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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 13

Economía y elecciones: quieren que votemos

SALVADOR ARANCIBIA

Se vuelve a vivir tiempos de elecciones y las cuestiones económicas pesan cada vez más sobre las cabezas pensantes de todas las campañas con las que se pretende que los ciudadanos acaben entrando en el redil de la urna. En momentos de crisis profunda de la economía capitalista a nivel mundial como la que se atraviesa y en la que la sección española de esta economía está pagando los platos rotos, no sólo por ella, sino también por el conjunto de países más avanzados industrialmente, la solución que se pretende dar es una nueva ración de elecciones generales y municipales que hagan olvidar durante el tiempo necesario, los cuatro primeros meses del año, todos los problemas pendientes que se tienen. Y en ese intento de sustraer y ocultar todos los problemas participan activamente la mayor parte de las organizaciones políticas que han decidido concurrir a los comicios; a medida que hay más posibilidades de llegar a tener escaños en el Parlamento, mayor es el compromiso adquirido para emboscar su papel ante los problemas. La ceremonia de la confusión y de la «entropía» política sigue su curso sin que nadie se atreva a denunciarla al tiempo que se anuncia una posibilidad de hacerse millonario (Colaborar con la policía en la detención de una persona acusada de un delito de terrorismo puede suponer un millón de pesetas para quien lo haga.). De las quinielas y la lotería, típicas formas de promoción social de países atrasados económicamente, se ha pasado a otras más acordes con el «grado de desarrollo económico» que corresponde a la décima potencia mundial. No sólo se compró un ordenador y se aplicaron en aprender las técnicas de las unidades especiales de la policía alemana sino que también se inundó la pared de las ciudades con carteles de los más buscados y ahora se procede a recompensar, como dicen que se hacía en el oeste según nos han contado en las películas que todos hemos visto. Y mientras esto ocurre, lo mismo que se devuelven a refugiados vascos en Francia a los puestos fronterizos españoles, hay convocadas elecciones para inaugurar las primeras Cortes post-constitucionales y para que los ayuntamientos sean democráticos.

Democracia milagrosa

Y todo ello arropado bajo los oropeles de que una vez más la democracia parlamentaria significa el único camino para la solución de los problemas que padece la población. Hace tiempo, antes de que se muriera Franco en la cama, se decía que una vez que se instaurara en España la democracia casi todos los problemas serían resueltos de la noche a la mañana porque el «devolver al pueblo la soberanía» sería el agua milagrosa que levantaría los ánimos de todos los habitantes. Se prometía que la entrada en el Mercado Común, institución mercantil con la que las oligarquías dominantes de los países de Europa occidental han logrado obtener suculentos beneficios en base a permitir la libre circulación de capitales y de mano de obra cuando ha sido necesario para sus negocios y de restringirla cuando el fantasma del paro ha empezado a sacudir en sus zonas respectivas, se conseguiría en el mismo momento en que se diera el certificado de democratización de la sociedad española. Este certificado ya ha sido extendido y la entrada en el Mercado Común se producirá, nadie puede dudar de ello, en el tiempo y en el momento que se estime necesario. Las negociaciones ya están en marcha y, justo un día antes de que empiece la campaña electoral en torno a las legislativas, se reunirán en Bruselas la delegación española y la comunitaria de cara a empezar a discutir el calendario de integración de la economía española en el área del Mercado Común.

