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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Núm. 16 |
Organizarse ¿para qué? |
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Asfaltar los atascos. Una buena capa de asfalto sobre la multitud de vehículos inmovilizados y vía libre otra vez. Esa es la solución OPN al problema del tráfico. La rotundidad con que D. Eugenio Fdez. Polla, secretario particular del comité de la OPN, contesta a las preguntas no se aviene con la impresión que causa al entrar en su sobrio despacho de trabajo: un hombre de la calle, uno como todos los demás, alguien con quien hasta usted puede haberse cruzado al salir del portal de su casa. Sobre la mesa sin un solo papel, la banderita lila del partido. Presidiendo la habitación, contra fondo lila y gualda, una enseña con el lema de la OPN: «cachondéate de quienes se cachondean ti». — ¿Y la polución, D. Eugenio? — Pintar la ciudad de gris. —¿...? — Así no se nota. Las respuestas le salen escopetadas, redondas, con el aplomo de quien piensa por primera vez en el asunto. Es esa su capacidad de improvisación y contradicción la que, junto a una insobornable lógica, provoca en el ciudadano la reconfortante sensación de caos e inseguridad que tanto han señalado los comentaristas políticos. — Primero se puso en duda mi identidad, alegaron mi inexistencia. La OPN hubo de inventarme un nombre auténtico, con auténticos papeles y un auténtico núm. de DNI. Aunque ése ya no era yo, el funcionario de la ventanilla pareció que-dar convencido. Pero entonces empezaron los otros mil requisitos: los centena-res de firmas, de pólizas, de instancias, de avales, ... Y con eso ya no pudimos. Madrid se ha perdido el alcalde que no necesitaba. — D. Eugenio, ¿cómo nació la OPN? — OPN es, ante todo, eso: 0-P-N. Nació como han nacido tantas organizaciones y partidos actuales: tres, cuatro letras. En noviembre del 76, en plena euforia de leres y pintadas: «El OPN te quiere, quiere tú al OPN», «OPN, la voz más erótica del proletariado», ... Los ecos se extendieron hasta Tánger, París y Algeciras; una enorme pintada hizo el viaje Madrid-Paris galizaciones, la ciudad se llenó de rumoen el costado del expreso. Se hablaba del OPN. El OPN había nacido y estaba ya afianzado en la opinión pública. — Pero eso no es un partido ni es nada... — Eso, perdone que le contradiga, es todo: O-P-N. Después vinieron, sí, las tareas propiamente de mantenimiento, consolidación y extensión de la organización, pero eso es ya secundario. En primer lugar, buscarle un significado a las siglas. Se convocó un concurso para ver quién lo descubría. Aunque por unos momentos OPN fue «Ora Pro Nobis», acabó siendo lo que en el fondo siempre había sido «Organización Para Nada». A continuación, se levantaron los símbolos: la bandera lila y gualda, el himno (con la música de «Deutschland über alles»), el saludo: mano izquierda en gesto obsceno, la diestra tapando los ojos (por lo de la clarividencia de los dirigentes, ¿sabe?). Con las bases bien asentadas se procedió a estructurar la Organización: comité lateral, secretariado particular, ... — ¿Y la gente, D. Eugenio, las masas? — Todo llegaría. Antes se constituyó un sindicato, el Frente Español de Obreros, que más tarde se fusionaría, como se dice ahora, con el Sindicato Inútil. El resultado de la fusión, el SI-FEO, encarna esa síntesis dialéctica del sindicalismo vertical y del sindicalismo horizontal que dimos en llamar sindicalismo oblicuo. Si bien el término no llegó a cuajar, la idea hace furor hoy en día. — Ya veo. Yo hablaba de eso que llaman las bases... — Sí. Después de la cosa orgánica vino el órgano de impresión (o de expresión, que dicen otros): «La Pemolina». Entonces se hizo necesaria una ideología, acontecimientos, cosas que imprimir en el órgano. Antes que nada la OPN se proclama igualmente en contra tanto del extremismo de derecha como del de izquierda: la OPN se define como el extremo centro, ubicación nítidamente definida por el sindicalismo oblicuo, el principio del internacionalismo monetario y el programa económico del partido, de sobra conocido y al que he aludido en alguno de sus puntos al comienzo de esta charla. D. Eugenio, demócrata de toda la vida —«eso dígalo, por favor--, como tantos otros, para el que hubo de inventarse toda una biografía —«eso no lo diga, por favor, nadie lo dice»—, como también para tantos otros, se deja vencer por el recuerdo y la nostalgia. Entre susurros nos confía cómo le inventaron un exilio, se enternece al hablar del mural que aún le eterniza en el bar de Filosofía, sentado con su familia al volante del utilitario... Recuerda El Gran Día de aquella primavera del 77; su aparición personal, encapuchado «por razones de seguridad», en el mismo lugar del mitin de presentación de la OPN; el recibimiento de los líderes de la Organización entonando, dedo en ristre, el himno, que se alternaba con el de las Juventudes de la OPN (música de «Oh, oh Julie»); las numerosas adhesiones y la intervención del enviado de la Internacional Socialdemócrata; y —lo que remacha varias veces— el reparto de más de cien carnets , cien entre los asistentes. L a «izquierda extraparparlamentaria» empieza a acusar a ácratas y pasotas de estar detrás de la OPN. La OPN se pone a pegar carteles contra la OPN en los que se acusa de todo. Parte de sus «militantes» deciden firmar un comunicado que a iniciativa de otros partidos sale al paso del papel «desmovilizados» de la OPN, al tiempo que otros rechazan enérgicamente las acusaciones y se manifiestan públicamente por la socialdemocracia feroz. Llegado el momento, la OPN no se disuelve: se multiplica. Los últimos meses del 77 vieron nacer la OPN(r), la OPN(m-l), la OPN(aut), mientras que la OPN(p-m) decide pasar a la paciencia armada, teoría consistente en irse armando de paciencia a falta de otras armas. — Quizá no se dieran aún las condiciones objetivas, ¿sabe usted? Por todos lados surgían organizaciones, se repartían carnets,... Había mucha competencia. Demasiadas organizaciones para nada... Sumido en tan inextricables meditaciones, el Sr. Fdez. Polla, D. Eugenio, había olvidado por completo mi presencia. En su afligido rostro asomaba un rictus de satisfacción por el deber incumplido, y me fui yendo de puntillas. Allí quedó ese hijo fantástico del eco que entrechocando por los muros madrileños repetía rotundo: «Fernández Polla, un rumor que asciende». |