JOSEP-VICENT
MARQUES
Pues el personal se empeña en hablar de asuntos
sexuales sin haber abandonado el torpe recogijo de la represión ni haber adquirido otros
nuevos hábitos que los de una cierta pedantería simplista, forzoso será que recurramos
al circunloquio y aún a la eclesiología-ficción para animar el debate. No es que crea
yo que el debate sea estrictamente necesario, pues igual es éste tiempo de adquirir mayor
acopio de evidencia empírica. Pero ya que parecemos empeñados en hablar, convendría
hacerlo del modo menos idiota posible.
Tomemos cuestión del sexo y la Iglesia, blanco de las iras de librepensadores,
libertinos, libertarios, liberales y liberados de partidos y sindicatos: ¿no se la ha
calumniado con justicia moral pero escasa perspicacia?
Comprenderán las lectoras y lectores que sin recurrir a la hipótesis inelegante de la
existencia y asistencia técnica del Espíritu Santo resulta difícil explicar la
persistencia de la Iglesia Católica. Habida cuenta de que los partidos políticos, los
grupos feministas, los colectivos ecologístas y aún los grupos de teatro se escinden o
disuelven con notable frecuencia, que la Iglesia Católica aguante y sea aguantada durante
1.900 años puede considerarse sorprendente. De poco me vale invocar la persistencia del
Estado, como quizá gustarán de hacer los amigos. No encuentro forma de hallar una
estricta continuidad entre el Estado del Rei En Jaume y el del señor Suárez, y aunque no
dudo que pudiéraseles hallar esencias comunes, mi talante, quizá anecdotizante, me hace
considerar que los Estados sufren mayores mudanzas que la Iglesia Católica. Mayor solidez
y articulación de intereses parecía ofrecer Sofico y no ha logrado permanecer. Lo de la
Iglesia Católica tiene truco.
La clave del asunto parece residir en un hábil escamoteo de los enojosos problemas que la
vida de familia ocasiona a la buena marcha de las instituciones, tanto si se considera la
relación paterno-filial como la matrimonial, fuentes ambas de tensiones molestísimas. La
Iglesia adoptó ingeniosamente este principio: «Lo que no quieras para ti, quiérelo para
tus súbditos».
Nada más prudente que prohibirles a los curas tener, al menos oficialmente, hijos.
Imaginen los lectores lo que hubiera podido significar el testamento de un párroco en
estos o parecidos términos: «A mi primogénito Pepito te lego el altar mayor y la nave
central. La Capilla de Sta. Ursula, a la Juani, que siempre le ha tenido particular
devoción. Dejo el Cepillo de las Animas del Purgatorio a Felipito, para alivio de sus
temores nocturnos, y el Sta. Rita a mi hija Enriqueta, audaz y amiga de los imposibles.
Vista la demanda firme que de agua bendita viene experimentándose en la parroquia,
aseguro un decoroso pasar a mi hija Paquita legándole la concesión de las pilas
bautismal y de portería para que las explote mediante canon o recibo mensual de aguas
benditas.» Tales últimas voluntades hubieran acarreado polémicas entre el vencindario y
caso de producirse litigios entre las causahabientes, la interrupción del culto y del
asesoramiento moral de los fieles hubieran sido penosos y quizá irreparables. La Iglesia
Católica se abstuvo muy acertadamente de introducir en su organización práctica tan
disolvente como la de la familia.
No es preciso considerar situaciones tan extremas como la defunción del párroco para
percatarse del notable deterioro de la buena marcha de la Iglesia que ocasionaría la
siempre insensata paternidad. Al no tener, o no tener socialmente hijos, el párroco no se
siente implicado angustiosamente por el comportamiento religioso y moral de ninguna
persona en particular. La pérdida de confianza en uno mismo y en sus ideas que ocasiona
al padre carrillista tener un hijo trotskista o al padre vegetariano que su hijo sea
sorprendido asaltando famélicamente una carnicería, no se da entre los eclesiásticos,
que escapan así a la vergüenza de que sus hijos sean vistos en estado de embriaguez
gritando «¡La Santísima Trinidad son los papás!» No menos importante que librarse del
oprobio en caso de fracaso educativo, es verse eximido de la tensión por la educación de
los hijos, aún siendo ésta exitosa. Nadie puede educar bien, pero los padres todavía
menos. Sabido es que todo el mundo tiene ideas mucho más firmes sobre cómo deberían ser
educados los hijos del vecino que sobre los propios, e incluso a veces se acierta al
respecto. Las posibilidades de acertar -dentro de su paradigma- por parte de los curas
son, así, muy superiores a las del pueblo llano.
