F. MINTZ
«El Topo Avizor» de Julio publicó una
postura sobre la lucha armada, erróneamente firmada por mí. Dado que dicha revista
parece no sacar otro número, me acojo a BICICLETA y su buena voluntad, para que publique
mi respuesta. (F. M. 11-12-78)
Por razones que ignoro (broma o manía de las firmas más o menos conocidas), mi nombre
aparece como autor de «Qui desiderat pacem.. .» La verdad es que sólo soy el traductor
y, aunque no coincido con el artículo, insistí para que se publicara, para poderlo
discutir mejor. Con la equivocación de marras, tengo más ganas todavía de explicarme.
El artículo de F. K. se publicó con esta firma en Inglaterra en «Black Flag» (vol. 5,
núm. 2) a fines de 1977, bajo la influencia de las muertes de Mogadiscio y de Stammheim,
y provocó varias reacciones, cuyos principales extractos doy a continuación.
La misma redacción observó que el escrito planteaba problemas que iba a abordar luego
(no creo que se haya publicado aún). Un lector notó que era la perpetuación «del mito
de la lucha armada» y que lo importante era, en dicho caso, cómo conservar relaciones
entre las luchas legales y las ilegales, establecer un diálogo para comunicarse
experiencias. Otro destaca que «el equipo que necesitamos (aparte de los instrumentos
materiales) es el conocimiento total a que nos oponemos (no basta con llamarlo autoridad,
sea lo que sea, y decir que es mala); la visión de lo que queremos, y los medios
prácticos de defender nuestra creación tanto durante el proceso de establecimiento como
una vez establecido». Otro se declara totalmente de acuerdo con los principales puntos,
pero subraya que «la acción armada es contraproducente cuando se lanza demasiado
temprano, cuando la lucha y la organización revolucionaria no están bastante preparadas,
o cuando la represión del Estado no está ampliamente reconocida». El mismo lector
considera que la posesión de armas y la espera de¡ momento oportuno implican un dominio
de sí mismo «tremendo» y que la especialización no implica automáticamente el poder.
Por fin, un compañero constata que el autor«F. K. parece caer en el tipo de pensamiento
revolucionario mao-trot que, ya se sabe, ve la revolución en la esquina, y la prepara».
Y continúa diciendo que no ve próxima la revolución en Gran Bretaña ni tampoco los
trabajadores anarquistas pasándose las vacaciones aprendiendo a manejar metralletas. «F.
K. parece asegurar que (nuestra fuerza) consiste en tener las armas en el puño. El único
ejército que podríamos constituir es un ejército de trabajadores, y sólo sucederá
cuando la masa del pueblo trabajador esté bastante consciente para decidirlo por sí
solo.» («Black Flag», núm. 3, 11-1978)
Dicho esto, mi punto de vista es que la argumentación del compañero es típica de una
desviación seudo técnica y lógica, del tipo de los trotskistas, estoy pensando en la
teoría de los núcleos de militantes que luego se dividen y cada militante debe formar a
otros tres, y cada uno de los tres ha de formar otros tres. Aplicando dicho método,
compañeros de «Lutte Ouvrère» me aseguraban en 1962 que dentro de 2 ó 3 años iban a
ir a por el poder ... En el caso de F. K. está la constatación indiscutible de que la
fuerza termina con la resistencia popular. Ahora bien, si en los casos recientes y
actuales de Irán y Nicaragua, la minoría bien pertrechada consigue terminar con la
resistencia de los revolucionarios y defensores de un orden más liberal, ya sabemos que
durante la guerra de España hubo momentos en que la posesión de un material bélico
potente no bastó. Así en los primeros meses de 1936, los republicanos, con excepción de
los cenetistas y quizá poumistas, hicieron todo lo posible para frenar una solución
militar del conflicto; e igualmente en mayo de 1937, la CNT - FAI se negó a destruir la
Generalitat con la artillería del Tibidabo y de Montjuich.
