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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 11

Seamos anarquistas

18.jpg (9959 bytes)Félix García

Si pudiéramos tener algo más de perspectiva histórica, si fuéramos capaces de romper con los esquemas prefabricados, con las recetas ya hechas en las que se nos ofrece la solución a todos los problemas, podríamos encontrarnos con algo que presentimos, pero que no queremos reconocer. En un primer momento nos encontraríamos indefensos, sin saber qué hacer ni a qué recurrir; pero una vez desmontados los bloqueos, podríamos volver a pensar y actuar con cierta fecundidad. Empecemos, pues, por romper; después, cuando no nos quede nada o muy poco, empecemos a pensar.

El gran sueño socialista de una sociedad sin clases, sin explotadores ni explotados, sin opresores ni oprimidos, ha fracasado. Después de más de cien años de lucha sin cuartel, el socialismo fue aplastado en 1937 en las calles de Barcelona. Primero fueron los socialistas llamados utópicos y las primeras huelgas de obreros; era aquel fantasma que recorría Europa, asustando a la burguesía explotadora. Después vino el gran momento de euforia, la fundación de la A.I.T., la formulación de forma coherente de las grandes aspiraciones U mundo obrero que se presentaba así mismo como la clase llamada a construir el futuro; estaba a punto de terminar la prehistoria de la humanidad y comenzar la verdadera historia. Y llegó la Comuna de París, y se hizo el primer experimento de un gobierno obrero o de una supresión de todo tipo de gobierno, para el caso es igual; y fueron fusilados más de veinte mil trabajadores y gentes del pueblo.

Una historia de fracasos

No importaba; había que seguir luchando, sólo había sido un fracaso porque todavía no había suficiente preparación. Pero el movimiento obrero dejó de existir como algo unificado. La Comuna dejó dos herederos, pero cada uno se consideraba a sí mismo el primogénito. Y el movimiento obrero seguía organizándose; la burguesía seguía defendiéndose, y de nuevo surgió el enfrentamiento: Octubre de 1917. ¡Por fin los obreros se habían hecho con el poder! ¡Por fin los obreros habían destruido todo poder y habían creado los soviets! Otra vez dos lecturas, pero en cualquier caso era un ejemplo que parecía demostrar que el socialismo era algo realizable, algo inmediato. Pero no; enseguida vino Krondstat, en seguida fue aplastado Mackno; más tarde tuvo que marcharse Trotski; mientras tanto los movimientos consejistas surgidos en el centro de Europa eran aplastados y los socialistas terminaban pasándose al nacionalsocialismo. En España ni siquiera podía lanzarse una huelga general en serio.

Tampoco esta vez había que desanimarse. Para unos Rusia era, efectivamente, el modelo de sociedad sin clases, a pesar de Stalin, a pesar de las purgas, a pesar del desarrollo de una nueva élite de privilegiados omnipotentes, a pesar de una serie de cosas que era preferible ignorar. Para otros Rusia era un fracaso, pero aún quedaba la esperanza de hacer algo mejor, la auténtica revolución. Las armas seguían levantadas y llegó julio de 1936, y se demostró una vez más que el sueño socialista tenía un sentido, que era posible llevar a la práctica una sociedad nueva, sin clases. Pero tras julio vino mayo de 1937 y el fracaso, la derrota igual que todas las veces anteriores. Pero una vez más también, no era directamente la burguesía la que derrotaba la revolución; eran unos que se llamaban comunistas y socialistas los que derrotaban a otros que también se llamaban socialistas y comunistas libertarios.

El gran sueño había fracasado de forma definitiva. Ya no seria posible reconstruir algo que había dejado de responder a las necesidades de los tiempos. El movimiento obrero esta vez no sólo había sido derrotado; tras 1939, vino una guerra mundial, y después un Plan Marshall en Europa y con él la integración de los obreros en un capitalismo todopoderoso. Los presidentes de los sindicatos se sientan con los grandes empresarios y políticos para planificar la nueva estrategia imperialista ante unos países dependientes que son ahora los nuevos explotados, por si no lo hubieran sido poco en otros tiempos; los partidos obreros frenan huelgas y movimientos revolucionarios que protagonizan estudiantes, obreros, en mayo del 68, en enero de 1976, y donde haga falta. ¿Es que no comprendemos que ya no tiene sentido hablar de la actualidad del socialismo, sea este anarquista o marxista? ¿Es que todavía no nos hemos dado cuenta de que el mito por el que tantos dieron su vida, incluso por el que nosotros hemos dado parte de la nuestra, ya no sirve? ¿Es que no nos fijamos en que ya no atraemos a nadie con nuestros rollos de siempre, con aquello de la revolución obrera, de todo el poder para los consejos, de la sociedad sin clases ... ? Nos obstinamos en seguir aplicando métodos que no sólo han fracasado, lo cual no importaría demasiado, sino que surgieron en una sociedad distinta, con problemas distintos, pero que muy dudosamente pueden servirnos en los momentos actuales.

