F. SAVATER
Poco a poco se van abriendo las cien flores que
profetizaban el gran Timonel Mao, muchas de ellas, por cierto, sobre su propia tumba. Nada
más estimulante que ésta primavera teórica. También en el pensamiento libertario
comienza a salirse de las formulaciones maniqueas que han mantenido clausurado en un
positivismo antiestatal el discurso ácrata. Temas canónicos del pensar insumiso, como el
Poder o el Estado, van siendo considerados con mayor sutileza y los rechazos viscerales de
omnipotentes y perversas entidades son sustituidos por buceos más cualificados en la
raíz misma del mal que se pretende extirpar. Ya no basta sencillamente con aborrecer de
toda institución en nombre de quién sabe qué reinventada pureza, pues lo cierto es que
el espíritu gusta de darse formas -como dijo Hölderlin- y quien recusa o condena toda
forma, recusa o condena al espíritu mismo; ni basta con anatematizar el Estado por no
haber cumplido las exigencias del altruismo (inventado, por cierto, por el Estado moderno
en persona), sino que hay que explicar porqué no es capaz de fundamentar esa forma más
alta de egoísmo que es la fraternidad; y hasta empieza a sospecharse que las
indiscriminadas repulsas de toda jerarquía no son sino una coartada para la inacción,
pues es sabido que hay una jerarquía espontánea que brota con y de la acción y que
sólo se pudre en la inmovilidad burocratizada; etc. . .
Los «Amigos del poder compartido» que firmaban hace poco en esta misma revista una
«Crítica a la crítica del poder» han descubierto que criticar al Poder no es lo mismo
que hacer un elogio de la impotencia: no cabe sino felicitarles por ello. Pero a
continuación deciden encarnar el ejemplo de crítica impotente del Poder en mi «Panfleto
contra el Todo», al que aluden sin citarlo, y ahí patinan vigorosamente. Da la
casualidad que, desde «Para la anarquía» y especialmente en el «Panfleto», lo que he
tratado de señalar es que la lucha contra el Poder separado surge precisamente de ese
poder propio que no quiere delegarse y al que llamo «fuerza»; y que el dominio que
ejerce la fuerza propia no tiene por qué alimentarse de impotencia y debilitación (como
es el caso de¡ Poder separado), sino que puede ser -y es de hecho- creador y vivificante.
La fuerza busca en el otro el reconocimiento de esa condición libre que me rebela contra
mi identificación con la cosa y tal reconocimiento sólo me llega desde la libertad del
otro; no hay aquí solamente solidaridad o apoyo mutuo o amor o cualquier otra fórmula
bien-pensante que tranquilice los buenos sentimientos alturistas (en último término,
estatistas) sino algo más radical: ego-ismo contra id-entidad. Si he distinguido entre
«poder», «dominio» y «fuerza» es precisamente para aprovechar los diversos recursos
que el idioma presta a quien quiere resaltar la polisemia de la expresión.
De modo que el «ingenuo nihilismo que se goza con la destrucción de todo poder» (?) es
en realidad una crítica de¡ Poder separado y su pretensión total¡zante, realizada
desde el poder propio no delegado (fuerza) y sus posibilidades de institucionalización
creadora (dominio). La «aparatosa retórica» y la «logorrea» son intentos de alcanzar
precisión terminológica y conceptual, para evitar la banalidad edificante y sinceridad.
La bobada evidente de que «atacar al Todo es atacar la Nada» no merece comentario: es un
rasgo de ingenio (?), repetido por todos los que carecen de él, equivalente a la no menos
ingeniosa descalificación de los «nuevos filósofos» franceses porque no son ni nuevos
ni filósofos, la cual ha sido retirada no menor número de veces por listos de todo
pelaje. Pero lo mejor viene luego, cuando los «Amigos del poder compartido» se preguntan
con retórica más ingenua que aparatosa: «¿Qué credibilidad conceder a quien define el
poder como resentimiento? ¿No es eso, a su vez, resentimiento impotente?». No es fácil
responder a esta pregunta, porque no conozco a nadie que defina el poder como
resentimiento. En mi «Panfleto», por ejemplo, se sostiene todo lo contrario, a saber:
que el resentimiento es una reacción por falta de poder, que en lugar de volverse contra
la separación del Poder, de la que deriva su impotencia, ataca al poder mismo, englobando
en un mismo rechazo Poder separado, fuerza y dominio. Precisamente son los resentidos los
que confunden la lucha contra el Poder con la condena moral de todo poder. ¿Qué
credibilidad conceder a quienes tergiversan descaradamente o son incapaces de entender un
planteamiento que apoya el principio mismo del que ellos dicen partir? Cabe suponer que
serán más amigos de compartir la separación que el poder: sería averiguarlo ...
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