bicicleta

REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 12

Tiempo de abstención

02.jpg (8177 bytes)Chema Elizalde

El ácrata -o pasota, en la fácil identificación popular- se ha convertido en el chivo expiatorio de la democracia liberal. Las fuerzas políticas aún no han digerido el 33% de abstención en el referéndum constitucional. Hace un par de años, con toda esa izquierda parlamentaria volcada hacia una abstención política oportunista, pidiendo su propia legalización y acusando a la «monarquía continuista» de falta de libertades, la abstención fue bastante menor. ¿Es suficiente para concluir, como hace por ejemplo el semanario del PCE (o -Mundo Obrero en Color») «La Calle», que «la abstención es de derechas»?

Etiquetas, NO

Todos los -científicos sociales», los programadores- ¡ngenieros del engranaje electoral, olvidando sus disputas epistemológicas sobre marxismo, cuantitativismo, positivismo y demás zarandajas, andan escrutando, clasificando, observando, a esa rara especie que parece constituimos en este país los que no sentimos el menor entusiasmo por delegar nuestra propia responsabilidad en las manos de ningún «salvador», sea éste elegido por los votos o por la fuerza de las armas, responda ante el Parlamento o ante «Dios y la Historia». Claro que ha diferencias entre unos y otros «padres de la patria», pero el caso es que nosotros ya no necesitamos papaítos porque hace tiempo que aprendimos a andar y a alimentarnos solos.

El volumen de gente que decidió no pasar por (o sea, pasar de) las urnas el 6 de diciembre fue, en cualquier caso, uno de los fenómenos sociopolíticos más importantes en esta España postfranquista. Pero las interpretaciones de este fenómeno son todavía muy falsas, manipuladoras, lanzadas desde fuera contra algo que no entienden por quienes aspiran a seguir manejándonos. Son muy escasas las interpretaciones realizadas por la misma gente que nos hemos abstenido, aparte claro de las proclamas de la CNT, los nacionalistas vascos y un sector de¡ marxismo-leninismo (que para rizar el rizo de las sectas, incluía partidarios de la abstención, del sí y del no: al lado de tanta sutileza post-maoísta, la polimorfa acracia parecía un monolito).

Pero precisamente el primer error sería tratar de dar una explicación global y coherente (del estilo «La Calle», la abstención fue «de derechas», o fue «libertaria», o lo que sea) de un fenómeno que sobre todo se caracteriza por rehuir un denominador común. Los que se abstuvieron de hablar en un lenguaje mutilado que sólo dejaba lugar a dos palabras (Si NO), los que prefirieron la riqueza y variedad infinita de la vida a la miseria programada de la política, son radicalmente inclasificables, por las mismas razones en que han demostrado ser irrepresentables, irreductibles a la sumisión a los mecanismos de delegación del poder.

Elogio del ocio

Demasiadas veces he oído en reuniones de gente más o menos ácrata esfuerzos moralistas por diferenciar la abstención libertaria del pasotismo, por definir una «abstención activa», una militancia responsable, una alternativa constructiva, etc., etc., frente a la actitud de quien considera como criterio soberano su libre albedrío, su propio placer inmediato, no aplazable a ninguna sociedad revolucionaria.

¿En nombre de qué se puede exaltar a quien se pasó los días de martirio televisivo practicando el deporte de pegar carteles o repartir panfletos, y condenar a quien pasó sus horas de ocio que el ritual electoral permitía dedicado a tan agradables tareas como pasear por el campo o hacer el amor?

¿Qué extraña jerarquía «libertaria» establece quien así enaltece los esfuerzos por convencer a los demás sobre el simple respeto a las propias necesidades? Es una vez más la mística religiosa del sacrificio, de la huida «hacia los demás» para ignorar los problemas y conflictos que encuentran su primera y más verdadera raíz en el individuo, en la relación interpersonal ...

El denostado apoliticismo de nuestros pueblos, que los políticos de izquierda atribuyen al franquismo, viene en realidad de mucho más atrás, y es una de las razones que han abonado la sólida raigambre que el anarquismo como actitud vital -antes que como opción filosófica u organizativa- ha tenido y tiene en tierras ibéricas.

Y creo que ese apoliticismo empieza por reconocer el valor de¡ ocio y el placer cotidianos, más allá de cualquier mística M trabajo productivista o de¡ sacrificio militante: es un amor a la naturaleza, la propia y ¡a exterior, lo que permite al pueblo relativizar el martilleo propagandístico de tal o cual régimen.

Cambio y desestabilización

En una curiosa polémica enzarzada en las páginas del «País», órgano pontifical del liberalismo demoburgués, el adjunto a la dirección Rafael Conte tolera la fina ironía ácrata de Fernando Savater para mejor perfeccionar su puntería «anti-desestabilizadora», promotora de los hábitos cívicos del voto y la delegación del poder.

Pero no deja de ser cínico que quienes conocen de sobra, por ser casi un lugar común en la sociología electoral que tan bien maneja el demol ibera¡ ismo, el valor estabilizador de los mecanismos electorales para cualquier régimen (hasta el f ranquismo o la URSS utilizaron la legitimación del voto, con el fasto unanimista propio de los totalitarismos declarados, para reforzar y distender los crispados garfios del poder represivo), nos salgan ahora con que la abstención es «la nada recuperada». Nos recuerda demasiado esas interpretaciones marxistas del abstencionismo cenetista en la II República, incapaces de comprender que si hubo una auténtica revolución popular capaz de crear colectivizaciones espontáneas y de resistir años al fascismo internacional (donde Estados enteros, de Italia a Chile, resistieron días) con las armas en la mano, fue por ese despreciado abstencionismo. Pero, claro, esas interpretaciones silencian también la existencia misma de una revolución popular, o de alternativas reales a la esquizofrenia estatalista del «socialismo posible» o de la «economía social de mercado».

Cuando el ministro del ramo represivo, MartínVilla, sale por la tele a decirnos que entre el terrorismo y las fuerzas poi iciales hay que elegir, que no se puede ser neutral, cuando los militares (de la ETA y de los de siempre) se enzarzan en lo que es ya una guerra abierta, cuando el electoralismo vuelve como barrera amortiguadora ante el fracaso del pacto social, cuando las grandes maniobras político-policiales han empezado y se abren las oficinas de reclutamiento del consenso en los colegios electorales, uno siente el orgullo indomeñable del desertor, de quien elige el aire libre. Pasa la voz, compañero. Es tiempo de abstención.

Inicial - Índice