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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 12

Homosexualidad y familia: negación mutua

La familia, como toda organización social, tiene un origen en el tiempo y en el espacio de la historia humana. La frase procedente puede sonar «académica», pero resulta que hay que hacer hincapié en esto, pues nuestra cultura, apoyada en el libro sagrado de un pequeño pueblo de¡ desierto, define a la familia monogámica-heterosexual de hoy, como algo existente desde siempre y como tal debe tener una vigencia permanente. Es algo natural, lógico, normal.

Y esta familia, «célula básica del Estado», como es definida formalmente por derechas e izquierdas, nace a partir de la existencia de la propiedad personal de la tierra. Cuando mujeres y hombres, que vivían en grupos y se desplazaban continuamente de un lugar a otro buscando alimentos, aprendieron a forjarse instrumentos, a conservar el fuego y a encenderlo, a entender la germinación de las semillas de los cereales, a domesticar ciertos animales, los seres humanos se establecen y arraigan en determinada región. La tierra adquiere entonces un valor especial. Los varones más fuertes, más astutos, o más necesitados, se hacen dueños de tal o cual parcela. Y acumulan bienes, los intercambian, etc. Estos hombres, quieren una mujer a su entera disposición e hijos inequívocamente de ellos, los cuales serán sus herederos. Perpetuarán a través de sus riquezas su recuerdo, Así, más o menos, aparece la familia de hoy, con un papá y una mamá, que se reparten los dos únicos roles sexuales y sociales que esta cultura tiene en cuenta para su normal funcionamiento. Y en este marco, en este escenario, un comportamiento homosexual perjudica el diafragma trazado. Hay que tener en cuenta que la «célula básica» es impuesta luego de una dura lucha, en la cual las mujeres pierden muchas de sus libertades.

Desde el punto de vista biológico hay dos sexos, pero a nivel social-cultural, lo que importa es que hay dos roles, el masculino y el femenino, con sus deberes y sus límites. Y un hombre o una mujer, que expresen una sexualidad fuera de este esquema, está cuestionándolo, quiéralo o no. No está de más recordar lo que escribe Huey P. Newton, que fuera hace unos años el comandante supremo de¡ Partido Panteras Negras, de los Estados Unidos. En una carta suya a los hermanos y hermanas revolucionarios sobre los movimientos de liberación femenina y de liberación homosexual, expresa que rechaza el perjuicio que lleva a decir: hasta un homosexual puede ser revolucionario. «Todo lo contrario -agrega-, quizá un homosexual puede ser el más revolucionario».

El homosexual o la lesbiana, calificativos que el sistema inventó y que actualmente se usan de manera generalizada, tienen un comportamiento para con su propio cuerpo que contradice el destino que le corresponde de acuerdo a las normas sociales. El homosexual o la lesbiana, que lo son de manera exclusiva, se situan al margen de la familia, y esta decisión, es un hecho político, que debe ser castigado.

De acuerdo a la época se los consideró pecadores, endemoniados, degenerados, anormales biológicos, amorales, perversos, inmaduros, etc. Esta sociedad, tanto sea la capitalista como la socialista, basan su organización económica y social en células humanas estables y cerradas, al servicio de una productividad determinada, quienes son encargadas de concebir, criar y preparar a las futuras generaciones, la futura mano de obra. Y no se trata solo de criarlos; un aspecto fundamental es el de internalizarles pautas de costumbres.

A pesar de que esta sociedad industrial estaría en condiciones potenciales de reemplazar a la familia por una organización más moderna, más funcional, no puede hacerlo, pues debería simultáneamente modificar todo el andamiaje, el montaje, cultural e ideológico. Una vez más, el desarrollo cientifico-técnico y material permite modificar las estructuras sociales, pero este proceso es frenado por los intereses de una clase o de una capa dirigente, según el país, que sabe que una modificación a este nivel puede desatar una crisis latente, y una parte de la población puede rebelarse a su control.

No sólo el homo-erotismo es condenado por esta sociedad monogámica. Las solteras y los solteros, las mujeres que no pueden tener hijos, los impedidos físicamente, los impotentes, son ciudadanos de segunda categoría. Y el Estado con leyes y propaganda demuestra por quien tiene preferencias.

Homosexualidad y familla, se niegan mutuamente, y como la familia es un invento, como pueden serlo el servicio militar obligatorio, debe ser reforzada regularmente, recibiendo auxilios tanto morales como materiales. Tanto por hijo, tanto por maternidad, menos impuestos por estar casados, etc. Aunque algunas de estas leyes son conquistas arrancadas por la lucha de los trabajadores, está claro que sirven además, a la política familiarista. Por otra parte, desde hace varias generaciones, la familia ha ingresado en una crisis tal que las estadísticas denuncian que cada vez más gentes no forman «las células básicas». Y el Estado, sabiendo que su poder, el de hoy y el de mañana, tienen que ver con ellas, les dedica sus atenciones. La material, solo la imprescindible. En donde más insiste es a nivel ideológico: pues no hay «fábrica» más productiva y rentable que la familia monogámica. No sólo le economiza ingentes inversiones en cuanto a la preparación de las futuras generaciones. Además, la familia es una escuela eficiente en donde los niños son sumergidos en las normas que deberán o deberían aceptar sin nada preguntar.

¿Cuáles pueden ser las alternativas? Para empezar, esta familia patriarcal seguirá existiendo o no, con pocas o muchas reformas, en la medida que mujeres y hombres no sientan la necesidad concreta de rechazarla como se rechaza un gas neurotóxico, una de esas armas químicas que se fabrican, y que inhiben la acción de la colinesterasa del organismo, provocando que éste estrangulo a sus propios órganos vitales. Aunque algo brutal, pensamos que el ejemplo es oportuno.

