ALEJANDRO TIANA
Ante todo, debo confesar que hace tiempo que ya no
creo en la pretendida neutralidad de la educación. Pido sinceramente disculpas a los que
se sientan golpeados por la rotundidad de tal juicio, pero es así. En nombre de la
no-manipulación, del respeto a la sagrada conciencia individual y de otro montón de
ideas semejantes de tono grandilocuente, he visto desfilar ante mi vista concepciones -y
realizaciones- educativas tan dispares, que me he vuelto un escéptico a este respecto. Y
creo una obligación moral -ética- dejar bien claro este presupuesto que, a los ojos de
alguno, puede desmoronar el resto del discurso por bien articulado que esté -que puede no
ser el caso-.
No hay educación neutral
Aunque mucho se haya hablado sobre la falsedad de las
palabras, la propia contradicción de uno le lleva a hurgar en ellas. ¡Curioso vocablo
ese de «educación»! Si hay que creer a su etimología, sería una mezcla de «educare»
(criar, alimentar) y «educere» (conducir -con sentido de dentro hacia afuera-). Como se
ve, la propia palabra reconoce implícitamente la manipulación, pues allá donde haya que
conducir algo será necesario un conductor (y una dirección de marcha). Por otra parte,
el alimentar supone utilizar unos elementos ya estructurados que se transmiten tal cual a
otro cuerpo, que puede a su vez utilizarlos y recomponerlos dentro de unas reglas de
funcionamiento que determinan las posibles incompatibilidades, con el fin de procurarse
los propios elementos constitutivos.
No creo que esto sea para llevarnos las manos a la cabeza ni rasgarnos las vestiduras. No
he profanado la virginidad inmaculada de la educación. Simplemente ocurre que la perdió
hace mucho tiempo y que hoy en día es más una cortesana, que acompaña a cualquiera en
sus propósitos, que aquella jovencita blanca y pura con la que soñábamos.
Hurgando en los libros de historia de la educación he encontrado abundantes argumentos
que refuerzan mi escepticismo. Desde el mismo origen de las escuelas en Europa -surgidas
en torno a núcleos eclesiales e incluyendo entre sus funciones la de evangelizar-, hasta
los sistemas contemporáneos -sean de signo autoritario, caso Makarenko; sean
decididamente antiautoritarios, caso Summerhill-, pasando por el
«niño-bueno-por-naturaleza» rousseauniano y otros cientos de teorías, detrás de cada
concepción educativa asoma la oreja una determinada concepción del hombre, la sociedad y
la historia, un cierto sistema que podemos denominar «antropológico» utilizando esta
palabra en un sentido amplio y más marcadamente ideológico que el habitual.
Y este cúmulo de ideas, visiones, concepciones, no siempre ni claramente conscientes,
actúa como soporte inexpreso (en la mayoría de los casos) de una serie de planteamientos
pedagógicos que se pretenden cientifícos, racionales, conformes a la naturaleza humana y
al destino del hombre, neutrales, cuando la verdad es que van marcados desde su nacimiento
por la impureza constitutiva de toda realidad.
De acuerdo con estos presupuestos, al estudiar las ideas pedagógicas mantenidas por los
anarquistas y las experiencias que llevaron a cabo hay que tener siempre presente, como
decorado de fondo, todo el sistema filosófico e ideológico acerca del hombre y de sus
relaciones con el mundo en que se mueven si no queremos caer de nuevo en una visión
idealista y angélica de la educación libertaria. Nuestro espíritu crítico nos debe
hacer sobrepasar los calificativos que se otorga a sí misma de «científica»,
«neutra» y similares, y buscar por detrás para encontrar su lugar exacto dentro del
panorama de los movimientos educativos y el compromiso en que está empeñada. Sólo así
podremos desbrozar el campo de estudio y valorar sus aciertos y fracasos.
Ideario educativo del anarquismo
Sentadas estas bases, podemos pasar al núcleo
esencial del discurso, que consiste en analizar las formas educativas propias del
movimiento anarquista o libertario, observando cómo, con el paso del tiempo, han ido
acomodándose a la configuración concreta de cada momento histórico, y del sistema
«antropológico» de las personas o grupos que las sustentaron.
