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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Núm. 16 |
Federación de pueblos ibéricos |
| Desde el centro del Estado español, las luchas de «sus» pueblos por recuperarse se tildan de centrifugas, disgregadoras. En Portugal («tan viejo y tan cerca») hay quien las vive, es curioso, como acercamientos. ¿A un nuevo centro? No, de tú a tú, de pueblo a pueblo. Los compañeros de la revista portuguesa «A Ideia» invitan a un nuevo modo de acercarse al nacionalismo: recuperar lo propio saludando a lo otro. ¿Utópico? No, ex-céntrico. En todo caso bastante más realista y sugestivo que cualquier «iSiéntate en las Cortes!» con que gustan engatusarnos los políticos. (A propósito, ¿por qué ese silencio de la clase política sobre Portugal precisamente ahora?) Los portugueses se enfrentan ahora con su primitiva dimensión medieval, tras cinco siglos de imperio ultramarino. Y este hecho tiene lugar en el mismo momento que, desaparecido Franco y desmembrado lo esencial del franquismo, aquello a que la ideología oficial nos acostumbró a designar como España se agita sacudido, no por las habituales luchas de las clases económicamente explotadas, sino también por diversas luchas sociales entre las que destacan las autonomistas. Ya conocíamos el particularismo vasco y el catalán y, algo peor, el gallego. Pero hoy son también los aragoneses, los murcianos, los valencianos, todas las culturas históricas de la Península, las que reclaman el reencuentro con su propia identidad, la capacidad de decidir por sí mismas lo esencial de su destino, hasta ahora dirigido desde Madrid por el Estado centralista y unitario. No está de más recordar que, desde un punto de vista histórico, la actual configuración política de la península es apenas un accidente temporal relativamente reciente. Desde la desarticulación de la colonización romana, pasando por el periodo godo, el musulmán y el cristiano nuevo, arranca del final de la Edad Media la consolidación de los diferentes pueblos en determinadas regiones, los cuales adoptarían en adelante distintas interrelaciones y dominaciones más o menos duraderas, más o menos voluntarias, hasta que a todo ello se superpuso la violencia del estado moderno, centralista, de Madrid, que con el régimen clerical-franquista alcanzó el máximo de su expresión «unificadora». Contra la arbitraria imposición de la tutela estatal, Iberia se reafirma así —en un movimiento de perfiles aún desdibujados pero de orientación indudable— como un mosaico de pueblos que tienen tantos intereses solidarios y comunes como diversidades a afirmar, en el respeto, por supuesto, a la personalidad de los demás. ¿Y Portugal? ¿Qué identidad tiene en el conjunto ibérico? Cierto es que su larga historia le confiere un lugar propio en este conjunto: durante varios siglos, frente a quien fuere (los árabes primero. Castilla después); más recientemente, vagando entre sueños de grandeza ultramarina y el papel subalterno de agente de ventas de otros imperios bastante más poderosos (inglés, americano, etc.). Pero si, como piensan ciertos investigadores en semiología, lingüística, antropología, etc., es la lengua principal fundamento de una cultura, hemos de reconocer la especificidad propia de la cultura portuguesa y, a través suyo, del pueblo o de la nacionalidad portuguesa. ¡No se sobresalten los partidarios de una visión clasista de la sociedad! Para nosotros, reconocer la existencia de un pueblo o nacionalidad no significa en modo alguno ignorar los antagonismos que existen en su interior por causa de una determinada forma de organización económico-social. Sólo en boca de los dirigentes y clases dominantes la exaltación del factor nacional adquiere el significado preciso de medio de lucha ideológica contra aquellos argumentos que puedan poner en peligro su poder y su situación de dominio —lo que no es evidentemente nuestro caso Existe, pues, un pueblo y una nacionalidad portuguesa, así como existen clases sociales en su seno. Pero atención: no es ésta la única forma de fractura interna y de conflictividad existente. Aunque seamos incapaces de atribuir pesos relativos a cada una de ellas, no por ello dejamos de reconocer otros factores de cuya importancia hoy se está tomando conciencia: la dominación de la mujer por el hombre, los conflictos entre ciudadanos y campesinos, entre norte y sur, litoral e interior, etc. Quiere ello decir que la realidad de los pueblos es compleja y no simple, y si a continuación hablamos de los portugueses, vascos o catalanes, esta dimensión no toma sino una parte de la realidad, que por fuerza se convertirá en una entidad religiosa y opresora cuando se pretenda alzar como única, general e incontestable: ésa es, en definitiva, la base de la perversión nacionalista. (Se extienden a continuación los compañeros portugueses en una serie de consideraciones generales sobre el «federalismo anarquista» y su