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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 12

Imperialismo y energía

SALVADOR ARANCIBIA

08.jpg (11016 bytes)Asistimos en los últimos tiempos a un curioso intercambio de opiniones en lo que se refiere a los conceptos básicos sobre los que se ha asentado toda la llamada ciencia económica y que tratan de dar un poco de luz sobre las relaciones entre los países considerados «desarrollados» -o industrializados- y los «subdesarrollados» -o «productores» de materias primas. Es quizás el momento de intentar hacer una pausa en este camino y, al tiempo que se define las posiciones actuales, desbrozar nuevas perspectivas que permitan llegar a un conocimiento más real de lo que esconden trás de sí las relaciones económicas internacionales o interregionales.

El imperialismo, concebido como una fase más exquisita y sutil del colonialismo del siglo XIX y principios del XX, como el penúltimo peldaño que debe remontar el capitalismo como formación social para llevar a la humanidad a un estadio en el que desaparezcan las diferencias entre países y clases sociales, por la desaparición de éstas, hace agua por todas sus partes al haber sido definido exclusivamente bajo los principios de la ley del valor, del intercambio desigual, de la producción. En definitiva entra en crisis no el concepto de imperialismo sino los elementos mismos que lo han definido de forma tan característica. Está en entredicho no la dependencia de los países denominados del «Tercer Mundo» respecto a los «centros» industrializados, sino las formas que esta dominación adopta en la actualidad.

Los enfoques clásicos están desfasados

Y ello porque los instrumentos de cuantificación, que se traducen exclusivamente en términos monetarios o de mercancías sin tener en cuenta lo que se esconde detrás de los productos intercambiados, no pueden dar una medida exacta de lo que está ocurriendo. Esta falta de comprensión se da tanto entre los teóricos que consideran que el capitalismo y el mercado forman el cuadro en el que se deben desarrollar las relaciones sociales como entre los pensadores marxistas que, si bien no creen en el mercado como marco eterno sino temporal, siguen atados al carro del concepto de «producción» y «valor» lo mismo que los primeros. Entre otras cosas, éste tener las mismas fuentes donde beber, ha hecho que el marxismo como ciencia haya logrado traspasar las fronteras académicas enseñándose en las universidades, y que los empresarios «más dinámicos» conozcan perfectamente sus principios e incluso algunos los utilicen dentro de sus análisis.

Se da un desfase creciente entre los enfoques académicos y los problemas que plantea el mundo económico real. Problemas de la magnitud del subdesarrollo o la degradación del medio ambiente, que reproduce y agrava el funcionamiento del modelo capitalista, o los de las crisis o el agotamiento de los recursos no renovables, son tratados por unos y otros como cuestiones residuales y a las que no se les dan soluciones, o las que se ofrecen traspasan la lógica de la conservación de la vida humana. En el mundo se han operado una serie de transformaciones en la forma de producción que no son explicadas suficientemente. Todos estos problemas exigen un replanteamiento de cara a lograr entender las relaciones de dependencia entre los países.

Historia de la dominación

Cuando los medios utilizados por el hombre en la apropiación de los recursos naturales eran rudimentarios y poco eficientes, la limitación de sus resultados recolectores y extractivos impedía una rápida destrucción del medio. El hombre no era capaz de apropiarse de más de lo que los ciclos naturales producían o reproducían. Es después de generalizarse la agricultura y el pastoreo, cuando las formaciones sociales fueron capaces de ir por delante de los ciclos naturales. La aparición de las monarquías y del Estado, como organizaciones sociales estables, fundamentalmente la aparición de un ejército regular y la utilización de la pólvora como instrumento bélico -después se utilizaría con instrumento de producción-, marcan un giro importante en la evolución depredadora de las sociedades. Hasta entonces la energía metabólica, humana y animal, había sido el soporte material sobre el que se había basado la acción social. Los hombres y los animales utilizaban parte de su energía en los trabajos agrícolas y artesanales que daban como resultado la obtención de cosechas o de ciertos productos «industriales». Otra parte empieza a ser consumida en hacer valer el «principio de autoridad» mediante las expediciones guerreras. Surge de esta manera una primera aproximación a una mayor apropiación de los recursos naturales.

