
estrategia para llevarlo a cabo debe ser examinada sin prejuicios ni interferencias de
cualquier pretensión ptevia: solo la moral anarquista debe servir de criterio. Por
ejemplo, precisamente porque el ex¡to en una revolución no violente es altamente
improbable, pero no por ello debe ser dejada de lado antes de empezar. En los términos de
Clausewitz, querría indicar que no se debe recurrir a las armas hasta que sea el mejor
camino a seguir cara a la política más eficaz.
La forma moderna de guerra, tanto la externa como la interna, no es precisamente una lucha
de tecnologías y fuerza, sino una pelea por los corazones y las inteligencias del
pueblo". La guerra de Vietnam probó esto sin lugar a dudas, cuando el ejército más
sofisticado del mundo fue derrotado porque no tenía la población de su parte. Los
revolucionarios y opositores lo ignoran normalmente, corriendo todos los riesgos,
especialmente porque son numérica y tecnológicamente más débiles. Para situarlo en los
términos de Che Guevara, la carga explosiva (la posición del pueblo), debe ser
potencialmente lo suficientemente intensa para derribar al Estado, y el detonador (la
guerrilla) debe estar embebida en él, tanto geográfica como emocionalmente. La derrota
boliviana le vino principalmente por no seguir sus propias reglas.
Esto no significa que no se deba considerar ninguna forma de acción armada, porque la
energía y la actitud del pueblo todavía no estén maduras, sino que cada operación debe
ser rigurosamente examinada, para ver si está en línea con la estrategia a largo plazo.
Por ejemplo, virtualmente no había oportunidad para una revolución en España después
de la guerra, pero la oposición armada de los Sabaté y Facerias fue admirable, y
correcta en el sentido de mantener el espíritu de oposición en un momento en que la
resistencia no violenta era imposible.
El problema básico en las "democracias" es -por supuesto-, el que la mayoría
del pueblo ha sido engañado en la creencia de que tienen libertad política, y cualquier
espíritu opositor está efectivamente minado en el miedo a "un salto en el vacío''.
Este es el problema esencial a enfrentar, y volveremos a él enseguida. El segundo
problema es mostrar la fachada "Ubre y democrática" del capitalismo.
El fracaso de los grupos revolucionarios occidente, proviene de la línea que adoptaron de
seguir una política a corto plazo, de intentar resolver el segundo problema pensando que
el primero ya lo estaba a su favor. Normalmente, frustrados e impacientes, esperaban que
forzando al Estado a revelar su verdadera naturaleza represiva, crearían una oposición
espontánea. Este es un error fundamental, ya que no sólo son más débiles tecnológica
y numéricamente, sino que no habían ganado suficientes simpatías entre la población.
Obviamente sus ataques les atraían algunos partidarios, pero el mismo orden en el que
habían afrontado los dos problemas, limitaba automáticamente a una minoría inviable el
nivel potencial de ayuda. Una política de terror, sin esperanzas de éx¡to, entre una
población que no está a favor, no sólo es contraproducente, sino autoritaria. Tales
acciones, ciertamente, pueden lograr el objetivo a corto plazo de probar que el Estado
"democrático" puede ser tan represivo como su contrapartida autoritaria, pero
hasta que los objetivos de la guerrilla sean claramente entendidos y puestos en
ejecución, serán maldecidos y traicionados por el mismo pueblo al que se está tratando
de ayudar. Incluso si sus comunicados se publican, no vencen la barrera de la propaganda
estatal, que tratará de persuadir a la mayoría de que las medidas dictatoriales sirven
para proteger al mismo tiempo, a trabajadores y burgueses. Y una vez a la defensiva, la
guerrilla está frecuentemente forzada a acciones no estratégicas, que no hubieran
considerado en otras circunstancias. Disponer un detonador antes de que el explosivo esté
listo, sólo puede ayudar al Estado. Y enfrentando una batalla en términos tan ventajosos
para el Estado se pone a la revolución social en peligro.
Una estrategia a largo plazo triunfante sólo puede ser formulada considerando en todo
momento, los objetivos últimos. Todo intento de formularlos de otra manera, conduce a
acciones momentáneas que significan riesgos y distraen del fin. El objetivo último es la
sociedad libertaria, formada por cooperativas autoorganizadas, relacionadas
confederalmente, y en función de ello, debe ser considerado cada momento intermedio.
Ninguna acción debe ser emprendida por ella misma, y esto señala la absoluta necesidad
de la autodisciplina; una cualidad que los anarquistas necesitan sobre todo, al preparar
la lucha armada. Significa también que ninguna operación puede ser considerada si es
incompatible con la moral anarquista, así por ejemplo, la toma de rehenes neutrales. Y no
se trata de una cuestión de propaganda, ¿o no se condena a la izquierda autoritaria por
permitir que los medios corrompan los fines, como en la carta de Kropotkin a Lenin.
PREFACIO AL LIBRO "ESTRATEGIA Y TEORIA DE LA
GUERRILLA ANARQUISTA " (Stuart Christie).
El libro necesita situarse en su contexto porque la materia expuesta, seguramente,
originará una reacción de amañada histeria por parte de autoritarios de diferentes
colores políticos. Las tácticas y métodos de resistencia, son explicados de forma que
los libertarios consideren seriamente una situación que cada vez es menos hipotéticA. La
inexorable voracidad de las naciones industrializadas está aproximando el día en que los
gobiernos no podrán ya ofrecer, como via de escape, una dieta de materialismo para
ocultar el cáncer de nuestra sociedad. Hemos visto un repetido incremento de los aullidos
del grupo "ley y orden", en los últimos años, y no se trata de un fenómeno
temporal. La fachada democrática del estado parlamentario no será pronto más que una
pintura ajada. Sería ingenuo extrañarse de este desarrollo, ya que una mirada a la forma
en que nuestra "democracia" nos fue concedida, en dosis graduales, nos deja
seriamente preocupados, demuestra que no es "derecho natural de auténticos
ingleses". De hecho, el mayor éxito de todo el ejercicio, fue convencer a la
mayoría de la población de que tenían todo lo que necesitaban y que cualquier
concesión adicional solo llevaría a la "anarquía" (en el sentido peyorativo
de la palabra, por ellos corrompida).
Pero la corriente ha cambiado y en términos subjetivos tales como "seguridad
pública" o "interés común el Estado está empezando a correr la línea hacia
atrás.
El libro no es, ni puede ser, un intento de definir en qué punto la dictadura sigue a la
democracia cosmética, o en qué punto un libertario está moralmente obligado por sus
ideas a tomar las armas y resistir al totalitarismo en sus variadas formas políticas,
tanto en lo referente a un gobierno propio como a uno extranjero. Todo lo que hace es
reconocer que un día tal no está muy lejos, y que debemos estar listos para luchar antes
de que la oscuridad sin fin dé un estado todopoderoso empiece.
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