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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 14

Cofrentes: una bomba en la huerta

Una central nuclear produce residuos sólidos de alta radiactividad, y otros tipos de contaminación difíciles de advertir. Los núcleos de uranio se desintegran al ser bombardeados con neutrones, produciendo gran cantidad de calor y radiaciones. En realidad, sólo un 30% del calor, produce vapor útil para la central; todo el resto va a parar al medio ambiente. Esto, unido a la proximidad de un embalse, produce inevitables trastornos climatológicos: aparición de nieblas persistentes, cambios de temperatura, lluvias, granizos ... Además, el agua que vuelve al río después de refrigerar la central, lo hace a una temperatura superior a la normal, lo que trae consigo una disminución del nivel de oxígeno en el agua, y un desequilibrio ecológico importante.

Disueltos en el agua, o directamente expulsados al aire, quedan residuos como el Iodo-131, Kripton-85 y Tritio, especialmente peligrosos. El Tritio, se introduce en las cadenas alimentarias, afectando a muchas especies, y llegando siempre hasta el hombre. En peces y algas se concentra hasta cien mil veces más que en el agua.

Por otra parte, no puede hablarse de niveles «tolerables» de radiactividad, dado que no es asimilable y se va acumulando en el organismo, provocando irregularidades a un plazo más o menos largo. Puede provocar importantes cambios en las células, en su estructura y cromosomas. La gravedad de la lesión depende de factores físicos (tiempo-intensidad, distribución, tipo de radiación), fisiológicas (especie, edad, sexo, nivel de respuesta) y ambientales (calor, infecciones, etc.). Los efectos pueden ser inmediatos si afectan a un órgano vital. La radiación en general, acorta la vida, afecta a las gestantes e, incluso en proporciones muy pequeñas, puede provocar cáncer de tirioides, de pulmón, leucemia.

Inseguridad y peligro

Los residuos sólidos de muy alta radiactividad pueden llegar a tener una actividad de decenas de miles de años. De ellos, la central de Cofrentes producirá anualmente de cinco a ocho mil kilos. En el caso del Plutonio-239, elemento que no existe en la naturaleza, una millonésima de gramo, inhalada, puede producir cáncer de pulmón. Naturalmente, el problema del almacenaje de estos residuos es vital; tarde o temprano, llegarán al medio ambiente por simples movimientos sísmicos, accidentes inevitables, deterioro de los envases . . .

Fundamentalmente, lo que produce todo esto, es una inseguridad que influye mucho, y negativamente, en la vida y la economía de la zona, ya que además de la contaminación segura, existe siempre el peligro de un accidente, que en el caso de Cofrentes, afectaría al Júcar y toda su área de influencia.

Un accidente grave puede originarse por ¡a rotura del circuito primario de refrigeración. A causa del excesivo calor, la vasija podría fundirse quedando libre una enorme cantidad de radiactividad. En Cofrentes podrían llegar a liberarse cinco mil millones de curios, más que una bomba atómica de gran potencia. La comisión de energía USA, después de varios estudios, ha llegado a la conclusión de que una central de 200.000 kilowatios (la de Cofrentes tendrá 974.000), podría producir, en caso de un accidente como el señalado, más de 3.400 muertes, 40.000 heridos, decenas de miles de personas afectadas y un área de 200.000 kilómetros cuadrados contaminada.

Aunque suele existir un circuito refrigerante de emergencia, no parecen existir garantías de que, en el momento de un accidente, sea realmente útil.

La contaminación a través del aire

La central nuclear de Cofrentes está provista de dos torres de refrigeración de 120 metros de altura cada una. La misión de estas torres es condensar el vapor de agua que se produce al refrigerar el núcleo atómico.

Del pantano de Cofrentes se tomarán unos 1.100 litros de agua por segundo. Este agua, al pasar por el sistema de refrigeración del núcleo se convierte en vapor que-previa una primera refrigeración-va a parar a las torres donde, a lo largo de sus 120 metros se va enfriando, condensando para, posteriormente, ser devuelta al pantano y posteriormente al consumo doméstico de una extensa área demográfica.

Después de este proceso, se «recuperarán» unos 800 litros-segundos, mientras que los 300 litros restantes habrán escapado a la atmósfera.

Y estos 300 litros/segundo que camparán a sus anchas entre las nubes, ¿dónde acabarán? ¿Dónde lloverá? ¿En la misma zona? ¿Habrá algún paraguas capaz de proteger si el agua contiene aún elementos radiactivos?

La contaminación de los alimentos

El agua del río Júcar riega una gran zona agrícola, de la mejor huerta del Estado, en la que, incluso, se dan dos cosechas de algunos productos. De esa zona, precisamente, sale una de las mayores exportaciones: la naranja. Y está claro, que no es sólo la naranja que sale al extranjero: nuestras frutas y hortalizas diarias, proceden de esta zona.

Aquí el proceso puede ser más o menos así: si el agua tiene un cierto grado de contaminación, la tierra regada con ella aumentará el grado al doble o al triple; los frutales, regados con estas aguas, año tras año, alcanzarán cifras aún más altas. Pensemos lo que ocurrirá con los animales que se alimentan con productos de estos campos, que beben su agua y respiran su aire. ¿Con qué grado de contaminación nos llegarán, a la mesa, los huevos, la leche, la carne ... ?

