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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Núm. 21

Libros "¡Autogestión ahora!"

FRANK MINTZ
J.Ll. Marugan-Coca. Ed. Picazo. Barcelona, 1979. 187 pp.

Se sabe que el autor y otros militantes fueron expulsados de la CNT por motivos poco claros y de modo aún menos claro. Este clima enrarecido ya se refleja en el libro en las múltiples alusiones polémicas (págs. 10, 37, 38, 48, 49, 57. 58, 120) que frenan la lectura.

Afortunadamente, este estudio no encubre los problemas con clichés propagandísticos. Marugan-Coca defiende los siguientes planteamientos:

^ Superar las capillas y pasar a la acción. Esta voluntad se define apartando las posturas autogestionarias de recuperación de los P.C. y P.S., porque tendrían primero que aplicarlas en su propio funcionamiento (rotación de los cargos, revocación permanente desde la base, rechazo de la votación por mayoría obligando a la minoría a hacer lo que rechaza). El autor descarta también la forma cooperativa como desviación en regímenes capitalistas del Este y del Oeste, y comprueba cómo «ninguna de las llamadas "vanguardias" (que deben dirigir) se han interesado realmente en profundizar en el sisteme económico de una sociedad autogestionada» (p. 31).

^ Descartara rajatabla «la desviación "autogestionaria" de las comunidades o mal llamadas comunas» (p. 38), por su experiencia personal en Francia (p. 83-92) que le hace concluir que quienes están dentro :«Al cabo de una temporada de comer sopa de ortigas y zanahorias hervidas regresan al militantismo o simplemente se integran en el sistema» (p. 146).

Si bien afirma Marugan-Coca que la autogestión es la meta de la revolución, constata «que la clase obrera española está en sus pañales, mucha historia, pero nada transmitida» (p. 135). Así por un lado, el autor dice a partir de ejemplos: «No debemos estar por la autogestión cueste lo que cueste. La autogestión debe primero establecerse en la producción de primera necesidad (...)» (p. 138); «Además no está en crisis sólo Eurostyl, ni el textil, ni cien empresas más. Está enferma la economía española toda. La pretensión de cultivar una flor pura en una selva podrida no era viable.» (p. 151).

El problema no me parece bien aclarado: por una parte parece que hay un criterio muy selectivo de las empresas que podrían intentar la autogestión, por otra, se denuncia la educación judeo-cristiana demiedo a la libertad, que será quebrantada por experiencias de autogestión «Hacen falta un millón así para que la clase productiva abandone la sociedad basada en el salariado» (p. 136).

Por fin el autor recalca la necesidad de una organización de las luchas autogestionarias, para evitar las desviaciones y «romper con esa concepción clásica que mantiene la separación dirigentes-dirigidos a todos los niveles.» (p. 101). Pero surge un problema puesto que si hay gente capaz de vivir una experiencia de autogestión (informándose de todo, sin diferenciación salarial, con cargos rotativos, etc.) y si deciden algo, tendrán razones válidas.

El final del libro (p. 147-179) de descripción de elementos del pasado y del presente que anuncian la autogestión no permite determinar si Marugan-Coca rechaza todos los experimentos de autogestión fuera del ámbito del trabajo, aunque parece que sí. Y allí está precisamente la dificultad: la autogestión es la organización autónoma, con el respeto al otro, y el rechazo de la jerarquía; no hay razones especiales para limitar (cercenar) la autogestión al proceso económico, sin que se extienda ala familia y la organización social: un partido en favor de la autogestión pero conservando una jerarquía interna, es un absurdo. Me parece que con mirar sólo lo económico, tildando lo demás de desviación, se arriesga construir una nueva jerarquía. O para ir al grano: ¿en qué un taller en autogestión será más o menos positivo que una comuna? ¿Por ser miembros de la clase obrera unos y no otros? Los comuneros que he conocido son en gran parte ex obreros. Pero dejando aparte el origen social, tanto un taller como una comuna (o los dos a la vez, como puede suceder y como eran los kibutzin al principio) tienen que desenvolverse en la sociedad capitalista del Oeste (en el Este existen comunas religiosas pero son perseguidas, según varios testimonios), o sea con cierta rentabilidad.

Dicha rentabilidad es la que transformó a muchísimas cooperativas de trabajadores en empresas de gestión capitalista o les hizo quebrar. Y para que el éxito financiero no traiga a colación la separación entre amos y trabajadores, se precisa una base ética, como existió en la gran mayoría de los militantes colectivistas durante la guerra de España 1936-39.

El que hoy por hoy, en muchos países, las tentativas de comunas se terminen a veces como el rosario de la aurora, demuestra que hay un afán de construir relaciones nuevas, entre iguales. La permanencia del fracaso –lo pongo como hipótesis– no significa nada, si se considera que existe el mismo fracaso con el pacifismo, el terrorismo, y la misma revolución; el mayor fracaso es cuando cada uno se encierra en su campanario.

Es una lástima que las crónicas de Marugan-Coca en «Solidaridad Obrera» (cinco partes entre julio y septiembre de 1978) no aparezcan, porque en ellas describe muy concretamente problemas organizacionales inmediatos de la autogestión después de la revolución, o sea en una economía heredada del capitalismo. Subraya con vivacidad que las técnicas nuevas de ordenadores son también peligrosas: «La utopía "informaticista" según la cual la informática puede resolver este dilema (de la separación entre delegado y asamblea), permitiendo la difusión de la información y la formación a todos los miembros de la colectividad, no tiene en cuenta que la informática (y se demuestra) no es neutra, ella depende de quien la recoge y la trata ( ...)» («Soli», núm. 26, 20-8-781). Y se observa cómo para el Congreso Internacional sobre la Autogestión, Luciano Lanza observaba la misma posibilidad («Bici», núm. 17-18, p. 59).

Tenemos pues un libro polémico en favor de la autogestión que da pie a interesantes debates.

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