Chema Elizalde
El ácrata -o pasota, en la fácil identificación
popular- se ha convertido en el chivo expiatorio de la democracia liberal. Las fuerzas
políticas aún no han digerido el 33% de abstención en el referéndum constitucional.
Hace un par de años, con toda esa izquierda parlamentaria volcada hacia una abstención
política oportunista, pidiendo su propia legalización y acusando a la «monarquía
continuista» de falta de libertades, la abstención fue bastante menor. ¿Es suficiente
para concluir, como hace por ejemplo el semanario del PCE (o -Mundo Obrero en Color»)
«La Calle», que «la abstención es de derechas»?
Etiquetas, NO
Todos los -científicos sociales», los
programadores- ¡ngenieros del engranaje electoral, olvidando sus disputas
epistemológicas sobre marxismo, cuantitativismo, positivismo y demás zarandajas, andan
escrutando, clasificando, observando, a esa rara especie que parece constituimos en este
país los que no sentimos el menor entusiasmo por delegar nuestra propia responsabilidad
en las manos de ningún «salvador», sea éste elegido por los votos o por la fuerza de
las armas, responda ante el Parlamento o ante «Dios y la Historia». Claro que ha
diferencias entre unos y otros «padres de la patria», pero el caso es que nosotros ya no
necesitamos papaítos porque hace tiempo que aprendimos a andar y a alimentarnos solos.
El volumen de gente que decidió no pasar por (o sea, pasar de) las urnas el 6 de
diciembre fue, en cualquier caso, uno de los fenómenos sociopolíticos más importantes
en esta España postfranquista. Pero las interpretaciones de este fenómeno son todavía
muy falsas, manipuladoras, lanzadas desde fuera contra algo que no entienden por quienes
aspiran a seguir manejándonos. Son muy escasas las interpretaciones realizadas por la
misma gente que nos hemos abstenido, aparte claro de las proclamas de la CNT, los
nacionalistas vascos y un sector de¡ marxismo-leninismo (que para rizar el rizo de las
sectas, incluía partidarios de la abstención, del sí y del no: al lado de tanta
sutileza post-maoísta, la polimorfa acracia parecía un monolito).
Pero precisamente el primer error sería tratar de dar una explicación global y coherente
(del estilo «La Calle», la abstención fue «de derechas», o fue «libertaria», o lo
que sea) de un fenómeno que sobre todo se caracteriza por rehuir un denominador común.
Los que se abstuvieron de hablar en un lenguaje mutilado que sólo dejaba lugar a dos
palabras (Si NO), los que prefirieron la riqueza y variedad infinita de la vida a la
miseria programada de la política, son radicalmente inclasificables, por las mismas
razones en que han demostrado ser irrepresentables, irreductibles a la sumisión a los
mecanismos de delegación del poder.
Elogio del ocio
Demasiadas veces he oído en reuniones de gente más
o menos ácrata esfuerzos moralistas por diferenciar la abstención libertaria del
pasotismo, por definir una «abstención activa», una militancia responsable, una
alternativa constructiva, etc., etc., frente a la actitud de quien considera como criterio
soberano su libre albedrío, su propio placer inmediato, no aplazable a ninguna sociedad
revolucionaria.
¿En nombre de qué se puede exaltar a quien se pasó los días de martirio televisivo
practicando el deporte de pegar carteles o repartir panfletos, y condenar a quien pasó
sus horas de ocio que el ritual electoral permitía dedicado a tan agradables tareas como
pasear por el campo o hacer el amor?
¿Qué extraña jerarquía «libertaria» establece quien así enaltece los esfuerzos por
convencer a los demás sobre el simple respeto a las propias necesidades? Es una vez más
la mística religiosa del sacrificio, de la huida «hacia los demás» para ignorar los
problemas y conflictos que encuentran su primera y más verdadera raíz en el individuo,
en la relación interpersonal ...
El denostado apoliticismo de nuestros pueblos, que los políticos de izquierda atribuyen
al franquismo, viene en realidad de mucho más atrás, y es una de las razones que han
abonado la sólida raigambre que el anarquismo como actitud vital -antes que como opción
filosófica u organizativa- ha tenido y tiene en tierras ibéricas.
Y creo que ese apoliticismo empieza por reconocer el valor de¡ ocio y el placer
cotidianos, más allá de cualquier mística M trabajo productivista o de¡ sacrificio
militante: es un amor a la naturaleza, la propia y ¡a exterior, lo que permite al pueblo
relativizar el martilleo propagandístico de tal o cual régimen.
Cambio y desestabilización
En una curiosa polémica enzarzada en las páginas
del «País», órgano pontifical del liberalismo demoburgués, el adjunto a la dirección
Rafael Conte tolera la fina ironía ácrata de Fernando Savater para mejor perfeccionar su
puntería «anti-desestabilizadora», promotora de los hábitos cívicos del voto y la
delegación del poder.
Pero no deja de ser cínico que quienes conocen de sobra, por ser casi un lugar común en
la sociología electoral que tan bien maneja el demol ibera¡ ismo, el valor estabilizador
de los mecanismos electorales para cualquier régimen (hasta el f ranquismo o la URSS
utilizaron la legitimación del voto, con el fasto unanimista propio de los totalitarismos
declarados, para reforzar y distender los crispados garfios del poder represivo), nos
salgan ahora con que la abstención es «la nada recuperada». Nos recuerda demasiado esas
interpretaciones marxistas del abstencionismo cenetista en la II República, incapaces de
comprender que si hubo una auténtica revolución popular capaz de crear colectivizaciones
espontáneas y de resistir años al fascismo internacional (donde Estados enteros, de
Italia a Chile, resistieron días) con las armas en la mano, fue por ese despreciado
abstencionismo. Pero, claro, esas interpretaciones silencian también la existencia misma
de una revolución popular, o de alternativas reales a la esquizofrenia estatalista del
«socialismo posible» o de la «economía social de mercado».
Cuando el ministro del ramo represivo, MartínVilla, sale por la tele a decirnos que entre
el terrorismo y las fuerzas poi iciales hay que elegir, que no se puede ser neutral,
cuando los militares (de la ETA y de los de siempre) se enzarzan en lo que es ya una
guerra abierta, cuando el electoralismo vuelve como barrera amortiguadora ante el fracaso
del pacto social, cuando las grandes maniobras político-policiales han empezado y se
abren las oficinas de reclutamiento del consenso en los colegios electorales, uno siente
el orgullo indomeñable del desertor, de quien elige el aire libre. Pasa la voz,
compañero. Es tiempo de abstención.
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