vigencia actual, que damos por conocidas de nuestros lectores.) Las ideas iberistas en Portugal La historia de las ideas iberistas es ya antigua y complicada. Para el vulgo se aparecen como «manejos sospechosos de los malos portugueses que nos quieren vender a España». Imagen ésta que es de hecho la de la ideología nacionalista de la burguesía portuguesa que ha dominado este país desde el siglo XIX bajo formas tan distintas como la monarquía constitucional, el republicanismo jacobino, la dictadura militar, el Estado-Nuevo pro-fascista o el socialismo 25-abrilista. Para el mundo de los intelectuales, literatos y politicos, el iberismo ha representado cosas muy diversas y a menudo opuestas; unas más serias, otras menos, y ello porque siempre le ha faltado una dimensión social, popular, colectiva, que lo concretara. Hoy, que el empuje de las tendencias autonomistas en Iberia es mayor que nunca, nos cumple divulgar la posición –práctica y de principio– que el ideario anarquista es capaz de proporcionar. El movimiento libertario peninsular siempre ha procurado concretar en este terreno sus ideas federalistas, desde la Primera Internacional en que las organizaciones obreras se dieron nombres como Federación Regional Española o Federación de Trabajadores de la Región Portuguesa. Antero de Quental ( (1842-1891), poeta y revolucionario portugués perteneciente al grupo de los -jóvenes de Coimbra- integrado por estudiantes e intelectuales proudhonianos. Viajero infatigable, introdujo en Portugal las ideas budistas y a los románticos alemanes, fundó periódicos y organizó tertulias donde iba cuajando el pensamiento moderno portugués. Se pegó un tiro.), aunque tras la Comuna se deslizara como tantos otros hacia un socialismo reformista, no deja de ser un hito que no se puede ignorar. Más tarde, en 1927, se estructuró una Federación Anarquista Ibérica (la famosa FAI) en la que había una región portuguesa, y sólo los efectos de la dictadura impedirían, por esas fechas, la asociación de las dos centrales sindicales entonces mayoritarias (la CNT en España y la CGT portuguesa) en una Confederación Ibérica del Trabajo. Y en todas estas etapas los anarquistas han mantenido una lucha de ideas tanto contra las concepciones unitaristas –ya fueran las de los partidarios de las Uniones Reales, ya las de republicanos y socialistas– como contra los nacionalismos que expresaban sobre todo los apetitos de dominación de las burguesías autóctonas. Hoy la situación ha variado un tanto, toda vez que la componente popular (obrera, campesina y pequeño-burguesa) de algunos nacionalismos, como el vasco, ha llevado a algunos anarquistas a apoyar el separatismo, o mejor dicho, la auto-determinación, aún manteniéndose críticos respecto a lo que se seguirá tras de esa hipotética victoria contra el Estado español. Y en Portugal, la variedad de diferencias internas de que hablábamos ¿dará lugar a autonomías, separatismos o nacionalismos? Dejemos por ahora de lado el caso de las Islas Atlánticas (...) En los confusos tiempos que se siguieron al 25 de abril, puede vislumbrarse una tendencia a un posible separatismo del Norte respecto al Sur, con la célebre «frontera» del Rio Mayor. Y como ya en otras ocasiones el Norte actuó en términos politicos de manera semejante (en especial con la Monarquía del Norte en 1919) (Tras el asesinato en 1919 de Sidonio Paes, presidente de la República, desde Oporto se reinstauró la monarquía. Duró un mes.), habrá que aceptar que la diferenciación Norte-Sur tenga de hecho profundas raíces, referentes sobre todo al diferente panorama rural que caracteriza globalmente a cada una de ambas zonas: un Norte de pequeña propiedad y trabajo «libre», de artesanos convertidos en pequeños industriales, de cristianismo, de montañas e inviernos rigurosos; un Sur de planicie y latifundio, de trabajo «servil», morería, pescadores y marinos-comerciantes. Simplemente, el particularismo norteño sólo ha tenido expresión política en términos de reacción contra el «Sur» y a menudo contra el gobierno de Lisboa, cuando éste parece amenazar la posición privilegiada de las clases dominantes en la región. Entonces se levantan los caciques, se levantan los párrocos de aldea y el clero de Braga, los barones y caudillos miñotos (-Miñoto: habitante de las comarcas ribereñas del Miño. ), los grandes burgueses de Foz, ... para amenazar con un nebuloso separatismo que apenas sería el primer paso de una reconquista que sólo terminaría con la conjuración de los infieles sureños. Con mucha más débil expresión, también en Tras-Os-Montes aparecen indicios y amenazas autonomistas cuando se acrecientan las tensiones locales por causa de las promesas incumplidas del gobierno. Las «fuerzas vivas» locales se agitan contra la retirada de la unidad militar de Bragança o contra los perjuicios que al vino de Porto causará la presencia de centrales nucleares sobre el Duero castellano. Pero hasta ahora son