SALVADOR
ARANCIBIA
Asistimos en los últimos tiempos a un
curioso intercambio de opiniones en lo que se refiere a los conceptos básicos sobre los
que se ha asentado toda la llamada ciencia económica y que tratan de dar un poco de luz
sobre las relaciones entre los países considerados «desarrollados» -o industrializados-
y los «subdesarrollados» -o «productores» de materias primas. Es quizás el momento de
intentar hacer una pausa en este camino y, al tiempo que se define las posiciones
actuales, desbrozar nuevas perspectivas que permitan llegar a un conocimiento más real de
lo que esconden trás de sí las relaciones económicas internacionales o interregionales.
El imperialismo, concebido como una fase más exquisita y sutil del colonialismo del siglo
XIX y principios del XX, como el penúltimo peldaño que debe remontar el capitalismo como
formación social para llevar a la humanidad a un estadio en el que desaparezcan las
diferencias entre países y clases sociales, por la desaparición de éstas, hace agua por
todas sus partes al haber sido definido exclusivamente bajo los principios de la ley del
valor, del intercambio desigual, de la producción. En definitiva entra en crisis no el
concepto de imperialismo sino los elementos mismos que lo han definido de forma tan
característica. Está en entredicho no la dependencia de los países denominados del
«Tercer Mundo» respecto a los «centros» industrializados, sino las formas que esta
dominación adopta en la actualidad.
Los enfoques clásicos están desfasados
Y ello porque los instrumentos de cuantificación,
que se traducen exclusivamente en términos monetarios o de mercancías sin tener en
cuenta lo que se esconde detrás de los productos intercambiados, no pueden dar una medida
exacta de lo que está ocurriendo. Esta falta de comprensión se da tanto entre los
teóricos que consideran que el capitalismo y el mercado forman el cuadro en el que se
deben desarrollar las relaciones sociales como entre los pensadores marxistas que, si bien
no creen en el mercado como marco eterno sino temporal, siguen atados al carro del
concepto de «producción» y «valor» lo mismo que los primeros. Entre otras cosas,
éste tener las mismas fuentes donde beber, ha hecho que el marxismo como ciencia haya
logrado traspasar las fronteras académicas enseñándose en las universidades, y que los
empresarios «más dinámicos» conozcan perfectamente sus principios e incluso algunos
los utilicen dentro de sus análisis.
Se da un desfase creciente entre los enfoques académicos y los problemas que plantea el
mundo económico real. Problemas de la magnitud del subdesarrollo o la degradación del
medio ambiente, que reproduce y agrava el funcionamiento del modelo capitalista, o los de
las crisis o el agotamiento de los recursos no renovables, son tratados por unos y otros
como cuestiones residuales y a las que no se les dan soluciones, o las que se ofrecen
traspasan la lógica de la conservación de la vida humana. En el mundo se han operado una
serie de transformaciones en la forma de producción que no son explicadas
suficientemente. Todos estos problemas exigen un replanteamiento de cara a lograr entender
las relaciones de dependencia entre los países.
Historia de la dominación
Cuando los medios utilizados por el hombre en la
apropiación de los recursos naturales eran rudimentarios y poco eficientes, la
limitación de sus resultados recolectores y extractivos impedía una rápida destrucción
del medio. El hombre no era capaz de apropiarse de más de lo que los ciclos naturales
producían o reproducían. Es después de generalizarse la agricultura y el pastoreo,
cuando las formaciones sociales fueron capaces de ir por delante de los ciclos naturales.
La aparición de las monarquías y del Estado, como organizaciones sociales estables,
fundamentalmente la aparición de un ejército regular y la utilización de la pólvora
como instrumento bélico -después se utilizaría con instrumento de producción-, marcan
un giro importante en la evolución depredadora de las sociedades. Hasta entonces la
energía metabólica, humana y animal, había sido el soporte material sobre el que se
había basado la acción social. Los hombres y los animales utilizaban parte de su
energía en los trabajos agrícolas y artesanales que daban como resultado la obtención
de cosechas o de ciertos productos «industriales». Otra parte empieza a ser consumida en
hacer valer el «principio de autoridad» mediante las expediciones guerreras. Surge de
esta manera una primera aproximación a una mayor apropiación de los recursos naturales.
Las expediciones guerreras y los saqueos consiguientes forman las primeras experiencias.
