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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 12

Elogio del "vos" o cuando menos del "usted"

Josep-Vicent Marques

Uno. Evocación

Felices tiempos aquellos en que el imprudente tuteo no nos agredía con su fementida promesa de confianzas. Tutear así de golpe es un frívolo y mortífero juego que abre desmesuradas expectativas de comunicación y propicia el desarme de¡ prójimo fingiendo el propio. Escamotea además la presencia de lo colectivo en lo privado, tan evidente en el «vos» de grato recuerdo. No veo en todo esto sino ocasión de desdichas para las personas.

Cuando en pasadas épocas alguien decía delicadamente «¿Vos tenéis por un casual el cólera, querida señora?», el plural del «vos» recordaba para aviso de¡ interlocutor el carácter inequívocamente social de la salud, su estricta dependencia de una sociedad determinada, una estructura peculiar de clases y una específica organización del oficio y beneficio del médico y de¡ boticario.

«Caballero, ¿con qué intenciones venís vos?», preguntaba por ejemplo una señorita, y la frase registraba fielmente que en principio todos los caballeros venían con las mismas intenciones. La configuración sociocultural de la relación entre los sexos, resuelta en notable dificultad de¡ comercio carnal y ansiedad seductora de los caballeros, hacíase presente con notable economía del signo. Lo que aparentemente se perdía, pues, en intimidad y fluidez del trato, se ganaba en cordura y precisión sociológica. Era entonces más difícil tomar engañosamente por asunto privado lo que sólo con una enérgica sacudida social podía resolverse. Que los coetáneos tuvieran o no ganas de sacudir es cuestión independiente.

Sabido es que en aquellos duros pero transparentes tiempos, las esposas y esposos, maridos y maridas, cónyuges y cónyuges se hablaban de «vos» o de «usted» hasta el sexto hijo. Después lo más frecuente era que no se hablasen.

Caso de hacerlo, solían limitarse al uso de sustantivos y algún que otro adjetivo, lo que eliminaba el problema de las formas verbales. Así, el cabeza de familia decía «pan» y la señora le pasaba el pan. La señora decía «Juanito» y el señor le daba a Juanito una merecida azotaina. «Bueno», «malo», y la mujer e hijos adyacentes sabían si la cosa se podía hacer o no. «Escotado», y la señora cambiaba de vestido. Después del sexto hijo, si aún apetecían hablar, lo hacían de «tú». No era ello frecuente, pues la persistencia del deseo de hablarse a esas alturas suponía una notabilísima afición al cónyuge. El tuteo tardío permitía en consecuencia una intensa y serena comunicación o un sadomasoquismo menos ciego que el actual, puesto que partía de un conocimiento bien decantado del socio conyugal. Pero si esto no se producía, si se continuaba con el «vos», nadie agobiaba al otro pretendiendo conocerlo y el lenguaje reflejaba muy bien esta situación. Por ejemplo, después del cuarto hijo un caballero preguntaba a su esposa; «He leído en La Ilustración Federal que las mujeres polacas tienen un interesante apéndice llamado clítoris. ¿Vos tenéis clítoris, Armandina?» Y aquí la elegante prudencia del «vos» transcribía fielmente el estado de los conocimientos del cónyuge respecto al otro; parcos, sí, pero asumidos con modestia, sin pretensiones melagómanas. Entre las capas más cultas se admitía que la mujer pudiese también formular cuestiones como ésta: «Habida cuenta, amigo mío, de que sólo me ha
sido dado apreciar vuestros genitales en los momentos de pasión, cuando muéstranse en extremo protuberantes, o a bulto por la casa y por la calle, cuando su volumen es menor y su morfología queda desdibujada por el atavío, ¿podéis decirme si la transformación cuantitativa de su apariencia obedece a una mecánica retráctil o si la índole de la misma es más bien desinflamatoria?»

Los varones liberales no desdeñaban responder, aún con cierto desasosiego, a pregunta que en su formulación revelaba respetuosamente una comprensible ansia de saber sobre el colectivo sexualmente opuesto. Quedamos, pues, en que el «vos» recogía con finura el carácter social de los hechos privados, al tiempo que confesaba noblemente el habitual desconocimiento mutuo del personal en ellos implicado.

