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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Año 1 Núm. 15 |
Servicio cívico? No, gracias |
No será ya tan sólo «la derecha» la que en tono severo invoque «el ineludible deber del servicio a la Patria» —esta «Patria» que a muchos objetores, y por varios motivos, tanto nos cuesta de entender— sino que también la escucharemos en boca de «la izquierda» (PSOE-PCE), tan sensible en estos últimos tiempos a los deseos de los militares, a quienes mima, quizás con la esperanza de que éstos la dejen gobernar, Dios sabe qué día y bajo qué condiciones. Con estas posiciones es fácil adivinarla ley de objeción que saldrá; es decir, casi la antítesis de nuestros, por ahora, puntos fundamentales. Ni igual tiempo que el servicio militar ni objeción para todos los motivos, ni servicio civil al servicio de las clases populares, ni que no se aumente el paro, ni ..., nada de esto acogerá la nueva ley. No obstante su insuficiencia, al día siguiente de ser aprobada, los diarios anunciarán en primera página que el derecho a la objeción ya ha sido reconocida y que, por consiguiente, se ha acabado el largo martirio de los objetores; y segura-mente que lo harán añadiendo una pequeña historia del problema, como cuando se explica la biografía del personaje muerto. Yes que, en efecto, se tratará del entierro oficial de una reivindicación (como la de la amnistía total o la de legalización de todos los partidos políticos) pero, que quede bien claro, únicamente de eso. Porque poco tiempo después y paralelamente a la aceptación del servicio civil estatal por un gran número de jóvenes —por un lado por aquellos que, aunque no hayan trabajado nunca por su reconocimiento, siempre les ha repelido ir a la mili, y por otro, por compañeros que han estado luchando por su reconocimiento pero que ya no pueden permitirse el lujo de perder más tiempo en este maldito «rollo» y que piensan ir cambiando el servicio civil estatal, digámosle servicio cívico, desde dentro— unas pocas líneas, cuanto más disimuladas mejor, nos informarán que un/os joven/es ha/n sido encarcelado/s por negarse a realizar el ser-vicio militar ... y el servicio cívico. El comienzo de una nueva lucha Este acontecimiento, que seguro ocurrirá, significará el principio de una nueva lucha, en condiciones aún más duras que las que sufrieron los primeros objetores,la lucha, utópica, por la insumisión. Está claro que los parlamentarios de la «izquierda» no querrán saber nada. Está claro que la gente no lo entenderá («¿ni servicio militar, ni servicio cívico? Pues, ¿qué quieren éstos?») y que, por tanto, el movimiento de solidaridad y ayuda a los nuevos objetores será más reducido, con menos fuerza. La experiencia en otros Estados nos lo insinúa. Los hechos e impresiones en el nuestro (la actitud de los parlamentarios, las conversaciones con la gente, la relación de fuerzas políticas y sociales en este momento . . .) nos lo confirma. La prisión será el «hogar» de los insumisos. En nuestro Estado la objeción supuso hasta hace bien poco una actitud de oposición, indirecta si se quiere, al régimen franquista. De esta manera la lucha por la objeción fue una lucha más por un derecho democrático más. Uno acostumbraba a decir en una charla o en una discusión con alguien que no lo veía muy claro, que la objeción era un derecho humano reconocido por la inmensa mayoría de los Estados occidentales e, incluso, por organismos internacionales como el Consejo de Europa; y, con estas palabras, quien nos escuchaba y nosotros mismos, teníamos una misma impresión: «Spain is different. Cuando Franco estire la pata todo se andará». Y de esta manera fuimos inconscientemente asociando el cambio de régimen con el cambio de nuestra suerte. Es ahora cuando poco a poco descubrimos que, de hecho, estamos tan atrapados como antes, porque si bien por una parte nos será admitida una objeción: la de no colaborar directamente con el aparato militar, por otra, nos harán tragar los escrúpulos en otra semejante: ser unos servidores más del Estado. Habremos