Las poblaciones esclavizadas y la apropiación de los ganados permiten obtener mayores
excedentes por unidades energéticas consumidas, ya que no se necesita más que dar de
comer a los esclavos o a los animales. No hay que pagarlos ni necesitan viviendas
mínimas. Si enfermaban o morían no existía ningún problema: se les cambiaba por otras
nuevos en buenas condiciones físicas. Son los primeros síntomas de lo que acabaría
siendo conocido bajo el nombre de colonialismo.
Pero el gran salto adelante en la acción colonizadora de los países dependientes, por
las metrópolis, se da en el momento en que se descubre que los combustibles fósiles
pueden ser transformados en energía mecánica utilizable en los transportes y en la
industria. La transformación del carbón en energía, si bien liberó grandes
posibilidades, no supuso necesariamente el esquilmo de las colonias. Inglaterra tenía, y
tiene actualmente, grandes reservas de carbón. Pero el crecimiento económico de este
país, constituido en primera potencia mundial, llevó a desarrollar plenamente el modelo
económico del capitalismo. Un potente ejército, y una poderosa marina de guerra y
comercial, hizo que Inglaterra estableciera colonias en la mayor parte del mundo. Colonias
de las que extraía la mayor parte de las materias primas que luego transformaba en sus
plantas industriales. Este país, y en menor medida Francia, Alemania e Italia, llevan a
cabo la mayoría de las acciones depredadoras. Ya no son solamente los esclavos lo que se
puede sacar de las colonias. Productos agrarios, minerales preciosos, y otros susceptibles
de utilización industrial, se llevan la palma en cuanto a preferencias.
Del colonialismo al imperialismo
Con el descubrimiento del petróleo
como fuente de energía se abrió una nueva llave y surgen nuevas posibilidades de
explotación. Si en el caso del carbón no sólo Inglaterra, cuna de la Revolución
industrial, sino también Francia, Alemania y Estados Unidos, tenían suficientes reservas
como para no necesitar las existentes en los demás países para mantener el desarrollo de
su economía, en el caso del petróleo se invierten las tornas. Sólo los Estados Unidos
tienen recursos conocidos y explotados, Inglaterra está empezando a hacer lo propio con
los yacimientos del Mar del Norte. Los demás países empiezan a sufrir las consecuencias
de depender energéticamente de terceros países. Es el primer paso por el que los Estados
Unidos acabarán convirtiéndose en la primera potencia económica mundial.
A partir del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando se descubre que es posible
sustituir toda una serie de materias primas por productos artificiales o sintéticos, a
partir de derivados del petróleo fundamentalmente, cambian radicalmente las expectativas
del comercio internacional. Hasta entonces el flujo del comercio había sido, en
síntesis, el siguiente: de los países coloniales salían materias primas, agrícolas o
no, hacia las metrópolis; en las metrópolis se transformaban estos productos que eran
vendidos a otros países coloniales y, en menor medida, a los países colonizados. Los
flujos de energía que se derivan de este comercio eran desfavorables a los países
dominados, pero en absoluto alcanzaban las cotas en que están en estos momentos. Si hasta
el momento el intercambio, o la rapiña económica, se había basado fundamentalmente en
la extracción de minerales del subsuelo con un gasto mínimo, la energía consumida por
el hombre, o en la apropiación de productos agrarios de esos países, a partir de finales
de la década de los cuarenta, al cambiar la composición industrial del llamado mundo
desarrollado, se acentúa, aún más, el desequilibrio energético entre las dos áreas
mundiales.
Cambia la composición básica de los intercambios internacionales. Los países
dependientes empiezan a exportar mayores cantidades de productos con alto contenido
energético que necesitan los países industrializados -tanto los que carecen de ellos
como los que tienen abundantes reservas, como es el caso de los Estados Unidos-. Al
tiempo, pierden importancia las exportaciones de materias primas de los países dominados
que no sean petróleo, o uranio más recientemente, y productos agrarios como consecuencia
de la sustitución de importaciones que llevan a cabo los países industriales, y de la
revolución «verde» de la agricultura de los países industriales.
Pero esta sustitución de importaciones por productos sintéticos lleva consigo una mayor
utilización de energía que solamente es proporcionada por el petróleo y el uranio
utilizado con fines pacíficos. Existen tablas de conversión a unidades energéticas
tanto de las materias necesarias para producir cualquier producto, como de la energía
encerrada en ellos. El saldo cada vez es más negativo necesitándose mayores cantidades
de energía para lograr mayores producciones.
