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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Núm. 21 |
España: empresa de pompas fúmebres |
| FRANCISCO CARRASQUER ALGO huele remotamente a podrido en España. Es como si se hubiera convertido en una de aquella grandes «morgues« faraónicas, en que, aún a fuerza de ungüentos y betunes seguía hediendo, dulzona, la muerte. O quizá mejor: como en esas cámaras mortuorias estadounidenses en que dicen se le dispone al millonario muerto con tanto afeite y colorete, con tanto bálsamo y perfume penetrante, tan bien vestido y planchado y tan naturalmente sentado en su sillón de capitán de industria ante una mesa enorme provista de dictáfonos y botones de mando, que puede dar el pego al visitante como si estuviera vivo todavía. No obstante, Franco muerto está, y bien muerto, que lo enterró Arias Navarro. Pero le sucedió el Gran Maquillador Adolfo Suárez, quien ha sabido «echarle cara» al franquismo cambiándole la máscara mortuoria por una carátula pintada y repintada de democracia. Y está uno esperando de un momento a otro ese golpe de efecto de las películas de terror y gusto macabro el puñetazo que haga saltar la careta; y se revele la monstruosa faz sanguinolenta y embotada, deforme y horrible, o la monda y lironda calavera que hay debajo. Por desgracia, no juego con figuras retóricas. La muerte nos libró el 20 de noviembre de 1975 de Franco, pero en junio de1976 se salvó el franquismo. Porque, ¿hay algún signo válido y verídico de que se haya muerto el franquismo en España? ¿Se le ha enterrado alguna vez? No hay noticia. Hay, sí, noticia de que en España se proyectan películas «S», se venden revistas anti-«establishment» y libros que están en el Index, se hace teatro contestario (¡siempre que no sea antimilitar!); pero, ¿se sabe que se hayan derrumbado los pilares que sostienen el templo del franquismo?, ¿se sabe que se hayan abandonado los nidos de ametralladoras, los emplazamientos de morteros y cañones, las rampas de cohetes del bunker franquista?; ¿se sabe que se haya hecho volar la enorme losa del franquismo administrativo que tan abrumadoramente pesa sobre todo el pueblo español? No. El ejército, con sus generales franquistas, sigue en pie, ¡y cómo!, según veremos; la policía, con sus esbirros franquistas, sigue zurrando, torturando y matando; el aparato de la administración faraónica franquista del Estado español sigue tan franquista como hace cinco, o diez, o quince, o veinte, o treinta, o cuarenta años. ¿Acaso han tenido que escapar o darse por perdidos los latifundistas, los «trabucaires», los señoritos que pagan, los pistoleros a sueldo que cobran, los esquiroles de la política y los capitalistas hechos por el franquismo con sus hombres de paja? Todos están en sus puestos. Mucho menos visibles, verdad es, pero no por eso menos influyentes y decisorios. El pase de mago (¿de hipnotizador?) está hecho. Los ilusos políticos de izquierda se creen que hacen algo en las Cortes, en los partidos autorizados, en las sindicales legalizadas, en los ayuntamientos con alcalde socialista o teniente-alcalde del P.C. . . Y todavía esperan que por no sé qué arte de birlibirloque se vaya el franquismo convirtiendo en democracia! Y entre esos ilusos de la que fue oposición política, los hay que se llaman socialistas, comunistas, sindicalistas, y hasta revolucionarios y todo ... como si saliéramos ahora del cascarón y no lleváramos ya en España 111 años de lucha de clases, de combate revolucionario, para saber que ni la plutocracia, ni el ejército, ni el clero, ni la burguesía de España dan ni tanto así por las buenas! ¿Dónde está el realismo de esos «duros» pensadores marxistas, dónde esa experiencia de los curtidos resistentes contra el fascismo? Todo empezó en las célebres
cenas políticas. Cuando los predestinados albaceas del régimen
—allá por entre los años de 1966-1976-, empezaron
a engatusar a los futuros «hombres-de-cartel» de la izquierda
que podrían dar al mundo un rostro de España democratizoide,
esto es: el gato (disecado) del franquismo, por la liebre vulnerable
