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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Núm. 21

Encuentro en Venecia

La cita era en la librería UTOPIA, lo que no es mal comienzo para un Congreso de Autogestión. En el pequeño jardín de la trastienda, AMEDEO BERTOLO, ROSELLA (sobre la que ha recaído casi todo el «trabajo negro» del «Convegno», incluidos varios centenares de cartas), LANZA, PORRELLO, AMBROSOLLI, NICO BERTI... la mayoría gente de los antiguos G.A.F. (Grupos Anarquistas Federados autodisueltos) que, con estos Congresos, con las Librerías (Milán, Triste, Venezia), con las Ediciones Antistato, con Interrogations, mantienen una incesante actividad de difusión libertaria, mientras acaba de aclararse el tema de la organización, que es lo «único» que le falta al anarquismo italiano.

Van llegando FRANK MINTZ, COLOMBO, SEMPRUN, LUIS A. EDO, PRADSTRALLER, KHOR, RUBEN PRIETO . . . se espera con curiosidad una «delegación oficial» de la CNT que ha anunciado su llegada en un telegrama tan lacónico como imperativo. Más tarde, con un compañero del colectivo que llega desde Alicante, Bertolo tratará de localizar los barrios y la gente que frecuentó en sus viajes a España a comienzos de los sesenta para aportar propaganda clandestina a las Juventudes Libertarias.

Los organizadores comentan el programa de trabajo para los días siguientes y proponen la mecánica de las sesiones. Se decide suprimir el «precoloquio» de ponentes, para dar paso, tras las exposiciones iniciales, a todo aquel que quiera participar en los debates. Unos vinos, y a cenar los cerca de sesenta que ya somos: «Hemos elegido Venezia, porque la ciudad se presta a la comunicación, a la tertulia al contacto humano ..., así no queda todo en las sesiones oficiales...» De madrugada con la salida de los últimos vaporettos junto a la Plaza de San Marcos, acaba la jornada preparatoria. Que al día siguiente a las diez está fijado el comienzo de las sesiones y aún hay quien tiene que darse una última leída a los papeles.

Aparatitos individuales de traducción, donde se puede elegir entre cuatro idiomas, circuitos cerrados de televisión para los que llegan tarde o quieren estar más tranquilos en otra sala, tenderetes, libros, y el inevitable panfleto a la entrada que contesta el Convegno porque no-sirve-para-nada (y lo que hay que hacer es lo que nosotros decimos).


UTOPIA REFORMISTA O ESTRATEGIA REVOLUCIONARIA

Casi todos los participantes cuestionarán más o menos el enunciado de este primer debate. Empezando por Marianne Enckell, que introduce el tema, y anuncia el riesgo de que todo quede en el vacío verbalismo «reforma/revolución».

Por orden alfabético corresponde a NICO BERTI entrarle al tema. Y lo hace relacionando autogestión y anarquismo. No son sinónimos: «la autogestión es una continua transición libertaria hacia la anarquía». El tema de la autogestión es netamente anárquico. «Los marxistas críticos revisan sus posiciones buscando la posibilidad de encontrar en el pensamiento de Marx una linea autogestionaria. Imposible. Ni ideológicamente, ni en la trayectoria del movimiento obrero marxista, que se opone a los anarquistas precisamente por el tema de la autogestión.» Para separar el asunto de una posible manipulación reformista, Berti insiste en el tema del método, que si se universaliza llevará directamente al camino anarquista. Pero hay que descubrir las líneas para trazar una estrategia que falta a los ácratas ...

COLOMBO, alude a la polisemia del término Autogestión: «se habla de autogestión como sistema de relaciones para cuando desaparezca el Estado, y también como sistema de reformas en la sociedad jerarquizada». En el sentido reformista lo está utilizando ya la tecnoburocracia para una especie de falsa participación, como en otras épocas se ha utilizado el sufragio universal.

