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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Núm. 21 |
Coherencia libertaria (5): anarquismo y revolución |
FÉLIX GARCÍA EL término revolución es bastante reciente en la historia de la humanidad. No aparece hasta la época contemporánea, con posterioridad a la Revolución Francesa, primera de una serie de revoluciones que vendrán con posterioridad, y, al mismo tiempo, modelo de toda revolución. Tres son, al menos, las ideas implícitas en la forma de entender la revolución desde entonces: la humanidad progresa hacia un reino de felicidad en el que habrá desaparecido la ignorancia, la desigualdad, y en el que las personas serán fraternas y podrán satisfacer todas sus necesidades; a este progreso se oponen una serie de obstáculos, fundamentalmente los intereses de las clases privilegiadas, que no están dispuestos a renunciar a los privilegios que les confiere la explotación y la opresión a que tienen sometido al resto de la sociedad; por último, la revolución implica la posibilidad de acabar con esos obstáculos rápidamente gracias a un levantamiento violento encaminado a poner el poder político y económico en manos de toda la sociedad. Si todo el pensamiento ilustrado había contribuido a consolidar esa creencia en el progreso humano y en la existencia de unos obstáculos superables, la Revolución Francesa significará la confirmación de que, efectivamente, es posible ese acto revolucionario puntual y rápido instaurador de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Sin embargo, esa misma Revolución Francesa va a implicar un cambio, insistiendo en la toma del poder político como meta de toda revolución, lo cual lleva consigo una reducción del sentido de la revolución, la desconexión entre todo un proceso anterior y posterior al momento revolucionario y la exaltación de un momento privilegiado en la historia a partir del cual todo empezaría a ir bien. Pues bien, los anarquistas, retomando gran parte de la idea de revolución tal y como había sido planteada en el s. XVIII, van a romper claramente con esa deformación jacobina de la que han sido víctimas la mayor parte de los movimientos políticos de los siglos XIX y XX. ¿DE LA NOCHE A LA MAÑANA? LA crítica fundamental va dirigida contra una revolución puntual y catastrofista. Es absurdo pensar, insiste la tradición anarquista, en que pueda haber ese momento privilegiado en el que, gracias a una algarada callejera, o gracias a la conquista del poder político, se consiga una transformación radical de la sociedad. Los que piensan que es posible esa profunda transformación en el breve plazo de unas semanas, unos meses o incluso unos pocos años, ignoran los datos más elementales que nos proporcionan los estudios sobre el hombre y la sociedad; es totalmente absurdo pensar que las cosas puedan cambiar de la noche a la mañana, que nos podamos acostar en una sociedad capitalista y despertarnos al día siguiente en una sociedad socialista. Pero con todo y ser grave esta concepción, no es lo más grave. Peor aún es el hecho de que concebir así la revolución significa una exaltación de la violencia y la lucha como instrumentos exclusivos de la labor revolucionaria, olvidando que la violencia es un instrumento muy peligroso que normalmente hace peores a las personas y olvidando que la revolución no se hace solamente con las armas. Igualmente, en esa concepción va implícito un reduccionismo inadmisible; la revolución no consiste tan sólo en la toma del poder político o en la ocupación de las fábricas, primero porque no se trata de conquistar el poder político, sino de destruirlo y segundo porque no basta con socializarla economía, sino que es necesario instaurar unas nuevas relaciones sociales basadas en la igualdad, la libertad y la fraternidad, lo cual supone que el proceso revolucionario debe afectar a todas las dimensiones de la vida humana y debe suponer un cambio personal y comunitario. Por si lo anterior no fuera suficiente, los anarquistas van a llevar más lejos aún su crítica de la revolución en ese sentido puntual y jacobino. Quienes confían en ese tipo de revoluciones, suelen despreciar toda una serie de actuaciones que, sin contribuir directamente a la expropiación económica y política de las clases dominantes, son fundamentales para poder alcanzar esa sociedad comunista que se propone como meta. Los revolucionarios jacobinos suelen argumentar que, mientras se mantengan las relaciones sociales propias de la sociedad capitalista, cualquier cambio es absorbido por el sistema establecido, por lo que hay que esperar a después de la conquista del poder para modificar las relaciones sociales; será entonces cuando se pueda atender a la transformación de la cultura, de la familia, de las relaciones interpersonales, etc. Pero de esa forma se está haciendo un reduccionismo en la idea de revolución y al mismo tiempo, al acostumbrar a la gente a esperar esa súbita transformación social, se está fomentando una pasividad que conduce inexorablemente a que la revolución tenga como consecuencia la implantación de una nueva dictadura; al fin y al cabo, los