En realidad, no se puede hablar de una concepción educativa única en el anarquismo,
igual que no existe un modelo anarquista, sino un conjunto de concepciones e ideas acerca
del hombre y la organización social, que tienen un doble exponente común: primero, la
convicción profunda de que sólo la libertad permitirá una sociedad justa y equitativa
en que los hombres puedan desarrollarse; y segundo, el convencimiento de que sólo la
libertad conduce a la libertad, que los fines y los medios son inseparables. Y esta idea,
elevada a la categoría de Idea -con mayúscula-, con la carga mítica que encierra,
irradia sobre todas las concepciones del movimiento que, así apadrinado, podemos
denominar libertario. Por supuesto, esta irradiación alcanza plenamente a sus
planteamientos educativos, que se ven teñidos de antiautoritarismo. La autoridad que hay
que desterrar está encarnada fundamentalmente en dos instituciones: el Estado expropiador
y la Iglesia domesticadora, auténticas «bestias negras» de la humanidad.
Ahora bien, sobre esta base común se edifican concepciones muy dispares. Hay dos
tendencias generales y complementarias: una individualista, centrada en el sujeto humano,
y otra societaria, que hace hincapié en el sujeto dentro de un colectivo.
La primera intenta conseguir la autonomía
individual, dotando al hombre de todas aquellas armas -entre ellas, la capacidad de
rebeldía- que le permitan defender celosamente su libertad personal. Ello permitirá al
hombre madurar integralmente y conseguir su felicidad.
La segunda pretende ayudar por medio de una educación popular, de clase, a la
autoorganización de¡ proletariado, cuya meta es la revolución social manumisora que
acabe con esta sociedad injusta e implante el nuevo mundo «que llevamos en nuestros
corazones».
En realidad, estas dos tendencias están siempre mezcladas, imbricadas, en los diversos
autores y corrientes. Lo que ocurre es que al poner mayor o menor acento en una u otra,
inclina a uno u otro extremo el fiel de la balanza.
Basados en estos planteamientos, surgen desde mediados del siglo pasado, dos tipos de
instituciones mantenidas, inspiradas y dirigidas por libertarios:
- unas escuelas infantiles, donde los niños sean educados conforme a los principios e
ideas fundamentales arriba expuestos;
- y un conjunto de instituciones educativas dirigidas al medio obrero, tales como
bibliotecas, Ateneos, grupos artísticos, cursos de alfabetización, ... encaminados a
promover una conciencia de lucha entre los obreros y campesinos que les lleve a
enfrentarse al capitalismo.
La educación de los niños y los jóvenes
La revolución social tan anhelada exige obviamente
un tipo de persona diferente al producido en una sociedad opresiva. Las características
fundamentales del «hombre nuevo» libertario se podrían resumir así: un hombre libre,
autónomo, consciente de la injusticia reinante, que posee las armas para luchar contra
ella y que, animado por un fuerte sentimiento de solidaridad, se asocia con otras personas
para construir juntos un mundo libre, sin Estado, en que la justicia, la equidad y la
verdad resplandezcan sobre la injusticia, la parcialidad y la mentira, sean individuales o
colectivas. Sin un «hombre nuevo» será imposible construir una sociedad revolucionaria.
Por eso es muy importante ir educando a las personas para que, al producirse el hecho
revolucionario, se hayan desterrado los egoísmos burgueses y se puedan comenzar a
organizar unas estructuras igualitarias. De aquí que se pueda hablar de la importancia
concedida a la educación en el anarquismo.
A lo largo del siglo que va de 1848 al final de la Segunda Guerra Mundial, y siempre en
los medios libertarios (1), hay tres calificativos que, sucesivamente colocados tras el
término «educación», lo determinan y llenan de significado: el primero es
«integral», el segundo -y casi simultáneo-, es «laica» y el tercero es
«racionalista».
El calificativo «integral» aparece en los textos referentes a la educación de la AIT,
en concreto, en los dictámenes correspondientes de los congresos de Ginebra (1866),
Lausana (1867) y Bruselas (1868). En España, Trinidad Soriano presentó un proyecto
importante sobre enseñanza integral al Congreso de Valencia (1872) de la sección
española de la AIT. A éste último pertenece el párrafo siguiente, muy ilustrativo
acerca de sus objetivos:
«Queremos la enseñanza integral para todos los individuos de ambos sexos en todos los
aspectos de la ciencia, de la Industria y de las artes, a fin de que desaparezcan las
desigualdades -en su casi totalidad ficticias- y que los efectos destructores que la
división del trabajo produce en la Inteligencia de los obreros no vuelvan a producirse,
obteniéndose entonces las únicas, pero positivos ventajas que esta fuerza económica
encierra para la pronta y más abundante producción de las cosas destinadas a la
satisfacción de las necesidades humanas.»
El párrafo es suficientemente expresivo. Paul Robin desarrolla, en Campuis, una
experiencia muy valiosa de educación integral entre 1880 y 1894, que es sin duda un
ejemplo vivo de las ideas internacionalistas.
