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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 13

Modesta proposición para impedir que los niños de los pobres de Irlanda constituyan una carga para los padres o el país y para hacerles útiles al público

02.jpg (5232 bytes)Es frecuente leer notas en la prensa, especialmente en los diarios serios y conservadores, sobre el lamentable espectáculo que constituye la ola de mendicidad infantil que nos invade. Estos harapientos le destrozan a uno la armonía del amable paisaje urbano, y son nota desagradable cuando se les encuentra a la salida de una buena comida o de una selecta fiesta (como en el tango). El año Internacional del Niño, debía arbitrar una solución para el problema, y es en este sentido que nuestro colaborador Jonathan Swift, nos envía una propuesta digna de ser estudiada por nuestros prohombres, patricios y políticos, tan atentos siempre a la armonía social bien entendida.

Es un espectáculo lamentable para quienes circulan por esta gran ciudad de Dublín o viajan por el campo el ver las calles, las carreteras y las puertas de las cabañas atestadas de pordioseras acompañadas de tres, cuatro o seis niños harapientos, importunando a los transeúntes para implorar limosna. Estas madres, en vez de ser capaces de trabajar para ganarse honradamente la vida, se ven en la necesidad de emplear todo el tiempo en mendigar a fin de dar de comer a sus desgraciados hijos, que, cuando son mayores, se hacen ladrones por falta de trabajo, o abandonan su país natal para alistarse al servicio del Pretendiente en España o se venden en las Barbadas.

Todos los partidos políticos están de acuerdo en decir que un número tan crecido de niños en brazos, a cuestas o pegados a los talones de sus madres, y a menudo de sus padres, constituye, dado el deplorable estado de este reino, una carga muy pesada; por lo cual el hombre avisado que encontrara un medio honrado, económico y fácil de hacer de estos niños miembros sanos y útiles a la comunidad, habría hecho bastante para merecer que se le erigiera una estatua como salvador de la nación.

Pero mi solicitud no se limita a los niños de los mendigos de profesión; apunta más arriba y se extiende a todos los niños de una cierta edad, nacidos de padres tan imposibilitados de proveer a sus necesidades como los que piden limosna por las calles.

Por mi parte, después de muchos años de dar vueltas al asunto y pesar maduramente las proposiciones de nuestros ideadores de proyectos, siempre he visto que se equivocaban groseramente en sus cálculos. Es cierto que un niño cuya madre acaba de dar a luz puede vivir de la leche de la misma durante un año solar, sin necesidad de otro alimento alguno; el gasto es de unos dos chelines todo lo más o del equivalente en mendrugos que la madre puede sin duda procurarse mediante su legítima profesión de pordiosera. Precisamente cuando los niños alcanzan la edad de un año propongo adoptar a su respecto tales medidas que, en vez de ser una carga para sus padres o la parroquia, o quedarse sin alimentos y sin ropa hasta el fin de su vida, contribuyan, por el contrario, a alimentar y en parte a vestir millares de personas.

Otra ventaja de mi proyecto consiste en que impedirá los abortos voluntarios y la horrenda costumbre que tienen las mujeres de matar a sus bastardos, costumbre desgraciadamente demasiadc extendida entre nosotros. Tales holocaustos de pobres pequeños inocentes, sacrificados más para evitar el gasto que la vergüenza, arrancarían lágrimas de compasión al corazón más inhumano y más empedernido.

Evaluando la población de este reino en un millón y medio de almas, hay que suponer que puede haber alrededor de doscientas mil parejas cuyas mujeres son fecundas; de este número descuento treinta mil parejas que pueden atender a la subsistencia de sus hijos (aunque, dada la miseria de este reino, no creo que haya tantas). Pero, supuesto esto, nos quedan ciento setenta mil mujeres fecundas. Reduzcamos aún cincuenta mil niños al año por abortos o por muertes debidas a accidente o enfermedad. Nos quedan cada año ciento veinte mil niños nacidos de padres pobres. La cuestión se reduce, pues, a esto: ¿Cómo criar esa multitud de niños y cuidarse de su suerte? Esto, como he dicho ya, es, en el estado presente de los negocios, completamente imposible con los métodos propuestos hasta ahora. No podemos, en efecto, emplearlos como artesanos ni como agricultores. No construimos casas (en el campo, conviene aclararlo) ni cultivamos la tierra; es extremadamente raro que puedan vivir de los productos del robo antes de la edad de dieciséis añosa menos de presentar disposiciones muy particulares. Confieso sin embargo que aprenden los rudimentos mucho más pronto, lo cual permite, hablando con propiedad, considerarlos como simples aspirantes. Es lo que me ha explicado muy bien uno de los principales habitantes del condado de Cavan, quien me ha asegurado que no ha encontrado nunca más de uno o dos casos de niños que robaran antes de cumplir los seis años, incluso en una parte del reino tan renombrada por su precocidad en este arte.