jacobinos son los fieles herederos de los déspotas ilustrados del XVIII, aquellos que defendían todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Por otra parte, ese momento privilegiado de la revolución que divide la historia en dos períodos, el anterior a la revolución en que todo era malo y el posterior ala revolución en el que todo es bueno, considera el período revolucionario como un período de transición. Al ser de transición, se supone que no tiene valor por sí mismo, sino que sólo tiene valor en la medida en que está orientada hacia esa sociedad nueva; todo lo que se haga en la sociedad de transición viene justificado por su utilidad para conseguir la implantación de la sociedad nueva. Pero con esta concepción se ha reproducido la escisión entre el fin que se pretende y los medios que se emplean; todo está permitido si sirve a la revolución; el fin justifica los medios. La sociedad de transición se ha convertido en sociedad de opresión despiadada y la revolución ha muerto víctima de sus propios delirios de grandeza. LA PROPUESTA ANARQUISTA FRENTE a esta concepción de la revolución, los anarquistas van a insistir en una concepción sustancialmente distinta, tanto en teoría como mucho más aún en la práctica. Dos son las ideas fundamentales en las que se articula la propuesta anarquista; la revolución debe ser integral y permanente. Integral significa que debe afectar a todas las dimensiones de la vida social e individual. No es suficiente con destruir el poder político organizando una sociedad federal y autogestionaria, aunque sea imprescindible e incluso lo más importante; tampoco es suficiente con suprimir la propiedad privada de los medios de producción y recuperar la gestión colectiva de la producción por los directamente interesados, aunque sin esa socialización no habrá revolución. Las personas no cambian solamente porque cambien las estructuras sociales, aunque sin cambiar esas estructuras no será posible instaurar una sociedad fraterna. Para construir una sociedad distinta hacen falta personas distintas; son muy fuertes las tendencias egoístas y autoritarias de las personas como para pensar que van a desaparecer rápidamente. Oprimidos y explotados durante siglos, manteniéndose a duras penas las relaciones basadas en el apoyo mutuo en la igualdad, la construcción del comunismo libertario exige un profundo esfuerzo pedagógico en el que todos libre y solidariamente vayamos aprendiendo a vivir en comunidad, a superar los enfrentamientos consiguiendo que desaparezcan todo tipo de opresiones y explotaciones. Sólo desde esta concepción integral de la revolución puede entenderse la importancia concedida por los anarquistas a temas olvidadas por otros revolucionarios, como pueden ser la familia, la educación, las relaciones sexuales, etc. Si tan sólo se pretendiera alcanzar el desarrollo de las fuerzas productivas obstaculizado por los intereses de la burguesía explotadora, posiblemente fuera todo más sencillo; sin embargo, el proyecto es más ambicioso y lo que se busca es un cambio radical en la escala de valores que rijan la sociedad. Una vez más repetimos que si se miden las colectivizaciones de 1936-37 por el rasero del productivismo económico defendiendo o demostrando, según los casos, su viabilidad económica, no se habrá entendido nada en absoluto de lo que significa el anarquismo. Revolución, por tanto, integral, pero también revolución permanente. La revolución significa, sin duda y así se entiende casi siempre, un golpe rápido en el que se consiguen eliminar en un breve período de tiempo una serie de obstáculos, de fuerzas reaccionarias que impiden el avance hacia una sociedad libertaria. Pero ese es sólo un momento dentro de un largo proceso de evolución de la humanidad, evolución que tiene sus tiempos rápidos y sus tiempos lentos, incluso sus momentos de retroceso. Sólo cuando se dan determinadas circunstancias es posible el avance rápido al que suele reducirse la revolución, pero habría que ser muy ciegos para no darse cuenta de que ha sido precedido por una lenta acumulación de pequeños avances, algunos de ellos incluso aparentemente desconectados de los objetivos prioritarios de la revolución. Del misma modo habría que ser muy ignorantes o considerarse el ombligo de universo para no darse cuenta de que sera necesaria una larga tarea posterior de consolidación y avance, de lucha contra las nuevas formas de explotación y opresión que puedan aparecer o contra antiguas formas no del todo superadas. Evolución y revolución no son, por tanto, dos procesos contradictorios, sino complementarios, diferenciándose tan sólo por el diferente ritmo que caracteriza a cada uno. Al mismo tiempo, si queremos hacer justicia al significado de la palabra y recoger la riqueza de matices que tiene, debemos entender por revolución tanto el necesario golpe revolucionario en su más clásica acepción, como todos los pequeños progresos, avances de la humanidad que en diferentes campos contribuyen en la tarea de liberación de las personas, y debemos entender también por revolución al ineludible e inaplazable enfrentamiento cotidiano con todo aquello