Cambiar la concepción de la historia

Y sin embargo... Sin embargo, no se puede tirar la toalla. Mil veces derrotados, mil veces habrá que recuperar la esperanza, pues en un mundo absurdo, alienante y opresor, siempre será posible soñar en algo distinto, en algo mejor que lo presente y con fuerza suficiente para movernos y cuestionar radicalmente lo que hay. El muro contra el que nos enfrentamos es grande. Siguen siendo mesnadas los que ni siquiera se enteran de que son oprimidos, manipulados, explotados, aburridos y castrados hasta la saciedad, hasta perder la propia identidad. Siguen siendo fuertes los que mandan, incluso más fuertes que en otros tiempos; toda la ciencia está al servicio del Estado, todo el mundo está sometido al imperialismo, los tecnócratas de la mano de los poderosos de siempre hacen y deshacen con absoluto desprecio del personal. Están desmoralizados los que llevaban la lucha hasta ayer, pues son muchos los palos recibidos, las esperanzas truncadas, y no es fácil levantarse siempre, sobre todo cuando intuyen que algo de lo anterior ya no sirve, pero no saben qué poner a cambio. Y otros se limitan a recordarnos con su desprecio, con su pasar de todo, con su no hacer caso a nadie, que es necesario encontrar nuevos caminos. Entonces, empecemos a pensar.

Lo primero que resulta necesario, es volver a preguntarnos ¿realmente se ha fracasado? El socialismo, hijo en definitiva de la ilustración en muchos aspectos, cometió el error de pensar una concepción lineal de la historia, en la que había un destino seguro y fijo al que se llegaría tras un progreso constante, destino que además ya estaba muy próximo. Pero parece ser que no, que la historia no es lineal, que el progreso tampoco, que hay retrocesos, avances, caminos que no llevan a ninguna parte y que hay que desandar. Quizás, por comodidad, pudiéramos representar la historia con una línea, pero sin olvidar que la recta no es la única que existe y que tampoco tiene por qué ir siempre en la misma dirección. Es decir, no ha habido fracaso porque no tiene sentido plantearse esa revolución definitiva en la que todo funcionaria ya bien; parece ser más bien que debemos ir acostumbrándonos a seguir luchando aun a sabiendas de que la sociedad va a vivir siempre con contradicciones, con tensiones.

Me parece recordar a un Mella diciendo que no hay una meta, que tras cada revolución hay un nuevo ideal que cumplir; o a un Abad de Santillán afirmando también que la revolución es una tarea constante, que incluso una vez organizada será necesario, como anarquistas, luchar contra las degeneraciones burocráticas que se presentarán. Me parece recordar también la facilidad con que los anarquistas reconocían como antecesores suyos, incluso como anarquistas, a todos aquellos que habían luchado por una mayor libertad y justicia, desde los estoicos hasta los ilustrados, pasando por Espartaco y Cristo. Tenían razón; la historia de la humanidad no comienza en el siglo XIX, sino mucho antes; los esfuerzos de los obreros de ese siglo no eran tan nuevos, sino que recogían una larga tradición, eso sí, adaptada a la forma concreta de plantearse en su época. Pero eso implicaba además dos cosas; la primera era dejar de pensar que ya no se puede ir más allá de lo que dijeron los socialistas, sino que será necesario volver a adaptar lo que entonces se decía, lo que se había dicho siempre, pero a nuestro momento. La segunda es renunciar a seguir pensando que existen tiempos privilegiados, que hay épocas cualitativa mente mejores de la humanidad, nuestro tiempo no es la aurora de algo totalmente distinto ni el apocalipsis en el que todo se termina; no, no somos tan importantes, Antes de nosotros hubo mucha gente, y mucha más vendrá detrás. Ya Galileo demostró a los hombres de su tiempo, a pesar de sus resistencias, que no habla espacios privilegiados, un arriba y un abajo; demostremos nosotros ahora que el s. XIX no era tan importante, que la historia no se había hecho para preparar el advenimiento de¡ socialismo y de su revolución.

Puestas así las cosas, entonces podemos volver a considerar ciertas cosas que dijeron los socialistas y darse cuenta de que pueden ayudarnos a elucidar los problemas con que nos enfrentamos, por lo menos algunos de ellos.

El poder sigue adelante

Es preocupante la fuerza de¡ imperialismo, como ha llegado a dominarlo todo. Sigue siendo válido el fino análisis hecho por Marx, y con él por todo el socialismo, sobre las relaciones de producción, sobre la extracción de la plusvalía. Pero hay que cambiar algunas cosas, en primer lugar la incapacidad M capitalismo para resolver todas sus crisis; incluso habría que pensar que es posible que ya no tenga un interés excesivo la extracción de plusvalía, que se admita un grado cero de desarrollo. Lo que es peor, podríamos pensar que el capitalismo no desemboque de forma natural en el socialismo, sino en algo muy distinto, en algo parecido a lo descrito por Orwell o por Huxley, y ante esa nueva sociedad resultaría anacrónico plantear, tal cual, el socialismo, como sería anacrónico intentar resolver los problemas de] capitalismo con soluciones liberales. Está bien; aceptemos lo de la plusvalía, aceptemos más todavía lo del fetichismo de la mercancía, lo del valor del cambio, pero intentemos descubrir el papel que esas contradicciones desempeñan en el momento actual.