El calificativo «laica» no es patrimonio exclusivo de los libertarios. La burguesía
ilustrada de los países europeos había presionado para la implantación de una escuela
oficial liberada de la tutela eclesiástica. Este deseo se convierte en realidad en
algunos países, como Francia, a partir de la segunda mitad del siglo XIX. En España, la
mayor presión de la Iglesia sobre las estructuras del Estado impide una liberación
efectiva. Por eso, el laicismo escolar se convierte en bandera de lucha y se radicaliza.
Son los masones, algunos republicanos y los anarquistas los que defienden esta idea en los
últimos años del s. XIX y primeros del XX. Se entabla una lucha frontal contra la
Iglesia, que tiene un peso específico enorme en las instituciones educativas. Pero ya a
comienzos de siglo, algunos anarquistas españoles rechazan el laicismo burgués que, si
bien prescinde de la intervención de la Iglesia en la escuela, no hace una crítica del
papel adaptador a las estructuras sociales que realiza la educación, aunque se llame
laica. Es el caso de Anselmo Lorenzo y Francisco Ferrer.
El calificativo «racionalísta» surge fundamentalmente en España, con Francisco Ferrer
Guardia. Es adoptado sin reservas por el anarcosindicalismo español, que llama así a las
escuelas que funda hasta 1939. Es el propio Ferrer el que lo ilustra claramente:
«Hay que señalar que la misión de la Escuela Moderna no se limita a hacer desaparecer
de los cerebros los prejuicios religiosos. Si éste es uno de los que más se oponen a la
emancipación intelectual de los individuos, no es por su desaparición pura y simple como
obtendremos una humanidad libre y feliz. Se puede concebir, en efecto, un pueblo sin
religión y sin embargo sin libertad.
La Escuela Moderna pretende combatir los numerosos prejuicios que hacen difícil la
emancipación total del individuo, y para ello ha adoptado el racionalismo humanitario que
tiene por objeto inculcar a la infancia el deseo inquieto de conocer el origen de todas
las injusticias sociales, con el fin de que, una vez conocidas, pueda combatirlas e
impedirlas.»
Este mismo trasfondo ideológico es el que hace que, en general, los anarcosindicalistas
españoles rechacen la educación oficial y descarten la idea de utilizar la escuela
pública como lugar de difusión de sus planteamientos, como pudieron hacer los
socialistas que, en última instancia, aceptan la necesidad de un Estado y de todas sus
instituciones. El único momento en que toman parte en la estructura educativa oficial es
durante la guerra civil, propugnando la Escuela Nueva Unificada.
La educación revolucionaria de los trabajadores
Por otra parte, y siempre en el caso español, junto
a la sede de cada sindicato se establecía un Ateneo Libertario, con clases nocturnas para
adolescentes y adultos, con una biblioteca mejor o peor nutrida, con un grupo artístico
y/o teatral, en fin, todo un complejo cultural propagandístico cuya finalidad era la de
contribuir a la necesaria educación revolucionaria de las clases trabajadoras. Todo esto,
mantenido con los fondos aportados por los afiliados, lo que suponía en algunos casos un
considerable esfuerzo. Todas estas realizaciones educativas estaban basadas en la idea
subyacente de que el Sindicato, más que un organismo de reivindicación laboral, era el
germen organizativo de la sociedad libre del futuro. Y esto llenaba de energías a unos
trabajadores cuya vida no era ciertamente fácil.
La labor educativa realizada fue indudable, como se pudo ver en el momento revolucionario
de julio de¡ 36. Aquellos acontecimientos sirvieron para valorar el grado de conciencia y
formación de los trabajadores españoles. La puesta en marcha de un vasto programa de
transformación social fue el mejor indicador de la efectividad de la labor realizada.
La derrota en la guerra supuso para el movimiento anarquista español la vuelta -una vez
más, y duradera- a las catacumbas. Otras preocupaciones ocuparon el primer plano de la
atención de sus militantes (desde cómo salvar el pellejo hasta cómo acabar con el
régimen instaurado). Los esfuerzos educativos realizados en otras épocas pasaron a un
segundo plano. Por otra parte, la rígida censura franquista borró por todos los medios
posibles de la memoria colectiva el recuerdo de tales afanes e ilusiones. La noche cayó
sobre España.
Perspectivas actuales
No creo que hoy en día pueda hablarse de educación
específicamente anarquista ya que, por un lado, no existen potentes organizaciones
capaces de emprender una tarea educativa de envergadura y, por otra parte, la educación
ha sido progresivamente concentrada y monopolizada por los distintos Estados en la
historia reciente. Así, las experiencias que se autodenominan anarquistas no dejan de ser
un número escaso y que ocupan un lugar marginal, aunque en ocasiones puedan ser muy
interesantes y ofrecer un testimonio de libertad frente a la creciente manipulación
estatal.