Dos. Recuerdos de infancia: el usted espúreo

El «usted» fue una clara regresión respecto al «vos». Se perdió su llamada de atención respecto al carácter social, plural, de la experiencia humana, pero se conservó al menos esa modestia del distanciamiento. Mi tío Joaquín, que en paz descanse, solía hacer elogio del «usted», aunque por otras razones. Era el caso que yo le hablaba de «tú» a su madre, la tía Adela, mientras que él le hablaba de «usted». Durante una cena de Nochebuena, el tío Joaquín pronunció en catalán una frase reveladora: «Es más difícil decir papá váyase usted a la mierda, que decir vete papá a la mierda». La tía Adela no intervino en la polémica, ocupada como estaba en probar todos los turrones con ese hermoso amor a los placeres de los sentidos que le había concedido a los quince años la pérdida del de la vista. El «usted» del tío Joaquín era, pues, puramente represivo, un policía en la punta de la lengua, una eficacísima amígdala moral. Es otro usted el que yo ahora reivindico, un «usted», más exaltador del misterio que represor del exabrupto, el «usted» de «aquí un amigo, aquí un desconocimiento». Pero siento que el recuerdo de otros «ustedes» espúreos perturban mi discurso. Exorcicémoslos.

El «usted» del colegio. Me hablaban de «usted» maestros y padres y hermanos jesuitas, cuando fuera del colegio nadie se dirigía a mí de otro modo que de «tú». Si todos me hubieran hablado de «usted» quizá mi infancia habría sido más coherente: «¿Cuánta regaliz desea usted?», «No tiene edad usted para ver la película de Silvana Mangano», o quizá, aún más tempranamente, «¿por qué llora usted?», o bien «¿tomará usted otro plato de papilla?» No fue así. El «usted» del colegio que ahora puedo ver como implícita confesión de hasta qué punto me desconocían, lo sufrí yo entonces mal. Ora me sonaba como referencia despectiva, ora como astuta alusión al señor mayor que un día sería y que ya entonces por mi propia iniciativa me empeñaba con reprobable frecuencia en ser. Con el «usted» me agredieron pero no me engañaron. Me complace descubrir que conservaban cierta honestidad.

En aquel tiempo me traumatizaba sobremanera que mi padre, debido a su status de empleado, hubiese de hablar de «usted» a personas que le hablaban de «tú». Me turbaba entonces que la estupidez por cuanta propia tuviera mayor rango que la inteligencia por cuenta ajena. Hoy, tras largos años de esfuerzo en ser y no ser sociólogo, encuentro muy consecuente el tuteo del poder, el tuteo del superior. Viene como a decir al inferior: «te conozco como si te hubiera parido», y ello si biológicamente es falso, es muy cierto socialmente. La sociogénesis de¡ inferior apunta al superior como padre en más de un sentido. Ciertamente, también la sumisión de¡ inferior configura al poderoso, pero difícilmente puede pensarse que el inferior cree al superior, todo lo más lo adopta como padre, a posteriori. Y ahí está lo irritante de este tuteo de arriba a abajo, asunto que no es ajeno al discurso que propongo a los lectores: en el tuteo de poder lo más injurioso es precisamente esa pretensión que lleva consigo de conocer al dominado. Ya sé que es probablemente falso, pero déjenme ustedes decirles que el «tú» lo inventó la clase dominante para hacer creer a los miembros de la dominada que los individualizaba y los conocía. «Te conozco, Espartaco o Espartaca López, sé como eres y sé que sólo eres como yo te conozco: buena, sumisa y algo tonta.» No hay más Espartaca López que la que yo conozco de ti. Y esta pretensión de conocer no podía ser sino individualizada porque decir «os conozco» a varios centenares o miles suena justamente a coña. Cuando irremediablemente el alumno, el hijo o la obrera se revelan molestamente distintos a como se les conoce, es cuando se desenvaina el «usted». Como agresión, pero también como homenaje.

Tres. Del conocimiento presunto como agresión

No es, sin embargo, de ilusionismos de la clase dominante de lo que quiero advertir aquí sino de aquellos artificios que el vecindario suele practicar en su propio daño. Y he aquí que resulta doloroso comprobar cómo por efecto de perniciosas novedades el Mario José y María José se encuentran y se tutean, aún bajo la presencia del «usted» posible, como si se conociesen de toda la vida. Como si se conociesen, insisto. Ello parece dispensarles de cualquier esfuerzo por obtener algún razonable indicio de¡ otro. Una tan relajada actitud no sería reprobable si el Mario José y la María José no pretendiesen en absoluto conocerse. En efecto, dado lo insondable del alma humana y la abundancia de factores detestables que se entremezclan con los innegables méritos y virtudes, quizá fuese razonable no conocerse en absoluto. 0 más exactamente tratarse como desconocidos silenciando todo juicio o sospecha sobre el otro, tanto más cuanto que suelen ser erróneos. No es este el caso de los alocados y desprejuiciados jóvenes de hoy, que nada más verse se dicen en seguida lo que se tiene que hacer, ya sea ello liberarse, dejarse el trabajo la moza o hacer oposiciones el mozo. Nada de suspensión del juicio ni intrigado respeto ante la persona desconocida: en cuanto usted se descuida, consejo que le sueltan. Y el consejo, como se verá, es más grave dado de «tú» que de «vos».