que encarna la presión y la explotación, así como la cotidiana práctica de relaciones comunitarias no autoritarias. Por eso los anarquistas participaron en diversos golpes revolucionarios, por eso difundieron en su prensa los descubrimientos de la ciencia, de la evolución o del sicoanálisis y por eso se esforzaron en articular sus propias organizaciones de acuerdo con los valores que deberían regir la sociedad futura. LEJOS DEL OPTIMISMO INGENUO REVOLUCIÓN permanente significa también que aspiramos a una transformación radical que nunca estará totalmente terminada. Nada hay tan absurdo como pensar que es posible llegar a una sociedad en la que hayan desaparecido todas las contradicciones y en la que se haya logrado una armonía completa entre todos los miembros de la sociedad. Superadas determinadas contradicciones, eliminadas determinadas formas de explotación o de opresión, aparecerán otras nuevas y seguirá siendo necesario luchar por una libertad y una solidaridad que volverán a estar amenazadas. Son muchos los siglos que la humanidad lleva luchando por la libertad, aunque en cada momento de forma distinta, como para pensar que la meta está cercana. Nosotros tenemos que superar las contradicciones que ahora nos afectan como los que nos precedieron resolvieron las suyas y los que nos sigan tendrán que resolver otras nuevas que ahora no podemos ni siquiera imaginar. No somos tan importantes como para pensar que las generaciones pasadas no aportaron nada y que a las generaciones futuras no les va a quedar nada por hacer, pero sí somos lo suficientemente importantes como para no olvidar que aquí y ahora hay opresiones y explotaciones muy concretas que es necesario denunciar y destruir, y que sólo nosotros podemos realizar esa tarea. Esto nos permite estar lejos de un ingenuo optimismo que piense en la inmediatez de la definitiva liberación de la humanidad, ingenuo optimismo en el que también ha caído el movimiento anarquista y que tantas desilusiones ha provocado, pero debemos estar lejos, mucho más lejos todavía, de ese difuso pesimismo que considera imposible un cambio radical, incluso cambios parciales, pesimismo que hoy es más intenso y que tan inmejorables servicios presta al poder establecido. Nunca deberemos abandonar la esperanza de que las cosas pueden y deben ser de otra manera. Si puede resultar sumamente interesante lo que acabamos de decir para diferenciar la propuesta anarquista de otras, no deja de ser igualmente interesante resaltar algunas consecuencias que se desprenden de lo anterior, consecuencias que enumeramos brevemente, aunque sin agotarlas. En primer lugar sería necesario enfocar de forma distintas las diferencias entre reforma y revolución. Tradicionalmente se ha utilizado el adjetivo reformista para anatematizar a los que no contribuían a la santa tarea revolucionaria. Es más, con esa nefasta manía de dividir el mundo entre los buenos-buenísimos y los malos-malísimos, se han boicoteado conquistas, grandes o pequeñas, precisamente porque sólo eran buenos-buenísimos los que planteaban el dilema del todo o nada, y optaban por la nada, puesto que el todo era en esos momentos inasequible. Si es correcto el concepto de revolución que hemos esbozado, fácilmente comprenderemos que hay reformas que pueden ser articuladas dentro de un proceso revolucionario, es más que no se puede plantear una revolución sin contar con pequeñas y progresivas reformas. Lo importante es articular esas reformas dentro de un proyecto global; estar atentos a aquellos momentos en que es posible avanzar más y más deprisa, arriesgándonos y pidiendo más de lo que en principio parece posible (sólo los conservadores definen la política como el arte de lo posible); luchar por todo aquello que realmente nos acerca a la sociedad que pretendemos conseguir, siendo siempre muy coherentes en la correlación entre los fines que pretendemos y los me-dios que utilizamos. No son las pequeñas reformas las que hacen que un grupo político sea reformista, sino al revés: es el reformismo de un partido el que hace totalmente inútiles las pequeñas reformas que se van alcanzando con las luchas de cada día. En segundo lugar, debemos abandonar definitivamente el mito de la sociedad de transición en la cual seria necesaria una dictadura del proletariado que garantizara las conquistas revolucionarias y lograra la definitiva extinción del Estado. No existe esa sociedad de transición en la que, como decíamos al principio, todo estuviera justificado, y no existe simplemente porque siempre estamos en una sociedad de transición. Es decir, la importancia de cada momento histórico no depende del momento anterior ni del momento siguiente, sino sólo de él mismo. Nosotros debemos enfrentarnos con los problemas que ahora nos ocupan, esos son los únicos realmente importantes. El pasado sólo nos servirá para comprender mejor lo que ahora nos pasa y el futuro sólo podrá ser una guía aproximada que nos ayude a no andar caminos para desandarlos al día siguiente. Los fanáticos suelen negarse a resolver pequeños o grandes problemas de la vida cotidiana argumentando que con ello se está retrasando