El asunto no radica en recetar soluciones, pues así como la familia es consecuencia de una determinada organización social, las posibles nuevas relaciones humanas dependen de las posibles nuevas maneras de producir y de reproducirse de la especie. Hablar de nuevos modelos, puede llevarnos a imponer normas de alguna forma represivas.

Si analizamos el estado de las fuerzas productivas y la técnica comtemporáneas, vemos que una distribución de los bienes con criterio solidario y racional, permitiría resolver el problema del hambre, la vivienda, muchas enfermedades, la educación. Y desde el punto de vista científico, médico, genético, se puede afirmar que la reproducción puede ser resuelta al margen de las parejas monogámicas. Y que inclusive los expertos en genéticas pueden llegar a aconsejar, en beneficio de la especie, la conveniencia de que existan criterios diferentes a los actuales para la perpetuación de la misma, asegurando así su salud.

No queremos referirnos a las comunas o a ciertas experiencias, de corta duración, que se han producido en nuestro siglo. No nos sirven como un hecho que pueda ser generalizado, ya que se produjeron en medio de una situación de momentánea crisis general. Pero cuando el «nivel de las aguas se normalizó», apareció con fuerza, una vez más, la familia tradicional. Es que la situación no había cambiado realmente, y no había lugar para experiencias distintas.

Puede ser que en los países capitalistas desarrollados, en los cuales exista una cierta tradición de democracia burguesa, es en donde aparezcan con mayor identidad embriones sustitutivos de la familia. El fabuloso desarrollo tecnológico, la explotación del Tercer Mundo, una demografía con graves conflictos, pueden ser factores, para que el Estado de las multinacionales -¡qué paradójico!-, permita experiencias de este tipo, que no alentará pero que no podrá reprimir con severidad.

Será, y es, en los países socialistas, de Europa o de Asia, incluimos a Cuba también, deseosos de desarrollar sus fuerzas económicas y militares al nivel de las de Occidente, y los países del Tercer Mundo, sumergidos en el atraso y la dependencia, en donde toda experiencia alternativa será reprimida sistemáticamente. En ellos, tanto en el campo socialista como en el mundo emergente, la célula básica tiene aún un gran papel a cumplir. Y no olvidemos que el Estado está en mano de partidos autoritarios y mesiánicos.

Puede molestar a sectores de izquierda o progresistas, pero en donde pueden producirse novedades interesantes, es en los países capitalistas desarrollados. Ya ahora, en ellos, las mujeres, las lesbianas, los homosexuales, los jóvenes, han conquistado un mayor espacio social, algunos derechos, y han creado «zonas más o menos liberadas» (ghettos).

¿Qué pasa con los niños criados en un orfelinato? ¿Son distintos a los niños que crían papá y mamá? Básicamente no. Mientras haya dos roles sexuales, y dos roles sociales, interrelacionados, y estos sean los únicos modelos dignos a seguir, todo niño, independientemente de su procedencia social, tenderá a repetir el esquema: papá-masculino-activo, mamá-femenino-pasiva.

Y si en su historia personal, por motivos que aquí no podemos detallar, este esquema se tambalea, lo común es que intentará invertirlo, y entonces caerá en una trampa. Cambiará de rol pero seguirá jugando al mismo juego, sólo que desde la otra perspectiva.

En esto de la alternativa, ¿cuál sería el primer paso? Destruir la familia y luego ver que pasa. El problema radica en que si las relaciones de producción-reproducción no cambian, y por ende, toda la superestructura cultural también (y eso no es mecánico), luego de la destrucción de la familia, aparecerá nuevamente. Y entonces, posiblemente, el haberla destruido solo servirá para que renazca como el ave Fénix. Ya no es un misterio que en Rusia soviética se ha convertido en el país más puritano y conservador de Europa.

El primer paso, una manera simbólica de expresarnos, puede ser el cuestionamiento y la concientización personal, y así como un militante de izquierda renuncia a ser patrón, cada mujer u hombre que entienda que la familia es algo reaccionario, debería renunciar a nivel de sus vidas. Lo otro, plantear a nivel general la destrucción general y total de las familias, exige la conquista de¡ poder político, y dadas estas circunstancias históricas, sería una organización necesariamente autoritaria, verticalizada, centralizada. Un movimiento así solo puede aspirar a derrocar el poder de hoy. Sus líderes y sus militantes, se nutrirían de los rasgos más reaccionarios -el rol más prestigiador-, el masculino. El asunto es así: los líderes son los grandes machos y las masas, hembras sumisas. Quien supo decirlo sin pelos en la lengua fue Hitler.

Se puede apreciar una alianza, o al menos una simpatía tácita, entre los diferentes sectores marginados, y estos grupos están produciendo una nueva cultura. El fenómeno tiene expresión a nivel social, y les corresponden movimientos políticos, literatura, gustos, costumbres, tendencias. Efectúan una práctica cotidiana, contradictoria, pero que puede esclarecer futuras posibilidades. Lo que queremos decir es que desde hace unos veinte años algo nuevo se está incubando, y puede esperarse que se produzca un nacimiento.

Para los que sentimos y asumimos francamente la opresión de la familia, eso nuevo, de lo cual participamos, lo traducimos a la categoría de esperanza, y nos estimula a seguir buscando nuevas formas de vida, en donde cada cuerpo es un amplio y generoso territorio. Entonces, realmente desnudos, burlándonos de ese pecado original y haciendo de la culpa maldita un trasto que se tira a la basura, es posible que lleguemos a las puertas de¡ país de la libertad.

RICARDO y HECTOR

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