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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Núm. 20

Enseñanza anarquista

FÉLIX GARCÍA

LA enseñanza es uno de los ámbitos en los que la tradición anarquista tiene mucho que aportar, tanto por una larga e interesante práctica como por una no menos interesante reflexión teórica. Normalmente se suele caer en el equívoco de considerar a Ferrer Guardia como el modelo de la pedagogía anarquista, lo cual no deja de ser un grave error ya que hay otros más interesantes, como Robin o el mismo Mella en España, y la obra de Ferrer, mínimamente analizada, no puede ser incluida dentro de lo que, sin afán de ortodoxia, podríamos considerar un pensamiento anarquista. Lo mismo podría decirse en la actualidad, cuando hay muchos que incluyen Summerhill dentro de las experiencias pedagógicas anarquistas o confunden la enseñanza anarquista con la más absoluta permisividad dentro y fuera de la escuela, poniendo al niño como dueño y señor de todo. No podemos detenernos mucho aquí en demostrar lo que acabamos de decir, por más que sea muy fácil de demostrar y por más que para muchos de nuestros lectores sea algo obvio; como en los artículos anteriores, nuestro propósito consiste una vez más en mostrar las líneas fundamentales, en nuestra opinión, del pensamiento libertario.

Lo primero que habría que destacar es la importancia que siempre se le dio dentro de los ambientes libertarios al problema de la educación, en general a todo el problema de la cultura. Herencia ilustrada, los anarquistas de los primeros años de la Internacional mostraban una profunda creencia en la posibilidad de introducir importantes mejoras sociales mediante la enseñanza. Considerando a las personas como seres racionales y razonables de todas, pensaban que había que convencer y no sólo vencer. Evidentemente no eran tan ingenuos para pensar que se podría lograr un cambio social sólo con buenas palabras, pero nunca cayeron en el juego maquiavélico de que la revolución se conseguiría sólo mediante la fuerza. Este es precisamente el punto central: la educación es importante porque se pretende, como tantas veces hemos dicho, formar hombres nuevos en una sociedad nueva, es decir, porque se pretende una revolución integral que no sólo afecta a la esfera del poder político, sino que consiga una comunidad solidaria y autogestionada. La educación es también importante porque la ignorancia es el alimento de la esclavitud. frase expresiva con la que se está subrayando el papel decisivo de la cultura en el mantenimiento de una sociedad opresora.

La pedagogía anarquista se define a sí misma como no autoritaria, como enemiga radical de todos los métodos que pretenden imponer al niño, en contra de su voluntad, unos contenidos de conocimiento y unas formas de comportamiento. En este aspecto coincide con la mayor parte de las tendencias pedagógicas modernas, dado que todas han insistido claramente en la dignidad personal de los niños. El autoritarismo contribuye a formar esclavos sumisos, hoy al maestro o al padre, mañana al patrón o al gobernante. La forma de entender y practicar ese antiautoritarismo ya no es excesivamente uniforme; Bakunin recordaba que debía de ser un proceso, comenzando por una clara autoridad, incluso poder, sobre los niños más pequeños, para ir cediendo cada vez más conforme se fuera consumando el desarrollo personal: Mella o Tolstoy. por el contrario, huían de cualquier tipo de adoctrinamiento, lo importante era dejar que el niño se desarrollara por sí mismo, siendo nosotros solamente una ayuda no coercitiva, pues la bondad de la naturaleza se encargaría del resto. Desde luego no hay, en casi ningún caso, una decantación a favor de la absoluta permisividad, en la que se vería el peligro de convertir al niño en un tirano ansioso de hacer siempre su voluntad y en la que se produciría una renuncia de padres o maestros a educar. El problema no estaría, por tanto, en ser o no ser autoritarios, sino en conseguir que ese necesario componente de autoridad que los niños necesitan en su desarrollo para orientarse no se convirtiera en autoritarismo castrador. Si dejamos al margen las demagogias de turno, todo el que se ha dedicado un cierto tiempo a la pedagogía, tanto dentro de la familia con sus propios hijos como de una forma profesional en la escuela, sabe bien, y la psicología moderna parece confirmarlo, que para que un niño puede madurar necesita un orden o jerarquía de valores que le viene dado desde el exterior y que respeta no por ser razonable, sino por ser impuesto. El autoritarismo no se produciría ahí, sino en el hecho de que hacemos imposible la progresiva emancipación del niño y le hacemos creer que todo lo que va aprendiendo y llegando a ser nos lo debe a nosotros y no a sí mismo, como bien han subrayado Madel y Vogt en un bello libro.