el momento de la gran y definitiva liberación. Los dictadores suelen imponer las más duras represiones y miserias en el presente argumentando que son imprescindibles para alcanzar los inmejorables paraísos del porvenir. En ambos casos, aunque de forma distinta, se produce esa desvalorización del presente, precisamente por ser transitorio y en ambos casos, aunque de distinta forma, se está haciendo imposible avanzar hacia una sociedad libre y fraterna. NUEVAS FORMAS DE VIDA EN tercer lugar, la revolución no puede dejarse para mañana; hay que empezar desde ahora mismo. Si esperamos a que se produzca un profundo cambio político y económico para empezar a practicar las relaciones de solidaridad y libertad, nunca jamás llegará la revolución. Desde hoy es posible enfrentarse directamente al poder del estado allí donde esté manifiesta en concreto, haciendo caso omiso de parlamentos y demás gallineros políticos; es posible y fundamental plantear la lucha en las fábricas impidiendo la explotación a la que nos vemos sometidos; es posible ir creando re-des cada vez más autogestionarias en nuestras propias organizaciones, en las escuelas, en los barrios, etc.; es posible y necesario acabar con el autoritarismo familiar, con la opresión de la mujer, con la represión sexual, con las cárceles y las torturas, con la progresiva y despiadada degradación del medio ambiente. Todo eso es posible y muchas cosas más aún; es más, no sólo son posibles sino que de no hacerlas nos convertiremos en humildes servidores del sistema, totalmente incapaces de manifestar la más mínima queja. Hoy mismo hay que empezar a superar nuestro propio egoísmo y autoritarismo, creando formas de vida más solidarias y libres, pues sólo así podremos ir construyendo esa sociedad distinta. No hay que hacer caso a los que nos dicen que hay que esperar a que se haya producido la «revolución», una especie de revolución panacea que nos liberará a todos por arte de magia. Tampoco hay que hacer caso a los que nos piden paciencia y pacto social porque la crisis económica es fuerte y la derecha está al acecho; eso sería válido si nosotros pidiéramos más dinero, pero nosotros pedimos autogestión, libertad, solidaridad, federalismo, trabajo creador, satisfacción de nuestras necesidades... En cuarto lugar, no basta con rebelarse contra el sistema para estar preparando el advenimiento de una sociedad más humana y más justa; rebelde puede serlo cualquiera, cualquiera puede elaborar bellos discursos despotricando contra el Estado o el Capital, términos abstractos con los que pretende encubrirse el vacío más absoluto, discursos que hoy son excesiva-mente frecuentes y que encuentran el enfervorecido aplauso de los que no pueden o no saben enfrentarse al sistema. La rebelión no basta; hay que construir sobre ella todo un proyecto social y económico bien elaborado, apoyado en un sólido conocimiento tanto de los fallos del actual sistema como en las características que deberá poseer el que nosotros proponemos. La rebelión debe articularse en un proyecto comunitario de lucha social, en el que solidariamente todos nos enfrentemos contra la opresión dominante y vayamos construyendo algo nuevo. Un proyecto que nunca podrá ser cerrado y definitivo, pues deberá estar dominado por la libertad, por el deseo de crear las condiciones en las que esa libertad pueda ser algo real y efectivo. Nosotros no pretendemos sólo destruir lo existente, sino que sólo queremos destruir para construir algo distinto y será nuestra capacidad constructiva, mucho más que la destructiva la que deba inspirar nuestros esfuerzos. Por último, en toda nuestra práctica revolucionaria deberemos tener siempre muy presente la correlación entre los fines y los medios. Para nosotros nunca jamás el fin justificará los medios, entre otras cosas porque hay medios que nunca conducen al fin propuesto. Si queremos una sociedad libre y comunitaria, autogestionaria y federal, tendremos que actuar siempre con libertad y en comunidad, tendremos que ser realmente autogestionarios y federales, pues sólo con esa práctica podremos ir haciendo real nuestra alternativa social. No importa que el camino sea así más largo, por lo menos sabemos que vamos avanzando; la tentación de utilizar unos medios que parezcan conducirnos más rápidamente debe ser totalmente rechazada. El que emplea la violencia, será siempre un violento; el que utiliza la autoridad y el poder, será siempre un déspota. Nadie duda que la violencia llegará a ser necesaria, pero es un arma tan peligrosa que puede destruirnos también a nosotros. Lo nuestro no es un acto de venganza, no vamos exigiendo responsabilidades para ir metiendo a gente en nuevas cárceles; lo nuestro es un acto de justicia social, un deseo de libertad que tiene como centro de atención a las personas reales y concretas. Paz a los hombres y guerra a las instituciones, decía el lema de la I Internacional; respeta la dignidad humana incluso en tus enemigos, decía Bakunin. Sólo así estaremos rompiendo radicalmente con la miseria de lo existente; sólo así estaremos demostrando que llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. |