pero ágil de la democracia. Esos hombres de cartel estaban
ya muy intoxicados por los enrarecidos ambientes de aquella conspiración
de «boite chic», de taberna de algún cripto-oponente,
o de bodega de correligionario, en que siempre salían a relucir,
entre canciones revolucionarias, las famosas astucias de los que se
creían unos águilas en política y no paraban
de barajar nombres como los de Maquiavelo, Napoleón, Clausewitz,
Lenin, Stalin. Total, para recurrir a soluciones tan pequeñas
como la de bailarle el agua al futuro rey Juan Carlos I de España,
o de hacerle una zancadilla al lacayo eminencia gris del régimen
de turno, ya fuese un López Bravo, ya un Fraga Iribarne. Tenían
todos tantas ganas de mandar y estar en el candelero que no veían
la hora de entrar de un modo u otro (aunque fuese por la puerta falsa)
en la cocina de la vida pública. Sin percatarse de que no se
trataría jamás, entrando de ese modo, de intervenir
de veras, en esa vida, más que por via de un derivado de su
adjetivo: la publicidad. Exactamente igual que el nombre de un producto,
de una píldora, por ejemplo, «dorada» por el figurón
o estrella que la presenta para que trague el público. Pero, ¿a quién puede extrañarle que la izquierda no tenga poder político si ha sido la izquierda política misma la que le ha puesto en bandeja al franquismo su salvoconducto de continuidad? Porque cuando yo decía más arriba que todo había empezado con aquellas cenas políticas (dadas en el Ritz o en otros restaurantes de postín por los prohombres del régimen franquista, claro para granjearse, a base de buena comida y mejores vinos, la amistad de los novillos impacientes por salir al ruedo político), me refería a la actitud flojona, traidorcilla y venal de toda esa oposición española (la «oposición que no se opone», como tan bien denunciaba Aulo Casamayor en «Cuadernos de Ruedo Ibérico», núm. 54, dic. 1976), la misma que, en vez de pactar y dejarse llevar por una predisposición a la sutura, no supo tomar la única actitud digna y de cajón en todo movimiento de resistencia frente a la dictadura, su enemigo: la ruptura. Era de esperar que, al morir Franco, se produjera en el ámbito de la política española un vacío que, como los baches atmosféricos, produjera un súbito bajón en la nave del poder con su correspondiente sacudida en toda la nación y con la irrupción no menos correspondiente de aires externos al poder, aires ozonados de la calle, «vientos del pueblo», como diría el poeta. Pero no hubo tal, por muchas razones, aunque todas non santas, inconfesables. (Una vez más la verdad de siempre: lo inconfesable es corruptor.) La primera razón es que todos esos políticos, por muy de izquierdas que se llamen, le tienen al pueblo un miedo cerval. Es el miedo que le valió a Hitler poder eliminar a toda la izquierda alemana, como el que le costó gobierno y vida a Allende, por no ir más lejos. Sólo una excepción en la historia contemporánea: la España de 1936, el pueblo español en armas parándole los pies al fascismo, un pueblo —qué casualidad!— que por una vez no escuchó a los pastores políticos y salió con la suya, siquiera fuese por poco tiempo. La segunda razón es que, en los medios de la oposición política, embaucados por los herederos de Franco, se creía que los partidos de izquierda entrarían a no tardar en el juego político (muchas veces los que creen que la política es un juego se pierden por pasarse de listos). Por lo tanto, no iban a poner en peligro esa esperanza de «democratización» de España, con un equipo postfranquista y un rey que sólo a Franco le debía la corona. Pero es que los politicos «progres» se creen que la democratización no consiste más que en que ellos manden, porque hasta ahora, en política, no hemos salido aún de la mentalidad del despotismo ilustrado: el pueblo es un niño al que hay que dirigir, enderezar y endoctrinar. Y la tercera razón de peso es que, tanto los albaceas del franquismo, como los futuros diputados de izquierdas, vivían con la obsesión de imitar a las democracias occidentales, de dejar de ser un país al borde del subdesarrollo y de entrar en el Euromercado. Este europeísmo hipercorrector y superficial deslumbró a todos los españoles interesados en amasar el pan de la política española, cuando no el «pastel» de la apertura y del falaz «consenso». Sin darse cuenta de que España salía de un proceso histórico, de hecho y de derecho, fundamentalmente distinto que el de las democracias europeas tras la última guerra. «No se le puede pedir peras
