El
Anarcosindicalismo se define en Portugal como corriente de opinión organizada en 1883, y
como expresión de la semilla que la Internacional encontró aquí con ocasión del
desplazamiento a Lisboa de Anselmo Lorenzo, Mora y Moragó, que huían con los archivos de
la Sección Española, de las persecuciones tras la Comuna de París.
La organización del Partido Socialista en 1875 no impidió que muchos socialistas
mantuvieran su espíritu de autonomía y continuaran una línea de orientación distinta a
las tendencias marxistas o posibilistas que se definieron dentro del partido.
En las mismas fechas, el Partido Republicano, valiéndose de la crisis nacional abierta
con el ultimátum inglés acerca de las colonias portuguesas de Angola y Mozambique,
desencadenaba una extensa acción política, que culminó con la implantación de la
República en 1910.
Los anarquistas tuvieron, una influencia decisiva en el desarrollo del movimiento obrero
asociativo y reivindicativo, y en su independencia frente a las fuertes presiones
electoralistas de republicanos y socialistas, así como del jacobinismo dispuesto a
redimir al Estado como la imagen de la democracia burguesa.
El país, en esa época con pocos centros industriales y pequeñas concentraciones
obreras, se animó de cierto dinamismo revolucionario. La gran crisis de finales del siglo
pasado, coincidiendo con la crisis de la monarquía, conducía al país a la caducidad de
sus estructuras agrarias y económicas, con el inicio de una industrialización intentada
por las fuerzas de una clase interesada en un nuevo proceso de explotación colonial.
El jacobinismo republicano procuraba, de esta forma, atraer la agitación obrera a su
proceso político; pero la aparición de una corriente anarquista, con especial influencia
en el movimiento obrero, la sustrajo de ese destino.
0.U.N. La primera central sindical
Bajo la influencia de las ideas y la acción del
sindicalismo revolucionario francés, el movimiento obrero comenzó a evolucionar en
vísperas de la implantación de la República. Aparecieron algunos sindicatos de
industria con la fusión de antiguas asociaciones profesionales, y el movimiento se
extendió por el campo alentejano, al sur del Tejo, región latifundista, asociando
sindicalmente a los trabajadores agrícolas.
La República se implanta en esta fase embrionaria del sindicalismo revolucionario,
todavía sin gran desarrollo orgánico, intentando abrirse camino entre la preponderancia
de que todavía disfruta el Partido Socialista.
Sin satisfacer las reformas de fondo que se propuso realizar, prosiguiendo la rutina
política del anterior régimen, la República enseguida se iba a enfrentar con las
reivindicaciones obreras, siempre en aumento con el desarrollo sindical. Fue exactamente
en el agro alentejano, en la región latifundista en que una burguesía que vino a
sustituir la decadente parcela de la aristocracia rural, se va implantando con algunas
veleidades republicanas, donde se enfrentaron el jacobinismo republicano y el movimiento
sindical.
La huelga de los campesinos de Evora, en 1912, reprimida por el gobierno republicano, hizo
estallar la huelga general de Lisboa, en solidaridad con los reprimidos. Con la creación
en 1912 de la Unión Obrera Nacional, la primera central sindical, comenzó a completarse
una estructuración del movimiento sindicalista, siguiendo los moldes de la CGT francesa,
creándose las uniones locales de sindicatos y las federaciones de industria.
En la OUN se estructuró una corriente sindicalista, defensora de la suficiencia del
sindicalismo en la estructuración de una sociedad socialista, de influencia soreliana.
Enseguida se inició una fuerte polémica con los anarquistas que oponían a ese
sindicalismo su crítica a las tendencias corporativistas, y su rigidez y limitaciones del
proceso productivo para dar respuesta a toda la complejidad social, especialmente, en
aspectos socialistas y libertarios.
A pesar de que en el Congreso de Coimbra, en 1919, las posiciones anarcosindicalistas
tuvieron una completa aceptación, la polémica continuó, y tomó nuevos aspectos tras la
formación de una federación maximalista, de la que posteriormente saldría el Partido
Comunista.
C.G.T.: Una fuerza a tener en cuenta
La discusión de los métodos y aptitudes del
sindicalismo, por los nuevos marxistas y los anarquistas, dio más actualidad a las
críticas y objeciones de los libertarios. Se da también una experiencia de luchas
sindicales, que toman especial intensidad en los inicios de la guerra mundial en 1914 que
envuelve también a Portugal, y a las situaciones de crisis que todavía perduran.
En ese período, la experiencia de las luchas salariales pone en evidencia el espíritu
corporativo de los sindicatos, cuando las luchas generales, los intentos colectivistas,
contra la especulación, las subidas de precios e impuestos, y la defensa de las
libertades públicas y los derechos humanos, colocó al movimiento anarcosindicalista en
una posición destacable frente al Estado y las clases poderosas que se apoyaban en él.