ganado no lucir el uniforme caqui y poca cosa más. Si la dictadura dio al objetor la imagen de un ser enloquecido y antisocial, el post-franquismo nos tendrá aparente-mente mucho mejor considerados. De ahora en adelante los objetores serán respetados, pero, ¡ojo!, sólo los auténticos, no aquellos que se hagan pasar por objetores, guiados por el turbio propósito de escaparse del servicio a la Patria. Servicio estatal o insumisión El verdadero objetor, el «objetor modélico», no deberá tener nada en contra del ejército ni del gobierno concreto bajo los cuales disfruta del inmenso favor de hacer el servicio cívico. Por descontado también que nunca deberá pensar que quizás, en una determinada circunstancia, le sea lícito coger el fusil para luchar. Ideas como éstas no serían propias de un objetor sino de algún «subversivo» (léase, hoy en día, «terrorista»), y la objeción no puede ser desde luego subversiva, por-que esta concesión será el precio que deberá pagar para ser legalizada. Dicho de otra manera, se tolerará al objetor mientras sea inofensivo. Se accederá a convertirle en profeta del mundo futuro, a cambio de dejar que este mundo futuro se tome todo el tiempo que quiera, y más, para llegar. Se le hará símbolo a cambio de no ser realidad. Será considerado un visionario, un ser trascendente, diseminador de bellas palabras como Amor o Paz, a cambio de que trascienda por encima de gobiernos e instituciones. Aislar a los objetores de la vida real, evitar que sus ideas se difundan y contagien, éstos son los verdaderos objetivos del gobierno, como es fácil de ver si tenemos en cuenta los servicios cívicos que presumiblemente se autorizarán (repoblación forestal, auxilio en catástrofes, ...). Sin saber apenas cómo, los objetores nos encontramos atrapados en la disyuntiva servicio civil estatal/insumisión. Aceptar el servicio cívico quizás equivalga a ser objetor a medias, declararse insumiso es estrellarse contra el muro de la represión estatal y, de lo que es peor, de la incomprensión popular. Este es el terrible dilema en el cual todos nos debatimos. (Al fondo del escenario, el poder se frota las manos mientras una diabólica sonrisa le aflora en los labios.) Cuando el anteproyecto de la presidencia del gobierno describe las causas de la objeción de conciencia reconoce solamente las de tipo religioso y moral. Esto que de hecho es un paso hacia adelante, si tenemos en cuenta que hasta ahora sólo se autorizaba la primera, no deja de ser profundamente restrictivo porque se olvida de muchas otras motivaciones: las políticas, las libertarias, ... o la simple motivación de preferir realizar un trabajo positivo a la sociedad antes de pudrirse en el cuartel un año y medio. Todos estos motivos no existen para ellos, y si existen se han de eliminar completamente y esconderlos a la opinión pública. Y es que estas omisiones no son en absoluto fortuitas sino sintomáticas, pues son fiel reflejo de los puntos débiles del sistema. Se trata de aquellos argumentos que más pueden herirlo y que más difícilmente sabrá integrar. Las sociedades capitalistas desarrolladas son grandiosos tragabolas que dejan su huella en todo aquello que vive y muere bajo ellas. La oposición al stablishment no deja de constituir parte orgánica de este mismo sistema y de re-producir idénticos esquemas de dominación y alienación. Objeción y revolución En cambio, la objeción política, en la medida que hace suyo un planteamiento de impugnación global a la estructura depoder («este Estado va contra los intereses de la clase a que pertenezco, la clase obrera, por tanto, no colaboro con él, que es mi verdugo») se transforma, si es asumido de una forma cada vez más colectiva, en un peligro para la imagen y la propia supervivencia de este Estado, y a la vez. consigue escapar de su reconversión en un engranaje más de la máquina estatal. Esta objeción de carácter marcadamente politico puede revestir, naturalmente, diferentes fisonomías: la libertaria –que es en realidad una postura política–, la nacionalista (para no colaborar con un Estado, el