OLIVIER CORPET, del grupo de la revista «Autogestión ét socialisme», empieza definiéndose como no anarquista. La situación francesa es paradójica: «todo el mundo es autogestionario, anarquistas, socialistas, comunistas, la derecha ... ¿es positivo? Lo cierto es que no ha habido desde el 68 movimientos sociales de línea autogestionaria por parte de ningún grupo organizado (incluyendo los anarquistas). Los movimientos autogestionarlos –ecologistas, críticos del trabajo, mujeres, etc.–desertan de lo organizado, quieren estar más en lo cotidiano que en los discursos más o menos sofisticados de los autogestlonarios «oficiales». Va desapareciendo en la práctica el sentido politico del término, aunque se va difundiendo la idea a partir de prácticas concretas que no se sabe si llevarán a «reformas» o a «revoluciones».

MARIANNE ENCKELL describe la autogestión como una tentativa permanente en la historia de recuperación popular del poder. La autogestión pues no tiene el sentido de «utopía» tras cuya consecución se para la historia, sino de momentos utópicos. A pesar de todo «no hay ningún movimiento revolucionario hoy que pueda ser protagonista de la autogestión como un proyecto global subversivo ..., los anarquistas podrían hacerlo.»

El socialista PELLICANI asume desde el principio su papel de «reformista» en la mesa. «Siempre se está hablando de utopía o reforma, y cuando un tema se plantea tantas veces, una de dos, o el planteamiento es falso o no tiene solución.» En las definiciones anteriores ha prevalecido un «movimientismo» que no se ha traducido a lo largo de la historia en nada. Y Pellicani entra de lleno en su tesis: «No es posible a la vez revolución y autogestión porque la primera, al destruir todas las normas, destroza la democracia y abre el camino a la inevitable dictadura, como bien demuestra la historia ...» Y cuando se ve imposible coordinar democracia y revolución socialista, nace la práctica reformista como único camino. Por otra parte «la situación internacional hace imposible hablar hoy de revolución». Y el cuadro queda completo con un par de ejemplos en los que se «demuestra» que sin normas y leyes la sociedad «no puede funcionar».

Para CARLOS SEMPRÚN, en la intervención más floja de la mañana, la autogestión no ha existido nunca. Sólo ha habido experiencias más o menos importantes, y la primera constatación es que éstas sólo se han dado en momentos revolucionarios de gran amplitud, para ser luego recuperadas. De esta forma, concluía, sólo puede haber una autogestión «salvaje», porque no puede haber autogestión donde sigue funcionando el Estado, y el caso español corrobora el aserto.

NICO BERTI, con su ímpetu y lucidez acostumbradas abre el fuego del debate: «Corpet dice que autogestión es rechazo de la política. Es verdad. Pero de la política en el sentido proudhoniano de «ciencia del poder sobre los hombres». Eso no quiere decir que el anarquismo no haya de desarrollar una concepción política concreta de la autogestión, un método que haga inviable cualquier reformismo. Por esa ausencia de método –entre otras razones– se perdió en España . . .» Para puntualizar a Corpet, interviene también COLOMBO: «la distinción que establece entre los que hablan y los que hacen la autogestión, es la que conviene precisamente al poder.»

PELLICANI, al que no se puede negar coherencia y aguante (asume perfectamente su papel de malo, reformista-político, de la jornada), insiste en la necesidad de una mínima autoridad y reglas del juego para las sociedades complejas de millones de individuos, que no puede concebir sin Estado. Y llama a su lado a Merlino, en su célebre polémica con Malatesta a propósito de la participación en la política burguesa. Pero será, vivo y coleando, FLECHIA, el que rebata de plano su concepto de «democracia» que hay que salvar a toda costa de la dictadura revolucionaria (y de la revolución por extensión), que el socialista esgrime una y otra vez: «democracia es también enfrentamiento y violencia, como demuestra la Historia. Además la democracia burguesa se ha convertido en dictadura burguesa porque ha bloqueado sus propias reglas. Por eso es falso decir que con la revolución vamos a la dictadura: ya estamos en ella ...»

AMEDEO BERTOLO interviene brevemente para justificar el enunciado del tema que se debate: la utopía de los reformistas y la necesaria estrategia de los revolucionarios. Esta —y retorna a Berti— ha de basarse en un método que contempla medios, práctica inmediata y fines revolucionarios: eso es la autogestión hoy.