Es preocupante el crecimiento del Estado en el sentido más peyorativo de la palabra; el crecimiento de la burocracia, del dominio de los tecnócratas, de los científicos. Cada vez estamos metidos en un estado más omnipotente, más opresor, más anulador de la capacidad creadora de los individuos. Es el estado policia, el estado que todo lo controla, que todo lo resuelve, que pretende definirlo todo y clausurar el mundo en los estrechos límites de su poder. Siguen siendo entonces válidos los análisis hechos por Bakunin sobre el Estado, han cobrado especial vigencia sus oscuros presentimientos anunciando que un gobierno de técnicos es el más despótico, el más tiránico y perverso que pueda darse. Baste comparar el Goulag soviético con el de Alemania Occidental. Y la gente comienza a sentirse abrumada; comienza a negarse a pagar los impuestos por no seguir alimentando ese Moloch que todo lo digiere y que tan pocas cosas resuelve; comienza a darse cuenta, aunque en esto los anarquistas llevan ventaja, que el Estado no es un simple instrumento al servicio de la clase dominante, sino algo más, algo independiente; comienzan a extenderse deseos de dividir, de regionalizar, de volver a lo pequeño, porque sólo lo pequeño parece controlable. Los análisis de Bakunin, y con él de todos los anarquistas, son, por tanto muy reveladores. Pero nada más; especialmente parece poco interesante la forma de plantear la lucha contra el estado y es necesario buscar nuevas fórmulas, así como es necesario detallar los actuales mecanismos de opresión.

Es preocupante la integración del movimiento obrero, su escasa capacidad de contestar el sistema, la asimilación que ha hecho de los valores burgueses dominantes. Junto a eso, resulta interesante darse cuenta de que han surgido nuevos movimientos, nuevas luchas que siguen dispersas por ahí, cargadas de contradicciones y de planteamientos netamente reaccionarios, como son los ecologistas, los antinucleares, los homosexuales, las feministas, y todos los marginados que en el mundo estamos. Entonces uno recuerda que siempre se aspiró a una organización integral, a luchar en todos los frentes, precisamente porque todos eran importantes, porque la revolución había que hacerla cada día y debía afectar a todos los aspectos de mi vida personal y social. Recuerdas todo eso, lo ves interesante, pero a continuación te sigue asombrando que se piense en que lo único importante es el sindicato, los obreros, la lucha en la empresa; lo demás es marginal. Uno recuerda que se definía la política como lo que afectaba a los problemas de la vida cotidiana del hombre en sociedad, pero a continuación se sigue practicando la política en su sentido más peyorativo de lucha por el poder, y se deja como secundario lo demás.

Es preocupante lo aburrida que resulta la vida hoy día, cómo se vive en una sociedad en la que la imaginación va muriendo poco a poco; en la que los deseos humanos van siendo reducidos a su más mínima expresión, a un simple tener objetos, obnubilados por el fetichismo de la mercancía y por una sociedad de consumo que nos consume. Hay que olvidar por tanto la imagen del revolucionario que todo lo sacrifica por un día mejor en el que será posible disfrutar de la vida. Hay que recordar, por el contrario, que Lafargue escribió sobre el derecho a la pereza; que los anarquistas defendieron siempre un socialismo como plena expansión de las posibilidades del hombre, como liberación de todas aquellas trabas que impiden que el hombre pueda desarrollar al máximo sus deseos e imaginar otros nuevos. Por eso hay que reivindicar desde ahora mismo el derecho a la fiesta, el derecho a disfrutar, a no reducir nuestra vida y aspiraciones a lo que el sistema dominante quiere que se reduzcan.

En fin, son preocupantes muchas cosas; las que hemos expuesto sólo son algunas, posiblemente no sean siquiera las más importantes, pero creo que pueden servir de ejemplo para lo que había servido de motivo a este artículo y para resaltar lo que es todavía más preocupante: el que sigamos aferrados a unas formas de pensar y actuar ya en gran parte caducadas; el que sigamos planteando la actualidad de antiguos planteamientos, cuando la única forma de actualidad es el resolver nuestros propios problemas; el que no sepamos separar lo que ya no sirve de nada de lo que todavía puede seguir aportándonos ideas y expectativas; el que no tengamos suficiente imaginación para aportar ideas nuevas, análisis nuevos, prácticas nuevas. En definitiva, sólo hay una posible actualidad del anarquismo, seguir defendiendo que la libertad no es negociable, que los derechos no son legislables, que el fin no justifica los medios, que la revolución es algo que debe afectar a toda nuestra vida, que es necesario convencer pero no imponer, que hay que construir una sociedad basada en la solidaridad y en el respeto a la dignidad del individuo, etc. Eso sí; todas estas cosas son efectivamente muy abstractas, prácticamente no dicen nada y pueden ser tachadas de idealistas. Por eso mismo, seremos actuales en la medida en que sepamos traducir esos términos vacíos, en la medida en que sepamos dotarles de contenido hoy, aquí y ahora.

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