Pero en cambio, si se percibe un cierto espíritu libertario en bastantes movimientos
educativos contemporáneos y en numerosas personas dedicadas a la educación. Hay un
interés indudable en proteger al niño de la manipulación, el dogmatismo y la
arbitrariedad, en desterrar el autoritarismo de las relaciones educativas y en favorecer
el desarrollo de la autonomía individual. Y creo que no es pretencioso decir que este
espíritu recibe la herencia y la tradición anarquistas en sus diversas versiones. En
efecto, aunque sistemáticamente reprimidas por el Poder al que atacan, las ideas
libertarias han ido dejando su huella en el subconsciente -y consciente- colectivo, y
afloran en las circunstancias actuales en que se hace evidente el creciente y desmesurado
poder de los omnímodos Estados sobre las personas que los padecemos.
En la escuela de Summerhill y todas las demás escuelas «summerhillianas» de Inglaterra
y América se respira una concepción de la libertad muy cercana a la que mantuvieran los
anarquistas individualistas anglosajones, de los que Neill recibió influencias más o
menos indirectas.
También la «New Left» americana ha difundido ideas educativas que se llaman así mismas
libertarias, que plantean una nueva relación educativa en la que se borran las
diferencias entre maestros y alumnos, donde todos aprenden y enseñan, cada uno desde su
peculiar situación. Son ejemplos de esta corriente Paul Goodman y George Dennison.
Las ideas de Ivan Illich y Everett Relmer sobre la «desescolarización» tienen relación
con los planteamientos libertarios de una educación al margen de instituciones superfluas
y desfasadas, en el marco de las comunidades naturales en que se desenvuelven las
personas.
El movimiento de «Pedagogía Institucional» francesa reclama la autogestión como base
de la organización educativa, devolviendo a los educandos la capacidad de decisión sobre
los asuntos que les atañen. También Gerard Mendel, desde perspectivas diferentes,
proclama la «descolonización del niño».
Los distintos movimientos de «Escuela Cooporativa» también tienen resonancias
autogestionarias -al menos en algunas de sus versiones- que las aproximan al universo
libertario. En general, valoran la autoorganización infantil como principal estímulo
educativo y posibilitan el tanteo y el aprendizaje por el error, dejando que el niño
ejerza su libertad (2).
Todo este conjunto de experiencias de pedagogía libertaria profundizan en las ideas
básicas que sobre la educación han defendido siempre los anarquistas. Un éxito notable
que han conseguido es el de superar el nivel apriorístico de muchos ideólogos ácratas
aportando datos comprobados empíricamente y valorando críticamente sus resultados. Y
creo que sintonizan con tales planteamientos por tener una concepción «antropológica»
(en el sentido que indicaba antes) muy cercana al universo cultural anarquista. Suponen
una actualización de sus planteamientos y pueden ser el germen de un movimiento más
amplio de educación libertaria.
( 1 ) Prefiero utilizar este término porque así se pueden incluir aquí las aportaciones
de personas que, si bien no se sintieron englobados en los términos «ácrata»,
«anarquista» o similares, contribuyeron a agrandar el conjunto de ideas educativos
basadas en la libertad radical de la persona que se convirtieron en patrimonio común del
anarquismo (como puede ser el caso de Tolstoi). Además, y esto pertenece a otro nivel de
consideraciones, detesto las exclusiones basados en la estrecha adscripción a tal o cual
«corriente» del tipo que sea. La riqueza (o pobreza) de cada universo personal no se
recoge en uno o dos calificativos. Reivindico como libertario todo lo que estimula o
defiende la libertad, y no lo que se autocalifica como tal. No es oro todo lo que reluce.
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(2) Que quede bien claro que no
pretendo hacer una reducción simplista reivindicando para el anarquismo movimientos que
no son encajables sin más ni más, en su seno. Pero me perece indudable que ciertas ideas
pedagógicas actuales tienen su antecedente en las realizaciones anarquistas de comienzos
de siglo o en los escritos de los teóricos ácratas. Y además, todos estas aportaciones
contribuyen a ensanchar el campo de la libertad, dando armas más perfeccionadas y
ofreciendo análisis más profundos a todo aquél que se planteo el camino de una
educación liberadora. Y de ahí su indudable interés. |
Número de "Rivista Anarchica"
de Milán, dedicado a la pedagogía libertaria |
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