Josep-Vicent
Marques
Uno. Evocación
Felices tiempos aquellos en que el imprudente tuteo
no nos agredía con su fementida promesa de confianzas. Tutear así de golpe es un
frívolo y mortífero juego que abre desmesuradas expectativas de comunicación y propicia
el desarme de¡ prójimo fingiendo el propio. Escamotea además la presencia de lo
colectivo en lo privado, tan evidente en el «vos» de grato recuerdo. No veo en todo esto
sino ocasión de desdichas para las personas.
Cuando en pasadas épocas alguien decía delicadamente «¿Vos tenéis por un casual el
cólera, querida señora?», el plural del «vos» recordaba para aviso de¡ interlocutor
el carácter inequívocamente social de la salud, su estricta dependencia de una sociedad
determinada, una estructura peculiar de clases y una específica organización del oficio
y beneficio del médico y de¡ boticario.
«Caballero, ¿con qué intenciones venís vos?», preguntaba por ejemplo una señorita, y
la frase registraba fielmente que en principio todos los caballeros venían con las mismas
intenciones. La configuración sociocultural de la relación entre los sexos, resuelta en
notable dificultad de¡ comercio carnal y ansiedad seductora de los caballeros, hacíase
presente con notable economía del signo. Lo que aparentemente se perdía, pues, en
intimidad y fluidez del trato, se ganaba en cordura y precisión sociológica. Era
entonces más difícil tomar engañosamente por asunto privado lo que sólo con una
enérgica sacudida social podía resolverse. Que los coetáneos tuvieran o no ganas de
sacudir es cuestión independiente.
Sabido es que en aquellos duros pero transparentes tiempos, las esposas y esposos, maridos
y maridas, cónyuges y cónyuges se hablaban de «vos» o de «usted» hasta el sexto
hijo. Después lo más frecuente era que no se hablasen.
Caso de hacerlo, solían limitarse al uso de
sustantivos y algún que otro adjetivo, lo que eliminaba el problema de las formas
verbales. Así, el cabeza de familia decía «pan» y la señora le pasaba el pan. La
señora decía «Juanito» y el señor le daba a Juanito una merecida azotaina. «Bueno»,
«malo», y la mujer e hijos adyacentes sabían si la cosa se podía hacer o no.
«Escotado», y la señora cambiaba de vestido. Después del sexto hijo, si aún
apetecían hablar, lo hacían de «tú». No era ello frecuente, pues la persistencia del
deseo de hablarse a esas alturas suponía una notabilísima afición al cónyuge. El tuteo
tardío permitía en consecuencia una intensa y serena comunicación o un sadomasoquismo
menos ciego que el actual, puesto que partía de un conocimiento bien decantado del socio
conyugal. Pero si esto no se producía, si se continuaba con el «vos», nadie agobiaba al
otro pretendiendo conocerlo y el lenguaje reflejaba muy bien esta situación. Por ejemplo,
después del cuarto hijo un caballero preguntaba a su esposa; «He leído en La
Ilustración Federal que las mujeres polacas tienen un interesante apéndice llamado
clítoris. ¿Vos tenéis clítoris, Armandina?» Y aquí la elegante prudencia del «vos»
transcribía fielmente el estado de los conocimientos del cónyuge respecto al otro;
parcos, sí, pero asumidos con modestia, sin pretensiones melagómanas. Entre las capas
más cultas se admitía que la mujer pudiese también formular cuestiones como ésta:
«Habida cuenta, amigo mío, de que sólo me ha
sido dado apreciar vuestros genitales en los momentos de pasión, cuando muéstranse en
extremo protuberantes, o a bulto por la casa y por la calle, cuando su volumen es menor y
su morfología queda desdibujada por el atavío, ¿podéis decirme si la transformación
cuantitativa de su apariencia obedece a una mecánica retráctil o si la índole de la
misma es más bien desinflamatoria?»
Los varones liberales no desdeñaban responder, aún con cierto desasosiego, a pregunta
que en su formulación revelaba respetuosamente una comprensible ansia de saber sobre el
colectivo sexualmente opuesto. Quedamos, pues, en que el «vos» recogía con finura el
carácter social de los hechos privados, al tiempo que confesaba noblemente el habitual
desconocimiento mutuo del personal en ellos implicado.