Así, que a uno le digan: «Deberíais vos tomar aguas de Cestona», o hipotéticamente «Vos tenéis que liberaros», no bloquea gravemente nuestra libertad. El plural del «vos» recuerda su carácter de consigna y por ende su discutibilidad es más alcanzable. Nada aquí se presenta como espantoso e inapelable diagnóstico. Por el contrario, uno o una queda mucho más vulnerable, mucho más como en pelotas cuando la proposición parece serle específica y personalmente dedicada: «Libérate», «Toma aguas de Cestona» son ya instrumentos de una mendaz y efectista personalización. Porque luego resulta que lo de tomar aguas de Cestona o lo de liberarse va y se lo dicen a todas o a todos.

Hermosa, pues, aquella sinceridad del plural, como en menor medida la del «usted». La frase «Preparadme la cena, honesta esposa» no ocultaba en absoluto su fácil legibilidad, su equivalencia a esta otra: «Oh, espécimen singular, cumplid la femenina obligación de preparar la cena de los varones, de la que soy sin duda beneficiario». Y si ella decía: «¿Habéis tenido esposo mío una grata jornada laboral?», nada más lejos de su modesta intención que indagar en torno al acomodo íntimo de su esposo con los roles establecidos. Más bien se trataba de verificar rutinariamente el funcionamiento de las instituciones sociolaborales, en el sentido de decir: «¿Sigue siendo el trabajo extradoméstico extraña pero efectivamente gratificante para los varones?»

El «usted», vuelvo a decirlo, no tiene esas virtudes explicitadoras del carácter de reproducción individual de lo social de lo que llamamos privado. Mas conserva esa prudente abstinencia de emitir dictámenes sobre el hombrerío y el mujerío. «¿Quiere Vd. bailar?» deja mayor margen a las aficiones y elecciones personales que «¿bailas, tía?» De nuevo se encuentra aquí la molesta pretensión de conocer al dominado o de reducir a éste a lo que el dominante conoce y provoca con su «conocimiento». Pues en otro sentido, toda pretensión de conocer -ya implícita en el «tú» es una pretensión de dominar. ¿No os han dicho nunca -os de «vos», por supuesto desconocidos lectores, que dejáseis de beber, que viviéseis sin más preocupación el momento, que pasaseis de vuestros papás y vuestras mamás, de vuestras maridas y de vuestros mujeros deforma tal que aun reconociendo como estimable la sugerencia, resultase más evidente y detestable la osadía y consejopatía del aconsejante? ¿No habéis preferido en ese momento vuestros traumas y sofocos más incómodos a la cretinez de quienes pretendían hacer pasar sus opiniones sobre el mundo por ajustado análisis de vuestra persona?

Cuatro. Exhortación final

Vuesas mercedes considerarán sensatamente las sugerencias que vengo haciendo y no concederán al «vos», al «usted» y al «tú» mayor beligerancia que la que parezca conveniente concederle en general a apoyaturas, falsillas y honrados pretextos.

No hubo, para bien o para mal, Edad de Oro de las relaciones humanas, pero si hemos de construirla, hoy a contrapelo de esta sociedad y mañana en condiciones socioeconómicas más propicias, bueno será que no demos por inequívoco progreso lo que rascando con la uña se revela como artificiosa naturalidad y familiaridad más de anunciante que de prójimo confuso pero abierto. Corra el lector o lectora a patadas a quien se le presente como autonombrado profeta del «lo-que-a-ti-te-pasa-es-que», aunque sólo sea de momento. Tenga a bien el lector o lectora considerar mi hipótesis de partida: no somos tan raros como nos creemos ni tan típicos como nos suponen amigos y allegados. Consideren si procede los lectores la necesidad de una paciente ingeniería, de una ciencia popular de las distancias y los acercamientos, una geometría de los recintos privados y las aperturas al personal. No ser ni ser tenido por torre de marfil que se cree chabola en descampado, ni salida de campo de fútbol que se cree ágora, sigue siendo difícil. La mezquina cerrazón de los viejos moldes no parece canonizar un rápido advenimiento de sus contrarios. Si el lector no es un oportunista o no toma por problema del prójimo su problema de opinar sobre los problemas del prójimo, corre peligro de andar desguarnecido. Cualquier día puede pensar: «Hablarle de tú a las personas que no conozco sólo me ayuda a pensar que es culpa mía el no conocerlas». Reciba mi apoyo moral en ese caso.

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