al olmo». Nunca mejor aplicado este refrán. Las democracias
europeas habían sufrido una guerra de cinco largos años
con su invasión nazi-fascista agotadora de todos los valores
materiales y morales humanamente concebibles. Pero, después
de haber pasado por ese túnel de miserias sin precedentes en
la historia, esas naciones, al liberarse de un fascismo u otro, tuvieron
su fase de purga o depuración, los nazis y fascistas tuvieron
su «hora de la verdad», para descanso del sentimiento
vindicativo del público y satisfacción Pues bien: este proceso es el que brilla por su ausencia en España. Y por eso los neofascistas se sienten aún con tantas agallas en España (neofascistas de cadenas y porras, de uniformes y gritos), y por eso los neofranquistas siguen rigiendo, lo que es mucho peor aún que la persistencia de esas algaradas de barbarie patriotera y cerril de los Blas Piñar y sus jaurías. ¿Los líderes de la oposición española han podido ser tan ingenuos, como para creer ni un segundo que el equipo que había dejado Franco en el poder les cediera las riendas, o siquiera una de las riendas del mismo? No, no han podido ser tan ingenuos, porque eso significaría maltratarlos de tontos. Porque tonto y bien tonto hay que ser para no saber que esos señores del orden dictatorial no respetan más que una ley ni obedecen más que a una razón: la de la fuerza. Pero a lo mejor creyeron que colándose (estuvo muy de moda por aquellos años de apertura la palabra «infiltración entre izquierdas clandestinas y sindicales en gestación») por las grietas de la política oficial irían minando el poder del franquismo poco a poco, con la esperanza de conquistarlo un día, o de compartirlo. Y aquí está el doble error, precisamente. ¿Cómo pueden compartir los demócratas el poder de los fascistas? Imposible, en general hablando, pero en España «aún más imposible». De nuevo debió de jugarles una mala pasada a nuestros líderes izquierdistas el «whisful-thinking» de sus ambiciones políticas y el espejismo del juego politico de las democracias occidentales. En primer lugar, habría que demostrar si, de veras, en estas democracias, son los políticos los que detentan el poder real, pero aún suponiendo que detenten alguno (puesto que, desde luego, el grueso del poder no está en manos del gobierno, y menos aún en manos de los títeres parlamentarios, sino que, de hecho, está en manos de las doscientas familias famosas, ahora ya reducidas a 20, a lo mejor), es absolutamente cierto que en España siguen gobernando los de antes, porque si —como decíamos— hay que arrancarles las riendas de las manos para que las suelten, y eso no se ha hecho, lo lógico, natural e inevitable es que los arrieros sean los mismos. «No se pretenderá que esperáramos a la revolución —me replicarían todos esos políticos a una, a mis reproches—. Porque la revolución era, y es, impensable en la España postfranquista.» OTRO resbalón ideológico éste que le debemos a la mentalidad-decimonónica. Algo escalofriante esto. Estamos casi doblando el cabo del siglo XX, como quien dice, y todavía las izquierdas (lo más vivo de la historia, su punta de lanza) reaccionan con los clichés del siglo XIX. La faz del mundo ha cambiado en este siglo en todos sus rasgos y facciones, menos ese tic de revolucionarismo a ultranza que va desde Robespierre a Komeini. ¿Cuántas revoluciones y contrarrevoluciones hemos de sufrir aún hasta aprender de una vez y para siempre que las revoluciones no las hacen las explosiones de violencia, sino la fuerza lenta y penetrante de persuasión de lo justo que crea una conciencia colectiva y es ésta la que se impone, revolucionariamente (de mutación