La lucha en los límites del campo de la producción, reivindicaciones salariales o
simples mejoras de las condiciones de trabajo, no respondía a la globalidad de los
problemas del individuo, del trabajador como persona humana, ser pensante y actuante,
consumidor, elemento vivo de la sociedad. En esa época, la CGT adquirió una posición
relevante en la correlación de fuerzas sociales y políticas en presencia.
En 1924, una conferencia de los sindicatos de Lisboa, analizando la rigidez sindical de la
Unión local de sindicatos para las luchas sociales más amplias que las simples
reivindicaciones económicas de los trabajadores como productores, adoptó una resolución
llamando a los barrios obreros y cualquier otros centros de viviendas populares,
agrupaciones con base sindical, paraconducir las luchas, estimular las iniciativas
populares en la concreción de sus aspiraciones y conquistas; una dinamización
típicamente libertaria.
En la ciudad de Oporto, la segunda del país, los anarquistas ya habían dado especial
actividad y dinamismo a los centros de estudios sociales instalados principalmente en los
barrios obreros, que desarrollaban, además de una acción de propaganda y divulgación
cultural, acciones de agitación.
El 25 de Abril faltó el movimiento libertario
El Congreso Confederal de 1925 adoptó la misma
ampliación de la estructura sindical, más libertaria.
El país quedó bajo la impronta del totalitarismo fascista. Un fascismo sui generis,
hecho de violencia, de persecuciones y del juego del compromiso de las clases en una
sociedad típicamente rural, conservando todos los arcaísmos estructurales. La
constitución del Estado fascista conservaba las formas externas de la democracia
burguesa, con una cámara política elegida por sufragio, una cámara corporativa con
representantes de entidades que la constituían, y un Jefe de Estado elegido también por
sufragio.
Durante los últimos treinta años del régimen este sofisma amortiguó el choque de la
oposición política que se obstinaba en combatir al fascismo en el terreno resbaladizo
del electoralismo, lo que después marcaría el período post-fascista.
El anarquismo no encontró fácil implantación tras el 25 de abril. Fue una victoria
fácil, ofrecida por el ejército que tenía otros fines que la limitarían, ayudado por
los partidos.
La caída precipitada del régimen, la crisis interna institucional agravada con el
desmoronamiento de los soportes de los territorios coloniales, los apetitos y debilidades
de las oposiciones políticas sin ideas, llevarían inevitablemente a la situación
revolucionaria que se vivió. Se asistió al súbito despertar de una acción popular que
sobrepasó los sindicatos corporativos, que absorbieron los comunistas tal y como eran;
los partidos preocupados con sus clientelas y posturas electoralistas; el propio ejército
con su tradición caudillista. Las expropiaciones agrarias de los latifundios, las
experiencias de autogestión de empresas fallidas o abandonadas, las ocupaciones de
viviendas vacías, la administración local practicada por las poblaciones, todo fue
iniciativa popular. Faltó un movimiento libertario mínimamente estructurado, un clima de
ideas, y abundó la influencia de los partidos.
La necesidad de organizarse
El espíritu libertario subyacente en el alma popular
no encontró su expresión inmediata; la juventud que lo aprendió casi por inspiración,
se situaba principalmente en una liberación de las formas y las sujecciones, de
espontaneidad.
La experiencia presente, la evolución de los acontecimientos y la reflexión, nos llevan
a la necesidad de análisis profundos: ¿Bastará resucitar a los sindicatos
regenerándolos, o formar nuevos poniéndoles una etiqueta anarquista o libertaria?
¿Podremos resucitar las siglas confederales? Y, ¿bastará llamar a nuestros grupos
específicos para que estos abarquen la totalidad de las luchas que es necesario
desarrollar?
Como en 1924, después de hacerse diversas tentativas, de haberse malogrado iniciativas de
asociación de esfuerzos, de intentar formas orgánicas, se reconoce la necesidad de
iniciar la acción a partir de los sitios donde viven y trabajar las personas, de
estimularles a la acción, de asociarles a partir de formas simples y concretas que tengan
su propia aplicación, y de nuevo comienza a estructurarse un movimiento libertario.
Agrupaciones de oposición sindical, de expresión libertaria, feministas, ecologistas,
artísticas o c ulturales, agrupadas voluntariamente en una federación local, siendo el
embrión de un movimiento de extensión con expresión libertaria.
Se siente cada vez más la necesidad de un completo entendimiento entre los dos
movimientos, el portugués y el español, de una conjunción completa hasta la
identificación. Tenemos mucho que emprender en común, comenzando por nuestras propias
experiencias que se desarrollan en condiciones muy semejantes.
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