El tiempo va acabándose. AMBROSOLLI recuerda que la alternativa reforma/revolución no es de métodos sino de fines, y RUBEN PRIETO corrobora: «entiendo la revolución como un proceso permanente de conquista de espacios autogestionarios que supere el tal dilema». Para terminar PELLICANI vuelve a la carga. Esta vez para puntualizar paternidades: «la autogestión no forma parte sólo de la tradición anarquista. Por ejemplo, Bertrand Rusell (¿hay que recordar que precisamente simpatizó con el tema tras su rechazo del leninismo y el contacto con libertarios?), Proudhon, Menino, Berneri, habría que saber si forman parte de la tradición anarquista o de la liberal...»

ESTADO-ANTIESTADO, es el tema del segundo debate. La gente empieza a ajustarse los aparatitos de la traducción e inicia la sesión: «no soy neutral sobre el tema. Estado y autogestión son antagónicos e irreconciliables. El primero se basa en la división entre los que mandan y los que obedecen, mientras que la autogestión, al contrario, se basa en la recomposición de la división del trabajo social y en la recomposición del poder (como función colectiva, no concentrado en ningún individuo ni clase). La autogestión no puede ser más que una asociedad contra el estado ahora y sin estado mañana.»

BERTOLO se manifiesta pues en contra de cualquier posibilidad de «estado autogestionario», o contra la idea —más matizada— de un «reciclaje» autogestionario del Estado: «salvo que se entienda por estado, en contra de lo que ha sido durante milenios, únicamente la necesaria exigencia de coordinación y acuerdo. Y eso sería un uso impropio lingüísticamente y seria además peligroso desde el punto de vista estratégico, porque dejaría abierto un espacio ideológico del autoritario (...) Autogestión y Estado son irreconciliables, la victoria de uno no puede ser más que la destrucción del otro (y viceversa)...»

FRANCO CRESPI, clama contra la«fase estética» del pensamiento revolucionario: «hay que pensar en términos de «anarquía posible» porque autogestión es todo lo contrario de utopía. Precisamente la autogestión es la única perspectiva que asume las contradicciones del orden social como normales ... el que ignora las contradicciones no hace más que contribuir a nuevas institucionalizaciones ...» (con otras etiquetas).

DRAKULIC (nada que ver con el mítico rumano), desgrana con tono afable y tranquilo las sorprendentes contradicciones del sistema yugoslavo, con sus tecnócratas que alardean de tales. Un caso de supervivencia del Estado, que para FLECHIA no es más que producto de un tipo determinado de sociedad. Para hablar de autogestión hace falta pues una idea determinada del hombre, a partir de la cual hacerse una nueva idea de la política, para concluir en la sociedad autogestionaria que se busca.

JACQUES GUIGOU, que afirma haberse dedicado al análisis de grupos y comunidades en los últimos quince años, señala que son este tipo de grupos, con su labor de disolución en temas como la información, la educación, etc., el movimiento que puede representar un frente autogestionario contra el poder: «no se aproximan frontalmente a la cuestión del Estado, pero realizan un trabajo critico y de negación que va disolviendo las instituciones, y en su propia práctica autogestionan el análisis, la teoría y la estrategia de forma permanente ...»

GIAN PAOLO PRANDSTRALLER, cumple el papel de reformista en esta jornada. Esta vez desde un ángulo «liberal», como desde el «socialista» lo fue Pellicanni. Tras una lúcida critica de la democracia «indirecta», Prandstraller aboga por una «democracia directa sin violencia», a la que se debe llegar ganando áreas en el nivel legislativo (con campañas para referendums como el del divorcio italiano) y en el de la producción, interviniendo en las empresas estatales y reclamando su control popular, y cita el caso de la gigantesca Montedison. Las acusaciones y críticas virulentas llegaron desde todos los rincones del local.

La colocación de estos ponentes reformistas (más o menos intencionada), es un buen elemento para la crítica y para animar el cotarro de las sesiones, pero, en la práctica monopolizaron prácticamente los debates hacia el clásico, y esperado por Marianne Enckell, Reforma-Revolución. En el caso de Prandstraller, provocó un coloquio tormentoso (le faltó la serenidad y coherencia de Pellicanni) tras el que visiblemente congestionado, el profesor de Bolonia rompió con organizadores y participantes en el congreso.

Aquí acabó la primera sesión, y aquí dejamos por hoy el tema. (Continuará)

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