siempre esas «fuerzas vivas», constituidas esencialmente por una burguesía local y regional (a la que los «retornados» imprimieron nuevo dinamismo), las que hablan y hacen hablar del problema. Desconocemos quién habrá promovido la idea de un autonomismo algarvio, del que pueden apreciarse ciertas señales, pero es de prever que tenga motivaciones semejantes al norteño. En todos los casos recientes, pues, estos fantasmas se han blandido sin que hubiera una conciencia y movilización populares, sin que se vislumbrara el menor contenido emancipador propuesto al pueblo de la región; lo que hace recelar fuertemente que se trate de meros instrumentos de oportunismo político ante los conflictos existentes entre los distintos sectores de la clase dominante. Federación de pueblos ibéricos libres O tra cosa es la situación de los intelectuales iberistas actuales. Es de resaltar la creación en 1976 de una Liga Iberista Portuguesa (Para encontrar un movimiento semejante en la parte española de la peninsula hemos de remontarnos a la generación del 98 y, en especial, a Miguel de Unamuno. Significativamente, también fue entonces la emancipación de las colonias ultramarinas la que enfrentó a los pensado-res españoles con la primitiva dimensión perdida: la Iberia peninsular. ), que acoge diversos puntos de vista sobre la «cuestión ibérica» pero todos ellos coincidentes –según el manifiesto entonces presentado– en un aspecto: el de que la posible unión ibérica se haga «en términos de asociación de nacionalidades –la portuguesa, la castellana, la catalana, la gallega, la vasca– y no en función de un Estado portugués ligado a un Estado español». Nos parece de extrema importancia este punto, que por nuestra parte compartimos. Pero tememos entrever, en los esbozos de soluciones apuntados (federación, confederación, etc.), una concepción burguesa del Estado representativo como expresión de la voluntad y conciencia colectivas de un pueblo, cosa con la que nosotros, anarquistas, discordamos absolutamente. De ahí que sólo en parte nos reconozcamos en las soluciones de la Liga, por no hablar de las prácticas de intervención que unos y otros pretendemos usar. El ideal anarquista puede señalarnos metas como una Federación de Pueblos Ibéricos Libres, pero nunca la constitución de nuevos Estados que, so pretexto de afirmar la identidad nacional de un pueblo, reproducirán, a la postre contra él, los vicios del anterior Estado «unitario». La concreción de la idea federal en la Península Ibérica no es pues cosa simple, como se sigue de lo que venimos diciendo. El grado de autonomía a que cada una de las partes constituyentes puede aspirar es variable, en consonancia con la consistencia y densidad cultural con que es vivida por las respectivas comunidades. Creemos que, en nuestro caso, el pueblo-nación portugués es más significativo que, por ejemplo, sus especificidades regionales o provinciales. Como asimismo nos parece que la dimensión ibérica encierra una vivencia cultural más fuerte de lo que pueda hacerlo una dimensión «europea», o «latina» o «mediterránea». Y no porque éstas no sean también realidades complejas a las que el principio federativo habrá de dar respuesta. Digamos pues, que, en resumen, una federación de autonomías ibéricas debería comenzar por agrupar —sobre una base igualitaria y libre, quede claro— a los diferentes pueblos-naciones tal y como ellos mismos sean capaces de definirse. Y tanto Portugal, como Cataluña, Andalucía, Euzkadi, etc., etc., se entenderían siempre en tanto que pueblos auto-determinados y no como Estados auto-denominados representantes suyos. Para dar una idea concreta y precisa de cómo podría funcionar un sistema de éstos, baste recordar que, a pesar de todas las dificultades debidas a la guerra, entre 1936 y 1939 estuvo en vigor en algunas regiones españolas un criterio de reparto de riquezas, de inspiración libertaria, basado en lo siguiente: 1/3 del producto social era consumido y reinvertido localmente, con total libertad para los órganos autónomos locales; 1/3 se destinaba a obras de interés común en el escalón superior (por ejemplo, a nivel peninsular, los ferrocarriles, la aviación, las grandes fuentes de energía, etc.); finalmente, el último 1/3 estaba destinado a una caja de compensación con el fin de ayudar a las regiones naturalmente más desfavorecidas, prever catástrofes y esfuerzos extraordinarios, etc. Este esquema procuraba conciliar armónicamente la propia autonomía con el apoyo mutuo entre vecinos, y aún con la solidaridad fraterna para con los involuntariamente discriminados. Tal sistema podría muy bien aplicarse, en su esencia, tanto para el conjunto federal ibérico, como para el conjunto interregional portugués, o para la administración intercomarcal de una provincia, procurando siempre privilegiar el escalón autárquico del municipio como base de todo el sistema. Lo cual no significa tanto que el municipio deba ser considerado