español, que no es el propio, ni con sus fuerzas de ocupación), la marxista, etc., además de las objeciones políticas a algún conflicto concreto (Vietnam, Argelia; quizás dentro de un tiempo aquí en el Estado español por ¿Euskadi, Canarias o Ceuta y Melilla?) y que entonces presentan un carácter inequívocamente antiimperialista. Pero todas ellas tienen en común la cualidad de desmitificar las supuestas funciones del ejército y de globalizar su denuncia a todo el aparato estatal y de rebote a la clase al cual sirve: la burguesía. Desde la peculiar posición política en la cual me muevo –dentro de la rara especie de los marxistas libertarios– un discurso impugnador del servicio militar debe contemplar, como mínimo, tres aspectos: la guerra, el ejército y el servicio militar. Un análisis marxista de estos tres puntos probablemente nos llevaría a las siguientes afirmaciones: ^ Lo que explica la existencia de guerras en el mundo actual –excepto de las de liberación nacional– es, en última instancia, la rivalidad inter-imperialista, inevitable dentro de la sociedad capitalista (incluye aquí las sociedades de capitalismo de Estado como la URSS o China); o, d-cho de otra manera, la pugna entre las clases dominantes de los diferentes Esta-dos capitalistas. En consecuencia, los objetivos de una guerra exterior nunca favorecerán a la clase trabajadora sino que son y serán los propios de las diferentes burguesías en su lucha por la hegemonía mundial. ^ El ejército es un instrumento más de la clase burguesa y tiene como objetivo específico el de mantener por la fuerza las relaciones capitalistas de producción sobre todo en los momentos álgidos de la lucha entre las clases oprimidas y las opresoras. ^ Una de las funciones más importantes que el servicio militar tiene asignadas es la ideológica. Se trata de transmitir al recluta un conjunto de actitudes y de comportamientos que lo conviertan en el sumiso trabajador del mañana. Así se le inculca el autoritarismo, la obediencia a los superiores, el conformismo, el machismo ... La escuela, la familia, el primer trabajo del joven como aprendiz y el servicio militar son los principales pasos que hacen encasillar al hombre en las exigencias de la sociedad clasista. Después del servicio militar, el matrimonio, los hijos y el coche a plazos acabarán de castrar el potencial revolucionario que todo individuo, en un principio, posee. La objeción política La conclusión práctica que se des-prende de este análisis es que no se ha de colaborar con una institución contraria a los intereses de la clase a que uno pertenece: la clase obrera. La objeción política se inserta, por tanto, dentro de la dinámica de la lucha de clases yes utilizada como un instrumento que nos permite exhibir a los ojos del pueblo el carácter opresor y anti-obrero del servicio militar, en particular, y del ejército y el Estado, en general. Es ahora cuando se entiende perfectamente aquello de que hablábamos antes: el vacío en el anteproyecto, de las motivaciones políticas. Y es ahora también cuando comprendemos por qué las clases dominantes pretenden descargar toda su ira sobre la insumisión y la objeción política. No hacerlo supondría dar luz verde a la creación de «zonas liberadas» en un mundo de esclavos y ciertamente las clases dominantes no darán ningún tipo de facilidades a sus enterradores, tanto si éstos llevan por arma un fusil como una flor. Planteada, pues, la objeción de conciencia desde una óptica esencialmente política, parece lógico imaginar que la postura más acorde a adoptar delante de un servicio cívico que nos tenga por funcionarios del Estado —aunque no estemos bajo jurisdicción militar ni juremos bandera— es la de declararse insumiso. Pero tal como insinuábamos, si bien es, sin lugar a dudas, la postura más válida a nivel personal, su efectividad política y su incidencia social serian prácticamente nulas. La insumisión total, hoy en día, es una actitud suicida porque la conciencia social se encuentra en un grado demasiado bajo como para que la idea de la insumisión pueda ser