Los acérrimos defensores de la implantación de energía nuclear, sólo admiten que pueda darse contaminación en casos de fuga. Y explican: en este caso, los productos probablemente contaminados, se eliminarán a cambio de una indemnización a los agricultores. Así pues, la única garantía es «que estos productos no saldrán al mercado» Pero, ¿quién y cómo va a determinar si los productos están o no contaminados? Nos resulta mucho más fácil imaginar que el especulador de turno se dirigirá al campesino de la Vega del Júcar para decirle: «No sé si tus naranjas están o no contaminadas. Tú sabes, en cambio, que la gente no va a querer comprártelas. Así es que yo te las pago a tanto el kilo, y corro con el riesgo de tenerlas que tirar si no se venden. Lo tomas o lo dejas». Y al campesino le quedarán dos soluciones: tomarlo o dejarlo. Pasar por el aro o tirar la cosecha.

La trampa del puesto de trabajo

El beneficio más aparente que real, que ha traído la instalación de la central nuclear de Cofrentes, son los puestos de trabajo que ha proporcionado a los habitantes de la comarca. Beneficio que no deja de ser un arma de dos filos, destinada a cortar la supervivencia de esos pueblos. Tanto Hidroeléctrica, como las empresas de contrata (numerosísimas) que trabajan en las obras, han empleado a una masa laboral que, en algunos municipios rebasa la mitad de la población activa, y se compone principalmente de gente que todavía trabaja las tierras. Pero en el momento en que se acaben las obras y las empresas se vayan, arrastrarán consigo a esta masa de trabajadores que ya se habrán acostumbrado al salario fijo (aunque sea el mínimo y a seiscientos kilómetros).

La central nuclear de Cofrentes es la de mayor potencia de un sólo grupo, instalada en el Estado, con un generador de 974.000 kilovatios. Situada cerca del pantano de Cofrentes, junto al río Júcar del que tomará el agua para su refrigeración. El proceso de refrigeración se completará con dos enormes chimeneas capaces de eliminar hasta 1.650 millones de kilocalorías/hora. En las torres se recuperará agua, parte de la cual volverá a ser utilizada, y el resto irá a parar al río, como deshecho.

El reactor contendrá 111 toneladas de uranio 238 enriquecido con uranio 235. La inversión, provista en un principio, era de 14.500 millones de pesetas, cubierta en un 90% por créditos de los Estados Unidos.

LA CENTRAL Y LOS PAGANOS

En la zona que rodea a una central nuclear, y dentro de un radio de 100 kilómetros, los ciudadanos pueden contaminarse a través del agua o a través del aire.

Aparte de estos vehículos, que solamente afectan a quienes estén en la zona señalada, todos aquellos que consuman productos procedentes de ella pueden quedar, a su vez, contaminados.

La zona se irá radiactivizando progresivamente, los terrenos se irán desvalorizando, sus productos agrícolas no podrán consumirse, y sus habitantes vivirán con la amenaza constante de una fuga, o de que, un buen día, la central salte por los aires. Para combatir la alarma, organismos oficiales aseguran -en boca de cualificados técnicos- que la contaminación que puede producir una central nuclear es menor, cuantitativamente, que la de una central térmica. Podrían añadir, como dato a tener en cuenta, que un sólo kilogramo de plutonio es suficiente para envenenar ocho veces a toda la población mundial.

Una sociedad que está bajo la amenaza nuclear, sea del tipo que sea, y de las poderosas redes económicas que la facilitan, se convertirá en un grupo de individuos impotentes: ni la casa servirá de protección, ni el campo podrá ser ya un lugar de expansión necesaria.

Gozando de absoluta impunidad, empresas como Hidroeléctrica Española se atreven a poner en peligro la vida y la salud de personas que les resultan totalmente ajenas, con tal de mantener una industria que beneficia sólo a sus jerarcas, pero que a la hora de rendir cuentas se presenta como deficitaria. Y como son de «beneficiopúblico», entre todos, con los impuestos, las pagamos. Porque nosotros, pagamos todo: las industrias que nos contaminan, los recibos de la luz que siempre suben, el agua ídem, la Seguridad Social que nos trata como nos trata .. . Pagamos y pagamos a técnicos y organismos que, es un decir, han sido creados «para el bien común».

Pero es que, además, la energía nucleares muy cara, y particularmente en España, donde existe una fuerte dependencia del exterior (el uranio enriquecido viene de Estados Unidos). En el mundo, hay menos reservas de uranio que de petróleo. Y, por otro lado, una central nuclear no es rentable si no tiene un rendimiento del 80 al 85%. Y en los USA, donde tienen ya una larga experiencia -tan larga que, algunos modelos de reactores (concretamente, como el de Cofrentes), han sido desestimados por perjudiciales y no-rentables, procediéndose a desmontarlos-, se ha observado que, de media, no se llega al 54 % de rendimiento de una central nuclear, y que el nivel mayor se ,alcanzaba al tercer año de su funcionamiento para, después, comenzar a bajar de manera irreversible.

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