como «unidad», lo que juzgamos erróneo, sino como una articulación privilegiada de órganos de gestión directa de base —parroquias, concejos, comisiones de vecinos, asociaciones y centros de producción, desapareciendo por tanto la actual mediación partidaria que desfigura completamente los municipios como órganos populares libres y soberanos, y los transforma en antenas periféricas de un aparato del Estado todopoderoso. Un último retoque en el cuadro que acabamos de trazar. Nada impide, como hemos visto, que los diferentes pueblos elijan órganos de gestión social con designaciones y funciones diferentes. Ello correría a su entera iniciativa. Y siendo así, es del todo plausible que algunos fuesen más allá que otros en la carga de libertad que introdujesen en el proceso social, que hubiese unos más celosos de ciertas prerrogativas que otros —desde el punto en que todos se asumiesen como iguales. Como también son de admitir lazos y acuerdos particulares entre dos o más pueblos vecinos (Nótese que para la Constitución Española «en ningún caso se admitirá la federación de Comunidades Autónomas- (art. 145).), sin que ello merme respeto a la totalidad del conjunto ibérico. Pensamos, por ejemplo, en las afinidades entre gallegos y miñotos, para las que nada más natural que se concretaran en acuerdos mutuos más estrechos de los que pudieran establecerse con murcianos o valencianos. Pensamos asimismo en los grandes ríos ibéricos que atraviesan varias regiones, o en los mares colindantes, donde unas asociaciones específicas de los interesados deberían asegurar la común gestión de tales bienes naturales. Nadie es extraño En fin, hay dos condiciones que nos parecen indispensables para cualquier progreso en este sentido. La primera es que, cualquiera que sea la forma adoptada, la organización territorial habrá de abandonar el concepto de soberanía que hoy funda el derecho de los Estados. Es ésta una base jurídica y material importantísima sobre la que germinan los conflictos bélicos y la intolerancia de los pueblos. Hemos de reconquistar esa estupenda dimensión espiritual de los pueblos nómadas, de los indios americanos, por ejemplo, que incluso fijados económicamente a la tierra no la consideran como suya, sino de todos y de ninguno. Pueden cuidarla, trabajarla, pero no venderla o comprarla. Del mismo modo, un pueblo sedentario podrá definir los límites de su territorio pero siempre habrá de considerarse como su usufructuario y no como su amo, so pena de volver a repetir la historia desde el principio. Sólo a partir de las garantías ofrecidas por la superación de este concepto (y de esta realidad tan actual: véanse los casos del Ulster, Palestina, Chipre, etc.) se puede encarar con optimismo la suerte de las varias minorías, ya sea de pueblos errantes (gitanos, por ejemplo), ya de los establecidos dispersamente (judíos y otros), ya de emigrantes más o menos recientes –siendo este último caso el que tiene actualmente en Europa una dimensión más sobresaliente. La segunda condición, estrechamente ligada a la primera, pero de naturaleza más subjetiva y cultural, es la actitud de cada uno de nosotros en relación con el extranjero, el extraño, el forastero, el OTRO. Esta actitud de intolerancia general y para con todo lo que a primera vista es distinto de nosotros está, bien lo sabemos, alimentada y suscitada por aquéllos que se benefician de esta inicua sociedad, pero no es sólo éso. Es también una cuestión de actitud mental y pedagógica de efectos difíciles de medir, pero en verdad enormes. Desde el «barrismo» y el «clubismo» exacerbados (donde las gentes se enganchan por causas insignificantes) a los discursos demagógicos de padres y politicos profesionales, pasando por la inculcación metódica y sistemática que llevan a cabo instituciones como la familia, la escuela o el servicio militar, todo está organizado en esta sociedad actual para realzar y acentuar esa intransigencia hacia lo diferente. En especial, el antiespañolismo en que fueron educados una gran parte de portugueses, debe ser severamente atacado, para alumbrar una comprensión de la dimensión social de nuestras dificultades y sujecciones. Es preciso que se sepa que el «enemigo» está en nuestro propio país, a menudo en nuestra propia cabeza, y que se llama autoridad y privilegio –ya ocurra en Aragón, en Euzkadi o en Andalucía. Si Portugal tiene ciertamente una historia y una cultura particulares que lo distinguen, también tiene ríos, paisajes, climas, intereses naturales comunes que sólo las estúpidas fronteras políticas han podido interrumpir, en servicio de mezquinos intereses que no son precisa-mente los de los pueblos ibéricos. (El original portugués termina argumentando la necesidad de extender el entramado federal a todo el continente europeo, única respuesta posible a la Europa de las policías y las multinacionales.) Para contactos: «A Ideia», Apartado 3122, 1303, Lisboa Codex (Portugal). |