En cualquier caso el problema no es fácil de resolver y mucho menos fácil resulta practicar una pedagogía no autoritaria. La evidente. superioridad de la que parte el maestro frente al niño puede siempre tentarle a hacer uso de ella y a convertirse en poder opresor para el mismo niño; al mismo tiempo, todos deberíamos saber ya que no existe enseñanza neutral y que siempre, consciente o inconscientemente, le estamos transmitiendo al alumno nuestra propia concepción del mundo. Antes esos hechos tan palpables de nada sirve declararse pomposamente antiautoritario, como no hay nada peor que renunciar a ejercer cualquier labor de guía o de corrección sobre los alumnos por miedo a caer en el autoritarismo. Hace falta desarrollar una metodología adecuada que haga posible la intervención de los alumnos en su propia educación, preparándoles para ser personas autónomas y responsables: no se trata tan sólo de recurrir a asambleas formales, tan manipulables como todos sabemos, ni de renunciar a todo tipo de notas o correcciones. La metodología no autoritaria tiene que actuar en diferentes frentes, procurando que no se nos cuele por una puerta lo que estamos rechazando por la otra y revisando constantemente para que la intervención de los alumnos en su enseñanza sea algo real. Del mismo modo, y aunque esto esté menos de moda, es necesario recuperar urgentemente el papel orientador que todo maestro debe tener: entre una sociedad que sólo ofrece como pauta de comportamiento la fuerza, el egoísmo, el robo, y unos maestros que, escudándose en no ser autoritarios rehúsan enfrentarse con los valores dominantes ofreciendo una alternativa, estamos contribuyendo a la formación de una buena hornada de esclavos que, por pasar de todo, verán como todo les pasa por encima.

EL no autoritarismo no sería, sin embargo, la característica central de una pedagogía libertaria. Parece hoy día moneda corriente el reducir el anarquismo a la lucha contra el poder del estado o contra cualquier tipo de poder, por lo que todos los que se oponen al autoritarismo dominante son llamados anarquistas. Pero junto a la defensa a ultranza de la libertad del individuo y del grupo comunitarios, el anarquismo se define mucho mas aún por defender la practica de una solidaridad que debe conducir a una sociedad distinta, sin opresión ni explotación. Nuestra enseñanza debe estar, por tanto, radicalmente comprometida con una práctica de transformación social que debe desarrollarse en diferentes frentes, uno de los cuales y no el menos importante es, precisamente, la escuela. Deberemos estar siempre atentos a denunciar todos los mecanismos en los que esta sociedad basa su opresión y explotación, todo lo que hace imposible vivir una vida solidaria y libre. Frente al fetichismo de la mercancía que todo lo empapa, debemos ofrecer una escala de valores distinta en la que el apoyo mutuo sea el polo de referencia fundamental de nuestra conducta, haciendo posibles las estructuras que favorezcan el desarrollo de esa solidaridad. Nuestra tarea es aquí más difícil si cabe, dado que la eficacia de los mecanismos de control de esta sociedad hace que, aún no disfrutando ni mucho menos de los privilegios disfrutados por las clases dominantes, todos estemos empapados por esos valores culturales, todos nos dejemos arrastrar por el fetichismo de la mercancía, por el egoísmo, por el empleo de la fuerza, por el miedo personal a costa de los demás, por nuestro propio interés. No nos engañemos; la cultura actual es la cultura de la clase dominante y no existe una práctica social alternativa, a lo sumo el deseo de una práctica social distinta, constantemente amenazada de ser reintegrada y diluida en la sociedad dominante. Seríamos ingenuos si pensáramos que existe ese comportamiento solidario y que sólo los intereses de la clase dominante, plasmados en unas determinadas estructuras, hacen imposible su práctica; muy al contrario, la solidaridad es algo a crear, algo que todavía no existe pero que debemos contribuir a que pueda existir. Recurrir al chivo expiatorio de la clase dominante para justificar todo lo que no hacemos es demasiado fácil y demasiado gratificante. Tengamos lucidez suficiente para, denunciando esa cultura opresora, construir una cultura radicalmente distinta.