Las expediciones guerreras y los saqueos consiguientes forman las primeras experiencias. Las poblaciones esclavizadas y la apropiación de los ganados permiten obtener mayores excedentes por unidades energéticas consumidas, ya que no se necesita más que dar de comer a los esclavos o a los animales. No hay que pagarlos ni necesitan viviendas mínimas. Si enfermaban o morían no existía ningún problema: se les cambiaba por otras nuevos en buenas condiciones físicas. Son los primeros síntomas de lo que acabaría siendo conocido bajo el nombre de colonialismo.

Pero el gran salto adelante en la acción colonizadora de los países dependientes, por las metrópolis, se da en el momento en que se descubre que los combustibles fósiles pueden ser transformados en energía mecánica utilizable en los transportes y en la industria. La transformación del carbón en energía, si bien liberó grandes posibilidades, no supuso necesariamente el esquilmo de las colonias. Inglaterra tenía, y tiene actualmente, grandes reservas de carbón. Pero el crecimiento económico de este país, constituido en primera potencia mundial, llevó a desarrollar plenamente el modelo económico del capitalismo. Un potente ejército, y una poderosa marina de guerra y comercial, hizo que Inglaterra estableciera colonias en la mayor parte del mundo. Colonias de las que extraía la mayor parte de las materias primas que luego transformaba en sus plantas industriales. Este país, y en menor medida Francia, Alemania e Italia, llevan a cabo la mayoría de las acciones depredadoras. Ya no son solamente los esclavos lo que se puede sacar de las colonias. Productos agrarios, minerales preciosos, y otros susceptibles de utilización industrial, se llevan la palma en cuanto a preferencias.

Del colonialismo al imperialismo

09.jpg (16906 bytes)Con el descubrimiento del petróleo como fuente de energía se abrió una nueva llave y surgen nuevas posibilidades de explotación. Si en el caso del carbón no sólo Inglaterra, cuna de la Revolución industrial, sino también Francia, Alemania y Estados Unidos, tenían suficientes reservas como para no necesitar las existentes en los demás países para mantener el desarrollo de su economía, en el caso del petróleo se invierten las tornas. Sólo los Estados Unidos tienen recursos conocidos y explotados, Inglaterra está empezando a hacer lo propio con los yacimientos del Mar del Norte. Los demás países empiezan a sufrir las consecuencias de depender energéticamente de terceros países. Es el primer paso por el que los Estados Unidos acabarán convirtiéndose en la primera potencia económica mundial.

A partir del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando se descubre que es posible sustituir toda una serie de materias primas por productos artificiales o sintéticos, a partir de derivados del petróleo fundamentalmente, cambian radicalmente las expectativas del comercio internacional. Hasta entonces el flujo del comercio había sido, en síntesis, el siguiente: de los países coloniales salían materias primas, agrícolas o no, hacia las metrópolis; en las metrópolis se transformaban estos productos que eran vendidos a otros países coloniales y, en menor medida, a los países colonizados. Los flujos de energía que se derivan de este comercio eran desfavorables a los países dominados, pero en absoluto alcanzaban las cotas en que están en estos momentos. Si hasta el momento el intercambio, o la rapiña económica, se había basado fundamentalmente en la extracción de minerales del subsuelo con un gasto mínimo, la energía consumida por el hombre, o en la apropiación de productos agrarios de esos países, a partir de finales de la década de los cuarenta, al cambiar la composición industrial del llamado mundo desarrollado, se acentúa, aún más, el desequilibrio energético entre las dos áreas mundiales.

Cambia la composición básica de los intercambios internacionales. Los países dependientes empiezan a exportar mayores cantidades de productos con alto contenido energético que necesitan los países industrializados -tanto los que carecen de ellos como los que tienen abundantes reservas, como es el caso de los Estados Unidos-. Al tiempo, pierden importancia las exportaciones de materias primas de los países dominados que no sean petróleo, o uranio más recientemente, y productos agrarios como consecuencia de la sustitución de importaciones que llevan a cabo los países industriales, y de la revolución «verde» de la agricultura de los países industriales.

Pero esta sustitución de importaciones por productos sintéticos lleva consigo una mayor utilización de energía que solamente es proporcionada por el petróleo y el uranio utilizado con fines pacíficos. Existen tablas de conversión a unidades energéticas tanto de las materias necesarias para producir cualquier producto, como de la energía encerrada en ellos. El saldo cada vez es más negativo necesitándose mayores cantidades de energía para lograr mayores producciones.