en mutación), por su propio peso o presión, como si dijéramos? Pero lo que hicieron nuestros políticos entre 1975 y 1978 ha sido lo más antirrevolucionario, por no decir lo más insensato a secas: pactar con lo impactable, con el fascismo; no oponer resistencia pasiva al menos, ya que muchas veces basta esta resistencia y, teóricamente, parece que debería bastar siempre. Una oposición de izquierda, y a mayor abundamiento una izquierda socialista, comunista, etc., debería haberse plantado ante el vacío dejado por la muerte de Franco para hacer que cayera con él el franquismo. ¡Oh terror vacui! Es el terror que les hizo perder la cabeza a nuestros políticos, cuando bien usado ese mismo terror al vacío podría haber causado una revolución; pero no, en vez de plantarse ante el agujero y hacer que por él desapareciera el franquismo, una vez sin efecto el poder mágico de su sumo sacerdote, la oposición política española se apresuró a llenar el hueco y sobre él a tender hilos y más hilos de componenda y conchavamiento hasta cubrirlo con una red de venalidades, intrigas personales, compromisos tácitos y sobreentendidos de burladores burlados, sobre la cual el franquismo pudo dejarse caer tranquilamente, sin romperse la crisma. La culpa, pues, de que en España se viva en régimen de franquismo embalsamado no es de las ultraderechas, las que normalmente no podían por menos que seguir la querencia de su protector ya muerto, sino de las izquierdas políticas que se prestaron a ese juego o que cayeron en esa trampa, como Vds. gusten. Fueron esas izquierdas las que les tendieron a los sucesores del caudillo manos y pies para que no se estrellaran, estimulados de lejos por las cenas políticas y engañados por las democracias occidentales que les pagaron la «faena». Y si tanto miedo tenían de la revolución y no querían propiciarla, o si tan poco creían en ella, que al menos se hubieran quedado en casa, o en la calle, pero con el pueblo al que pretenden servir (menuda idiotez este disfraz de «déspotas ilustrados», cuando sería más exacto decir: servirse del pueblo, ¿no?) Objetivamente, nuestros politicos izquierdosos se han comportado como colaboradores del franquismo, y el primer (o al menos el más visible) de sus representantes, Adolfo Suárez, puede estarles bien agradecido. Porque gracias a los jefecitos socialistas y eurocomunistas, liberales y demo-cristianos, catalanistas y de-más -istas de nacionalidad, ha podido desarrollar brillantemente sus dotes de gran técnico de la politiquería y ha salvado a sus amos de una buena que podía habérseles echado encima sin su cuco maniobreo. Porque los amos de Adolfo Suárez siguen siendo los mismos amos de España desde hace 40 años. Y para demostrarlo basta con citar un par de artículos de la recién (mal) parida Constitución Española (también gracias a los fórceps de esos mismos jefecitos). Sólo dos ejemplos bastarán. Cedo la palabra a Juan Martínez Alier: «En la actual situación de España, la participación electoral es, sobre todo, una manera de legitimar el sistema. Si el pueblo es víctima de ilusión de la -soberanía popular» y las elecciones tienen éxito, se asegura la continuidad de la dominación del capital más por via consensual que por coacción, aunque la coacción esté también constitucionalizada. La propia Constitución define claramente el marco capitalista al garantizar la -economía de mercado- y la propiedad privada de los medios de producción, siempre que cumplan su -función social», que será definida en una posterior ley orgánica. La Constitución adopta una visión funcionalista, integradora, corporativista de la sociedad. Es notable que, incluso esta cuestión, haya gozado de consenso. En las Cortes hay muchos diputados -socialistas» y -comunistas-. Para un -socialista- y un -comunista», ¿cuál es la -función social- de la propiedad de los medios de producción? Es explotar a los trabajadores, que se ven forzados a vender su fuerza de trabajo por un salario inferior al valor de lo producido. Este excedente va a parer al consumo de lujo de los capitalistas y a la ampliación de la