La paternidad social arruina definitivamente lo que la partenidad fáctica por sí misma
deteriora, y en consecuencia, aún dando por irremediable que los curas tengan algún
hijo, que ello no sea público alivia las angustias de la condición paterna. Nadie deja
de preocuparse de las andanzas de quien es carne de su carne, pero si la cosa implica
sólo carne y no apellidos y otras identificaciones públicas, todo resulta mucho más
soportable. Las ventajas para los hijos son también evidentes, ya que cuando no se les
reconoce son contemplados por sus padres con esa indiferencia que sí no es virtud e
benevolencia sí es al menos el defecto que más se le parece.
Sin embargo, donde el genio eclesiástico alcanza sus niveles más altos es en el asunto
del celibato y el voto de castidad. Lejos de profesar una concepción negativa de la
sexualidad, como se ha venido suponiendo, la Iglesia sabe muy bien que la sexualidad es
tan inevitable como efectiva. Si de alguna cosa tiene la Iglesia buena opinión en su
funcionamiento real es de la sexualidad. La Iglesia ha sabido que entre los curas y las
feligresas se iba a enrollar la cosa y que en ello estribaba la permanencia del cura en el
tinglado y del tinglado en las feligresas. Excepto en el caso de ser jefe de sección de
Grandes Almacenes o encargado de fábrica textil hay muy pocos puestos de trabajo, aparte
del de cura, que tengan el aliciente de consistir en tratar con un número amplio de
señoras. Dejarse lo de cura equivale por lo general a trabajar entre tíos. Hay que ser
médico o jefe para tener enfermera o secretaría, que además no suele ser más de una.
Y aquía parece un problema hábilmente resuelto: En cuanto el cura aparezca vinculado a
alguna de las señoras, se ha acabado la juega mística, el sutil equilibrio de erotismo,
liderazgo masculino, paternidad moral, responsable y masoquismo femenino tejido en torno a
la acción pastoral. El cura no debe tener mujer para que todas las mujeres puedan ser un
poco mujer del cura. No se evita así la atroz sospecha de los celos pero sí su odiosa
confirmación. Sabido es que los celos son de dos tipos igualmente detestables: fundados e
infundados. Pues bien, el celibato y el voto de castidad funcionan como el único gran
invento colectivo para alejar, siquiera sea mágicamente, el fantasma de los celos.
Sospechar humanamente de las atenciones del cura hacia otra feligresa es un sentimiento
atroz que no puede ser humanamente exorcizado. En la medida sin embargo en que se
convierte en pecado de juicio temerario -confesable y perdonable-, adquiere la catarsis en
el plano religioso que no puede conseguir en el plano terrenal. Muy bien pensado.
Por donde llegamos a la conclusión de que la refinada crueldad de la Iglesia no consiste
en haber ignorado las más hondas miserias de la conflictividad humana si no en haberlas
conocido, utilizado y guardado para ella. Los muy zorros no nos dijeron nunca que su
opinión particular era que la persona humana resultaba ser tan polígama como posesiva y
tan posesiva como polígama.
Los lectores prudentes y avisados sacarán las oportunas conclusiones. No seré yo quien
cometa el eclesiástico delito de aconsejar a la parroquia de Bicicleta sobre las diversas
consecuencias que pudieran derivarse de estas reflexiones. El lector decidirá entre
hacerse cura, reclamar el sacerdocio para las mujeres, hacer voto al menos oficialmente de
castidad, seguir en plan progre diciendo paridas como la de que todo eso de los celos es
un producto de la propiedad privada, o considerar oportuno seguir buceando en busca de
interpretacíones más complejas del asunto.
Otro día seguiremos, que tocan a rosario.
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