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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 14

Salir de la etapa banal: elogio del celibato y aun del voto de castidad

JOSEP-VICENT MARQUES

Pues el personal se empeña en hablar de asuntos sexuales sin haber abandonado el torpe recogijo de la represión ni haber adquirido otros nuevos hábitos que los de una cierta pedantería simplista, forzoso será que recurramos al circunloquio y aún a la eclesiología-ficción para animar el debate. No es que crea yo que el debate sea estrictamente necesario, pues igual es éste tiempo de adquirir mayor acopio de evidencia empírica. Pero ya que parecemos empeñados en hablar, convendría hacerlo del modo menos idiota posible.

Tomemos cuestión del sexo y la Iglesia, blanco de las iras de librepensadores, libertinos, libertarios, liberales y liberados de partidos y sindicatos: ¿no se la ha calumniado con justicia moral pero escasa perspicacia?

Comprenderán las lectoras y lectores que sin recurrir a la hipótesis inelegante de la existencia y asistencia técnica del Espíritu Santo resulta difícil explicar la persistencia de la Iglesia Católica. Habida cuenta de que los partidos políticos, los grupos feministas, los colectivos ecologístas y aún los grupos de teatro se escinden o disuelven con notable frecuencia, que la Iglesia Católica aguante y sea aguantada durante 1.900 años puede considerarse sorprendente. De poco me vale invocar la persistencia del Estado, como quizá gustarán de hacer los amigos. No encuentro forma de hallar una estricta continuidad entre el Estado del Rei En Jaume y el del señor Suárez, y aunque no dudo que pudiéraseles hallar esencias comunes, mi talante, quizá anecdotizante, me hace considerar que los Estados sufren mayores mudanzas que la Iglesia Católica. Mayor solidez y articulación de intereses parecía ofrecer Sofico y no ha logrado permanecer. Lo de la Iglesia Católica tiene truco.

La clave del asunto parece residir en un hábil escamoteo de los enojosos problemas que la vida de familia ocasiona a la buena marcha de las instituciones, tanto si se considera la relación paterno-filial como la matrimonial, fuentes ambas de tensiones molestísimas. La Iglesia adoptó ingeniosamente este principio: «Lo que no quieras para ti, quiérelo para tus súbditos».

Nada más prudente que prohibirles a los curas tener, al menos oficialmente, hijos. Imaginen los lectores lo que hubiera podido significar el testamento de un párroco en estos o parecidos términos: «A mi primogénito Pepito te lego el altar mayor y la nave central. La Capilla de Sta. Ursula, a la Juani, que siempre le ha tenido particular devoción. Dejo el Cepillo de las Animas del Purgatorio a Felipito, para alivio de sus temores nocturnos, y el Sta. Rita a mi hija Enriqueta, audaz y amiga de los imposibles. Vista la demanda firme que de agua bendita viene experimentándose en la parroquia, aseguro un decoroso pasar a mi hija Paquita legándole la concesión de las pilas bautismal y de portería para que las explote mediante canon o recibo mensual de aguas benditas.» Tales últimas voluntades hubieran acarreado polémicas entre el vencindario y caso de producirse litigios entre las causahabientes, la interrupción del culto y del asesoramiento moral de los fieles hubieran sido penosos y quizá irreparables. La Iglesia Católica se abstuvo muy acertadamente de introducir en su organización práctica tan disolvente como la de la familia.

No es preciso considerar situaciones tan extremas como la defunción del párroco para percatarse del notable deterioro de la buena marcha de la Iglesia que ocasionaría la siempre insensata paternidad. Al no tener, o no tener socialmente hijos, el párroco no se siente implicado angustiosamente por el comportamiento religioso y moral de ninguna persona en particular. La pérdida de confianza en uno mismo y en sus ideas que ocasiona al padre carrillista tener un hijo trotskista o al padre vegetariano que su hijo sea sorprendido asaltando famélicamente una carnicería, no se da entre los eclesiásticos, que escapan así a la vergüenza de que sus hijos sean vistos en estado de embriaguez gritando «¡La Santísima Trinidad son los papás!» No menos importante que librarse del oprobio en caso de fracaso educativo, es verse eximido de la tensión por la educación de los hijos, aún siendo ésta exitosa. Nadie puede educar bien, pero los padres todavía menos. Sabido es que todo el mundo tiene ideas mucho más firmes sobre cómo deberían ser educados los hijos del vecino que sobre los propios, e incluso a veces se acierta al respecto. Las posibilidades de acertar -dentro de su paradigma- por parte de los curas son, así, muy superiores a las del pueblo llano.

