J. Peirats
Los amigos de BICICLETA me preguntan qué teórico
del anarquismo me parece más actual y de experiencia más válida y aleccionadora para el
presente. Ha cruzado al instante por mi mente la crisis de humanidad en que nos hallamos
inmersos, incluso, desgraciadamente, en nuestros propios medios, donde muchos hacen gala
de posturas y vocabulario groseros como si se empeñaran ¡pobres diablos! en hacer de la
anarquía un espectro repugnante para que la gente sensible deje caer al suelo ciertos
papeles y se una a los dicterios infamantes con que la burguesía y el Estado nos han
regalado siempre. Ni siquiera he tenido que esforzarme para encontrar la figura más
ejemplar por sabia, modesta, fraterna, sensible, erudita al par que poética,
revolucionaria al mismo tiempo que pacífica, y cuyo mensaje desafía el tiempo, todos los
tiempos: Eliseo Reclus.
Muy cerca de donde habito se levanta un macizo independiente de las Corbieras y de la
Montaña Negra. Se trata de la Clape, singular relieve rocoso, centinela avanzado del
Lenguedoc, su balcón en el Mediterráneo. Desde la cima de esta montaña, Eliseo Reclus y
su hermano Elías vieron por primera vez el mar.
Eliseo había nacido el 15 de marzo de 1830 en el departamento francés de la Gironde, a
orillas del Dordogne. Sus padres habían engendrado 14 hijos (además de tres abortivos),
que alcanzaron, por término medio, la edad avanzada de 75 años. Fueron ocho las hembras
y seis los varones, el mayor Elías (1827-1904). De los hombres, los que más destacaron,
además de Elías y Eliseo, fueron Onésimo (1837-1916), Paul (1847-1914), y Armando
(18431927). Entre ellos hay un etnólogo (Elías), dos geógrafos (Eliseo y Onésimo), un
médico (Paul), y un ingeniero de altos vuelos (Armando). En la nómina de ilustres
próceres grabada en bronce donde el canal de Panamá desemboca en el Pacifico, yo he
visto el nombre de Armando, uno de los iniciadores de aquel audaz proyecto interoceánico.
Ni ellos ni sus hermanas siguieron la tradición religiosa de sus padres. El padre era
pastor protestante pero dotado de una amplia tolerancia, y tuvo que encajar estóicamente
el golpe cuando los dos hermanos, Elías y Eliseo, desde la infancia, desarrollaron ideas
muy libres que influyeron en los demás hermanos. La ruptura, sin embargo, no se produjo
bruscamente. Cuando Elías y Eliseo iniciaron sus estudios universitarios, lo hicieron en
un establecimiento protestante de Montauban, dispuestos entonces a convertirse en
pastores. Fue en la primavera de 1848, pero ya a raíz de la revolución de febrero,
Eliseo empezaría a descubrir su alma: "...Durante diez años arrastrose por Francia
un abominable espíritu de logro y egoísmo; al fin llegó la revolución del
desprecio". Un año después ya leía a Proudhon. Fue el año de la escapatoria de
los dos hermanos hacia el balcón del Mediterráneo, a pie desde Montauban y escalando al
mismo tiempo (subconsciente geográfico) la dificil Montaña Negra. Tiempo después Elías
recordaría a su hermano: "cuando vimos el mar estabas tan emocionado que me mordiste
en el hombro hasta hacer brotar la sangre".
En 1851 Eliseo rompe con la fe y entreabre su corazón a la anarquía: "Este año de
internado en mis estudios, he dado fin a todas mis vacilaciones y estoy firmemente
decidido ( ... ) a seguir la voz de mi conciencia ( ... ). Jamás aceptaré ninguna
especie de consagración, sea la que fuera, pues no veo en ella más que un papismo
disfrazado e intolerante. ¿Cómo podría yo, que acepto la teoría de la libertad en todo
y por todo ... ? No quiero ni debo ser pastor". Elías nunca se llamaría anarquista,
tenía convicciones fourieristas y fue también antiautoritario consecuente. Había
presentado su tesis sobre "El principio de autoridad", y atacaba tal principio
con decisión.
De aquel mismo año es uno de los manuscritos más antiguos de Eliseo, en el que se
pregunta qué es lo que separa al mundo en dos fracciones. Y responde: "Es la
libertad, la libertad completa y absoluta. Por ella murieron 70.000 hugonotes en una sola
noche (y) por ella han sido odiados todos los precursores, desde Sócrates, que liberó la
filosofía, hasta Louis Blanc, que no ha podido liberar al pueblo".