digerida. Así las cosas, todo hace pensar que deviene imprescindible construir un puente, dar un paso intermedio, entre el servicio cívico y la insumisión; es decir, luchar por el servicio civil popular o servicio civil a secas. Paso intermedio no en cuanto a graduación de riesgos de una postura o de otra sino en el sentido de nivel de dificultad de comprensión y de ayuda por parte de la gente. Contrariamente a aquello que muchos creen, la estrategia no-violenta basada en la creación de instituciones paralelas no ha terminado aún de darnos todos sus frutos. Si antes la contradicción servicio militar/encarcelamiento nos conducía a reivindicar el servicio civil como superación de aquél, actualmente, con la perspectiva de legalización del servicio civil estatal, la superación de la contradicción servicio estatal (militar o cívico)! encarcelamiento sigue pasando por la lucha por un servicio civil popular y, en consecuencia, por la creación de servicios civiles alternativos que, recogiendo la experiencia de la etapa anterior y reorientados en sus objetivos, nos valgan, al menos, como modelo para reivindicar un servicio civil popular y revolucionario. Reivindicación que, ciertamente, nunca será reconocida como legítima por el gobierno pero si en cambio, por el pueblo, con lo cual se habrá logrado superar el problema de la incomprensión popular que traía consigo la insumisión. Una alternativa intermedia Esta opción, la de negarse a hacer el servicio cívico empezando al mismo tiempo un servicio civil popular, puede quedar en un primer esbozo configurado con estas características: ^ Por motivos tácticos será mejor que el servicio civil se lleve a cabo en las ciudades (difusión más rápida de las noticias, más contactos, ambiente más progre ...). ^ Antes de iniciar «oficialmente» el servicio civil el grupo de objetores ya deberá estar familiarizado con el barrio. A ser posible vivirá allí y estará metido en las actividades del barrio. Incluso los trabajos que posteriormente integren el servicio civil pueden haber comenzado tiempo antes. ^ Para la selección de los servicios civiles, y además de las reuniones con la asociación de vecinos, el ateneo libertario y con otras entidades del barrio, puede resultar muy interesante la entrega de una encuesta casa por casa, que serviría al mismo tiempo para conocer y dialogar con la gente. ^ De todas formas, sería necesario que las actividades del servicio civil se orientaran simultáneamente en dos vertientes: una, hacia trabajos más visibles y «materiales» (trabajos de equipamientos socia-les); la otra. hacia trabajos educativos y orientizadores (alfabetización de adultos, cursillos de catalán, de historia deis Països Catalans y de su opresión nacional, del movimiento obrero...). Hay que subrayar la excepcional importancia que adquiere este aspecto dentro de la lucha por el reconocimiento del servicio civil ya que es precisamente el aumento de la conciencia de clase lo que hará que nuestra conducta frente al servicio militar, y aún frente al servicio cívico, se vuelva cada vez más comprensible y se nos preste más ayuda. ^ El grupo de objetores colaborará, además, en las iniciativas y reivindicaciones del barrio y, concretamente, luchará por su propia sustitución por profesionales pagados por el Ayuntamiento o «por las autoridades competentes». ^ Se consentirá e incluso se procurará una inspección del gobierno. Así quedará demostrada públicamente nuestra «buena voluntad» mientras que el gobierno deberá medir bien la respuesta y pasar a la defensiva. ^ La extensión de la lucha —mediante dossiers, charlas, acciones, coordinándonos con otros grupos, ...— es más fundamental que nunca. Esta alternativa-propuesta no es ninguna bicoca. Posiblemente el grupo de objetores que tratara de tirarla adelante no se salvaría de la detención ni de la prisión. Pero no es menos cierto que una lucha de esta índole contaría con más ayuda y daría mucha más guerra que la insumisión total; cosa que evidentemente no es ningún remedio pero quizás sí un buen consuelo. JORDI GARCIA I JANE |