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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Núm. 19 |
A vueltas con el marxismo |
Fernando Savater VUELTAS y más vueltas; todos le dan vueltas. El marxismo se vuelve delirio concéntrico, trompo mareado y mareante, gira, gira: ¡por fin le ha llegado la hora de su revolución! Personas de cuya seriedad desdichadamente no se puede dudar, pues no se les conocen devaneos con lo imaginativo ni infidelidades humorísticas, se preguntan incansablemente sobre si son o no son marxistas, si fueron pero ya no son, si aplicándose llegarán a serlo, sise debe o si se puede ... Los parisinos de Montesquieu se preguntaban: «pero, ¿cómo se puede ser persa?» ; la pregunta de nuestros actuales filisteos es, «pero, ¿cómo se puede ser marxista?» . Lo más frecuente es plantear el asunto desde el ángulo de Marx mismo, es decir, debatiendo si Marx tuvo o no tuvo razón, si la tuvo en su época pero la historia se la ha ido poco a poco quitando (¡paradojas del historicismo!), si sus análisis y sus planteamientos de lucha son en la actualidad insuficientes o incluso contraproducentes ... En ocasiones se diría que el problema es de Marx en lugar de nuestro, ya que la mayoría de los debates que se organizan tendrían más relevancia para él y la defensa de su prestigio teórico que para quienes hoy tenemos problemas muy distintos que el de beatificar o condenar a nadie. MIENTRAS la cuestión no es disputada más que a nivel intelectual, como problema filosófico o de teoría socioeconómica, la cosa no reviste mayor trascedencia. Pero héte aquí que ahora hasta los políticos empiezan a interesarse por el asunto, por aquello de la decadencia de los mitos que han servido de banderín de enganche a tantas generaciones. Los unos, ya declaradamente integrados en la via parlamentarista y consensual, consideran la retórica marxista una fastidiosa excrecencia que no resuelve ningún problema práctico y dificulta aún más sus relaciones con los grupos conservadores, teniendo además un poder mítico y convocador cada vez más dudoso. Los puros y duros, los jacobinos leninistas de todo pelaje, los del Verdadero Partido Popular de los Trabajadores Antiburocrático e Inasequible al Desaliento, consideran que este entreguismo colaboracionista es una vergüenza pero también su única esperanza de ganar una identidad: ya que no tienen el poder, ni medio de conseguirlo, ni voz nueva y propia ante nada de lo que pasa o deja de pasar, ni imaginan qué se puede hacer sino soñar fascinadamente con el poder que no se tiene y reclamar de los dioses inexistentes Santa Masa y San Pueblo que lo pongan en sus manos ..., pues al menos les queda la custodia de la Verdadera Doctrina, la posibilidad del anatema y de la profecía apocalíptica. Menos da una piedra. A su modo, unos y otros tienen razón, es decir, reconocen en sus dichos y hechos con bastante lucidez las exigencias de lo que se han resignado a ser. ¿QUÉ contenido teórico puede dar hoy un marxista a su marxismo? Teórico, es decir, no puramente descriptivo, como otra seña de indentidad más en el ámbito político establecido, como una elección de insignias, banderas, himnos y tópicos frente a (y determinadas por) otras insignias, tópicos, banderas e himnos. Puede considerarlo como un corpus científico de conocimientos positivos, cuyo objeto es la historia en lugar de los fenómenos físicos o biológicos. En tal caso, suscribirá como una revelación que «la evolución social es un proceso natural regido por leyes que no dependen de la voluntad, de la conciencia ni de la intención de los hombres, sino que por el contrario la determinan» (resumen doctrinal proporcionado por el «Correo Europeo» de San Petersburgo y que Marx, en el segundo prefacio de «El Capital», califica de «excelente descripción» de su pensamiento). Como fruto de la evolución necesaria de un proceso natural, la situación histórica actual es tan «justa» o tan «injusta» como que el Everest sea más alto que sus colegas montañosos o que el Sahara carezca de la humedad que al Pacífico le sobra; por otro lado, si su voluntad y su conciencia no cuentan para nada, el individuo colaborará en la lucha política con interés más bien mediocre, pues en todo caso, lo que haya de ser, será. Además, si al telar manual corresponde el feudalismo y al telar industrial la burguesía capitalista, ¿por qué a la era post-industrial de la cibernética y el átomo no han de convenirle inexorablemente los supertecnócratas del Gran Estado, con diploma de comisarios