industria. Esta ampliación de la industria no es siempre nociva, pero sigue, sin embargo, las líneas marcadas por la muy desigual distribución del poder de compra consustancial al capitalismo. No se invierte para hacer frente a las necesidades de comida, vivienda y salud de los más pobres, sino pars ganar dinero. Este es un resumen del pensamiento de izquierda sobre lo que es la «economía de mercado» que la Constitución impone. Es una contradicción que los diputados de «izquierdas» hayan aceptado, explícita y unánimemente, que la propiedad privada de los medios de producción tenga una «función social» favorable a la humanidad. ¿Por qué incluyen estos artículos en la Constitución? No es para evitar que los expropiadores sean expropiados, ya que para evitarlo están ya la policía y el ejército. Su valor es propagandístico. Sirven para legitimar el sistema capitalista. Son artículos aprobados unánimemente y casi sin debate, sin que los diputados de «izquierdas» de la comisión constitucional defendieran públicamente sus ideas «socialistas» y «comunistas». Así se completa el sistema. Por un lado, participación electoral «induciendo a los trabajadores a participaren su propio gobierno» (!) El gobierno así legitimado deberá respetar la propiedad privada de los medios de producción y actuar de manera que ésta cumpla su «función social»; dicho de otra manera, deberá garantizar la obtención de un porcentaje de beneficios adecuados para no desanimar la inversión. Ese gobierno, ya sea de la UCD, ya sea «socialista», deberá imponer la conciliación de clases, la política de rentas, el pacto social, el nuevo corporativismo, en fin, para garantizar, en frase de Camacho, (portavoz nada menos de las CC.OO.) «la rentabilidad de las inversiones». Y por si algo falla, ahí está la amenaza del artículo 8 de la Constitución»(Juan Martinez Alier, -La democracia parlamentaria como instrumento legitimador del capitalismo., Cuadernos de Ruedo Ibérico, núm. 61-62, pp. 39-40). ¿Qué artículo 8 es ese? Nada menos que el que pone en manos del Ejército la garantía del Estado Español. Ahora resulta que de la nación española y de su Constitución, el único y último garante supremo es el omnipotente Ejército español. ¿Habráse visto monstruosidad mayor? O sea que, en España, el pueblo está puesto en prenda por la Constitución, o en rescate del que sólo el ejército puede salvarle. El ideal de la tan larga como cruenta tradición del espadón y el cuartelazo en España! volvemos a lo de antes: el imperio de la fuerza es la única fuerza del imperio (embalsamado) del franquismo que darle la última palabra de constitucionalidad del régimen «orgánico» al ejército? ¿Dónde está, pues, la democracia en todo eso? Si la última ratio es la espada, y el principio sagrado de la Constitución es el capitalismo explotador y el robo de la propiedad privada, ¿dónde queda aquella apertura de que tanto se ha hablado para una sociedad más libre y más justa? La famosa «apertura», término panaceico que se oponía al revolucionario y molesto de «ruptura», ha resultado ser la gran encerrona de las izquierdas. PORQUE han sido las izquierdas, y sólo las izquierdas, las que se han abierto para dejar que entraran las derechas a saco en el sagrado recinto de la democracia en potencia. Y a todo esto, el pueblo no entiende nada ya, los endoctrinados por sus respectivos partidos siguen votando a los que se les propone por disciplina, pero la gente de la calle no sabe dónde está, no sabe dónde darlas tampoco, y se abstiene. Ved, si no, la abstención en las últimas elecciones. En todo caso, aquella apertura fue unidireccional, de hecho, no de boquilla, porque también las derechas se han llenado la boca de aperturismos. Ya sabemos que de palabra y fachada, las derechas, han hecho muchas concesiones, pero no son más que concesiones de detalle y superficie que además actúan a su favor de válvulas de escape, cuando no de pantalla de ilusión para las izquierdas. Porque como con Suárez se pueden proyectar películas porno y hasta de denuncia social, como se pueden publicar libros de Marx y