Nuestros tratantes me han asegurado que antes de los doce años un chico o una muchacha no son de buena venta; e incluso a esta edad no valen en la Bolsa más de tres libras o, todo lo más tres libras y media corona, lo cual no indemniza a los padres ni al reino, pues los gastos de manutención y harapos valen por lo menos cuatro veces más.

Por lo tanto, voy a proponer humildemente mis propias ideas, con la esperanza de que no levantarán la menor objeción.

03.jpg (9705 bytes)Un americano amigo mío, hombre cargado de experiencia, que conocí en Londres, me ha asegurado que un niño sano y bien alimentado constituye, cuando tiene un año, un alimento delicioso, nutritivo y sano, hervido, asado, estofado o al horno, y no dudo que no pueda servirse igualmente en fricasé o en salsa.

Propongo, pues, humildemente a la consideración del público que de los ciento veinte mil niños que hemos contado, se reserven veinte mil para la reproducción de la especie, de los cuales solamente una cuarta parte de varones, que es más de lo que se reserva para el ganado mayor, los carneros y los cerdos. Me fundo en que siendo estos niños raramente habidos en matrimonio -institución a la que nuestros salvajes prestan escasa atención-, un varón bastará, por consiguiente, para satisfacer a cuatro hembras. Los cien mil restantes pueden ofrecerse en venta, cuando tengan un año, a las personas de abolengo y acomodadas de¡ reino, recomendando siempre a la madre que los amamante
copiosamente durante el último mes, de modo que estén rollizos y presentables en una buena mesa. Con un niño habrá para dos platos en una comida entre amigos; si la familia come sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato muy presentable. Condimentado con sal
y pimienta, servirá para un excelente cocido a los cuatro días, sobre todo en invierno.

He calculado que por término medio un niño recién nacido pesa doce libras, y al cabo de un año solar, si se le alimenta pasablemente, alcanza veintiocho libras.

Convengo en que este alimento saldrá un poco caro; por esta razón será muy a propósito para los propietarios: puesto que han devorado ya a la mayoría de los padres, parecen tener derecho preferente sobre los hijos.

Podrá haber carne de niño durante todo el año, pero será más abundante en marzo, y un poco antes y un poco después, pues un grave autor, eminente médico francés, afirma que siendo el pescado un alimento prolífico, en los países católicos romanos nacen más niños nueve meses después de la Cuaresma que en cualquiera otra época: por ello, a contar de un año después de la Cuaresma los mercados estarán aún mejor provistos que de costumbre, porque el número de niños papistas en este reino es al menos de tres contra uno. Lo cual procurará además la ventaja de aminorar el número de papistas entre nosotros.

He calculado que los gastos de manutención de un niño de mendigo (e incluyo en esta categoría a los labradores, los jornaleros y las cuatro quintas partes de los arrendatarios) se elevaban a cosa de dos chelines al año, harapos comprendidos, y no creo que ningún caballero se queje de pagar diez chelines por el cuerpo de un crío rollizo, que, como he dicho, proporcionará cuatro platos de carne excelente y nutritiva cuando sólo tenga a comer consigo a su familia o algún amigo particular. Así el hidalgo aprenderá a ser buen propietario y se hará popular entre sus arrendatarios; la madre ganará ocho chelines limpios y estará en disposición de trabajar hasta que produzca otro hijo.

Los más ahorradores (y hay que decir que los tiempos aconsejan el ahorro) pueden desollar el cuerpo; la piel, cuidadosamente preparada, proporcionará guantes admirables para las damas y calzado de verano para los caballeros.

En cuanto a nuestra ciudad de Dublín, podría instalar mataderos en los sitios más adecuados, y por cierto que no faltarán matarifes. Recomiendo, sin embargo, que de preferencia se compren críos vivos y se preparen recién degollados, como se hace con los lechones para asar.