Nuestra enseñanza debe ser también integral e integrada. Integral porque debemos buscar el desarrollo de todas las dimensiones de la persona humana, tanto intelectuales como manuales o afectivas y artísticas. La enseñanza actual sigue siendo excesivamente libresca, encerrados los alumnos un número excesivo de horas entre las cuatro paredes de una clase. Pero además es una enseñanza que tiende a fomentar una excesiva división entre trabajo intelectual y trabajo manual, división que, en nuestra opinión, no tendría tanta importancia si no fuera por la desigual distribución de poder que se le concede a los que llegan a la cúspide de ese trabajo «intelectual» y los que se ven reducidos al sólo desarrollo de la fuerza de sus brazos. Del B.U.P. y la Universidad deberán salir las élites sociales que ejercerán el poder, aparte de un número considerable de asalariados: de la F.P. saldrá la mano de obra cualificada lista para ser explotada por el empresario. Al luchar por una enseñanza integral habría que poner el acento, por tanto, en una enseñanza que no reforzara las desigualdades existentes y no corroborará la selección y división del trabajo previamente establecidas. Evidentemente que habrá quienes opten por una actividad más intelectual, lo cual no significa ni privilegio ni olvido de los problemas concretos, y habrá quienes opten por una actividad mas práctica, lo cual no significa ni inferioridad social ni ser carne de explotación, aunque en la sociedad actual si signifiquen eso. Y enseñanza integral porque debe buscar la integralidad que se consigue gracias al trabajo en cooperación de personas diferentemente preparadas que se unen en pie de igualdad.

Pero también enseñanza integrada, es decir, enseñanza directamente relacionada con la sociedad en la que está insertada. Hay que romper las paredes de las aulas para que el aire circule en todos los sentidos; se necesita una escuela receptiva frente a las necesidades sociales, de tal forma que estas repercutan directamente en la organización y el contenido de la enseñanza. Como es obvio lo que proponemos no tiene nada que ver, en principio, con organismos del tipo Universidad-empresa, muy adecuados desde una óptica capitalista, pues esa entrada de la sociedad tiene que ser critica, es decir, no servir para reforzar las estructuras sociales dominantes, sino para denunciar las falsas necesidades sociales y potenciar aquellas otras necesidades menos rentables para el capitalismo y el Estado, pero realmente necesarias para una vida comunitarial. Pero integrada significa igualmente una escuela abierta a la sociedad en la que está inserta, sirviendo de polo de irradiación cultural, de lugar de encuentro de toda la comunidad, que puede encontrar en la misma unos medios culturales que le permitan desarrollar unas necesidades de formación que ni se cumplen ni se agotan con la escuela oficial. Las actividades que intentan cumplir dentro de sus limitaciones materiales los Ateneos libertarios, serían actividades que podrían y debería cumplir todos los colegios, sin que con esto propongamos ni un control por el Estado de esas alternativas culturales ni una conversión de los centros en plataforma ideológica del partido con más fuerza en esos momentos. En cualquier caso se trataría de orientar los centros de tal manera que fueran perdiendo su función de expedir títulos y seleccionar a las personas y recuperando su inicial función formativa. Si las aulas de las clases se vacían hoy día es, precisa-mente. porque casi no sirven mas que para expedir títulos. pero en absoluto para ofrecer una formación real y sólida a los profesores y alumnos que pasan por ellas.