Bakunin, de Sade y de Bukowsky, y se pueden organizar manifestaciones y mítines más o menos «monstruos» en que desahogarse a gritos los activistas y militantes de partidos y movimientos, la ilusión de libertad es perfecta y, entretanto, el vapor ideológico agresivo ha podido escapar de la caldera, bajando así intermitentemente la presión siempre peligrosa. Pero vueltos todos a casa, el diario vuelve a enfrentarlos con los mismos atropellos de la policía, con los mismos abusos de autoridad, con las mismas arbitrariedades de la administración que sigue falta de control, de garantías jurídicas y sobre todo falta de medios para lo importante en interés del público pero nunca para tenerlo bajo su carril imperio. La enseñanza y la cultura en general siguen sin ser atendidas, como es de esperar de los herederos de un régimen que durante sus cuarenta años de existencia ha estado empecinado en hundirlas; pero el ejército, la policía, las cárceles y prisiones con sus carceleros, todo lo que significa represión, orden brutal de palo y tente tieso, incluido el ministerio de defensa con sus astronómicos gastos, sigue atendido como antes, como siempre lo más importante del franquismo. Y si uno deja el diario y enchufa la radio o la televisión, entonces si que se tiene la más cabal impresión de que todo sigue lo mismo: las mismas caras de máscaras en serie, los mismos espectáculos de folklore degradado y de patrioteril cretinismo, y de vez en cuando últimamente –para los intelectuales– algún programita cultural. Escape, válvulas de escape otra vez. Pero para el «vulgo», para la «fiera», carne, carne gorda y grasa, relumbres kitsch, remedos cursis, alusiones inferiores de chistosos con matriz infantil, gusto generalizado de eunuco cultural y hortera de las artes, es lo que priva. Los «mass-media», absolutamente controlados por el gobierno, son de seguro los primeros responsables de la emasculación del pueblo español. De eso no hay duda. Sin la radio y la televisión a su servicio ni Franco habría podido durar cuatro decenios, ni la UCD sería ahora el primer partido de España. E inmediatamente después vienen los medios de cultura, es decir, su penuria, la responsable del adocenamiento y asnalización del público español. PUES bien, ¿que futuro nos espera? Un régimen de momias no puede durar mucho, por descontado. Y el enfrentamiento que se ha querido evitaren 1975 tendrá lugar de un modo u otro cualquier día. Y no por las acciones terroristas, principalmente, sino por un inevitable movimiento de la base del pueblo, sobre todo, de cuyo inminente «demomoto» es un aviso la gran abstención de las últimas elecciones. Esa enorme frustración trabaja en el seno de las más vastas capas de la población, en la clase trabajadora, ahora aún bastante mediatizada por los partidos políticos que se han vendido el alma progresista al diablo de la ilusión aperturista. No olvidemos a los intelectuales, auxilio de destete de los obreros aun encadenados a las «correas de transmisión» que son casi todas las sindicales obedientes a un partido. En todo caso, el movimiento de desengaño no puede menos que cundir, y los obreros no tendrán más remedio que sacudirse a los líderes y seguir la consigna de la Internacional, aquello de que «la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos». De algún modo será la clase obrera la que, secundada por la clase intelectual, desestabilice el régimen y acabe con esa empresa de pompas fúnebres que ahora es la política española. El hecho de que también fuera de España se conozca esa realidad, es factor de aceleración de ese movimiento liberador hacia el gran momento en que se viole por fin la pirámide y se desvende la momia para dar lugar a su total corrupción al aire libre. Tampoco esa revolución tiene por qué ser violenta. No se tratará ya de violentar, sino de violar un falso sagrario. ¿Y no es así como adelanta la conciencia del hombre en sociedad hacia la luz: violando sagrarios falsos, desvelando falsos misterios, reduciendo al máximo el secreto en la vida que ha de ser pública y verdaderamente abierta? F.C. |