Una persona dignísima y cuyas virtudes tengo en alta estima, ha tenido recientemente la bondad, meditando sobre este asunto, de proponer una enmienda a mi proyecto. Me decía que muchos caballeros de su reino han diezmado la caza mayor, lo cual le daba la idea de remediar esta escasez de caza con niños de ambos sexos, de catorce años como máximo y doce como mínimo, pues habiendo muchos en los momentos actuales que están a punto de morir de hambre, sus padres y madres (o, en defecto de éstos, sus próximos parientes) están dispuestos a deshacerse de ellos.

Pero con toda la deferencia debida a tan excelente amigo y digno patriota, no abundo completamente en su parecer; pues en cuanto a los varones, el americano conocido mío me asegura, sabiéndolo por experiencia, que con el ejercicio la carne se vuelve dura y correosa como la de nuestros estudiantes, adquiere un sabor desagradable, y cebar a los muchachos no cubriría los gastos. En cuanto a las hembras, pienso, con toda humildad, que el público saldría perdiendo, pues con aguardar un poco más serían fecundas. Por otra parte, incluso es probable que muchas personas escrupulosas propenderían a censurar semejante medida (aunque sin razón, hay que decirlo) arguyendo que frisa la crueldad; objeción que, a mi modo de ver, ha sido siempre la de más peso contra cualquier proyecto por más bien intencionado que sea.

Alfunas personas que se desalientan fácilmente están preocupadas por el gran número de gentes ancianas, enfermas o lisiadas y me han rogado que me devane los sesos buscando lo que puede hacerse para aliviar la nación de una carga tan pesada. Verdaderamente, semejante cuestión me preocupa muy poco, pues es bien sabido que tales gentes se mueren y se pudren cada día de frío, de hambre, de roña y de piojos, tan aprisa como es razonablemente de esperar. En cuanto a los jóvenes jornaleros, su estado actual da casi las mismas esperanzas: no encuentran trabajo y por consiguiente languidecen por falta de comida, hasta el punto de que no tienen fuerzas para hacer el menor trabajo que se les encargue; y el país y ellos mismos quedan libres de los males por venir.

Creo que las ventajas de mi proposición son evidentes y numerosas, así como de la más alta importancia.

Primero. Como ya he hecho observar, disminuiría considerablemente el número de papistas que nos inundan cada año, pues son los mayores fabricantes de críos de la nación, a la vez que los enemigos más peligrosos de la misma; y si permanecen en el país, es con el fin de entregar el reino al Pretendiente, contando sacar provecho de la ausencia de tantos buenos protestantes que han preferido expatriarse antes que quedarse en su casa y pagar contra su conciencia el diezmo a un cura episcopal.

Segundo. Incluso los más pobres poseerán algo propio que la justicia podrá embargar y destinar al pago de la renta de su propietario, pues tienen el trigo y el ganado embargados ya y el dinero es para ellos algo desconocido.

Tercero. Considerando que la manutención de cien mil niños de dos años y más no puede evaluarse a menos de diez chelines por cabeza y año, el haber de la nación aumentará con ello en más de cincuenta mil libras al año, sin contar el provecho de un nuevo plato introducido en las mesas de todas las personas ricas del reino dotadas de alguna delicadeza de paladar; así el dinero circulará entre nosotros, puesto que el artículo ofrecido será enteramente de nuestra cosecha y fabricación.

Cuarto. Los productores regulares, además de la ganancia anual de ocho chelines por la venta de sus niños, se verán descargados de su manutención, pasado el primer año.

Quinto. Este alimento aumentará la afluencia de consumidores en los figones, pues sin duda los fondistas no dejarán de procurarse las mejores recetas para guisarlo a la perfección; por consiguiente, sus establecimientos serán frecuentados por todos aquellos caballeros elegantes que fundan en sus conocimientos culinarios la alta estima en que se tienen así mismos; y un cocinero hábil que sabe cómo se atrae a los clientes, sabrá muy bien hacer que estos guisos resulten tan caros como quieran los clientes.