Reclus, que ya empezaba a dar lecciones privadas, se exilió de Francia cuando el golpe de
Estado de Luis Bonaparte en diciembre de 1852. Estuvo en Inglaterra y en Irlanda hasta el
fin de 1852, en que embarcó para Nueva Orleans. Allí descubrió un océano de agua
dulce: El Mississipi. Ha empezado a nacer el geógrafo, pues quiere ver también los Andes
"para arrojar un poco de mi tinta sobre su nieve inmaculada". Y añade:
"rni único estudio serio es la geografía, pues creo que es mucho mejor observar la
naturaleza en ella misma que figurársela desde un gabinete de trabajo".
En Nueva Orleans hizo de todo un poco. No tuvo falsa vergüenza para aguantar el hambre.
Trabajó de cargador, hizo rodar barriles y trabajó en las obras. En América acabó
completamente con los últimos restos religiosos. Los fue perdiendo por etapas en Berlín
y Londres y, finalmente, "he hecho un paquete con todos los trapos de mi viejo hombre
y lo he tirado al Mississipi".
Desde la primavera de 1856 al verano de 1857, Eliseo ha logrado su gran sueño de la
infancia. Le hastiaban las grandes llanuras y deseaba escalar la alta montaña. Saltando
de Florida a Cuba y de ésta a Panamá, no par6 hasta Sierra Nevada de Santa Marta, el
Ande colombiano. Entonces no había todavía nacido Panamá. ¡Qué bella es la naturaleza
a través de las láminas multicolores! De cerca no es que sea fea, especialmente en el
trópico, ¡pero cuanta perfidia esconde su bravía belleza! Bichos de todas las especies
la defienden salvajemente, y acechan al incauto romántico dispuestos a despertarle ante
la más ruda de las realidades. El clima aplasta y el más diminuto y al parecer
inofensivo de los volátiles, el mosquito, te hace olvidar pronto a las gráciles
libélulas y a las divinas mariposas. Reclus se lanzó a aquella aventura dispuesto a
contarle las arrugas a la sierra y contemplar desde allá arriba como el barroso Magdalena
trata de enturbiar el mar Caribe. La experimentación agrícola y la geografía tiraban de
él con fuerza magnética.
Tuvo que lidiar con la malaria que le tuvo postrado en la choza semanas enteras, y optó
por aconsejarle a su hermano Elías que no se le ocurriera reunirsele como habían
proyectado. Echaba de azada, de machete y de hacha, intentó negocios ruinosos con socios
sin escrúpulos, cargó un burro con bacalao para vender a los indios y metizos, trató de
aprender de carpintero para, al final, cancelar la experiencia y escribirle a Elías, en
el delirio de la fiebre, que no se moviera de París: "yo mismo trataré de ir a
compartir tu yugo; procura buscarme una colocación cualquiera, aunque sea de barrendero o
pinche de cocina". Regresaría lo más pronto posible, y si no tuviera dinero para el
pasaje, como era de temer, "volveré a trabajar en horticultura en casa de un
italiano que me dará comida y alojamiento a cambio de mi trabajo".
Así de desastrosamente acabó aquella experiencia de quince meses, falto de medio de
defensa para enfrentarse a la bella y hostil naturaleza. No vio realizados sus proyectos
de colono agrícola, pero coleccionó cantidad de datos geográficos. Y en medio de su
precario estado de salud, supo conservar su eterno optimismo.
Regresó a Paris (no sabemos cómo) en el verano de 1857. Sus primeras actividades, en
compañía de Onésimo, fue la geografía. Su primer trabajo publicado en la "Révue
philosoplhique" versó sobre "Historia del suelo de Europa". Se creó una
familia y creía que pronto podría empezar su trabajo en la editorial Hachette. Mientras
tanto seguía escribiendo para las revistas científicas, seguido muy de cerca de Emile
Templier, su protector en Hachette. Este, después de encargarle una serie de guías
turísticas, le propuso el proyecto de una gran geografía universal. Este trabajo de gran
aliciente ocuparía la última parte de su vida.