Por tanto la visión puramente militar no basta. Asimismo se puede observar cómo el
gobierno francés supo dominar mucho mejor el Mayo de 1968 con el restablecimiento de la
gasolina y del consumismo, que empleando las unidades de élite que tenía bajo mano, y
por otro lado, los manifestantes no emplearon nunca las armas de fuego, porque era
manifiesto que la crítica de la palabra era entonces más fuerte que cualquier otra arma.
Pero, la vuelta del consumismo junto a la ausencia de redes de distribución de
mercancías fuera del sistema lucrativo habitual (gracias -por así decirlo- al partido
comunista que frenaba en la base, y al partido socialista que sólo proponía nuevos
ministros) hizo que el discurso, la argumentación del núcleo de estudiantes
anarquizantes que desencadenó el Movimiento, se quedasen vacíos, sin aplicación
concreta.
Si en aquel entonces se hubiera contestado a la violencia policíaca con la metralleta, me
parece que automáticamente la gente habría tomado el partido del Poder. Y hay que ver
que las tentativas «terroristas» que hubo luego en Francia en los años 1969 y 1970 no
dieron ningún resultado a nivel de manifestaciones masivas, ni siquiera el asesinato en
pleno día en la puerta de la fábrica Renault de Billancourt del militante maoísta
Pierre Overney, por un pistolero de la empresa (ajusticiado hace como más de un año por
un grupo clandestino).
De hecho actualmente, la violencia armada parte de un supuesto de crisis inmediata, como
parece ser el caso para la banda de Baader-Meinhof y el M.I.L., y la acción ejemplar de
algunos sería el detonador de la situación social. Los revolucionarios actuarían en
suma como unos bonzos que se quemaban públicamente en Vietnam para protestar contra la
guerra; gesto admirable y simbólico, pero de eficacia discutible también, aunque
repetido: Jan Palach en Praga, en 1969 contra los tanques «liberadores», 1976 (ó 77) un
fascista francés ante la sede de Aeroflot (la Iberia soviética en París), un pastor
protestante en Alemania del Este en septiembre de 1978.
En estos casos también, la diferencia con la militancia cenetista en el pasado es enorme:
durante años hubo militantes en el pueblo, en el barrio, en el trabajo que defendían
soluciones y prácticas distintas. Y si pasaban a la acción armada, por lo menos la gente
los conocía y presentarlos como locos o facinerosos era sentido como una mentira por
muchos.
Se dirá que dentro de la sociedad de consumo, hay que«pegar» fuerte para ser oído. Me
parece que la facilidad con que se instauró el mayo francés, las resquebraduras que hubo
en Polonia, y antes en EE.UU. con motivo de la guerra de Vietnam, y en China con motivo de
la revolución cultural, todo ello demuestra que confiar únicamente en la visión
técnica es una ilusión. Ilusión que supone el conocimiento de la «fecha» de la
revolución, porque sino, si tiene que ser para después del año 3.000, es baladí
prepararse.
Por cierto los pequeños conflictos y los fracasos preparan y dan experiencia (es a la vez
un alivio y una esperanza), pero no creo que se pueda afirmar rotundamente en tal o tal
otro sentido, a propósito de la lucha armada: por ejemplo de 1944 a 1960 tenemos una
larga serie de guerrilleros muertos, a primera vista (es el criterio de Pons Prades y
Téllez) fue inútil, desproporcionado; pero en 1962 empieza el primer gran conflicto
laboral del franquismo. Dejando aparte la recuperación que hubo desde el Gobierno, ¿se
puede separar la labor de ejemplo de los guerrilleros, de la valentía que representaba
lanzarse a la huelga? A lo mejor, los huelguistas ignoraban o no pensaban lo más mínimo
en ello, pero, ¿en el subconsciente? Soy incapaz de zanjar la cuestión, de momento; si
bien está claro que la acción masiva de los trabajadores (en el sentido amplio de la
palabra, sin el carácter mítico restrictivo del obrero) es al fin y al cabo, la que
concluye un proceso social.
No sé si he llegado a explicarme bien, pero por lo menos será claro que no creo en la
pura técnica de la lucha armada ...
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