LO que acabamos de decir empalma con otro aspecto fundamenta tal de la enseñanza en nuestros días, la escolarización excesiva. Si la creación de puestos escolares era un objetivo prioritario y sigue siéndolo todavía en algunas zonas, posiblemente hoy día sea un riesgo mayor el exceso de escolarización. Por un lado, la escolarización dura excesivo número de años de forma poco justificada, retrasando innecesariamente la relación con el trabajo directo que podría ser mucho más instructiva; esta tendencia se ve reforzada por la difusión cada vez mayor de una formación permanente que más parece control permanente y señuelo con el que se mantiene la esperanza falsa de una promoción dentro de la empresa. Si unimos a esto la extensión cada vez mayor de unos expedientes escolares en los que todo tiene que estar registrado, no sería demasiado pensar que se está produciendo un refuerzo de un mecanismo de control social, más que un auténtico medio de formación y desarrollo personal. Pero es que además la escolarización dura excesivo número de horas, de tal manera que un estudiante de B.U.P., por ejemplo, se pasa la mayor parte de su tiempo encerrado en una clase o en su cuarto donde tiene que estudiar lo que le van mandando, que suele ser mucho dado el carácter enciclopédico que en general tienen todos los programas. Más parece que se pretende eludir un incómodo compromiso de la escuela con la sociedad real, o que se busca disminuir el paro juvenil, o que se pretende tener a los chicos el mayor tiempo posible bajo control para evitar que se dediquen a pensar por su cuenta; en cualquier caso, cuando se producen estos excesos tan claramente irracionales, uno duda que la escuela cumpla realmente el papel que podría cumplir.

Los profesores y la sociedad en general caemos normalmente en la trampa y favorecemos la tendencia a esta escolarización excesiva e irracional. Unos porque, preocupados por mantener o conseguir un puesto de trabajo exigen para su disciplina mayor número de clases o el que sea incluida en mayor número de cursos; los otros porque, pensando que la escuela y la obtención de un título es un medio de promoción social, hacen esfuerzos increíbles para que sus hijos estudien lo más posible. El resultado es que la enseñanza se está convirtiendo en un monstruo cada vez más grande y más caro, que nos cuesta a todos unas considerables sumas de dinero, aunque sea el Estado el que pague, y que tiene una dudosa rentabilidad social. No ponemos en duda que lo que acabamos de denunciar necesita una reflexión mayor que nos es imposible hacer aquí. Sin embargo, lo que fundamentalmente pretendemos decir es que hace falta urgentemente hacer un serio análisis de lo que a la sociedad le cuesta esta escolarización y lo que se beneficia de la misma: hace falta romper con las escuelas-fábricas-de-títulos alejadas de una preocupación formativa seria y constante; hace falta también romper con la artificiosa distinción entre un lugar que se ocupa oficialmente de enseñar y otras instancias sociales a las que se ha privado totalmente de su capacidad pedagógica, pero que podrían cubrir mucho mejor aspectos que hoy se reserva a la escuela. Toda una tradición en la creación de escuelas, de ateneos. así como tina determinadaconcepción de la cultura y de su papel social hace más sugerente en este aspecto la aportación libertaria que todavía sigue siendo escasa y que, renunciando a lo que podría resultar más específico, se deja llevar en algunos momentos por los clisés dominantes.

Por último, la enseñanza anarquista es una enseñanza autogestionaria; para nosotros el debate central no está entre la escuela pública y la escuela privada, y mucho menos en los términos en que se suele plantear. Lo que a nosotros nos debe preocupar por encima de todo, sin olvidar los demás aspectos a los que hemos ido haciendo alusión, es conseguir una plena y efectiva autogestión de los centros, es decir, una gestión de los mismos por todos los que están implicados en ellos. Autogestión que no se puede reducir nunca a unas estructuras formales, sino que debe incluir unos determinados contenidos, de tal forma que sea siempre autogestión socialista; hay que evitar el peligro de reducir el contenido de la autogestión, pues de hacerlo así, en principio se podría autogestionar todo, incluido el capitalismo. Pero también hay que huir, como hacen algunos, de rechazar la autogestión porque eso significaría dar entrada en la dirección de un centro a personas ideológicamente contrarias a una línea correcta -se sobreentiende que correcta es la línea de los que excluyen a otras personas-, diluyendo así la autogestión en una cogestión sabiamente dosificada y controlada por los sabios de turno. Y autogestión que debe incluir a todos los implicados, superando de una vez ese tópico de que los centros deben estar gobernados por los profesores. los alumnos y los padres de los alumnos, como si no hubiera nadie más, como si no existieran administrativos, personal de limpieza, o toda una comunidad, no sólo los padres, a la que un centro que fuera algo más que esa fábrica de títulos, o interesaría enormemente. En la lucha por una autogestión cada vez más real y completa deberían concentrarse todos los demás puntos que hemos enumerado, para no aislar unos de otros como si fueran independientes; pero, además, en la coordinación de ese cambio en la enseñanza con la lucha por la modificación de todas las esferas de la vida personal y comunitaria.

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