Entre los otros trabajos preliminares figura la preciosa obrita "Historia de un
arroyo". Y seguiría "Historia de una rnontaña". Pero en noviembre de 1864
ambos hermanos trabaron conocimiento con Miguel Bakunín. Este iba en busca de miembros
franceses para su famosa sociedad secreta. Obtuvo consentimiento, pues convinieron en que
se aproximaban serios acontecimientos revolucionarios. Pero la amistad con Bakunín no
alteró en Eliseo su manera de ser, pues se proclamaba "hermano independiente"
de¡ gran agitador ruso. Sin embargo, por mediación de los Reclus, Bakunín encontró
fuertes relaciones. En el congreso de la paz y la libertad, celebrado en Ginebra en 1867,
coincidieron adherentes franceses que pasaron a engrosar el circulo íntimo bakuniniano.
Bakunin escribiría luego de los hermanos Reclus: "Dos sabios, y al mismo tiempo los
hombres más nobles, más desinteresados, más modestos, más puros y más religiosamente
afectos a sus principios, que yo he encontrado en mi vida".
Aunque encontramos a Eliseo ya metido de firme en el movimiento anarquista, no abandonó
ni un momento la misión que se había propuesto en tanto que investigador científico.
En 1868 la Editorial Hachette lanzó su primera obra geográfica, "La Tierra",
de más de setecientas páginas gran formato. Después de este acontecimiento se abre en
la vida de Eliseo un paréntesis. Ya podía considerarse un militante anarquista cuando
asistió al segundo congreso de la Liga por la Paz y la Libertad (septiembre de 1868).
"Mi papel de espectador se ha convertido en actor", escribe. Contribuyó a la
redacción de la moción de Bakunín sobre la "Cuestión social", que fue
rechazada por el congreso. Bakunin quiso abandonar, siendo retenido por Eliseo. Referente
a la discusión del punto sobre federalismo "demostré -ha escrito-, creo que con
toda lógica, que después de haber destruido la vieja patria de los chovinistas, la
provincia feudal, el departamento y el distrito, máquinas de despotismo, el cantón y el
municipio actuales, invenciones de los centralizadores a ultranza, no quedaba más que el
individuo, y éste debiera asociarse como le pareciera".
Aun tuvo otras intervenciones: "Propongo dos enmiendas al proyecto de resolución.
Primera, que las palabras "la autonomía de las provincias y los municipios"
sean reemplazadas por las palabras "la autonomía de las asociaciones de productores
y de los grupos formados por esas asociaciones..." "Ustedes hablan de la
supresión de las patrias mismas y, sin embargo, dejan en pie las fronteras que existen
entre ellas. Pero todas estas fronteras no son más que líneas artificiales impuestas por
la violencia la guerra, la astucia de los reyes, y sancionadas por la cobardía de los
pueblos..."
El mismo criterio había que aplicar a las fronteras interiores: "En Francia, en
Alemania, incluso en Suiza, las provincias son un resto de la propiedad feudal de los
duques, condes y barones... ¡No hay ninguna frontera natural; el océano mismo no separa
ya a los países!".
Elías Reclus jugó un importante papel en España, a donde acudió al estallar la
revolución de septiembre de 1868 que derribó a Isabel II. Bakunin había tenido el
acierto de enviar a España a Giuseppe Fanelli con una misión concreta y otras
complementarias. Elías Reclus le puso en contacto con un grupo de obreros promocinados
entre quienes difundió la gran esperanza de la época: la Internacional . El resultado es
conocido por la mayoría de los españoles libertarios,
Eliseo había llegado entonces a conclusiones revolucionarias que expondría ampliamente
en su folleto (luego libro) "Evolución y revolución". En su estudio
consideraba ambos aspectos como dos fases del mismo fenómeno. Del mismo modo concebía
que la guerra ("condicionada por circunstancias especiales") era una forma de
revolución. Ya la revolución conducía a la guerra, ya la guerra a la revolución. En
consecuencia vio en la catástrofe militar de Sedán una prefiguración revolucionaria.
Entonces intervino en los disturbios que provocó la noticia de la abdicación del
emperador. Poco después, al vislumbrarse el cerco de Paris por las tropas prusianas
ingresó en la guardia nacional. No obstante seguía acariciando proyectos que poco
tenían que ver con su cargo de miliciano revolucionario. Las Tullerías habían sido
entregadas al fuego por el furor popular cuando, según él, "pudieran haber hecho de
ellas un palacio consagrado a la ciencia".