Pierden siempre los países dominados
Por su parte los países industrializados inician una
carrera sin fin por lograr el control tanto de las fuentes energéticas mundiales como por
abrir nuevos mercados a sus produciones no sólo industriales. La brecha entre países
«ricos» y países «pobres» se acentúa a medida que va avanzando el «desarrollo»
tecnológico. La producción de cualquier producto básicamente se reduce a dos cosas:
consumo de energía, mecánica, animal, humana, solar..., e información o tecnología.
Los países industrializados poseen fundamentalmente la información que monetariamente, o
según las leyes económicas tradicionales, aporta una gran cantidad de«valor anadido» a
los productos. Los países dependientes tienen en su subsuelo la mayor parte de los
combustibles fósiles, la energía no renovable, o al menos no en la misma medida en que
se gasta; esta genera poco «valor» a pesar de su tremenda escasez, según todos los
expertos. La relación de intercambio, que siempre había sido desfavorable a los países
dependientes se convierte, en términos monetarios, cada vez en peor. Pero lo grave es que
no sólo ocurre esto en los abstractos términos del dinero. El balance energético es
aún peor para los países dependientes.
Todo esto lleva por un lado a que la mayor parte del comercio internacional empiece a
tener lugar entre los propios países industrializados, que ya compiten no solamente por
las fuentes de materias primas, sino también por ocupar nuevos mercados de otros países.
Pero el desarrollo industrial, además de originar un excesivo consumo de los recursos no
renovables, también ha traído consigo toda una serie de actividades contaminantes,
peligrosas, y con unas necesidades de mano de obra muy grandes. Si en un primer momento
todas estas actividades estuvieron localizadas en las metrópolis, a medida que ha
ido«avanzando» la tecnología, se hace más notorio que están siendo trasladadas a
países intermedios entre éstas y los dependientes.
El caso español
El proceso industrializador español, brasileño e
incluso el de algunos del área de los llamados «productores de petróleo», como
Venezuela e Irán, son especialmente significativos en este terreno. Irán, con unas
reservas que supondrán 35 años de extracción al ritmo actual, está intensificando su
desarrollo industrial siguiendo la misma pauta que los países ricos: complejos
petroquímicos, grandes centros industriales contaminantes..., todos ellos con tecnología
importada de las metrópolis. Inicia su desarrollo sabiendo que a finales de¡ presente
siglo la principal fuente de energía con que alimenta sus fábricas se habrá agotado. El
caso español es de todos conocido como para incidir excesivamente en él. Las grandes
plantas siderúrgicas, que ya han colocado a la provincia de Vizcaya, sobre la ría de
Bilbao, en la zona más contaminada de Europa; los complejos químicos de Huelva, donde se
detectan, en prácticamente todos los recién nacidos, enfermedades pulmonares como
consecuencia de la polución ambiental las celulosas que se pretenden instalar en Galicia
y Extremadura, las costas del País Valenciano y Murcia completamente contaminadas por las
industrias que vierten sus residuos al mar Mediterráneo..., son buena prueba de los
«beneficios» que trae el haber conseguido que España, su economía, sea considerada
como la décima potencia mundial. Y todo ello gracias a la utilización de grandes dosis
de energía, que, en su mayor parte, proviene de un petróleo que se extrae fuera de las
fronteras del país y que una vez refinado es exportado hacia los centros mundiales.
También este país cuenta con grandes industrias que, al tiempo que contaminan, necesitan
una mano de obra abundante (que necesariamente estará mal pagada), para realizar ciertas
funciones productivas que, de hacerse en los grandes «centros», serían infinitamente
más caros. La industria del calzado, el automóvil, son sólo dos ejemplos de esto.
Todo lo anterior obliga necesariamente a dejar de considerar la economía política, las
relaciones económicas entre países, con la vieja óptica que los «clásicos» tenían.
Hay que empezar a añadir nuevos conceptos, nuevas cuestiones, si se quiere entender hoy
en día el salto adelante, los «milagros económicos», que han tenido lugar en algunos
de los países más atrasados económicamente. Su crecimiento no ha provocado una menor
dependencia respecto a las grandes potencias imperialistas sino, por el contrario, una
nueva forma mucho más sutil y expoliadora.
Inicial
- Índice |