políticos si falta hiciere? Ahora bien, si los conocimientos científicos que el marxismo aporta son de orden económico, el creyente se verá obligado a defender nociones tan básicas y misteriosas como la de «Valor de Uso» y «Valor de Cambio» o, aún peor, la de «Trabajo Socialmente Necesario», que no parecen precisamente exentas de las más graves contradicciones ontológicas, o tendrá que justificar el notorio incumplimiento histórico de las más razonadas profecías que Marx se permitió. Pablo dijo: «Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe»; bueno, pues el proletario Cristo marxista no ha querido o podido resucitar: ¿y, ahora qué? LOS más educados–nunca faltan– dirán que el marxismo es un «método», luego resuelto en un hegelianismo simplificado con un chorrito de positivismo y (en nuestros días) adiciones de estructuralismo o psicoanálisis: nada con sifón, en una palabra. Para los pragmáticos, el marxismo es la coartada ilustre que puede apoyar un capitalismo monopolista, de tendencia nacionalista y proteccionista (el«otro» capitalismo sabemos que propende a lo multinacional, es decir, es realmente internacionalista), más preocupado por los costos sociales que por la producción bruta..., lo cual, si bien se mira, no es revolucionario pero tampoco desdeñable. Y callaremos, por piedad y decoro, sobre quienes han utilizado el materialismo histórico como instrumento de análisis literario . . . Algunos, por otro lado, ven en el marxismo el mayor apoyo científico de una exigencia ética: la del cumplimiento final de la sociedad sin clases, es decir, del cristianismo. Para éstos, el marxismo comenzó bien (lo mismo que el cristianismo primitivo) pero luego se corrompió por presiones externas o abusos inmoderados de poder. Sin embargo, lo históricamente cierto es que el marxismo no fue ni la primera, ni la más «realista», ni la más radical propuesta de transformación social que ha conocido la modernidad. Tampoco la última, pues hoy conocemos cosas respecto a la predominancia de la desigualdad de poder sobre (y causa de, no consecuencia) la desigualdad económica, así como sobre la naturaleza del poder separado del Estado y la identificación unitaria que provoca, que no estaban en el registro teórico de Marx (aunque sí, por ejemplo, en el de Nietzsche o Stirner). Por otro lado, las realizaciones que hoy conocemos del marxismo no son sino lo que cabía esperar de la práctica política de Carlos Marx y Federico Engels; así definió por ejemplo Proudhon el comunismo autoritario venidero en 1864, bastante antes de Lenin y Stalin: «Una democracia compacta, en apariencia fundada en la dictadura de las masas, pero en la que éstas no tienen más poder que el necesario para asegurar el avasallamiento general, de acuerdo con las siguientes fórmulas y principios tomadas del antiguo absolutismo: indivisibilidad del poder público; centralización absorbente; destrucción sistemática de todo pensamiento individual, ya sea corporativo o local, considerándolo agente destructivo; policía inquisitorial». Esta profecía sí que se ha cumplido, tanto en Rusia como en China, Cuba, Vietnam, Albania o dónde ustedes vean comunismo de Estado. Es decir, todos aquellos experimentos en que, como diría Martín Buber, «la uniformidad como camino debe llevar misteriosamenta ala diversidad como meta final, y la coacción como camino, misteriosamente, a la libertad como meta final.» AHORA bien, también hay otro significado del marxismo: el que lo tiene como ilusión, como mito. Este es el más denostado y éste es el único que aquí quisiéramos defender. Para muchas gentes sencillas y valientes, que no han leído a Marx ni falta que les hace, ser marxistas significa luchar por la autodeterminación radical de la comunidad humana, contra el dirigismo y la explotación que propicia la institución estatal; significa luchar contra los partidos que no aspiran más que a una reproducción infinita de lo mismo, con pequeños parches que hagan viable la supervivencia de lo vigente; significa que la verosimilitud sangrienta y gris de lo hoy dado está comprometida por una posibilidad más alta, en la que el presente se reconoce como mágica alianza del futuro con el pasado, y que tal posibilidad no ha de ser derrotada. Estos marxistas no son científicos, ni metódicos, ni el contenido de sus anhelos encuentra demasiado apoyo en el «verdadero» marxismo (!y no digamos en los diversos comunismos, euros o amarillos), pero en ellos la palabra es fuerza y tienen razones más válidas que la Razón misma. |