Mucho se ha hablado del superávit en la balanza de pagos, gracias a un buen año turístico, unido al fuerte apoyo del capital extranjero que se ha decidido a volver a invertir en España ... de todo ello se habla, pero se callan que es realmente muy difícil que se vuelva a repetir un año con las condiciones tan positivas como para que se siga logrando detener la espiral inflacionista y para que la balanza comercial y, por lo tanto, la de pagos, arrojen resultados tan prometedores. No se ha explicado cuál ha sido el papel de la última devaluación de la peseta en el comportamiento de la evolución de los precios interiores; y ha sido importante. No se dice nada de, que, gracias a un retroceso en el índice qeneral de precios de¡ grupo alimentación, que tiene un peso grande en el conjunto de¡ índice de precios al consumo, se ha logrado reducir tan casi 7 puntos la evolución de¡ coste de la vida. Este retroceso del grupo alimentación se ha logrado mediante subvenciones muy importantes a algunos productos y mediante unos precios fijados determinados. Todo esto es posible que no se produzca el año próximo y que por tanto la inflación tienda a subir otra vez por encima de las cotas previstas. En el fondo es bastante fácil que no se pueda mantener la inflación en torno al 10%, aún en el caso de que los topes salariales realmente se quedaran en torno al 13%; y eso lo saben los técnicos de los ministerios económicos a pesar de haber elaborado todo un cuadro macroeconómico en el que se asegura que los precios no sobrepasarán la cota del 10%.

No hay trucos para el paro

También saben que en la misma medida en que la economía se relance los intercambios internacionales sufrirán una inversión en su tendencia ya que se necesitará importar mucha mayor cantidad de pr oductos de los que se han importado en 1978 cuando la economía española atravesaba su peor momento y en el que la actividad industrial ha sido prácticamente nula -la inversión ha descendido por cuarto año consecutivo. Además los posibles efectos positivos que tuvo la devaluación de la peseta ya han pasado en la medida en que el tipo de cambio ha ido recuperándose en relación a las demás monedas occidentales y, sobre todo, frente al dólar. La competitividad de ciertos productos españoles ha desaparecido y, por lo tanto, no van a encontrar grandes facilidades para colocarse en el exterior igual que el año
pasado. Y encima el paro ha aumentado más de lo que se había previsto lo que ha venido a demostrar, por si alguien lo dudaba, sobre qué espaldas ha recaido el peso fundamental de la crisis.

Los doscientos mil nuevos parados en que se ha visto incrementado el volumen de desempleo no pesan solamente sobre el partido en el poder, como se pretende hacer creer, sino también sobre los sindicatos que, pactando descaradamente, han aceptado esta situación. Partir de que se admite la economía de mercado, la productividad y todos los instrumentos de que se rodea la llamada «ciencia económica» obliga el final a aceptar como inevitable que para salir de la crisis no hay más remedio que pasar por encima de un elevado número de parados. En los Pactos de la Moncloa, que firmaron los partidos de izquierda con representación parlamentaria, se reconocía que habría, a finales de 1978, 100.000 parados más que en 1977. Ha sido cuestión de cifras y, aunque sea grave que el número se haya doblado, no es esto lo más importante: lo significativo es el aceptar que haya aumento del paro.

Sindicatos dispuestos a tragar

En el fondo, todo esto puede parecer como el lamento de un pasado, por muy próximo que éste esté. El problema es que durante los últimos meses del año la actividad sindical de Comisiones Obreras y de la Unión General de Trabajadores, además de otras fuerzas sindicales, lo mismo que la actividad de los empresarios y del Gobierno en materia económica, ha sido distraer a la gente con el cuento de que se estaba intentando llegar a nuevos acuerdos socio-económicos. La UCD, a través de su Gobierno, no hacía más que decir que estaba intentando poner todos los medios posibles para que se cristalizara un acuerdo entre los trabajadores -algunos de sus sindicatos- y los empresarios. Eso era lo importante y por ello tuvieron lugar las jornadas de reflexión, las diferentes reuniones a«dos bandas» que condujeran a una a «tres bandas» . . .

Por su parte los sindicatos asistían a todas las convocatorias con un ánimo renovado y dispuestos a llegar a acuerdos en las cuestiones salariales si a cambio se les prometía un cierto incremento en el control de los trabajadores: la participación en los órganos de gestión de la Seguridad Social, formar parte de la burocracia que debe decidir quien cobra o no el seguro de desempleo, derecho al reconocimiento y consulta en algunos problemas de las empresas, devolución del patrimonio sindical. A cambio de todo ello estaban dispuestos a aceptar regulaciones de empleo como las admitidas en el sector de construcción naval, a pasar por alto que mientras el dinero para el empleo comunitario es difícil de obtener, el que se necesita para sacar del atolladero a Altos Hornos, al sector siderúrgico en su conjunto, a los astilleros, al sector del automóvil . . ., llega siempre a punto y no sucede nada. Y mientras, las centrales nucleares se siguen montando y construyendo a pesar de que parece que no son necesarias ni aun dentro del sistema económico vigente.