Pierden siempre los países dominados

Por su parte los países industrializados inician una carrera sin fin por lograr el control tanto de las fuentes energéticas mundiales como por abrir nuevos mercados a sus produciones no sólo industriales. La brecha entre países «ricos» y países «pobres» se acentúa a medida que va avanzando el «desarrollo» tecnológico. La producción de cualquier producto básicamente se reduce a dos cosas: consumo de energía, mecánica, animal, humana, solar..., e información o tecnología. Los países industrializados poseen fundamentalmente la información que monetariamente, o según las leyes económicas tradicionales, aporta una gran cantidad de«valor anadido» a los productos. Los países dependientes tienen en su subsuelo la mayor parte de los combustibles fósiles, la energía no renovable, o al menos no en la misma medida en que se gasta; esta genera poco «valor» a pesar de su tremenda escasez, según todos los expertos. La relación de intercambio, que siempre había sido desfavorable a los países dependientes se convierte, en términos monetarios, cada vez en peor. Pero lo grave es que no sólo ocurre esto en los abstractos términos del dinero. El balance energético es aún peor para los países dependientes.

Todo esto lleva por un lado a que la mayor parte del comercio internacional empiece a tener lugar entre los propios países industrializados, que ya compiten no solamente por las fuentes de materias primas, sino también por ocupar nuevos mercados de otros países. Pero el desarrollo industrial, además de originar un excesivo consumo de los recursos no renovables, también ha traído consigo toda una serie de actividades contaminantes, peligrosas, y con unas necesidades de mano de obra muy grandes. Si en un primer momento todas estas actividades estuvieron localizadas en las metrópolis, a medida que ha ido«avanzando» la tecnología, se hace más notorio que están siendo trasladadas a países intermedios entre éstas y los dependientes.

El caso español

El proceso industrializador español, brasileño e incluso el de algunos del área de los llamados «productores de petróleo», como Venezuela e Irán, son especialmente significativos en este terreno. Irán, con unas reservas que supondrán 35 años de extracción al ritmo actual, está intensificando su desarrollo industrial siguiendo la misma pauta que los países ricos: complejos petroquímicos, grandes centros industriales contaminantes..., todos ellos con tecnología importada de las metrópolis. Inicia su desarrollo sabiendo que a finales de¡ presente siglo la principal fuente de energía con que alimenta sus fábricas se habrá agotado. El caso español es de todos conocido como para incidir excesivamente en él. Las grandes plantas siderúrgicas, que ya han colocado a la provincia de Vizcaya, sobre la ría de Bilbao, en la zona más contaminada de Europa; los complejos químicos de Huelva, donde se detectan, en prácticamente todos los recién nacidos, enfermedades pulmonares como consecuencia de la polución ambiental las celulosas que se pretenden instalar en Galicia y Extremadura, las costas del País Valenciano y Murcia completamente contaminadas por las industrias que vierten sus residuos al mar Mediterráneo..., son buena prueba de los «beneficios» que trae el haber conseguido que España, su economía, sea considerada como la décima potencia mundial. Y todo ello gracias a la utilización de grandes dosis de energía, que, en su mayor parte, proviene de un petróleo que se extrae fuera de las fronteras del país y que una vez refinado es exportado hacia los centros mundiales. También este país cuenta con grandes industrias que, al tiempo que contaminan, necesitan una mano de obra abundante (que necesariamente estará mal pagada), para realizar ciertas funciones productivas que, de hacerse en los grandes «centros», serían infinitamente más caros. La industria del calzado, el automóvil, son sólo dos ejemplos de esto.

Todo lo anterior obliga necesariamente a dejar de considerar la economía política, las relaciones económicas entre países, con la vieja óptica que los «clásicos» tenían. Hay que empezar a añadir nuevos conceptos, nuevas cuestiones, si se quiere entender hoy en día el salto adelante, los «milagros económicos», que han tenido lugar en algunos de los países más atrasados económicamente. Su crecimiento no ha provocado una menor dependencia respecto a las grandes potencias imperialistas sino, por el contrario, una nueva forma mucho más sutil y expoliadora.

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