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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Núm. 16 |
Ágora: el obrero fantasma |
| DIEGO VALENZUELA La discriminación y su materialización en una escala jerárquica, es uno de los instrumentos más importantes en que se basa toda explotación social. El capitalismo, desde luego, no renunció en sus comienzos, ni hoy, a esta palanca tan útil, y sigue echando mano de la misma cuando considera que puede ser aplicable para sus objetivos, que siempre pasan y pasarán por aumentar los beneficios. Lo que se conoce por «trabajo negro», y más concretamente su generalización, es una de las soluciones que el capital va a tomar en nuestro país, para hacer frente a su inevitable reestructuración. El «trabajo negro», como fácilmente se intuye, es toda forma de trabajo retribuido, que toma caracteres cuasi clandestinos desde una óptica legalista: que es temporal, no es seguro, su nivel salarial es inferior por hora trabajada (aquí está el quid), etc., etc. En definitiva, trabajo de rendimiento normal que tiene alguna irregularidad en su compensación con respecto al régimen general que funciona en el mercado «normal» de trabajo. El «trabajo negro» ha existido y existe en todas y cada una de las formaciones económicas capitalistas. De alguna manera, el capital fracciona el mercado de trabajo, y sus manifestaciones son amplísimas. Sin embargo, no siempre es el sujeto en que se apoya toda la formación capitalista; el fraccionamiento existe siempre. pero es cuestión de grado. En nuestro país, existiendo «trabajo negro», no se distingue con nitidez ni tiene un submercado autónomo dentro del mercado general del trabajo. Más bien se trata de que casi todo el trabajo es negro. Pero la novedad radica en crear dos submercados bien diferenciados. La reestructuración en nuestro país va por aquí, y no somos precisamente originales. El capital italiano hace 20 años que empezó la descentralización productiva, basada en el funcionamiento dual del mercado de trabajo. Se trata de crear dos espacios diferenciados dentro del mercado general. Por un lado el mercado «blanco», compuesto por trabajadores sindicalmente pertrechados, de salarios relativamente altos, con una normativa legal ejecutiva y de ágil protección, con seguridad de continuidad en el puesto de trabajo, etc. Y, simultáneamente, un mercado paralelo, compuesto sobre todo por los sectores débiles del salariado, como son las mujeres, obreros no cualificados. jóvenes y mayores de 45 años, con escasa cobertura sindical, desarrollando trabajos intermitentes que, a pesar de tener rendimientos normales, reciben menores retribuciones. No es que tengan una situación laboral ilegal; por el contrario, este «trabajo negro» sufre un proceso de progresiva legalización que lo va institucionalizando. Así se crean normativas que aparentemente van a proteger, siquiera mínimamente una injusta situación concreta, y lo que sucede es que contribuyen a apuntalar esa situación, permitiendo que se vaya ampliando (por ejemplo. imaginemos un reglamento sobre el trabajo a domicilio). En fin, hecha la ley hecha la trampa. Y en Italia, ya se promulgó hace tiempo. El trabajo a tiempo parcial, que a veces para barnizarlo de novedad recibe el nombre de part-time, es, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones parte de la trampa (realización de piezas, para madres gestantes, etc.). A través de parts-time se puede ir fraccionando el mercado de trabajo en las dos mitades que convienen. ¿Y por qué convienen? Porque el capital se acomoda simultáneamente para obtener más beneficios, y para ello se produce la DESCENTRALIZACION PRODUCTIVA. Parte de los procesos productivos que desarrollan las grandes empresas son cedidos masivamente para su realización en empresas de pequeñas dimensiones, que pueden surtirse de fuerza de trabajo procedente del mercado negro. Pero, atención, lo que no cede nunca el gran capital es la hegemonía ni el poder. En pequeñas empresas se cumplen los procesos que forman parte de la producción, pero que en modo alguno la cuestionan, así como aquellos que precisamente de mayor cantidad de trabajo o no interesa su mecanización. La casuística de la descentralización es múltiple y variadísima, pero siempre escogida por las grandes empresas que la dirigen. En nuestro país se dan hoy las condiciones para que comience a generalizarse el part-time, el fraccionamiento dual del mercado, y las transformaciones pertinentes del capital —la descentralización productiva— para ampliar su cuota de beneficio. El trabajo a domicilio se está extendiendo como una mancha de aceite, sobre todo el que supone ampliar la fábrica fuera de la fábrica (por ejemplo, una importante firma de sábanas catalanas lleva a un pueblo sevillano toda su producción para hacer allí dobladillos, embozos, etc.). Todo este proceso de fraccionamiento de la producción para conseguir institucionalizar dos submercados, encuentra también circunstancias favorables en la situación laboral de la mujer. El 58% de las mujeres españolas en edad activa, de 14 a 65 años, eran "amas de casa» en 1976, lo que supone 6.463.618 españolas cenicientas. También el paro, en continuo incremento, es un buen telón de tondo para la manipulación demagógica del mercado del trabajo; ahí están los recientes decretos para el fomento del empleo juvenil, o para mayores de 45 años. El dualismo está en marcha de forma imparable. En todo este panorama, el sindicalismo histórico y mayoritario también juega su importante papel al centrar, de hecho, las conquistas sindicales en conquistas para el mercado «blanco», lo que ayuda a diferenciar los dos grupos. Cualquier política sindical que permita profundizar en el dualismo del mercado de trabajo, mal servicio hará al proletariado como totalidad, aquí y ahora. |