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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Núm. 19 |
Nuevas lecciones desde Alemania |
Los padres de la socialdemocracia (mercancía que ahora venden con éxito como salida a las dictaduras en Latinoamérica), siguen impartiendo sabias lecciones teóricas y prácticas en materia de represión moderna. Mientras el proceso de multiplicación del Estado (de lo que se ha empezado a llamar «autogestión», en el sentido de que cada individuo sea su propio policía y el de sus vecinos), consigue que terminen de una vez las voces radicales e incontroladas, hay que acabar con los residuos. El método en los países sin pena de muerte formal, ya va siendo asimilado por sus vecinos. Se trata, como hemos analizado, de poner en práctica sistemas de aislamiento, de privación de toda clase de estímulos que siempre acaban con la anulación total y prácticamente irreversible del individuo y, en un porcentaje interesante, con el suicidio (en el último momento siempre se puede apoyar la jugada con la introducción casual de cuerdas, hojas de afeitar, e incluso armas de fuego). Buenos resultados se empiezan a comprobar, por ejemplo, en Suiza, donde las técnicas de aislamiento total han conducido a una presa de 19 años a acabar ahorcándose con sus pantalones en la celda. «Se trataba sólo de una agitadora», declaró el jefe de la policía. Casi al mismo tiempo, en Italia, empiezan a darse una cadena de intentos de suicidio entre autónomos caídos en las delirantes redadas de las últimas semanas. En la prisión de Verona, Lorenzo Bertoli (28 años) lo consigue. Había estado sometido a vigilancia fija durante las 24 horas del día, hasta el momento en que decidió colgarse de los barrotes de su celda. Pero todo esto puede ser excesivamente engorroso y, en cualquier caso, la existencia de presos a veces da lugar a campañas, huelgas de hambre, acciones, juicios molestos, etc. La mejor forma es que no lleguen a la cárcel, se ahorra tiempo y trabajo. La práctica de la liquidación fria arropada luego burdamente por aquello de la «resistencia» a la detención o el «intento» de fuga, ha empezado a practicarse de forma intensiva. (Hay que reivindicar para España la paternidad de la famosa «ley de fugas», con la que tantos agitadores internacionalistas cayeron por las cunetas.) Por ejemplo en Nuremberg, Elisabeth von Dick, una indeseable que había trabajado en el despacho del abogado Klaus Croissant hasta su desmantelamiento: dos policías esperan sentados tranquila y estratégicamente dentro de su casa, para meterla, cuando abre la puerta, un tiro en la tripa y otro en la espalda («Le gritamos ¡arriba las manos!, pero no hizo caso»). Unos días más tarde a Rolf Heissler, peligroso terrorista que entraba a su apartamento armado con el pan y los periódicos del día, se le monta la misma operación, si bien el tiro en la cabeza no acaba totalmente con su vida. Las operaciones de este tipo son ya bien conocidas entre nosotros, realmente son práctica habitual en todas las policías del mundo, aunque algunas, como la alemana y la española, rivalicen en torpeza a la hora de los montajes y las «explicaciones». Pero lo que hay que reseñar ahora es que, en ambos casos, la policía llegó a los domicilios de los fusilados gracias a la información y colaboración de buenos y honrados ciudadanos que respondieron a los reclamos policiales por espíritu de servicio al Estado (sabiamente estimulado con unos dos millones de pesetas por cabeza). Es justamente la cantidad que la policía española ofreció unos días después de los hechos que relatamos. Y dicen las malas lenguas que las últimas detenciones, con o sin muerte «por resistencia», se deben a delaciones de buenos ciudadanos-estado. En el terreno de la información, grupos de programadores, analistas y técnicos están formándose, a marchas forzadas, sobre los sistemas de la BKA. ¿Quién será al fin nuestro «Gran Hermano»? Porque el personaje orwelliano de «1984» tiene en Alemania nombre y apellidos: se llama Horts Herold, y dirige su sistema de información monstruo desde su búnker de Wiesbaden. Pronto, también aquí, alguien tendrá como él las huellas y fotos de millones de personas, sometidas en algún momento de su vida a un «control» de identidad. Pronto todos nosotros: ex-presos, ex-clasificados, ex-fichados, ex-locos, ex-delicuentes ... tendremos nuestros datos en los soportes de información de acceso directo del ordenador Siemens, comprado en tiempos de Martín Villa. En los discos magnéticos estarán también los clasificados como «posibles terroristas» (en Alemania unos 135.000), sobre los que la policía se echará encima ante cualquier caso no resuelto. Y el tinglado sirve tanto a los fines directamente operativos de la maquinaria represiva, como a la «disuasión», para que los núcleos de resistencia al sistema queden cada vez más aislados. Hay un tipo de fichas en las que cualquiera que haya entrado alguna vez en una librería de extrema izquierda, participado en alguna acción antinuclear o visitado la sede de algún grupo radical, puede quedar inscrito (lo que en Alemania está suponiendo la imposibilidad de encontrar trabajo, la pérdida de ocupaciones más o menos relacionadas con la administración, etc.) Pero todo esto, pensará alguno, ¿no conducirá alguna vez a una acumulación de datos que haga imposible el manejo de tal masa de información? Aunque los sistemas cibernéticos tienen respuesta para todo, se han establecido unos márgenes de vigencia, y renovación (sin cogerse los dedos, claro). Así, para los casos de saturación de datos está previsto y programado que se destruyan las fichas de cada cual tres años después de su muerte, 25 años después del último control policial, o pasados los noventa años de edad. Y no podemos terminar nuestro breve repaso de hoy sin hablar de Astrid Proll. Como recordaréis se hizo alguna campaña contra su extradición a Alemania, cuando la policía de aquel país la encontró en Inglaterra donde llevaba varios años trabajando con otro nombre y sin meterse en ningún tipo de acción armada. Nos llega la información ahora de que, después de nueve meses en las prisiones inglesas, y previo cambio en la ley de extradición para poder aplicarla en su caso (ya que había adquirido la nacionalidad británica), el «espacio represivo europeo» ha funcionado y Astrid se encuentra ya encerrada y aislada totalmente en la prisión de Hesse. No bastaron los cuatro años de cárcel en Alemania, no bastó que Astrid fuera una de las primeras en estrenar los métodos de aislamiento sensorial de la cárcel de Colonia-Ossendrof (ver Bici, núm. 9), de cuyas secuelas ha tardado años en recuperarse y no totalmente. La venganza del Estado alemán tenía que cumplirse, aunque Astrid Proll fuera ya inglesa («Todo se mueve, amigo mío»). R. FERRI |