Huelgas al compás electoral

Pero si todo estaba tan claro quizás cabe preguntarse por qué entonces no se ha llegado a un nuevo acuerdo que impidiera que todas las huelgas que se están produciendo tuvieran lugar. La respuesta parece simple: el hecho de que hayan decidido remodelar la composición de las Cortes tiene mucho que ver con ello. Cada uno ha jugado, aún antes de saber realmente que se iban a convocar elecciones, el papel que mejor les representa de cara a su posible electorado. El Gobierno al retrasar durante meses la conclusión de que no hay pactos económicos porque no es posible que este año los haya ya que no tienen nada que ofrecer, al contrario de lo que sucedía el año pasado, ha logrado concentrar en un mes, justo antes de las elecciones, todas las huelgas por la renovación de convenios. Con ello logra crear un sentimiento de inseguridad en la población que presumen va a significar un incremento de sus votos.

Los llamados partidos de izquierdas tienen que galvanizar a sus bases y electores demostrando que «defienden» sus intereses y que el «consenso» ha terminado. Las huelgas son la mejor forma de demostrarlo y ahí están. Pero juegan peligrosamente y lo saben. A los pocos días de iniciarse la ofensiva huelguística, Comisiones Obreras lanzó un llamamiento a la moderación de la conflictividad laboral porque parecieran entender que en cuanto la conflictividad laboral subiera unos cuantos puntos más, habría demasiados votos inclinados hacia la derecha y que además esta conflictividad podría ser utilizada por las organizaciones sindicales y partidarias situadas más a su izquierda con lo que perderían el papel de ser los únicos «representantes» de la clase obrera. Su misión de intermediarios sería puesta en entredicho y eso no se puede consentir. Por ello hay que intentar colocarse en el «feliz término medio de que hablaban nuestros antecesores».

Intoxicación informativa

Todas estas cuestiones llevan indefectiblemente a plantearse el papel que cada uno jugará el primero de marzo cuando tengan lugar las elecciones. Hasta entonces asistiremos, ya lo estamos sufriendo, a una intoxicación informativa en la que más que pedir el voto a una opción concreta, se pedirá que los electores ejerciten su derecho y «deber» al voto. El 35% de abstenciones ante el referéndum constitucional y las encuestas de opinión más recientes que no reducen sensiblemente este porcentaje de abstencionismo, están provocando un cataclismo en los estados mayores de las organizaciones en liza. Se va a buscar por todos los medios que se vaya a votar pero no están ofreciendo nada que realmente haga sugestivo el hacerlo.

En las zonas del país con peculiaridades históricas, en las nacionalidades y regiones, se está desmoralizando a los posibles votantes en base a que las listas están siendo confeccionadas en Madrid sin contar con los de esas zonas e incluso en muchos casos en abierta oposición a lo que allí se había propuesto. Los programas de los partidos no sólo no presentan cuestiones que muevan a la gente sino que tampoco se diferencian unos de otros lo suficiente como para que realmente por el hecho de votar se estuviera eligiendo entre opciones diferentes. Lo único que se dice es que «la abstención favorece a la involución», que un porcentaje importante de no votantes permitirá a la extrema derecha el sentarse en los bancos del Congreso. Se está buscando el voto, lograr que voten veinte millones de españoles, que las cosas sigan igual para que la economía acabe levantándose gracias a otros doscientos mil nuevos parados, una inflación de más del 13% y una dependencia respecto a los centros de decisión mundial mucho mayor de la que hoy se padece.

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