Dos. Recuerdos de infancia: el usted espúreo
El «usted» fue una clara regresión respecto al
«vos». Se perdió su llamada de atención respecto al carácter social, plural, de la
experiencia humana, pero se conservó al menos esa modestia del distanciamiento. Mi tío
Joaquín, que en paz descanse, solía hacer elogio del «usted», aunque por otras
razones. Era el caso que yo le hablaba de «tú» a su madre, la tía Adela, mientras que
él le hablaba de «usted». Durante una cena de Nochebuena, el tío Joaquín pronunció
en catalán una frase reveladora: «Es más difícil decir papá váyase usted a la
mierda, que decir vete papá a la mierda». La tía Adela no intervino en la polémica,
ocupada como estaba en probar todos los turrones con ese hermoso amor a los placeres de
los sentidos que le había concedido a los quince años la pérdida del de la vista. El
«usted» del tío Joaquín era, pues, puramente represivo, un policía en la punta de la
lengua, una eficacísima amígdala moral. Es otro usted el que yo ahora reivindico, un
«usted», más exaltador del misterio que represor del exabrupto, el «usted» de «aquí
un amigo, aquí un desconocimiento». Pero siento que el recuerdo de otros «ustedes»
espúreos perturban mi discurso. Exorcicémoslos.
El «usted» del colegio. Me hablaban de «usted» maestros y padres y hermanos jesuitas,
cuando fuera del colegio nadie se dirigía a mí de otro modo que de «tú». Si todos me
hubieran hablado de «usted» quizá mi infancia habría sido más coherente: «¿Cuánta
regaliz desea usted?», «No tiene edad usted para ver la película de Silvana Mangano»,
o quizá, aún más tempranamente, «¿por qué llora usted?», o bien «¿tomará usted
otro plato de papilla?» No fue así. El «usted» del colegio que ahora puedo ver como
implícita confesión de hasta qué punto me desconocían, lo sufrí yo entonces mal. Ora
me sonaba como referencia despectiva, ora como astuta alusión al señor mayor que un día
sería y que ya entonces por mi propia iniciativa me empeñaba con reprobable frecuencia
en ser. Con el «usted» me agredieron pero no me engañaron. Me complace descubrir que
conservaban cierta honestidad.
En aquel tiempo me traumatizaba sobremanera que mi padre, debido a su status de empleado,
hubiese de hablar de «usted» a personas que le hablaban de «tú». Me turbaba entonces
que la estupidez por cuanta propia tuviera mayor rango que la inteligencia por cuenta
ajena. Hoy, tras largos años de esfuerzo en ser y no ser sociólogo, encuentro muy
consecuente el tuteo del poder, el tuteo del superior. Viene como a decir al inferior:
«te conozco como si te hubiera parido», y ello si biológicamente es falso, es muy
cierto socialmente. La sociogénesis de¡ inferior apunta al superior como padre en más
de un sentido. Ciertamente, también la sumisión de¡ inferior configura al poderoso,
pero difícilmente puede pensarse que el inferior cree al superior, todo lo más lo adopta
como padre, a posteriori. Y ahí está lo irritante de este tuteo de arriba a abajo,
asunto que no es ajeno al discurso que propongo a los lectores: en el tuteo de poder lo
más injurioso es precisamente esa pretensión que lleva consigo de conocer al dominado.
Ya sé que es probablemente falso, pero déjenme ustedes decirles que el «tú» lo
inventó la clase dominante para hacer creer a los miembros de la dominada que los
individualizaba y los conocía. «Te conozco, Espartaco o Espartaca López, sé como eres
y sé que sólo eres como yo te conozco: buena, sumisa y algo tonta.» No hay más
Espartaca López que la que yo conozco de ti. Y esta pretensión de conocer no podía ser
sino individualizada porque decir «os conozco» a varios centenares o miles suena
justamente a coña. Cuando irremediablemente el alumno, el hijo o la obrera se revelan
molestamente distintos a como se les conoce, es cuando se desenvaina el «usted». Como
agresión, pero también como homenaje.
Tres. Del conocimiento presunto como agresión
No es, sin embargo, de ilusionismos de la clase
dominante de lo que quiero advertir aquí sino de aquellos artificios que el vecindario
suele practicar en su propio daño. Y he aquí que resulta doloroso comprobar cómo por
efecto de perniciosas novedades el Mario José y María José se encuentran y se tutean,
aún bajo la presencia del «usted» posible, como si se conociesen de toda la vida. Como
si se conociesen, insisto. Ello parece dispensarles de cualquier esfuerzo por obtener
algún razonable indicio de¡ otro. Una tan relajada actitud no sería reprobable si el
Mario José y la María José no pretendiesen en absoluto conocerse. En efecto, dado lo
insondable del alma humana y la abundancia de factores detestables que se entremezclan con
los innegables méritos y virtudes, quizá fuese razonable no conocerse en absoluto. 0
más exactamente tratarse como desconocidos silenciando todo juicio o sospecha sobre el
otro, tanto más cuanto que suelen ser erróneos. No es este el caso de los alocados y
desprejuiciados jóvenes de hoy, que nada más verse se dicen en seguida lo que se tiene
que hacer, ya sea ello liberarse, dejarse el trabajo la moza o hacer oposiciones el mozo.
