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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Núm. 20 |
Por un lenguaje libertario que se entienda |
| JOSÉ PEIRATS
Cuando estábamos todavía lejos de asistir al entierro de don Paco, y en todo su auge el exilio, un amanuense franquista escribía más o menos esto: «Los autores del llamado exilio republicano se han quedado rezagados lingüísticamente; no hay sino comparar cómo aquí se escribe y cómo se hace en la otra orilla del Atlántico por los mismos expatriados». El eximio amanuense continuaba afirmando que los plumíferos que nos habíamos refugiado en la América de habla castellana seguíamos escribiendo como en los tiempos de la República, tres décadas y media antes. Del correctivo no se salvaba ni Ramón J. Sender, ni Max Aub, ni Salvador de Madariaga, ni una retahíla de escritores desarraigados quienes, según la «Enciclopedia Británica» eran entonces los representantes punta (con los buenos estilistas hispanoamericanos) de las letras castellanas. Extendiendo aquel juicio se podría comparar nuestra literatura peregrina con el habla cervantina de los sefardíes que ha poco prosáronse ante los restos restos de la sinagoga de Toledo. Es indudable que el tiempo y la distancia nos marcó a los exiliados, y que el aislamiento prolongado puede también causar estragos. Pero este principio mejor encaja a los escribas que, tras el desastre de 1939, aquí quedaron escribiendo con desparpajo triunfalista, con mayor impunidad que los ausentes forzosos que pudieron manejar la péñola en el exterior bien que ordeñando nostalgias las más veces. Pero, yendo al asunto, ¿estaríamos en presencia de dos estilos diferentes de un mismo castellano, que no siempre se comprenden, aunque simulen comprenderse? Personalmente, en muchos de los que aquí y ahora escriben, observo una carga de lo que Fernando Valera (otro escritor del exilio) suele llamar «babelismo». Y hasta he llegado a sospechar que ni los tales babelistas consigan entenderse, aunque aparenten lo contrario como suele ocurrir en los diálogos de sordos. Yo había atribuido el fenómeno a que durante cuatro décadas los plumíferos de franquilandia se vieron obligados a escribir para leer entre líneas, a causa de las varias censuras previas que estaban obligados a burlar. Y a que la necesidad terminó por crear el órgano babelístico. Pero observo también que, tras el levantamiento de la censura totalitaria, que ya fue desvaneciéndose durante un considerable paréntesis de tiempo, mucha gente sigue escribiendo en términos misteriosos, como para iniciados en el ocultismo. Y eso ocurre cuando en España, por primera vez en tiempos inmemoriales, salvo cortos intervalos, no existe prácticamente la previa censura de prensa. TODA la obra de Kropotkin ha sido escrita con vistas a un público de lectores de la clase popular. Imitole Eliseo Reclus, Ricardo Mella y Anselmo Lorenzo entre muchos de los clásicos libertarios. Tanto Kropotkin como Reclus nos han demostrado que con aquel mismo estilo llano, comprensible, podianse dirigir a clases de lectores más selectivas. Kropotkin pudo polemizar airosamente con el naturalista T.H. Huxley en las páginas de la prestigiosa revista científica Nineteen Century, de Londres, sin necesidad de abandonar el estilo ameno que le era peculiar. Su famoso artículo sobre el Anarquismo en una vieja edición de la Enciclopedia Británica constituye una pieza sociológica de gran valor. Con aquellas colaboraciones de Kropotkin en la Nineteenth se fraguó El apoyo mutuo, una de sus obras más divulgadas, particularmente en España, obra clave para la exposición científica del comunismo libertario. Las grandes obras de Eliseo Reclus, particularmente voluminosas, como la Nueva geografía universal y El hombre y la tierra, no obstante los muchos términos técnicos que obligadamente contienen, no ceden en transparencia de estilo. De toda esta obra ha podido escribir recientemente la gran enciclopedia francesa Alfa que a pesar del tiempo transcurrido no ha perdido actualidad ni lozanía. Algunas de esas obras han podido ser editadas en los tiempos seniles del franquismo, pero en todas las épocas fragmentos de las mismas se habían divulgado bajo forma fragmentaria en