Sexto. Sería un gran acicate del matrimonio, que todas las naciones sensatas fomentan con recompensas o imponen con leyes y penalidades. Asimismo, al tener la seguridad de que el público corre en cierto modo con los gastos de manutención de los hijos, se acrecentará el cuidado y ternura de las madres hacia sus pequeños, que en vez de costarles dinero, lo producirán. Veríamos una honesta emulación entre las mujeres casadas, compitiendo entre ellas para ver cuál lleva al mercado el crío más gordo. Los hombres, por su parte, colmarían de atenciones a sus mujeres encintas como hacen ahora con sus yeguas, vacas y marranas a punto de parir, y no las amenazarían nunca más con el puño o el pie (como ahora ocurre con excesiva frecuencia) por miedo del aborto.

Otras muchas ventajas podrían enumerarse por ejemplo, aumentaría unos cuantos millares de cabezas nuestra exportación de buey en barrica; el consumo de la carne de cerdo sería más abundante: se perfeccionaría la manera de hacer buen tocino, que tanta falta nos
hace, a consecuencia de ¡a gran destrucción de lechones, que se sirven con demasiada frecuencia en nuestras mesas sin poder en modo alguno compararse, como gusto y magnificencia, a un niño de un año, gordo y bien cebado. Un niño asado entero haría magnífico efecto en un banquete del lord -alcalde o cualquier otro festín público. Pero hay muchas otras ventajas de que no hablo porque quiero ser breve.

Suponiendo que un millar de familias de esta ciudad compren regularmente carne de niño, sin contar con lo que se consumiría en las partidasde placer, particularmente bodas y bautizos, calculo que Dublín se quedaría veinte mil niños al año, y el resto de¡ reino (donde probablemente esta carne saldría más barata) los ochenta mil restantes.

No preveo ninguna objeción seria a mi proposición, a menos que no se alegue que la misma hará disminuir la cifra de la población. Pero este punto, que estoy lejos de negar, es incluso una de las principales razones que me ha movido a hacerla. Que el lector tenga bien en cuenta, se lo ruego, que mi remedio está única y exclusivamente destinado al reino de Irlanda, con exclusión de cualquier otro reino que haya existido o pueda existir sobre la tierra. Que no me hablen, pues, de otros expedientes como el tasar con cinco chelines por libra a los propietarios que viven en el extranjero; o el comprar únicamente trajes y muebles salidos de nuestras fábricas; o el rechazar por completo las materias e instrumentos que fomentan el lujo extranjero; o el curar a nuestras mujeres de los gastos que hacen por orgullo, por vanidad, por ociosidad y en el juego; o el introducir la economía, la prudencia y la templanza.

Que no me prediquen más el amor a nuestro país, que nos hace mucha más falta que a los lapones e incluso que a los tupinambos: o el acabar con nuestras animosidades y facciones y no hacer como los judíos, que se degollaban entre sí en el mismo momento en que su ciudad era tomada; o la prohibición de vender nuestro país y nuestra conciencia por nada; o el recomendar a los propietarios que tengan por lo menos un adarme de misericordia para sus colonos; o, por último, la introducción de un poco de honradez, de industria y de maña en el espíritu de nuestros tenderos que, si se les prescribiera la obligación de vender solamente nuestras mercancías, se pondrían en seguida de acuerdo para engañarnos y estafarnos en el precio, la medida y la calidad, pues aún no han podido decidirse nunca a comerciar lealmente, a pesar de frecuentes y apremiantes invitaciones a ello.

Por todo lo cual, que nadie me hable de semejantes expedientes y otros parecidos, hasta que haya por lo menos alguna vislumbre de esperanza de que se intentará ponerlos en práctica de todo corazón y sinceramente.

En cuanto a mí, cansado de ver cómo durante largos años se amontonaban los proyectos fútiles y ociosos, desesperaba de¡ éxito. Felizmente se me ha ocurrido esta proposición que, además de tener el mérito de la novedad, ofrece algo sólido y real, no acarrea gasto alguno, exige pocos cuidados, está enteramente al alcance de nuestros medios y no nos expone en modo alguno a ser desagradables a Inglaterra.

Declaro, con la mano en el corazón, que no persigo el menor interés personal al trabajar para el éxito de esta obra necesaria. No me animan otros móviles que procurar el bien de mi país, fomentar el progreso de¡ comercio, asegurar la suerte de los niños, aliviar a los pobres y proporcionar deleite a los ricos. No tengo hijos de los que pueda sacar ni un maravedí, pues el menor tiene nueve años, y mi mujer ya no tiene edad de darme más.

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