Nada de suspensión del juicio ni intrigado respeto ante la persona desconocida: en cuanto
usted se descuida, consejo que le sueltan. Y el consejo, como se verá, es más grave dado
de «tú» que de «vos».
Así, que a uno le digan: «Deberíais vos tomar aguas de Cestona», o hipotéticamente
«Vos tenéis que liberaros», no bloquea gravemente nuestra libertad. El plural del
«vos» recuerda su carácter de consigna y por ende su discutibilidad es más alcanzable.
Nada aquí se presenta como espantoso e inapelable diagnóstico. Por el contrario, uno o
una queda mucho más vulnerable, mucho más como en pelotas cuando la proposición parece
serle específica y personalmente dedicada: «Libérate», «Toma aguas de Cestona» son
ya instrumentos de una mendaz y efectista personalización. Porque luego resulta que lo de
tomar aguas de Cestona o lo de liberarse va y se lo dicen a todas o a todos.
Hermosa, pues, aquella sinceridad del plural, como en menor medida la del «usted». La
frase «Preparadme la cena, honesta esposa» no ocultaba en absoluto su fácil
legibilidad, su equivalencia a esta otra: «Oh, espécimen singular, cumplid la femenina
obligación de preparar la cena de los varones, de la que soy sin duda beneficiario». Y
si ella decía: «¿Habéis tenido esposo mío una grata jornada laboral?», nada más
lejos de su modesta intención que indagar en torno al acomodo íntimo de su esposo con
los roles establecidos. Más bien se trataba de verificar rutinariamente el funcionamiento
de las instituciones sociolaborales, en el sentido de decir: «¿Sigue siendo el trabajo
extradoméstico extraña pero efectivamente gratificante para los varones?»
El «usted», vuelvo a decirlo, no tiene esas virtudes explicitadoras del carácter de
reproducción individual de lo social de lo que llamamos privado. Mas conserva esa
prudente abstinencia de emitir dictámenes sobre el hombrerío y el mujerío. «¿Quiere
Vd. bailar?» deja mayor margen a las aficiones y elecciones personales que «¿bailas,
tía?» De nuevo se encuentra aquí la molesta pretensión de conocer al dominado o de
reducir a éste a lo que el dominante conoce y provoca con su «conocimiento». Pues en
otro sentido, toda pretensión de conocer -ya implícita en el «tú» es una pretensión
de dominar. ¿No os han dicho nunca -os de «vos», por supuesto desconocidos lectores,
que dejáseis de beber, que viviéseis sin más preocupación el momento, que pasaseis de
vuestros papás y vuestras mamás, de vuestras maridas y de vuestros mujeros deforma tal
que aun reconociendo como estimable la sugerencia, resultase más evidente y detestable la
osadía y consejopatía del aconsejante? ¿No habéis preferido en ese momento vuestros
traumas y sofocos más incómodos a la cretinez de quienes pretendían hacer pasar sus
opiniones sobre el mundo por ajustado análisis de vuestra persona?
Cuatro. Exhortación final
Vuesas mercedes considerarán sensatamente las
sugerencias que vengo haciendo y no concederán al «vos», al «usted» y al «tú»
mayor beligerancia que la que parezca conveniente concederle en general a apoyaturas,
falsillas y honrados pretextos.
No hubo, para bien o para mal, Edad de Oro de las relaciones humanas, pero si hemos de
construirla, hoy a contrapelo de esta sociedad y mañana en condiciones socioeconómicas
más propicias, bueno será que no demos por inequívoco progreso lo que rascando con la
uña se revela como artificiosa naturalidad y familiaridad más de anunciante que de
prójimo confuso pero abierto. Corra el lector o lectora a patadas a quien se le presente
como autonombrado profeta del «lo-que-a-ti-te-pasa-es-que», aunque sólo sea de momento.
Tenga a bien el lector o lectora considerar mi hipótesis de partida: no somos tan raros
como nos creemos ni tan típicos como nos suponen amigos y allegados. Consideren si
procede los lectores la necesidad de una paciente ingeniería, de una ciencia popular de
las distancias y los acercamientos, una geometría de los recintos privados y las
aperturas al personal. No ser ni ser tenido por torre de marfil que se cree chabola en
descampado, ni salida de campo de fútbol que se cree ágora, sigue siendo difícil. La
mezquina cerrazón de los viejos moldes no parece canonizar un rápido advenimiento de sus
contrarios. Si el lector no es un oportunista o no toma por problema del prójimo su
problema de opinar sobre los problemas del prójimo, corre peligro de andar desguarnecido.
Cualquier día puede pensar: «Hablarle de tú a las personas que no conozco sólo me
ayuda a pensar que es culpa mía el no conocerlas». Reciba mi apoyo moral en ese caso.
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