folletos y revistas, constituyendo el mejor arsenal de la propaganda libertaria. Pueden ser destacados como muy difundidos A los jóvenes y Evolución y revolución, de Kropotkin y Reclus respectivamente. Hay que asociar a ese arsenal literario ¿cómo no? lo mejor de Enrique Malatesta, escritos especialmente para la propaganda. Malatesta, además de excelente divulgador fue un formidable razonador, como tal vez no hubo otro. Kropotkin había formado parte del movimiento populista de la Rusia decimonónica, cuya divisa era ir al pueblo, descender hasta él desde niveles sociales acomodados con el fin de remover sus profundas entrañas. Se ha afirmado que descendía de una de las ramas más rancias de la nobleza de su país (descendiente directa de Rurik, fundador del ducado de Rus, de la Rusia incipiente). El populismo transparenta en toda su obra escrita y vivencial. El mesianismo puro, purista o puritano trasuda en los teóricos del anarquismo, y los escritos de León Tolstoy parecen querer actualizar la prédica de aquel cristianismo viejo aún no contaminado por el mercantilismo clerical. Redimir, manumitir, emancipar son expresiones variadas de una inveterada tendencia fraternal y también pugnaz. Los antiguos paladines mesiánicos adoptaban el verboemancipar en un sentido transitivo. La originalidad anarquista consiste en conjugarlo en el sentido reflexivo. Al profeta mesiánico Marx se le escapó aquello de La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos. Eliseo Reclus escribió al frente de la mejor de sus obras, El hombre es la naturaleza formando consciencia de sí misma. Pues no empezamos a ser verdaderos hombres sino a partir de la toma de consciencia de nosotros mismos. EN un folleto mío: Para una monografía de escritores anarquistas españoles («Ruta». Caracas, enero de 1972) reproduje algunos fragmentos de un viejo artículo del socialista Juan José Morato de el Heraldo de Madrid de octubre de 1919. Morato demostraba en aquel trabajo conocer muy bien a los ácratas españoles y su propaganda cuando escribía: «Los semanarios anarquistas, generalmente, y aún toda la literatura anarquista, mucho más amena que la socialista en general, invita a la lectura. Hay en ella pasión, violencia, sentimiento, emoción; faltan, escasean estos elementos en la socialista y más en la española, contaminada del rígido y seco guesdismo, siempre racionamiento puro. Las publicaciones anarquistas son como para todos, casi siempre; «El Socialista» es un periódico de iniciados y partidarios. Los anarquistas publican la bellísima «La conquista del pan», de Kropotkin; los socialistas las abstrusa «Miseria de la filosofía», de Marx.... Juan José Morato no podría sostener su tesis a la vista de una serie de publicaciones anarquista de esta época posfranquista. Por no zaherir susceptibilidades, muy vidriosas por cierto, me abstengo de citar ejemplos (hay embarazo al tener que escoger). Hay una buena promoción de escritores, aquí, allá y acullá, que demuestran ser capaces de escribir excelentes crónicas. Desgraciadamente están cayendo en la cursilería de babelismo o bla-bla-blaísmo, y rivalizan de intento a quien oscurece y retuerce más su estilo, hecho de una sintaxis endiablada al par que empedrada de expresiones de una vaciedad aturdiente. Uno puede darles vueltas y más vueltas a ciertos pomposos ensayos de los dichos vanguardistas para terminar exclamando: «¡Anda y que te entienda tu mamá!» ¡Qué de prodigios de tocador no habrán hecho estos nuevos sofistas para poderse alabar de su martirio de incomprendidos! Y, sin embargo, el hombre inventó el lenguaje para el mutuo entendimiento. Fuera del cenáculo de catones, el lenguaje, y singularmente el lenguaje anarquista, se ha venido cultivando para llevar el mensaje de la libertad, no la mera palabrería, a todos los ámbitos de nuestra sociedad, asaz maltratada para que vengan ahora a vapulearla gárrulos de la pedantería. Un poco más de sencillez, no les caería mal a esos profusos, difusos y confusos representantes de nuestra prosa de punta. Sólo una prosa amena y clara es trasunto de un pensamiento diáfano, que sabe por donde se anda. Todos ganaríamos con expresarse claramente en vez de hacerlo con ese estilo martirizado y martirizante. |