La paternidad social arruina definitivamente lo que la partenidad fáctica por sí misma deteriora, y en consecuencia, aún dando por irremediable que los curas tengan algún hijo, que ello no sea público alivia las angustias de la condición paterna. Nadie deja de preocuparse de las andanzas de quien es carne de su carne, pero si la cosa implica sólo carne y no apellidos y otras identificaciones públicas, todo resulta mucho más soportable. Las ventajas para los hijos son también evidentes, ya que cuando no se les reconoce son contemplados por sus padres con esa indiferencia que sí no es virtud e benevolencia sí es al menos el defecto que más se le parece.

Sin embargo, donde el genio eclesiástico alcanza sus niveles más altos es en el asunto del celibato y el voto de castidad. Lejos de profesar una concepción negativa de la sexualidad, como se ha venido suponiendo, la Iglesia sabe muy bien que la sexualidad es tan inevitable como efectiva. Si de alguna cosa tiene la Iglesia buena opinión en su funcionamiento real es de la sexualidad. La Iglesia ha sabido que entre los curas y las feligresas se iba a enrollar la cosa y que en ello estribaba la permanencia del cura en el tinglado y del tinglado en las feligresas. Excepto en el caso de ser jefe de sección de Grandes Almacenes o encargado de fábrica textil hay muy pocos puestos de trabajo, aparte del de cura, que tengan el aliciente de consistir en tratar con un número amplio de señoras. Dejarse lo de cura equivale por lo general a trabajar entre tíos. Hay que ser médico o jefe para tener enfermera o secretaría, que además no suele ser más de una.

Y aquía parece un problema hábilmente resuelto: En cuanto el cura aparezca vinculado a alguna de las señoras, se ha acabado la juega mística, el sutil equilibrio de erotismo, liderazgo masculino, paternidad moral, responsable y masoquismo femenino tejido en torno a la acción pastoral. El cura no debe tener mujer para que todas las mujeres puedan ser un poco mujer del cura. No se evita así la atroz sospecha de los celos pero sí su odiosa confirmación. Sabido es que los celos son de dos tipos igualmente detestables: fundados e infundados. Pues bien, el celibato y el voto de castidad funcionan como el único gran invento colectivo para alejar, siquiera sea mágicamente, el fantasma de los celos. Sospechar humanamente de las atenciones del cura hacia otra feligresa es un sentimiento atroz que no puede ser humanamente exorcizado. En la medida sin embargo en que se convierte en pecado de juicio temerario -confesable y perdonable-, adquiere la catarsis en el plano religioso que no puede conseguir en el plano terrenal. Muy bien pensado.

Por donde llegamos a la conclusión de que la refinada crueldad de la Iglesia no consiste en haber ignorado las más hondas miserias de la conflictividad humana si no en haberlas conocido, utilizado y guardado para ella. Los muy zorros no nos dijeron nunca que su opinión particular era que la persona humana resultaba ser tan polígama como posesiva y tan posesiva como polígama.

Los lectores prudentes y avisados sacarán las oportunas conclusiones. No seré yo quien cometa el eclesiástico delito de aconsejar a la parroquia de Bicicleta sobre las diversas consecuencias que pudieran derivarse de estas reflexiones. El lector decidirá entre hacerse cura, reclamar el sacerdocio para las mujeres, hacer voto al menos oficialmente de castidad, seguir en plan progre diciendo paridas como la de que todo eso de los celos es un producto de la propiedad privada, o considerar oportuno seguir buceando en busca de interpretacíones más complejas del asunto.

Otro día seguiremos, que tocan a rosario.

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