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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 12

Compartir el poder?

F. SAVATER

Poco a poco se van abriendo las cien flores que profetizaban el gran Timonel Mao, muchas de ellas, por cierto, sobre su propia tumba. Nada más estimulante que ésta primavera teórica. También en el pensamiento libertario comienza a salirse de las formulaciones maniqueas que han mantenido clausurado en un positivismo antiestatal el discurso ácrata. Temas canónicos del pensar insumiso, como el Poder o el Estado, van siendo considerados con mayor sutileza y los rechazos viscerales de omnipotentes y perversas entidades son sustituidos por buceos más cualificados en la raíz misma del mal que se pretende extirpar. Ya no basta sencillamente con aborrecer de toda institución en nombre de quién sabe qué reinventada pureza, pues lo cierto es que el espíritu gusta de darse formas -como dijo Hölderlin- y quien recusa o condena toda forma, recusa o condena al espíritu mismo; ni basta con anatematizar el Estado por no haber cumplido las exigencias del altruismo (inventado, por cierto, por el Estado moderno en persona), sino que hay que explicar porqué no es capaz de fundamentar esa forma más alta de egoísmo que es la fraternidad; y hasta empieza a sospecharse que las indiscriminadas repulsas de toda jerarquía no son sino una coartada para la inacción, pues es sabido que hay una jerarquía espontánea que brota con y de la acción y que sólo se pudre en la inmovilidad burocratizada; etc. . .

Los «Amigos del poder compartido» que firmaban hace poco en esta misma revista una «Crítica a la crítica del poder» han descubierto que criticar al Poder no es lo mismo que hacer un elogio de la impotencia: no cabe sino felicitarles por ello. Pero a continuación deciden encarnar el ejemplo de crítica impotente del Poder en mi «Panfleto contra el Todo», al que aluden sin citarlo, y ahí patinan vigorosamente. Da la casualidad que, desde «Para la anarquía» y especialmente en el «Panfleto», lo que he tratado de señalar es que la lucha contra el Poder separado surge precisamente de ese poder propio que no quiere delegarse y al que llamo «fuerza»; y que el dominio que ejerce la fuerza propia no tiene por qué alimentarse de impotencia y debilitación (como es el caso de¡ Poder separado), sino que puede ser -y es de hecho- creador y vivificante. La fuerza busca en el otro el reconocimiento de esa condición libre que me rebela contra mi identificación con la cosa y tal reconocimiento sólo me llega desde la libertad del otro; no hay aquí solamente solidaridad o apoyo mutuo o amor o cualquier otra fórmula bien-pensante que tranquilice los buenos sentimientos alturistas (en último término, estatistas) sino algo más radical: ego-ismo contra id-entidad. Si he distinguido entre «poder», «dominio» y «fuerza» es precisamente para aprovechar los diversos recursos que el idioma presta a quien quiere resaltar la polisemia de la expresión.

De modo que el «ingenuo nihilismo que se goza con la destrucción de todo poder» (?) es en realidad una crítica de¡ Poder separado y su pretensión total¡zante, realizada desde el poder propio no delegado (fuerza) y sus posibilidades de institucionalización creadora (dominio). La «aparatosa retórica» y la «logorrea» son intentos de alcanzar precisión terminológica y conceptual, para evitar la banalidad edificante y sinceridad. La bobada evidente de que «atacar al Todo es atacar la Nada» no merece comentario: es un rasgo de ingenio (?), repetido por todos los que carecen de él, equivalente a la no menos ingeniosa descalificación de los «nuevos filósofos» franceses porque no son ni nuevos ni filósofos, la cual ha sido retirada no menor número de veces por listos de todo pelaje. Pero lo mejor viene luego, cuando los «Amigos del poder compartido» se preguntan con retórica más ingenua que aparatosa: «¿Qué credibilidad conceder a quien define el poder como resentimiento? ¿No es eso, a su vez, resentimiento impotente?». No es fácil responder a esta pregunta, porque no conozco a nadie que defina el poder como resentimiento. En mi «Panfleto», por ejemplo, se sostiene todo lo contrario, a saber: que el resentimiento es una reacción por falta de poder, que en lugar de volverse contra la separación del Poder, de la que deriva su impotencia, ataca al poder mismo, englobando en un mismo rechazo Poder separado, fuerza y dominio. Precisamente son los resentidos los que confunden la lucha contra el Poder con la condena moral de todo poder. ¿Qué credibilidad conceder a quienes tergiversan descaradamente o son incapaces de entender un planteamiento que apoya el principio mismo del que ellos dicen partir? Cabe suponer que serán más amigos de compartir la separación que el poder: sería averiguarlo ...

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