La proclamación de la "Commune" debió haber sido para él como un relámpago
en la oscuridad. Durante aquel breve momento de luz en el tiempo y el espacio, no cesaba
de exclamar: "¡Cuán bella es la humanidad! ¡No se la conoce, se la ha calumniado
constantemente!". Era una exclamación brotando de su natural optimista y generoso.
Porque la chispa de luz se apagó pronto anegada en sangre. Los versalleses avanzaban
hacia Paris con el fusil en bandolera, gritando "¡Viva la guardia nacional!".
Pronto se lo echaron a la cara e hicieron fuego. Reclus, que había intervenido en los
acontecimientos llevando al hombro un fusil descargado, quiso correr la misma suerte que
sus compañeros de derrota. Figura en la columna de prisioneros que desfila entre dos
filas de húsares y soldados. Hay heridos entre ellos que apenas pueden seguir el paso. El
"gran mundo" de Versalles sale a sil encuentro. Señoras, lujosamente ataviadas
insultan, golpean y escupen a los odiados "communards" haraposos. Los que no
serán fusilados en el acto hasta cubrir la cifra de 35.000, serán, Reclus entre ellos,
encerrados en la fortaleza de Brest, en espera del juicio. La condena será para él de
diez años de destierro. El mundo intelectual clamó en su favor: "Esta vida no sólo
pertenece al país que le vio nacer, sino al orbe entero". El 14 de marzo de 1872, la
víspera de su 42 aniversario, llegaba a Suiza desterrado.
En 1874, después de haber perdido a su compañera de fiebre puerperal, empieza a trabajar
en la "Gran Geografía Universal". En la editorial Hachette hay alguien que
rompe los escrúpulos de los responsables, que dudan en confiar aquel monumento a un
anarquista doblado de "communard". En el destierro se le abre un porvenir
económico y de trabajo intensivo que le obligará a realizar largos viajes. Su gran amigo
Bakunín ha muerto en 1876. El le rendirá homenaje publicándole el manuscrito que lleva
por titulo "Dios y el Estado". Pero un año después consigue otro gran amigo,
Pedro Kropotkín que, fugado de una cárcel zarista, aterriza también en Suiza. Reclus
colaborará intensamente en su periódico "Le Révolté', que, prohibido, se
convertirá en "La Révolte". Reclús escribe artículos anarquistas mientras
sigue sumergido en un mar de mapas y cartas geográficas. Aun tiene tiempo para refundir
de nuevo, en 1891, su precioso libro "Evolución y revolución".
El año siguiente la Société de Géographie de Paris, le concede una medalla de oro por
todas sus obras y la casi terminación de la gran geografía Pero a mediados de este mismo
año comienzan a repetirse sus ataques cardíacos. Es la angina de pecho que le llevará a
la sepultura.
A últimos de 1893 escribe que ha "trazado el último rasgo" de su gran obra, en
cuya elaboración ha invertido diecinueve años. Su contrato con la Editorial Hachette ha
caducado. Ahora será cuestión de que se ocupe de la "materia vil". Va a ver al
editor "para saber si tengo para comer o si en lo sucesivo no seré más que un pobre
sin un céntimo". Pero su protector ya había muerto. Propone añadir un 20' tomo de
"Conclusiones". Pero la editorial ya ha sacado de él el provecho que se había
propuesto. Ahora vuelve a ser el geógrafo anarquista doblado de "communard".
Durante aquellos 19 años le habían estado vigilando recelosos de que metiera contrabando
anarquista en la obra. Pero fue tan fino que no habían sabido descubrirlo. El autor
cuenta ahora 63 años. Todavía le quedan doce por delante. Eliseo envejece pero su obra
sigue joven. Lo proclamó todavía la "Enciclopedia Alfa", de Paris, en la breve
biografía que le dedica en 1972: "Su geografía es esencialmente descriptiva, sin
embargo, la exactitud de las observaciones, la riqueza del estilo y la exposición,
confieren a su obra, aun hasta nuestros días un valor científico seguro".
Reclus tuvo que desquitarse en otra obra grande: "El hombre y la tierra", seis
volúmenes, en la que pudo despacharse, sin menoscabo del rigor científico, a su guisa.
Será el canto del cisne. El manuscrito quedó concluido en 1904. No conseguiría verlo
editado. Antes de morir a causa de una serie de crisis, el 4 de julio de 1905, escribe en
un mes de mayo: "Procuro adaptarme al esplendor de la primavera. Pero la tentativa es
quizá vana: ¡parecerse a las rosas!".
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